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Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 20

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20: Capitulo 20 20: Capitulo 20 Tras revisar el mensaje del informante y analizar la imagen de Kaito Natsukawa, Kaito Kamekura ya no tenía dudas.

La información sobre la trayectoria de Natsukawa con la revista ‘Eclipse’ era un cabo suelto demasiado peligroso.

El “proyecto Juventud y Belleza” sonaba, en la mente de Kaito, a una excusa barata para explotar la imagen de modelos jóvenes y vulnerables.

Y si Natsukawa intentaba acercarse a Río Inami con esas intenciones…

Kaito se terminó el café, la taza resonando suavemente al dejarla en la encimera.

Sus planes para la mañana cambiaron.

La gestión de Reina kurashiki y la de su novia nanoha momota podía posponerse unas horas.

La prioridad ahora era la incursión.

Se dirigió a su coche, el Cadillac negro esperando en el estacionamiento subterráneo.

Mientras el motor cobraba vida con un ronroneo potente, Kaito se ajustó el traje, la tela impecable ciñéndose a su cuerpo.

No era un simple viaje de negocios, sino una misión de reconocimiento.

Tenía que conocer a ese hombre, medir su ambición, sus verdaderas intenciones.

Conducir hasta el Hotel Imperial no le llevó mucho tiempo.

Estacionó discretamente a unas cuadras de distancia, prefiriendo la discreción.

Al entrar al imponente lobby del hotel, sus ojos escanearon el lugar con la misma precisión que un depredador evalúa su terreno.

Sabía que Natsukawa se había registrado, el informante lo había confirmado.

Se acercó al mostrador de recepción con su andar decidido.

—Buenos días —saludó Kaito a la recepcionista con una sonrisa encantadora pero distante—.

Tengo una reunión programada con el señor Kaito Natsukawa.

Me gustaría saber su número de habitación.

La recepcionista, una joven algo nerviosa por la presencia de Kaito, dudó un instante.

—Lo siento, señor.

Por política del hotel, no podemos dar información de las habitaciones de nuestros huéspedes sin su autorización expresa.

Kaito mantuvo su sonrisa, pero sus ojos adquirieron un brillo diferente.

Con un movimiento apenas perceptible, sacó de su bolsillo un estuche delgado y elegantemente diseñado.

Dentro, brillaban los lentes de tanaka .

Los colocó sobre su rostro.

—Estoy seguro de que el señor Natsukawa estará encantado de verme —su voz era suave, persuasiva, pero con una resonancia que se clavaba directamente en la mente de la joven—.

Dígame su número de habitación.

Es urgente.

La mirada de la recepcionista se volvió vidriosa, sus pupilas se dilataron ligeramente.

Una extraña calma la invadió.

—Habitación 307, señor —respondió con una voz monótona, como si estuviera recitando una lección aprendida.

—Gracias, ha sido usted muy amable —dijo Kaito, su sonrisa ahora más genuina, aunque solo por la satisfacción de su control.

Guardó los lentes, ascendió en el ascensor.

Kaito no los había usado mucho, es cierto.

Le gustaba que las mujeres se sometieran por su propia voluntad, por el poder intrínseco de su carisma y su dominación.

Pero con los hombres…

con los hombres, las reglas eran diferentes.

Eran peones, y si la hipnosis servía para moverlos en su tablero, no dudaría en usarla.

Llegó al piso 3, caminó por el pasillo alfombrado hasta la puerta 307.

Levantó el puño y golpeó dos veces, con una autoridad silenciosa.

Unos segundos después, la puerta se abrió.

Kaito Natsukawa apareció en el umbral, con una toalla alrededor de la cintura y el pelo rubio aún húmedo por la ducha.

Sus ojos, los que la foto no había revelado con claridad, eran de un color ámbar intenso, y ahora se clavaban en Kaito Kamekura con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Sí?

—preguntó Natsukawa, su sonrisa “amigable” y confiada ya dibujada en su rostro, un reflejo de la que Kaito había visto en la foto.

Pero Kamekura podía ver más allá.

Podía ver la intención, la calculada naturalidad.

Kaito Kamekura lo observó por un momento, evaluando al hombre que tenía delante.

Las intenciones de Natsukawa, pensó, eran el ingrediente clave.

Si no tramaba nada contra Río, lo dejaría en paz por ahora.

Pero si sus planes involucraban a su presa, a su futura conquista…

entonces Kaito Natsukawa pagaría un precio muy caro.

—Buenos días, Kaito Natsukawa —dijo Kaito Kamekura, su voz fría y firme—.

Creo que tenemos mucho de qué hablar.

Antes de que Kaito Natsukawa pudiera procesar completamente la intrusión o formular una respuesta, Kamekura ya había dado un paso adelante, cruzando el umbral de la habitación.

Con un movimiento fluido y apenas perceptible, sacó de su bolsillo los lentes que había usado momentos antes en la recepción y los colocó sobre el puente de su nariz, sus ojos fijos en los de Natsukawa.

La sonrisa “amigable” del fotógrafo se desvaneció, reemplazada por una expresión de confusión que rápidamente se tornó vidriosa.

—¿Cuáles son tus verdaderas intenciones al venir a esta ciudad?

—la voz de Kaito Kamekura era un susurro penetrante, un comando que se clavaba directamente en la mente vulnerable de Natsukawa.

Los ojos de Kaito Natsukawa se fijaron en los de Kamekura, desprovistos de cualquier emoción o voluntad propia.

La toalla que apenas cubría su cintura se sentía precaria, pero el hipnotizado no mostró señales de notarlo.

Su voz, cuando respondió, era plana, monótona, como la de un autómata.

—He venido por Río Inami —declaró Natsukawa, sin el menor rastro de vergüenza o vacilación.

Kamekura mantuvo su mirada intensa, absorbiendo cada palabra.

—¿Por qué Río Inami?

¿Qué significa ella para ti?

—Río Inami… ella siente algo por mí.

Aunque no lo admita —explicó Natsukawa, su mirada vacía clavada en el vacío—.

No lo admitiría ni a Haruta, ni siquiera a mí mismo de frente.

Pero lo sé.

Siempre lo supe.

Desde nuestra infancia, yo sabía que Río Inami sería mía algún día.

Y ha llegado el momento.

Una chispa de interés, casi de deleite, se encendió en los ojos de Kaito Kamekura.

Río Inami sentía algo por este hombre, y Haruta, el amigo de la infancia de ambos, también la quería.

La dinámica de ese triángulo era jugosa, un caldo de cultivo perfecto para sus propios planes.

Kamekura sintió una punzada de satisfacción, el escenario ideal para su corrupción.

—¿Y cuál es tu plan para hacerla “tuya”?

—demandó Kamekura, su voz modulando con una precisión quirúrgica para extraer los detalles más íntimos.

Kaito Natsukawa continuó su revelación, sin poder oponer resistencia.

—Mi plan era citarla para la próxima semana, específicamente el viernes.

Le diría que es para una sesión de fotos, para mi proyecto ‘Juventud y Belleza’.

—¿Solo para fotos?

—preguntó Kamekura, una ceja arqueada, su mente ya un paso adelante.

—No.

Las fotos son una excusa.

Una coartada.

Yo sé que Río Inami siente algo por mí —prosiguió Natsukawa, y en su tono monótono, Kamekura pudo percibir una extraña confianza que ahora se revelaba como una convicción profunda, casi obsesiva—.

Sé que un día de estos, ella vendrá a visitarme.

A este hotel.

Vendrá a verme.

Y ese día… ese día yo atacaría.

Kamekura procesó la información.

Natsukawa no solo quería a Río, sino que estaba convencido de que ella también lo deseaba, y tenía un plan paciente, casi predatorio, para aprovecharse de esa supuesta conexión emocional.

La “sesión de fotos” era una mera carnada.

El verdadero objetivo era la trampa emocional, la emboscada planificada.

Kamekura vio el fondo de la cuestión: Natsukawa quería corroer la voluntad de Río desde dentro, usando sus sentimientos y su historia en común.

Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por el rostro de Kaito Kamekura.

¡Esto era incluso mejor de lo que había esperado!

Dos hombres, Kaito Natsukawa y Haruta, compitiendo por la misma mujer, Río Inami, quien además sentía una atracción secreta por uno de ellos.

Era el escenario perfecto para un maestro del ajedrez como él.

Quería ver cómo esa relación de tres, ese delicado equilibrio de afectos y lealtades, se desmoronaba bajo su influencia.

Mientras Natsukawa seguía de pie, inmóvil y sin voluntad, Kaito Kamekura se regodeó en la ironía.

Dos hombres deseando a Río Inami, con planes y estrategias.

Pero al final del día, ella no sería para ninguno de ellos.

Río Inami sería suya.

Solo suya.

Él corrompería esa relación de amistad, ese amor no correspondido, y la reclamaría para sí..

—Entonces, tu plan es citarla bajo el pretexto de una sesión de fotos, con la esperanza de que venga por lo que ella “siente” por ti.

Y cuando venga, harás tu “ataque” —resumió Kaito Kamekura, su voz un murmullo helado que resonaba en la habitación.

Kaito Natsukawa asintió con lentitud, sus ojos ámbar fijos en un punto en el vacío.

Kamekura se acercó, la sombra de su cuerpo proyectándose sobre el hipnotizado.

Sus palabras eran órdenes ahora, cinceladas directamente en la mente de Natsukawa.

—Escucha atentamente.

Tu plan será alterado.

Seguirás con la idea de la sesión de fotos para tu proyecto ‘Juventud y Belleza’.

Y la citarás para el próximo viernes, como habías planeado.

Natsukawa asintió de nuevo, una marioneta en manos de un maestro.

—Pero —continuó Kamekura, su voz adquiriendo una autoridad inquebrantable—, si Río Inami viene a verte, no la tocarás.

Bajo ninguna circunstancia.

Ni un solo dedo.

Si ella se insinúa, si te busca, si intenta cualquier contacto físico, no harás nada.

La rechazarás.

La dejarás ir.

Kamekura hizo una pausa, asegurándose de que la orden se grabara profundamente.

—Si ella viene a este hotel, o a cualquier otro lugar, y te busca, me lo harás saber inmediatamente.

Usarás este número.

—Kamekura sacó una tarjeta de presentación simple, sin logos ni nombres, solo un número de teléfono, y la deslizó en la mano de Natsukawa.

El hipnotizado la tomó mecánicamente—.

Me informarás de cada detalle de su visita.

Y hasta entonces, no harás ningún movimiento por tu cuenta.

Esperarás mis instrucciones.

Entendido.

—Entendido —respondió Kaito Natsukawa, su voz robótica.

Kamekura observó al hombre por un momento más, asegurándose de que las instrucciones estuvieran bien ancladas.

La idea de que Natsukawa se negara a Río Inami, incluso si ella se le entregaba, era un giro exquisito.

Sería una humillación, un golpe a su orgullo, y abriría una brecha emocional que Kamekura podría explotar a la perfección.

Y además, Natsukawa ahora sería su informante personal sobre los sentimientos de Río.

Con una última mirada satisfecha, Kaito Kamekura retiró los lentes de sol.

La niebla comenzó a disiparse de los ojos de Kaito Natsukawa, que parpadeó, volviendo lentamente a la conciencia.

Su expresión pasó de la confusión a una vaga incomodidad al ver a un extraño de pie en su habitación de hotel, mientras él seguía en toalla.

—Disculpa, ¿puedo ayudarte en algo?

—preguntó Natsukawa, un rubor subiendo por su rostro al notar su estado semidesnudo.

Kamekura le dedicó una sonrisa fría, casi imperceptible.

—Mis disculpas por la intrusión.

Creo que me equivoqué de habitación.

Un placer, Kaito Natsukawa.

Nos veremos.

Sin esperar respuesta, Kamekura se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a un confundido Kaito Natsukawa rascándose la cabeza, la tarjeta de presentación en su mano como un extraño recuerdo de un encuentro que no podía explicar.

Mientras Kamekura regresaba a su coche, una oleada de triunfo lo invadió.

Había desarmado la bomba de Natsukawa y la había convertido en una herramienta para su propio arsenal.

Río Inami, Kaito Natsukawa, Haruta…

todos eran ahora peones en su tablero.

Y el juego apenas comenzaba.

De vuelta en el Cadillac, Kaito Kamekura encendió el motor.

Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras el potente coche salía del aparcamiento del hotel.

Acababa de poner la primera pieza de su juego con Río Inami.

Natsukawa era un peón más, movido a su antojo.

El sol de la mañana brillaba, prometiendo un día claro.

Kaito miró la hora en el salpicadero.

Aún era temprano, pero ya era hora de dirigirse al instituto.

Nanoha estaría a punto de salir de casa.

La imagen de su dulce novia, ajena a todo, le trajo una sensación de calma, un contraste a la tensión de la mañana.

Sacó su teléfono.

Decidió enviarle un mensaje rápido antes de ir a por ella.

Tenía que mantener las apariencias.

Mensaje de Kaito para Nanoha: “Buenos días, mi amor.

Ya estoy listo y saliendo de casa.

¿Quieres que pase a recogerte para ir juntos al instituto?

😊” Envió el mensaje y guardó el teléfono.

Conducía con una mano relajada en el volante, dirigiéndose hacia la casa de Nanoha.

Le gustaba esta parte de su vida, la normalidad, la fachada de un estudiante corriente.

Le daba un aire de inocencia que pocos sospecharían.

Mientras conducía, su mente seguía trabajando.

La mañana con Natsukawa había sido provechosa.

Ahora sabía que Río Inami sentía algo por el fotógrafo, y que Haruta también estaba en la ecuación.

Esa dinámica era un lienzo en blanco para sus manipulaciones.

Kaito Kamekura sonrió.

La corrompería.

Se aseguraría de que Río Inami, con sus complejos deseos y su pasado, terminara siendo solo suya.

PERSPECTIVA DE NANOHA MOMOTA El suave zumbido de su teléfono sobre la cómoda la sacó de sus pensamientos.

Nanoha estaba en su habitación, el uniforme escolar cuidadosamente planchado extendido sobre la cama, lista para un nuevo día.

Sin embargo, en lugar de la familiar lencería de diario, se estaba poniendo un conjunto nuevo: el blanco con detalles rojos que había comprado hacía unos días, especialmente para Kaito.

El encaje acariciaba su piel con delicadeza, y el sostén realzaba sutilmente su figura bajo la blusa del uniforme.

Se sentía bonita, un poco atrevida, y llena de una emoción anticipada.

Había comprado ese conjunto pensando en él, deseando sorprenderlo.

Recordaba vívidamente la intensidad de los momentos que compartían, y anhelaba más.

Justo cuando terminaba de abrocharse el sujetador, sintió la vibración.

Desbloqueó la pantalla y vio el nombre de Kaito.

Un escalofrío de alegría le recorrió la espalda.

Era su Kaito, su novio, el chico que hacía que su corazón se acelerara con solo una palabra.

Leyó el mensaje con una sonrisa que le iluminó el rostro: “Buenos días, mi amor.

Ya estoy listo y saliendo de casa.

¿Quieres que pase a recogerte para ir juntos al instituto?

😊” Su corazón dio un brinco.

¡Sí!

¡Claro que quería!

Le encantaba ir al instituto con él, sentir su presencia a su lado.

Era una pequeña burbuja de normalidad y cariño en medio de su ajetreada vida.

Rápidamente, sus pulgares volaron sobre el teclado para responder.

Respuesta de Nanoha para Kaito: “¡Sí, mi amor, por favor!

🥰 Me encantaría que pasaras a recogerme.

Estoy casi lista.

¡Te espero!

Te quiero.” Dejó el teléfono y se apresuró a terminar de vestirse.

La falda del uniforme se deslizó sobre sus caderas, cubriendo la nueva lencería que era su pequeño secreto para él.

Se miró al espejo, ajustándose el lazo de la corbata y repasando su cabello morado.

La emoción brillaba en sus ojos.

Iba a ver a Kaito, y la idea de sus manos en ella más tarde, descubriendo su pequeña sorpresa, le hacía sentir un cosquilo en el estómago.

Sabía que el día en el instituto sería más llevadero teniéndolo cerca.

Escuchó un coche acercarse.

¡Kaito ya estaba aquí!

Kaito detuvo el Cadillac frente a la casa de Nanoha.

Apenas habían pasado unos minutos desde su mensaje, pero ella ya estaba saliendo, su figura esbelta con el uniforme escolar destacando bajo la luz matutina.

Su cabello morado se balanceaba suavemente mientras caminaba con una sonrisa radiante.

Nanoha abrió la puerta del copiloto y se subió, llenando el interior del coche con su dulce perfume.

—¡Buenos días, Kaito-kun!

—exclamó con una voz alegre, inclinándose para darle un beso rápido en los labios.

Kaito la recibió con una sonrisa.

—Buenos días, mi amor.

Te ves hermosa.

Mientras ponía el coche en marcha, Kaito la observó de reojo.

Su uniforme le quedaba a la perfección, y aunque no podía ver la lencería que llevaba, había una luz especial en sus ojos, una energía burbujeante que no le pasó desapercibida.

Nanoha era un lienzo de inocencia que Kaito disfrutaba.

—¿Qué tal tu mañana?

¿Pudiste descansar?

—preguntó ella, apoyando su mano en su brazo, una caricia ligera y familiar.

—Productiva, como siempre —respondió Kaito, apretando suavemente su mano—.

Y sí, descanse lo suficiente.

Me alegro de que podamos ir juntos hoy.

—A mí también —dijo Nanoha, recostándose en el asiento, su mirada fija en el perfil de Kaito—.

Mi madre me tuvo de aquí para allá ayer por la tarde, así que no pude verte.

Te extrañé mucho.

—Yo también te extrañé, mi dulce Nanoha —murmuró Kaito, concentrado en el camino, pero disfrutando de la conversación.

La ternura de Nanoha era una agradable distracción de los planes más oscuros que se gestaban en su mente.

Era un descanso, una pausa, antes de la verdadera acción del día.

Mientras el Cadillac se movía suavemente por las calles de la ciudad, Kaito ya pensaba en cómo sería el día.

Las clases serían una formalidad, pero el tiempo con Nanoha sería una oportunidad para reforzar su conexión, para sembrar aún más profundo su influencia.

Y en su mente, ya visualizaba el momento en que ella, al igual que Yoko, experimentaría el “Nivel Avanzado”.

Era solo cuestión de tiempo.

Mientras el Cadillac avanzaba, el ambiente dentro del coche se había vuelto más íntimo.

Nanoha no soltaba su brazo, y el contacto, por inocente que pareciera, comenzaba a encender algo en Kaito.

El recuerdo de Yoko, la reciente instrucción a Natsukawa, todo eso se mezclaba con la calidez de Nanoha a su lado.

La dulzura era agradable, sí, pero Kaito anhelaba la intensidad.

En un semáforo en rojo, Kaito giró la cabeza hacia ella.

La luz del sol matutino se filtraba por la ventanilla, iluminando su perfil, haciendo brillar su cabello morado.

Había algo en su pose relajada, en su mirada soñadora, que lo invitó a ir más allá de las palabras.

—¿Extrañaste mucho a tu Kaito-kun?

—su voz era un susurro bajo, cargado de una intención que iba más allá de la pregunta.

Nanoha asintió, sus ojos grandes y expresivos fijos en los suyos.

—Muchísimo.

Quería verte ayer, pero…

Antes de que pudiera terminar la frase, Kaito deslizó su mano desde el brazo de Nanoha hacia su muslo, sin romper el contacto visual.

Su pulgar rozó suavemente la tela de la falda de su uniforme.

Nanoha dio un pequeño respingo, un suspiro se escapó de sus labios.

Sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor.

—No tienes que decir nada —murmuró Kaito, inclinándose lentamente hacia ella.

La distancia entre sus rostros se acortó, sus alientos se mezclaron—.

Yo también te extrañé, más de lo que puedes imaginar.

Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, pero rápidamente se profundizó.

Kaito la besó con una intensidad creciente, un reflejo del deseo que ardía dentro de él.

Su mano en el muslo de Nanoha se movió un poco más arriba, sintiendo la suave tela bajo sus dedos, acercándose peligrosamente al borde de su falda.

Nanoha correspondió al beso con una pasión creciente, sus dedos aferrándose a la tela de su camisa.

El semáforo cambió a verde, y los coches detrás comenzaron a tocar la bocina.

Kaito se separó de Nanoha, solo unos centímetros, sus ojos aún fijos en los de ella, que estaban ligeramente empañados y con los labios hinchados.

—Tenemos que ir al instituto —dijo Kaito con una voz ronca, una sonrisa sugerente en sus labios—.

Pero esto…

esto es solo el principio.

Nanoha asintió, sin palabras, su respiración agitada.

La mano de Kaito se retiró de su muslo, volviendo al volante mientras se dirigía al instituto…

El Cadillac se deslizó suavemente hacia el estacionamiento del instituto.

Kaito y Nanoha salieron del coche, y de inmediato, Nanoha tomó su mano.

Su piel era suave, sus dedos se entrelazaron con los de él con una naturalidad que a Kaito le resultaba casi cómoda.

La caminata hacia el edificio principal era parte de la rutina, un desfile diario de estudiantes, pero hoy era diferente.

El beso en el coche había cargado el aire entre ellos con una electricidad palpable.

Mientras subían las escaleras y se adentraban en el concurrido pasillo que conducía a las aulas, las voces y risas de otros estudiantes los envolvían.

Kaito mantenía su habitual expresión serena, pero por dentro, una parte de él disfrutaba del espectáculo, del simple hecho de ir de la mano con Nanoha, su novia oficial.

Era una imagen de normalidad, una que él manipulaba con maestría.

Entonces, sus ojos captaron un movimiento.

Al final del pasillo, apoyada contra los casilleros, estaba Reina Kurashiki.

Sus ojos, antes llenos de una ambición calculada, ahora se posaron en ellos, y Kaito pudo ver el destello de algo parecido a la sorpresa, y luego, una chispa de furia contenida.

Reina los vio, vio sus manos entrelazadas, y por un instante, su mandíbula se tensó.

Kaito sintió la punzada de triunfo.

Reina quería reclamarlo, Kaito lo sabía.

La noche anterior, su madre le había dado vía libre para “tenerlo cerca”, y Kaito había sentido la necesidad de control en el mensaje de Reina.

Ahora, ver a Nanoha a su lado era una provocación, un recordatorio de quién tenía el control.

Reina no era una mujer que tolerara ser compartida, mucho menos ignorada.

Kaito mantuvo su paso firme, sin soltar la mano de Nanoha.

Le dedicó a Reina una mirada que era a la vez un saludo y un desafío, una sonrisa sutil que prometía mucho y no entregaba nada.

Reina lo enfrentó con la mirada por un instante, una guerra silenciosa librándose en sus ojos.

Luego, con una agudeza calculada, desvió su atención.

Sacó su teléfono.

Kaito sintió la vibración del suyo casi al instante.

Mensaje de Reina para Kaito: “Necesitamos hablar.

Sala de orientación.

10:30 AM.

Después del receso.

Esto no puede esperar.” Kaito sintió una punzada de satisfacción.

Reina estaba reaccionando exactamente como él había previsto.

La había picado.

Y ahora, él la había citado, no ella a él.

—¿Pasa algo, Kaito-kun?

—preguntó Nanoha, notando su pequeña pausa mientras Kaito guardaba su teléfono.

—Nada, mi amor.

Solo un mensaje de trabajo —respondió Kaito, su voz suave.

Le apretó la mano con cariño.

Continuaron su camino hacia el aula, Nanoha a su lado, ajena a la tensión que Kaito había desatado en el pasillo.

Kaito sonrió.

La sala de orientación a las 10:30 AM.

Reina quería discutir.

Y Kaito estaba más que listo para la “discusión”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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