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Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 1

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1: Capitulo 1 Presas 1: Capitulo 1 Presas Capítulo 1: Nuevas Reglas, Mis Reglas Mis ojos rojos se abrieron al amanecer, reflejando el sol que ya se colaba por el enorme ventanal de mi penthouse.

No era mi hogar definitivo; todavía me estaba instalando.

De hecho, mi padre me había dado el departamento y el dinero, pero el resto era mi trabajo.

Por eso, mi tablet estaba abierta sobre la mesa de noche, mostrando perfiles de candidatas a ser mi nueva sirvienta personal.

Las buscaba hermosas, por supuesto.

¿Para qué tener algo feo en mi campo de visión?

Quería una mujer que supiera su lugar, que me obedeciera y que, quizás, pudiera divertirme un poco cuando el aburrimiento me asaltara.

Solo las mejores, como todo lo que me rodeaba mientras buscaba me detuve en una candidata.

Información.

Yoko Nitta , en su tercer año de matrimonio, vivía cada día con discreción pero con energía, mientras cultivaba su amor junto a su esposo.

Con la esperanza de formar una nueva familia con el hombre que ama, y para ayudar con los gastos del hogar, Yoko había comenzado a buscar trabajo de medio tiempo como asistente doméstica.

Ese perfil de Yoko Nitta había capturado mi atención la noche anterior.

Algo en su mirada, en la forma en que describía su “energía” y su “amor por la familia”, me resultaba curiosamente irritante y atractivo a la vez.

Sería una presa interesante.

En el salón, todavía faltaban algunos detalles, pero ya estaba mi consola conectada a esas tres pantallas gigantes, una mesa de billar de caoba brillante y el gimnasio privado.

Mi robot de café ya zumbaba, preparando mi espresso.

Mientras me vestía con el uniforme de su nuevo instituto, me miré al espejo.

Mi cabello blanco platinado era casi irreal, y mis ojos… Mis ojos siempre veían más allá de lo que la gente quería mostrar.

“Otra escuela, otra conquista”, pensé con una sonrisa torcida.

La anterior me había aburrido hasta la médula.

Había tardado muy poco en tener a todos a mis pies, en descubrir sus miserias y usarlas a mi favor.

Las chicas de allí ya no me representaban ningún desafío.

Por eso papá, Gouzou Kamekura, el gran empresario que era, me había dicho: “Si ya te aburriste, ve por el instituto”.

Y aquí estoy, listo para el siguiente.

Bajé en el ascensor privado al garaje.

Solo había un carro, el que papá me había regalado por mi cumpleaños y por sacar mi licencia de conducir: un Cadillac Escalade 2023, enorme y negro.

Los cristales estaban polarizados hasta el punto de la ilegalidad en Japón, pero un par de llamadas y un buen fajo de billetes de Gouzou habían arreglado ese pequeño “inconveniente” con la policía de tránsito.

Hacía poco que había cumplido los dieciocho, la edad legal para conducir aquí en Japón, y era el primer auto que manejaba yo mismo.

Antes, siempre había tenido choferes.

Pero ahora, sentir el volante grueso en mis manos y el rugido del motor bajo el capó… eso era poder de verdad.

Antes de arrancar, revisé mi teléfono.

La lista de mis nuevas “presas” en la Academia Saint Claire ya estaba cargada.

Nombres, fotos, y algunos datos que mis contactos ya habían investigado.

Parejas.

Siempre parejas.

Es mucho más divertido robarle la chica a alguien que simplemente tomar una soltera.

Demuestra quién es el verdadero alfa.

El director de esta escuela, el señor Tanaka, ya estaba en mi bolsillo, o mejor dicho, en el bolsillo de mi padre.

Una buena suma de dinero había asegurado mi ingreso y, más importante, mi libertad total.

Aquí podía hacer lo que quisiera, sin preguntas, sin consecuencias.

Mis reglas, su escuela.

El primer día en mi nuevo imperio estaba a punto de comenzar.

Y yo, Kaito Kamekura, estaba ansioso por descubrir a quién humillar primero.

Quizás, incluso, esa tal Yoko Nitta sería la primera en sentir el peso de mi aburrimiento.

Saqué el Cadillac del garaje con una suavidad que me sorprendió, el peso de la máquina dándome una sensación de control absoluta.

Por primera vez, era yo quien decidía la velocidad, el camino.

La ciudad se extendía ante mí, un lienzo por conquistar, y mi propio auto era la herramienta perfecta.

La verdadera libertad no era solo tener dinero, sino la capacidad de moverte sin que nadie te dijera cuándo ni cómo.

Mientras el Cadillac se deslizaba por las calles de Tokio, mi mente volvió a los perfiles de las candidatas a sirvienta.

Había una rubia, muy guapa, sí, con esos ojos grandes y una figura de modelo.

Cualquier hombre la habría elegido sin dudar.

Pero mis dedos se detuvieron en la foto de Yoko Nitta.

Hermosa a su manera, sí, pero lo que realmente me atraía era ese pequeño detalle: estaba casada.

Había algo deliciosamente perverso en la idea de romper esa “vida discreta y llena de amor” que describía su perfil.

La rubia sería fácil, un trofeo más.

Pero Yoko…

Yoko sería un desafío.

Un castillo que asaltar, un amor que corromper.

Sí, ella sería la elegida.

El trayecto terminó demasiado rápido.

El imponente portón de la Academia Saint Claire se abrió, revelando un campus cuidado, lleno de estudiantes.

Un último vistazo al espejo retrovisor, a mis ojos rojos, a mi cabello blanco.

Una sonrisa apenas se formó en mis labios.

Que empiece el juego.

El Cadillac se detuvo en el estacionamiento principal, ocupando espacio para dos vehículos, como correspondía.

A través de los cristales oscuros, podía ver las miradas curiosas, algunas envidiosas, otras temerosas.

Los murmullos ya se extendían como un virus.

La puerta del conductor se abrió con un suave clack, y puse un pie fuera, dejando que mi presencia hablara por sí misma.

El silencio me recibió como un aplauso.

Podía leer la confusión en sus rostros: un vehículo así de grande y oscuro, con cristales imposibles de ver, generalmente significaba la llegada de alguna autoridad, un director o un profesor importante.

La sorpresa fue palpable cuando mi figura apareció.

“Solo un estudiante”, pensé con burla, disfrutando de sus caras.

Comencé a caminar tranquilamente por el sendero principal, sin prisa.

No tenía por qué apurarme; las cosas buenas se disfrutan despacio.

Mis ojos escanearon el patio, buscando mis primeras presas potenciales.

La primera era Rio Inami.

Compañera de mi mismo curso, tercer año.

Según los informes del director —que me había entregado obedientemente un dossier completo— no tenía novio, pero sí un “amigo de la infancia”.

Fuyutsuki Haruta.

Ah, los amigos de la infancia.

La gente siempre intentaba amar a sus amigos.

Esa conexión profunda, esa confianza ciega…

era el blanco perfecto.

Romper a Rio Inami no sería solo doblegarla a ella; sería destruir algo aún más fundamental para Haruta.

Ver a ese “amigo de la infancia” sufrir al ver cómo yo le quitaba a Rio, eso sería un placer exquisito.

Sí, ella sería un buen primer paso.

Luego estaba Reina Kurashiki.

Rubia, imponente, con esos ojos azules que destacaban en un mar de castaños y negros.

Ella era de segundo año, un poco más joven.

Otro tipo de belleza, otro tipo de desafío.

Pero el juego con Rio prometía más morbo, más satisfacción.

Mientras caminaba, el murmullo de los estudiantes se hizo más fuerte, pero nadie se atrevía a acercarse.

Mis ojos rojos, mi estatura, mi Cadillac… todo formaba una barrera invisible.

Era un depredador observando su nuevo territorio, y aunque mis presas ya estaban marcadas, no había necesidad de apresurar la caza.

El primer día era para disfrutar la expectación, dejar que el miedo se sembrara solo.

Al pasar por un grupo de estudiantes, mi mirada se encontró con unos intensos ojos azules que me observaban discretamente.

Era ella, Reina Kurashiki.

Su cabello rubio caía liso sobre sus hombros, y la blusa blanca del uniforme luchaba por contener su figura.

Había un destello de curiosidad en sus ojos, mezclado con una pizca de desafío que me resultó prometedor.

Le dediqué un guiño lento, casi imperceptible, que solo ella podría haber captado.

Una leve subida de ceja en su rostro me dijo que lo había hecho.

Bien.

Una nueva pieza en el tablero.

Continué mi camino por el pasillo principal, con la seguridad de quien conoce cada esquina.

Ya había estudiado los planos, los horarios, las rutas de los profesores y los puntos ciegos de las cámaras de seguridad.

Mi padre se había encargado de que tuviera acceso a todo, y yo me había tomado mi tiempo la semana anterior para analizar cada detalle.

Este instituto era un libro abierto para mí.

…Al llegar a mi aula de tercer año, noté que solo unos pocos alumnos habían llegado.

Todavía era temprano.

Perfecto.

Me di cuenta de que Rio Inami no estaba entre ellos.

Mejor.

El escenario se estaba preparando, y yo, Kaito Kamekura, era el director.

Con pasos tranquilos, crucé el aula vacía y me senté en el último pupitre, en la esquina más alejada.

Desde allí, tendría una vista completa de la clase, de cada rostro, cada reacción.

Nadie podría escapar a mis ojos.

No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera con más energía.

Entraron juntos, riendo y conversando en voz baja.

Rio Inami y Fuyutsuki Haruta.

Mis ojos se clavaron en ella de inmediato.

Rio era incluso más impresionante en persona que en las fotos.

Su cabello verde oscuro con reflejos esmeralda, enmarcaba un rostro de facciones delicadas y ojos penetrantes.

Pero era su figura lo que realmente llamaba la atención: una blusa blanca que, a pesar de ser parte del uniforme, luchaba por contener unas curvas generosas y prominentes que la hacían destacar.

Una cintura estrecha y caderas firmes complementaban un físico que irradiaba una mezcla de gracia y fuerza.

Era innegablemente bella, con una energía vibrante que la hacía brillar.

Haruta, el amigo de la infancia, caminaba a su lado, tan común como el resto, completamente ajeno a lo que se avecinaba.

Una sonrisa imperceptible se dibujó en mis labios.

Sí.

Ella era perfecta.

Un diamante en bruto, esperando ser tallado por mis manos, o mejor dicho, destrozado para mi placer.

El dolor de Haruta al perderla sería el condimento.

Poco después, entró la profesora, la señorita Akagi, su voz un murmullo suave que intentaba imponer orden en el ya casi completo salón.

Escaneó la clase y su mirada se detuvo en mí.

Su rostro mostró una fugaz expresión de nerviosismo que supe interpretar.

Mi padre ya había hecho su trabajo.

“Buenos días, clase”, comenzó.

“Hoy tenemos un nuevo estudiante con nosotros.

Kamekura-kun, por favor, preséntate”.

Me levanté sin prisa.

Mis 1.90 metros de altura se impusieron al instante, haciendo que todos los ojos se posaran en mí.

Los susurros cesaron.

Mi mirada, fría y calculadora, recorrió el salón, deteniéndose apenas un segundo en Rio Inami, notando cómo su espalda se tensaba ligeramente, como si hubiera sentido la electricidad en el aire.

Disfruté ese pequeño detalle.

“Mi nombre es Kaito Kamekura”, dije con una voz que resonó en el silencio, sin una pizca de emoción.

Estaba a punto de añadir mi típica frase de “encantado de conoceros” con una sonrisa estudiada, cuando la puerta del aula se abrió.

“Disculpe, profesora.

¿Puedo pasar?”, dijo una voz suave pero firme.

Mis ojos rojos se fijaron en la recién llegada, interrumpiendo mi propia presentación.

Era una chica con una presencia notable.

Su cabello azul oscuro estaba recogido en una coleta baja que caía sobre su hombro, resaltando la forma delicada de su cuello.

Sus ojos, de un azul intenso y brillante, irradiaban una inteligencia tranquila.

Unas mejillas ligeramente sonrojadas añadían un toque de encanto a su rostro.

Vestía el uniforme con una pulcritud impecable, y al igual que Rio, su blusa blanca luchaba por contener unas curvas generosas y prominentes, capturando mi atención de inmediato.

“Ah, Momota-san”, dijo la profesora, con una sonrisa que denotaba familiaridad y no sorpresa.

“Claro, por favor, toma asiento.

Me alegra que hayas llegado, aunque sea un poco tarde en este primer día.” Momota Nanoha.

hizo una pequeña reverencia a la clase y sus ojos, en su barrido, se cruzaron fugazmente con los míos.

No había miedo, ni admiración, solo una curiosidad breve y respetuosa.

Luego, con un movimiento elegante, se dirigió directamente al pupitre vacío frente al mío, el único que quedaba.

Se sentó, y sus ojos volvieron a encontrarse con los míos por un instante a través del pequeño espacio.

Esta vez, una chispa, casi imperceptible, de diversión se encendió en sus pupilas.

Esto era excelente.

Otra chica bella, con una figura tan cautivadora como la de Rio, y con un aire de astucia que prometía un juego interesante, se sentaba justo delante de mí.

El destino me sonreía.

El tablero de ajedrez se volvía aún más emocionante.

“Encantado de conoceros a todos”, terminé mi frase con una sonrisa que ahora se sentía más genuina y calculada.

Mi mirada se posó una vez más en Rio, esta vez con una intención más clara, dejando que el mensaje se transmitiera: eres mía.

Pero la aparición de Momota Nanoha solo significaba una cosa: tendría más opciones, más desafíos deliciosos.

Cuando volví a sentarme, el murmullo de las chicas del curso se hizo un poco más audible.

“Qué guapo”, “De dónde vendrá”, “Es increíble”.

Algunas me miraban abiertamente, otras susurraban a sus amigas, disimulando apenas su interés.

Una de ellas, con las mejillas sonrojadas, se atrevió a preguntar en voz baja a la profesora: “¿Profesora, Kamekura-kun es transferido?

¿De qué escuela viene?”.

La profesora les lanzó una mirada de advertencia, pero una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios, quizás complacida por el revuelo que yo causaba.

Sí, el juego se ponía cada vez más interesante.

Con Nanoha tan cerca, y Rio en mi mira, el primer día prometía ser solo el inicio de mi reinado.

La señorita Akagi, con la habilidad de una maestra experimentada, decidió canalizar la energía de la clase.

“Bien, clase.

Para que Kamekura-kun se integre rápidamente, haremos una pequeña actividad de presentación.

Formad parejas y entrevistad a vuestro compañero, para luego presentárselo al resto de la clase.” Luego, se puso a mirar la lista.

“Las parejas serán asignadas al azar.” Mis ojos se deslizaron hacia Nanoha, que estaba sentada adelante.

Ella era una pieza fundamental.

Observé a Rio, mi objetivo principal, y a Haruta.

Rio y Haruta estaban en una fila diferente a al nuestra, en los asientos a la izquierda.

La profesora comenzó a nombrar parejas.

“Fuyutsuki-kun, tú irás con Kamekura-kun.” Una sonrisa interna se formó en mis labios.

Perfecto.

El azar jugaba a mi favor.

Tener a Haruta como pareja me daría acceso directo a él, me permitiría sembrar las semillas de la duda.

“Inami-san, tú irás con Momota-san.” Los nombres de Rio y Nanoha resonaron en el aula.

Ellas también serían pareja.

Cuando la profesora terminó de asignar, la gente empezó a reorganizarse.

Kaito, viendo la oportunidad, se levantó con su carisma habitual.

Dirigiéndose a Rio, que ya estaba empezando a charlar con Haruta en la fila a la izquierda.

“Disculpa, Inami-san,” dije con un tono encantador y deferente.

“Parece que Haruta y yo somos pareja para la actividad.

Y tú y Momota-san también.

Pero estamos algo alejados para interactuar bien.

¿Te importaría si intercambiamos asientos?

Así Haruta y yo podemos quedar de frente, y tú y Momota-san podéis sentaros juntas atrás, donde estábamos nosotros.

Estaríais más cómodas para vuestra conversación.” Kaito hizo un gesto hacia los asientos del fondo, que él y Nanoha ocupaban.

Rio me miró con una expresión algo sorprendida, luego miró a Haruta, que ya estaba asintiendo con una sonrisa.

“Sí, tiene sentido, Rio.

Así es más cómodo para todos.” Nanoha, que había estado observando la escena con su calma habitual, simplemente ladeó la cabeza y me dedicó una mirada divertida.

“Tiene razón, Inami-san.

Es más práctico.” Rio asintió, aunque una ligera confusión permanecía en sus ojos.

“Oh, claro.

Supongo que sí.” Con un movimiento rápido, intercambiamos asientos.

Ahora, Kaito estaba sentado frente a Haruta, en la fila de adelante a la izquierda.

Y, crucialmente, Nanoha y Rio estaban sentadas juntas en la última fila, a poca distancia.

Kaito había orquestado esto perfectamente.

Las dos presas más prometedoras estaban ahora justo en su campo de visión trasero, al alcance de su mirada.

Haruta se giró en su asiento, con una expresión abierta y sincera.

“Hola, Kaito.

Soy Haruta.

Mucho gusto.” Su amabilidad era genuina, la clase de persona que confiaba sin cuestionar.

No había ni rastro de preocupación en sus ojos, ni la más mínima señal de que viera una amenaza en mí.

Mi juego era demasiado sutil para él.

“Igualmente, Haruta”, respondí, extendiendo la mano con una sonrisa cordial que no llegó a mis ojos.

“Parece que nos tocará conocernos bien.” Mientras simulábamos la entrevista, Haruta, con su entusiasmo desbordante, soltó: “Sabes, es gracioso que te llames Kaito.

Mi mejor amigo, casi como un hermano mayor para mí y para Rio, también se llama Kaito.

Natsukawa Kaito.

Él es fotógrafo.” La información, tan casualmente entregada, era oro puro.

Este Natsukawa Kaito, ¿un hermano mayor que era fotógrafo?

Interesante.

muy interesante.

Podría ser una fuente invaluable de información, o incluso un peón en mi juego.

Tendría que investigarlo.

Kaito: no lo conozco haruta, Pero parece un buen tipo dijo el mientras seguía pensando “Una pena,” dijo Haruta, encogiéndose de hombros.

“Pero si lo ves, ¡dile que soy yo!

Es un tipo increíble.” “Lo haré, si se da la ocasión,” respondí, asintiendo.

“Y dime, Haruta, ¿qué es lo que más te gusta de la Saint Claire?

Necesito consejos de un veterano.” Con esa pregunta, abrí las compuertas para que Haruta, con su naturaleza amigable, me diera toda la información que pudiera necesitar sobre la dinámica del instituto, los profesores, las actividades, y lo más importante, su círculo social.

Su entusiasmo era contagioso, y mi fachada de “chico nuevo intentando adaptarse” funcionaba a la perfección.

Mientras Haruta charlaba sin parar, mis ojos no dejaban de observar a Rio y Nanoha, en la última fila.

Ellas estaban enfrascadas en su propia conversación, sus risas llegaban hasta mí, inocentes, ajenas, mientras sus figuras se destacaban en el aula.

Era un espectáculo que me hipnotizaba.

Rio, con su blusa tensándose en cada movimiento, y Nanoha, con la misma generosidad natural bajo la tela.

Ambas estaban sentadas una al lado de la otra, y cada vez que se inclinaban o gesticulaban al hablar, la tela de sus uniformes parecía rebotar, dibujando las formas voluptuosas y atractivas de sus pechos.

Era un festín visual, una doble cacería en mi campo de visión, y una ola de placer, casi física, me recorrió.

Dos bellas presas, una junto a la otra, sus cuerpos moviéndose con cada palabra, cada risa.

La imagen de ellas, desnudas y enredadas, una con la otra, o ambas conmigo en mi cama, se formó en mi mente.

La idea de dominar a ambas, de sentir sus cuerpos voluptuosos contra el mío, me excitaba.

Mis entrañas se retorcían con un deseo salvaje, pero en mi rostro solo había una amable atención hacia el parloteo de Haruta.

El control era absoluto.

Mis ojos rojos brillaban con una promesa oculta.

La actividad terminó, y con ella, la mañana.

La campana del receso sonó, liberando a la clase.

El aula se vació rápidamente, mientras los estudiantes se apresuraban a salir.

Kaito (el protagonista) permaneció en su asiento, recogiendo sus cosas con calma.

Solo él era el nuevo.

Cuando la mayoría de los estudiantes salían, algunas chicas se acercaron a mí con preguntas sobre mis hobbies y de dónde venía, a las que respondí con mi mejor fachada de chico amable.

Noté que Haruta y Rio se alejaban juntos, susurrando.

Mi presencia ya estaba dejando una marca, aunque Haruta fuera demasiado ingenuo para detectarla.

Era un cordero al matadero, y yo, el lobo, vestido con piel de cordero, era invisible para él.

Me acerqué al pupitre de la última fila, donde Nanoha ya estaba de pie, recogiendo sus últimos cuadernos con su calma habitual.

El aula ya estaba casi vacía, el silencio se apoderaba del espacio.

“Kamekura-kun”, dijo Nanoha, su voz suave, captando mi atención.

Me miró a los ojos, una pequeña inclinación de cabeza acompañó sus palabras.

“Quería disculparme por haberte interrumpido antes, durante tu presentación.

No fue mi intención.” Sonreí, mi mirada fija en sus ojos azules.

Este era el momento.

Esta era nuestra primera conversación real.

“No te preocupes, Momota-san,” respondí, mi voz ligeramente más baja, casi un susurro cómplice.

“A decir verdad, me hiciste un favor.

Me diste la excusa perfecta.” La curiosidad se pintó en su rostro.

“Verás, como soy el único nuevo aquí y no conozco bien el instituto, ¿te importaría guiarme un poco por el campus durante el receso?

No quisiera perderme.” Le di mi sonrisa más inofensiva, aunque por dentro, celebraba la oportunidad de tenerla a solas.

Conocía cada rincón del instituto, cada árbol, cada pasillo, cada punto ciego.

Pero ella no necesitaba saberlo.

Era una táctica.

Ella me evaluó por un momento, esa chispa de diversión que había notado antes apareció de nuevo en sus ojos.

Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

“Claro, Kamekura-kun”, respondió Nanoha, con una ligera inclinación de cabeza.

“Como prometí, te haré un recorrido.

¿Por dónde quieres empezar?” “Excelente”, murmuré, guardando el último libro en mi mochila y poniéndome de pie.

Mi sonrisa se amplió, sabiendo que el juego se movía a otro nivel.

Salimos del aula, el murmullo distante del resto de los estudiantes llenando los pasillos.

Nanoha tomó la iniciativa, caminando con una gracia natural.

“El instituto Saint Claire es bastante grande, Kamekura-kun”, comenzó, su voz melódica.

“Tenemos varios edificios principales.

Este es el de las aulas de primer año.

Luego, si vamos por este pasillo, llegaremos al gimnasio y a las canchas deportivas.” Señaló con la mano un corredor a nuestra derecha.

Mientras hablaba, observé cada uno de sus movimientos.

La forma en que su coleta se balanceaba ligeramente, cómo la tela de su uniforme se estiraba sutilmente al girar.

Era una belleza tranquila, pero potente.

La imagen de Rio y ella, juntas en la clase, rebotando con cada movimiento, regresó a mi mente.

Mi pulso se aceleró.

Tener a una de ellas bajo mi control era una victoria.

Tener a las dos…

la idea era embriagadora.

Nanoha, con su inteligencia y su cuerpo voluptuoso, sería una adquisición preciosa.

Rio, con su inocencia y su conexión con Haruta, sería la prueba definitiva de mi habilidad.

Ambas, a mi disposición, la una con la otra o rindiéndose ante mí.

El poder de doblegarlas era una fantasía que ardía en mi interior.

“Ya veo”, comenté, forzándome a enfocarme en sus palabras, aunque mis pensamientos estuvieran en otra parte.

“¿Y el campo de atletismo?

¿Está muy lejos de aquí?” Era una excusa tonta, un pretexto para alargar el recorrido y mantenerla cerca.

Nanoha sonrió.

“No mucho.

Si cruzamos el patio central, llegamos directo.

Es uno de los lugares más populares durante los recreos.

Y por cierto, Kamekura-kun, ¿tienes algún club al que quieras unirte?

El Saint Claire tiene una gran variedad, desde clubes deportivos hasta culturales.” “Aún no lo he decidido”, le dije.

“Estoy más interesado en conocer a la gente de aquí primero.

Especialmente, a los que han estado aquí más tiempo, como tú.

Podrías darme una buena perspectiva de todo.” Mi tono era amigable, pero la intención era clara: quiero tu información, quiero tus conexiones.

Ella me miró a los ojos por un segundo, y pude jurar que vi un destello de comprensión.

Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, pero decidiera seguir el juego.

“Bueno, entonces tendrás mucho que aprender”, respondió con una risa suave.

“Y si necesitas algo, no dudes en preguntar.

O si simplemente quieres un café del vending.” El receso apenas comenzaba, y Nanoha ya me estaba ofreciendo una puerta de entrada.

Esto era aún mejor de lo que había planeado..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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