Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 21
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21: Capitulo 21 Compartir 21: Capitulo 21 Compartir VIERNES | MAÑANA PERSPECTIVA DE KAITO KAMEKURA Kaito y Nanoha entraron al aula, las últimas campanas sonando justo cuando cruzaban el umbral.
El murmullo de los estudiantes ya instalados en sus sitios llenaba el aire.
Kaito, con Nanoha aún de la mano, escaneó rápidamente la sala.
Sus ojos se detuvieron en la parte de atrás.
Allí estaban, ya sentados: Haruta y Río Inami.
Río Inami.
La chica que Kaito Natsukawa creía que sentía algo por él.
La misma que Kaito Kamekura planeaba reclamar.
Vestía el uniforme escolar como todos, pero en ella, la blusa blanca y la falda a cuadros parecían ajustarse de una manera particular, resaltando sus curvas.
Su cabello oscuro caía suavemente sobre sus hombros, y sus ojos, de un intenso color azul verdoso, estaban fijos en algún punto al frente, como si estuviera perdida en sus pensamientos.
Kaito notó el rubor sutil en sus mejillas, el brillo casi imperceptible de sus labios.
Era una mujer con una presencia innegable, una que Kaito, con su aguda percepción, sabía que guardaba secretos y deseos ocultos.
Kaito no pudo evitar sentir una punzada de excitación.
La información de Natsukawa, el pensamiento de que Río Inami albergaba sentimientos ocultos, avivaba su interés.
La imagen que tenía ahora de ella se mezclaba con lo que sabía: una pieza clave en su juego, una que prometía una conquista aún más gratificante debido a su complejidad emocional.
Mientras caminaban hacia sus propios asientos, Kaito mantuvo el contacto visual con Río por un instante, una fracción de segundo en la que sus miradas se cruzaron.
En los ojos de Río, Kaito no vio reconocimiento, pero sí un leve parpadeo, una inquietud apenas perceptible antes de que ella desviara la mirada.
Haruta estaba a su lado, charlando animadamente con Río, ajeno a la tensión silenciosa que Kaito Kamekura había traído al aula.
El amigo de la infancia, el rival silencioso.
Kaito Kamekura sintió la familiar oleada de placer que le producía el inicio de un nuevo desafío.
Nanoha apretó su mano.
—Kaito-kun, ¿vamos?
—preguntó, señalando sus asientos.
Kaito asintió, su mirada final en Río Inami antes de dirigirse a su lugar.
Kaito y Nanoha se dirigieron al fondo del aula.
Kaito tomó el asiento junto a la ventana, el último de la fila, con una vista despejada del patio exterior y, más importante, una posición estratégica para observar discretamente el resto de la clase.
Nanoha se sentó en el pupitre justo delante de él, su silla ligeramente girada para poder seguir hablando en voz baja.
El profesor entró en el aula, y el murmullo general fue reemplazado por la calma relativa de una lección a punto de comenzar.
Mientras el profesor escribía en la pizarra, su espalda hacia la clase, Kaito se inclinó hacia Nanoha.
—Entonces, ¿qué tal ayer con tu madre y las compras?
—preguntó Kaito en un susurro, su voz apenas audible sobre el tenue sonido de la tiza.
Nanoha giró un poco más su silla, sus ojos brillantes.
—¡Uf, agotador, Kaito-kun!
Mamá encontró todo lo que necesitaba, pero me arrastró por cada tienda de la ciudad.
¡Casi cuatro horas!
—Hizo un puchero adorable—.
Menos mal que al final encontramos algo bonito.
Kaito sonrió, disfrutando de su sinceridad.
—Cuatro horas, ¿eh?
Eso es una hazaña.
¿Encontraste algo especial?
Ella se sonrojó ligeramente, y una sonrisa pícara apareció en sus labios.
—Quizás… Algo que te gustaría mucho.
Pero es una sorpresa.
—Me encantan tus sorpresas, mi amor —respondió Kaito, su voz cargada de un afecto que, para Nanoha, era completamente genuino.
Para Kaito, era control.
Nanoha se rio suavemente, su mano buscando la de él por debajo del pupitre.
Sus dedos se entrelazaron.
Kaito le devolvió el apretón, manteniendo la fachada de un novio atento mientras, en el fondo, su mente ya estaba planeando la sesión de “discusión” con Reina Kurashiki en la sala de orientación y, más allá, la inevitable confrontación con Río Inami.
Mientras el profesor continuaba con la clase, Kaito seguía con el suave contacto de la mano de Nanoha.
Ella hablaba sobre una anécdota divertida de su madre en una tienda, y Kaito asentía y sonreía, su atención dividida.
Una parte de él estaba con Nanoha, el novio cariñoso.
Otra parte, la más grande y dominante, estaba calculando, observando a Río Inami desde la distancia, preparando sus próximos movimientos en el complejo tablero de ajedrez que era su vida.
VIERNES | MAÑANA PERSPECTIVA DE KAITO KAMEKURA El timbre sonó con fuerza a las 10 de la mañana, anunciando el receso.
El aula, que un momento antes estaba sumida en el zumbido de la clase, estalló en un torbellino de voces y movimiento.
Kaito y Nanoha se levantaron de sus asientos.
Ella, con una sonrisa radiante, se giró hacia él.
—¡Por fin!
¡Tengo mucha hambre!
—dijo Nanoha, y sin esperar, tomó la mano de Kaito con la misma naturalidad que antes.
—Vamos, entonces —respondió Kaito, dejándose guiar.
Caminaron por los pasillos del instituto, que ahora estaban abarrotados de estudiantes.
Los empujones ocasionales y las risas juveniles creaban una atmósfera animada.
Kaito mantenía su mirada tranquila, observando el bullicio con una ligera indiferencia, pero siempre consciente de su entorno.
Con Nanoha a su lado, actuaba el papel del novio perfecto, sonriente y atento.
Llegaron a la cafetería, donde la fila era larga y el aire olía a comida caliente.
Nanoha señaló una mesa libre en una esquina más tranquila, y Kaito asintió.
Pidieron algo ligero: un par de sándwiches y jugos.
Mientras comían, Nanoha no paraba de hablar de lo que harían el fin de semana, de una película que quería ver, de sus amigas.
Kaito la escuchaba con atención, asintiendo en los momentos justos, sonriendo a sus bromas.
—Y luego, podríamos ir al centro comercial, ¡hay una tienda que tiene unos accesorios geniales!
—Nanoha estaba animadísima, sus ojos brillando mientras describía sus planes.
—Suena bien, mi amor —dijo Kaito, tomando un sorbo de su jugo.
Disfrutaba de la ligereza de la conversación, del contraste con sus propios pensamientos, mucho más oscuros y complejos.
Era como un respiro, un pequeño oasis de paz antes de sumergirse de nuevo en sus planes.
El receso pasó volando entre risas y charlas.
Nanoha era feliz, y su felicidad era un reflejo de la imagen que Kaito quería proyectar.
Era un arma más en su arsenal, la máscara de normalidad que le permitía moverse sin ser detectado, mientras por dentro, la mente de Kaito Kamekura no dejaba de tejer sus redes.
La sala de orientación lo esperaba a las 10:30 AM.
Y Reina Kurashiki también.
El segundo timbre sonó, señalando el fin del receso.
Kaito y Nanoha se levantaron, dirigiéndose de nuevo hacia su aula.
Al llegar a la puerta, Nanoha lo miró con una expresión de súplica.
—Kaito-kun, ¿te quedas en clase conmigo?
—preguntó, su voz suave, con un leve puchero.
Kaito le sonrió y le dio un rápido beso en la frente.
—Me encantaría, mi amor, pero tengo que hacer un trabajo importante en mi sala de orientación.
Es algo urgente del consejo estudiantil.
La expresión de Nanoha decayó un poco.
—Oh… ¿y te quedarás hasta el almuerzo?
—No te preocupes.
Prometo que vendré a recogerte justo a la una, después de la última clase —le aseguró Kaito, sus ojos brillando con una promesa que iba más allá de la tarde—.
Pasaremos toda la tarde juntos.
¿Qué te parece?
El rostro de Nanoha se iluminó de inmediato.
—¡Sí!
¡Me encanta esa idea!
Te espero entonces, Kaito-kun.
Con otro beso rápido, Nanoha entró al aula.
Kaito la vio sentarse y luego se dio la vuelta, dirigiéndose por el pasillo hacia su sala de orientación.
El reloj marcaba casi las 10:30 AM.
Reina lo estaría esperando.
Mientras caminaba, sus pensamientos volvieron a los desafíos del día.
El tema de la ausencia en las clases de la tarde era una espina.
Aunque había hipnotizado al director para que le concediera permisos sin cuestionar, no podía extender ese control a todos los profesores y estudiantes de su curso.
Algunos, especialmente los más observadores, ya estaban empezando a notar sus ausencias recurrentes después del receso.
Tendré que solucionarlo pronto, pensó Kaito.
Más tarde, o quizás otro día de esta semana.
Unos pocos profesores y algunos estudiantes clave, solo para que no recuerden mis faltas o no les den importancia.
No le gustaba tener cabos sueltos, y esa era una pequeña imperfección en su otherwise perfecta fachada.
Los lentes de hipnosis serían la solución.
Con los hombres era siempre más sencillo.
Al llegar a la puerta de su sala de orientación, Kaito vio a Reina Kurashiki.
Estaba de pie, apoyada en la pared opuesta, con los brazos cruzados y una expresión impaciente en su rostro.
Sus ojos se clavaron en él en cuanto lo vio acercarse.
La mirada de Reina prometía una “discusión” intensa.
Kaito sonrió para sí mismo.
Todo iba según el plan.
La figura de Reina Kurashiki contra la pared del pasillo no exudaba paciencia, sino una furia contenida que apenas lograba disimular.
Sus brazos estaban cruzados con fuerza sobre su pecho, y cuando Kaito se acercó, sus ojos lo taladraron con una intensidad que era tanto acusación como desafío.
—Por fin te dignas a aparecer —espetó Reina, su voz un susurro cargado de veneno, apenas audible en el pasillo ya casi vacío.
Kaito se detuvo frente a ella, la distancia entre ambos cargada de tensión.
No dijo nada, solo la observó, permitiendo que su furia se manifestara.
La veía como un tigre enjaulado, lista para atacar.
De repente, Kaito extendió una mano y, con un movimiento rápido y firme, la agarró por la muñeca.
No esperó una respuesta; simplemente tiró de ella, obligándola a moverse.
—Aquí no —dijo Kaito con una voz tranquila, su control sobre ella palpable.
Reina se resistió por un instante, un gruñido de indignación escapando de sus labios, pero Kaito era más fuerte.
La arrastró hasta la puerta de la sala de orientación, sacó la llave con la mano libre y abrió con un chasquido metálico.
La empujó suavemente hacia el interior, asegurándose de que entrara primero, y luego cerró la puerta tras ellos, el sonido amortiguado del cierre sellando su privacidad.
En el instante en que la puerta se cerró, Reina se soltó de su agarre con un tirón violento.
Su respiración era agitada, sus ojos centelleaban.
—¿Cómo te atreves?
—siseó, y antes de que Kaito pudiera anticipar el movimiento, la mano de Reina se alzó y se estrelló contra su mejilla con una fuerza sorprendente.
El sonido de la bofetada resonó en la pequeña habitación, un eco agudo en el silencio que siguió.
Kaito sintió el escozor en su piel, un calor repentino.
Se quedó inmóvil, sin cambiar su expresión.
Su mirada se endureció, pero su voz permaneció calmada.
—¿Terminaste, Reina?
—preguntó Kaito, un tono peligroso subyacente en sus palabras.
Su mejilla comenzaba a enrojecer, pero su control no flaqueaba.
La bofetada no le había dolido tanto como lo había excitado.
La furia de Reina era una muestra de su pasión, un fuego que él sabía cómo avivar y, sobre todo, cómo controlar.
El escozor en su mejilla era una punzada estimulante, no una ofensa.
La furia en los ojos de Reina, la pasión que acababa de liberar en ese golpe, en lugar de irritarle, encendió algo primario en Kaito.
Esa rabia, ese fuego indomable, era exactamente lo que a él le gustaba domar.
Kaito no respondió con ira, sino con una sonrisa lenta, casi depredadora.
Sus ojos se oscurecieron con una intención clara.
—¿Terminaste, Reina?
—repitió, su voz baja y cargada de una autoridad que no dejaba lugar a dudas.
Antes de que Reina pudiera articular una palabra, antes de que pudiera retroceder o incluso pensar en oponer resistencia, Kaito se movió.
Con una velocidad inesperada, la sujetó firmemente por la cintura y la atrajo hacia él.
La distancia entre sus cuerpos desapareció en un instante, el impacto haciendo que Reina jadeara.
Sin darle tiempo a protestar, Kaito inclinó la cabeza y la besó.
No fue un beso tierno, ni dulce.
Fue un beso dominante, hambriento, que buscaba sofocar su furia y reclamar su voluntad.
Sus labios se movieron con una brusquedad calculada, exigiendo una respuesta, aplastando cualquier resistencia.
Reina intentó forcejear al principio, sus manos empujando contra su pecho, pero Kaito no cedió.
Mientras sus bocas seguían unidas, su mano libre no perdió el tiempo.
Con una coquetería brutal, Kaito la deslizó por la espalda de Reina, sintiendo la tela de su uniforme antes de ascender, con una intencionada brusquedad, hasta sus pechos.
Los apretó con fuerza a través de la tela, sus dedos abarcando la plenitud de sus senos, una caricia que era más una afirmación de posesión que de cariño.
El jadeo de Reina se ahogó en el beso.
La lucha en su cuerpo disminuyó, reemplazada por un temblor.
Kaito sintió cómo la tensión en ella se transformaba, cómo su ira se retorcía bajo el embate de sus labios y sus manos, mutando en una respuesta innegable.
Era el comienzo de la sumisión, el momento en que su voluntad empezaba a doblegarse bajo el suyo.
El beso de Kaito no le dio tregua a Reina.
Sus labios se movían con una intensidad que buscaba anular cualquier resistencia, mientras su mano en sus pechos era una declaración de propiedad.
Reina forcejeó, sus manos empujando contra él con renovada fuerza, finalmente logrando separarse un poco, rompiendo el beso con un jadeo.
Su rostro estaba sonrojado, una mezcla de rabia, confusión y una innegable excitación.
—¡Suéltame!
—siseó, su voz temblaba.
Sus ojos, aún desorbitados, se fijaron en los de Kaito con una mezcla de desafío y desesperación.
—¿Qué soy para ti, Kaito?
¿Un juguete?
¿Una más de tus… diversiones?
La respiración de Reina era agitada, sus pechos subían y bajaban con fuerza bajo la mano de Kaito que aún no la soltaba.
—Yo no quiero ser tu amante —escupió, la frustración y la vulnerabilidad claramente visibles en su rostro—.
¡No quiero ser una de tus aventuras a escondidas!
Quiero ser tu novia, Kaito.
¡Quiero que sea algo real!
Las palabras de Reina resonaron en la sala, cargadas de una sinceridad que Kaito no había esperado.
Su petición, su anhelo de exclusividad, era un obstáculo en sus planes, pero también una herramienta.
Kaito sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios.
Le gustaba ese deseo posesivo en ella.
—¿Novia?
—murmuró Kaito, con una voz que era a la vez suave y dominante.
Sus ojos se clavaron en los de ella, ignorando su protesta, su mano en sus pechos aún firme.
Sin darle tiempo a reaccionar, Kaito la atrajo de nuevo hacia él, sus labios buscando los de ella con renovada fuerza.
Esta vez, el beso fue más profundo, más prometedor, silenciando cualquier otra palabra que Reina pudiera haber querido decir.
Su lengua se abrió paso, reclamando su boca con una posesividad arrolladora.
Cuando finalmente se separó, los ojos de Reina estaban cerrados, su respiración aún agitada.
Kaito susurró contra sus labios, su voz una seda letal.
—¿Y qué tal… compartir, Reina?
La pregunta de Kaito resonó en el silencio cargado de la sala.
Reina abrió los ojos, su mirada confusa y herida.
—¿Compartir?
—dijo, la palabra apenas un hilo de voz.
Kaito sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Deslizó sus manos por la cintura de Reina, atrayéndola aún más cerca hasta que no hubo espacio entre ellos.
Su aliento cálido rozó la oreja de ella mientras susurraba, cada palabra una promesa y una amenaza.
—Eres fuerte, Reina.
Ambiciosa.
No te conformas con poco.
Y yo… yo soy igual.
Tengo muchas cosas, muchas responsabilidades.
Y muchas… necesidades.
Se separó un poco, solo lo suficiente para que sus ojos se encontraran de nuevo.
La mirada de Kaito era magnética, absorbente, invitándola a entrar en su mundo.
—Tú quieres más.
Quieres poder, influencia.
Conmigo, tendrás todo eso y más.
Pero no solo para ti.
Hay otras piezas en mi juego.
Piezas que me permiten tenerlo todo.
La mano de Kaito volvió a subir por la espalda de Reina, hasta la nuca, sus dedos enredándose ligeramente en su cabello.
La obligó a mirarlo, a ver la verdad en sus ojos.
—Te doy mi tiempo, mi atención, mi cuerpo.
Te doy la oportunidad de tener el poder que deseas.
Pero no soy de uno solo, Reina.
Nunca lo he sido.
¿Estás dispuesta a aceptar eso?
¿A tomar lo que te ofrezco, sabiendo que habrá… otras partes en mi vida?
Reina lo miró, sus ojos reflejando una tormenta interna.
El brillo de la ambición luchaba con el dolor del desamor, la lógica contra el deseo.
Kaito podía ver la balanza inclinarse, podía sentir su voluntad vacilar.
La bofetada en su mejilla, el fuego en sus pechos, la furia…
todo se transformaba en una compleja red de sumisión y deseo, justo como a Kaito le gustaba.
El aliento de Reina se aceleró, sus ojos fijos en los de Kaito.
La lucha interna era palpable, pero la marea ya estaba cambiando.
Kaito lo sabía.
Su mirada, su tacto, sus palabras, todo había sido calculado para llevarla a ese punto de quiebre.
—¿Estás dispuesta a aceptar eso?
—repitió Kaito, su voz un susurro ronco que se clavaba en lo más profundo de ella.
Su pulgar rozó suavemente la comisura de los labios de Reina, sintiendo el leve temblor.
La respuesta de Reina fue un gemido ahogado, una rendición que no necesitaba palabras.
Sus manos, que antes lo habían empujado, ahora se aferraban a sus brazos, sus dedos apretando la tela de su uniforme.
El fuego en sus ojos no se había apagado, pero ahora era de otro tipo: el fuego de un deseo que había encontrado su cauce, torcido y peligroso.
Kaito sonrió.
Era el momento.
Sin romper el contacto visual, Kaito deslizó lentamente una de sus manos desde la nuca de Reina por su espalda, hasta posarla con firmeza en la base de su columna.
Al mismo tiempo, su otra mano, que antes había estado en su cintura, se movió con una sensualidad deliberada, abriendo suavemente el blazer del uniforme de Reina, y luego desabrochando con experta lentitud el primer botón de su blusa.
Reina cerró los ojos, un suspiro escapándose de sus labios entreabiertos.
Su cuerpo se arqueó instintivamente contra el de Kaito, buscando más contacto, más presión.
Kaito sintió el calor de su piel, la urgencia creciente.
—Sé que te gusto, Reina —murmuró Kaito, sus labios rozando el lóbulo de su oreja—.
Sé lo que quieres.
Los dedos de Kaito se deslizaron con atrevimiento por el escote de su blusa, rozando la suave piel de su pecho.
Con un movimiento brusco pero controlado, la levantó ligeramente, sentándola sobre el borde de la mesa, sus piernas ahora a horcajadas sobre sus caderas.
Reina enredó sus piernas alrededor de Kaito, atrayéndolo más, su cuerpo temblaba de anticipación.
El aire en la sala se volvió denso, pesado con la excitación que emanaba de ambos.
Las palabras ya no eran necesarias.
Solo el lenguaje de los cuerpos, de los deseos prohibidos, de la dominación y la sumisión que Kaito Kamekura orquestaba con una maestría absoluta.
Sentada sobre la mesa, con sus piernas firmemente enredadas alrededor de su cintura, Reina se convirtió por completo en un torbellino de anhelo.
Kaito la besó de nuevo, con más profundidad, saboreando el ardor que nacía entre ellos.
Mientras sus bocas se unían en un baile salvaje, sus manos trabajaron con una destreza calculada, deshaciendo los botones restantes de la blusa de Reina.
La tela blanca cedió, revelando el sujetador de encaje que llevaba debajo.
No era un sujetador cualquiera.
Era una pieza de lencería blanca, delicada y extremadamente provocadora, con detalles que dejaban poco a la imaginación.
Kaito la desvistió de su blusa y la dejó caer al suelo, sin romper el beso.
Sus ojos se fijaron en la lencería blanca, sus dedos rozaron el encaje.
Se separó un momento, solo lo suficiente para mirarla a los ojos, su aliento caliente contra el de ella.
Su voz, un susurro ronco y cargado de una posesividad que encendía más el ambiente, perforó el silencio.
—¿Para quién te has puesto esto, Reina?
—preguntó Kaito, su mirada fija en el blanco encaje, mientras sus labios buscaban de nuevo los de ella en un beso fugaz pero cargado de promesa.
Reina, con los ojos brillando y los labios hinchados por el roce de los suyos, apenas podía respirar.
Su voz, cuando salió, era un murmullo entrecortado, lleno de devoción.
—Para mi Rey… Solo para ti, mi Rey.
La palabra “Rey” resonó en la mente de Kaito, un título que se le ajustaba a la perfección, un reconocimiento de su dominio.
La rabia de Reina se había desvanecido, consumida por el deseo y la sumisión.
Su cuerpo temblaba bajo su toque, sus caderas se movían instintivamente contra las suyas.
Kaito sonrió, una sonrisa de triunfo.
La había domado.
Al menos por ahora.
Su mano, liberada, se deslizó por el abdomen de Reina, desabrochando la falda del uniforme.
La tela cayó, uniéndose a la blusa en el suelo.
Ahora, solo el delicado encaje blanco cubría lo esencial.
Los gemidos de Reina se hicieron más fuertes, su cuerpo arqueándose hacia él.
—Mi Rey… —volvió a susurrar Reina, sus dedos aferrándose al cuello de Kaito, atrayéndolo más hacia ella.
La excitación en la sala era casi palpable, una tormenta perfecta de deseo y poder.
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