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L.E.T.O. — Love Exists Through Ordeal. - Capítulo 73

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Capítulo 73: Capitulo 71

ANA.

La casa olía a carne asada y especias, de esas que solo mi papá sabía mezclar como si fuera un alquimista culinario. Desde la sala podíamos escuchar los murmullos y bromas que salían de la cocina. Mamá estaba ahí también, probablemente vigilando que no se pasaran de sal con tal de no inflamarle los tobillos a mi hermana mayor. Evan, como buen esclavo doméstico moderno, ayudaba en todo, y Paula… bueno, Paula estaba sentada en la barra, picando algo mientras se quejaba de que le habían manchado su blusa con alguna salsa. Clásico.

Yo estaba recostada a medio lado en el sofá, con un cojín abrazado contra el pecho mientras mis ojos seguían el caos visual de una de esas películas llenas de efectos especiales. Sofía tenía las piernas sobre el otro sillón, y Lucía… bueno, Lucía ocupaba casi todo el espacio con su panza. No lo digo mal, al contrario, esa cosa ya tiene el tamaño de un planeta pequeño. Lo acariciaba inconscientemente mientras comía uvas de un platito.

—No entiendo cómo los efectos han avanzado tanto y aún hay películas que se ven como caricaturas baratas —dije, haciendo una mueca mientras una nave espacial explotaba sin razón aparente.

—Porque no todo es presupuesto, también es dirección, guión, visión —respondió Sofía, como si fuera crítica de cine. Levantó una ceja y luego le robó una uva a Lucía.

—Ey —protestó Lucía con voz cansada—. Frijolito aprobó cada una de esas uvas. Esa traición no la paso.

—Frijolito ni tiene dientes —respondió Sofía, riendo—. No puede opinar todavía.

Lucía le sacó la lengua y yo reí, disfrutando ese momento donde todo parecía… bien. Como si el caos del mundo quedara fuera de los muros de la villa.

—¿Sabes? —murmuré después de un rato, sin despegar los ojos de la pantalla—. Me gusta que estemos así. No sé, en familia. Con ruido, con comida, con mamá gritando que no metan cuchillos en la lavadora y papá cantando rancheras mientras cocina.

Lucía asintió sin decir nada, solo sonrió. Esa sonrisa de hermana mayor, agotada pero feliz. La que no veía desde hacía mucho, desde que volvió de ese maldito voluntariado. Desde que volvió… con él.

Miré de reojo hacia la cocina. Se escuchaban risas.

Evan estaba ahí.

Y aunque no lo diría en voz alta todavía… él ya era parte de esto. De nosotros.

Y lo sabíamos.

Me quedé mirando la pantalla por unos segundos más, aunque ya no estaba prestando atención a la película. Giré el rostro hacia Lucía, que tenía una mano apoyada sobre su vientre y la otra acariciando distraídamente su cuello, como si buscara relajar la tensión de tanto estar sentada.

—¿Estás bien con que mamá acompañe a papá en ese viaje? —le pregunté en voz baja, no quería que en la cocina escucharan—. Ya sabes cómo es… no es la primera vez que van juntos, pero ahora las cosas están raras. Lo que pasó en tu hospital aquella vez, cuando los buscaron por Evan… eso no se me olvida.

Sofía giró su rostro también, interesada.

Lucía suspiró y bajó la mirada un momento, pensativa.

—Es normal tenerle miedo —dijo finalmente—. Sobre todo cuando no lo has vivido en carne propia. Pero mamá y papá saben lo que hacen. No es la primera vez que van a zonas así. Ella es cirujana con años de experiencia. Y papá… bueno, papá ha estado en lugares que ni el infierno querría.

—Pero fue diferente cuando fueron por ti —dijo Sofía en voz baja, su tono más serio ahora—. No los buscaban a ellos. Iban por Evan.

Lucía asintió lentamente, con ese gesto que no era ni tristeza ni resignación. Más bien una mezcla extraña de realidad aceptada.

—Lo sé. Pero esta vez no será así —respondió con calma—. Hablé con el tío Alejandro.

Sofía y yo nos miramos. El tío Alejandro.

—¿Él va con ellos? —pregunté.

—Sí. Quería asegurarme —respondió Lucía mientras acomodaba un cojín detrás de su espalda—. Sé que es peligroso, por eso lo llamé. Me dijo que él mismo los acompañará. Y si él va… pueden estar tranquilas. Él no toma riesgos innecesarios. Marcos no irá porque está asignado a otra operación, pero si hubiera podido, créeme que lo mandaba también.

Me quedé callada, mordiéndome el labio.

Saber que el tío Alejandro iría era tranquilizador, pero aún así… eran nuestros papás. No importaba qué rango tuviera el tío. Siempre se siente como jugar a la ruleta.

—Igual… espero que vuelvan antes de que nazca frijolito —dije, volviendo a mirar la pantalla, aunque ya no sabía ni qué escena estaba—. Mamá no puede perderse eso. Nadie puede.

—No lo hará —dijo Lucía con una sonrisa pequeña—. Me lo prometió. Y si ella promete algo… lo cumple.

Y sí.

Eso también lo sabíamos.

Después de un largo rato de película, silencios compartidos y alguna que otra risa que apenas salía de nuestros labios, escuchamos la voz de mamá desde la cocina:

—¡La comida ya está lista!

Lucía soltó un suspiro que sonó como si se le hubiera escapado el alma por un segundo.

—Perfecto, ya sentía que frijolito iba a comenzar una revolución —dijo, llevando ambas manos a su panza como si calmara al pequeño con caricias suaves.

Sofía se levantó primero, estirando los brazos y soltando un pequeño quejido.

—Voy adelantándome, no quiero quedarme sin carne —bromeó mientras caminaba hacia el comedor.

Yo me levanté y fui directo al lado de Lucía, ofreciéndole la mano.

—¿Te ayudo?

—Gracias, pequeña aprendiz de enfermera improvisada —dijo entre risas mientras se impulsaba con cuidado—. Si esto sigue así, en unas semanas necesitaré grúa para moverme.

Nos reímos las dos, aunque yo hice una nota mental de no bromear mucho sobre eso. Lucía se esforzaba por mantenerse activa y animada, pero yo podía notar cuando había un cansancio más profundo.

Cuando llegamos al comedor, la mesa ya estaba servida. Mamá y Paula habían puesto todo con ese estilo medio militar que las dos tienen, cada plato en su sitio, los cubiertos alineados como en desfile.

Papá estaba en una de las cabeceras de la mesa, ya sirviéndose un trozo de carne con cara de satisfacción.

—Esto se ve criminal —dijo mientras partía el filete—. Lo cociné yo, así que más les vale decir que está buenísimo.

—¿Aunque esté medio crudo? —pregunté, sacándole la lengua.

—Crudo es sinónimo de jugoso, jovencita —respondió papá guiñándome un ojo.

Evan estaba sirviendo jugos con mamá, charlando bajito. La forma en que Evan se movía en la cocina ya era casi natural, como si siempre hubiera estado ahí. Me daba una sensación extraña, una mezcla de comodidad y algo más… como si fuéramos una familia más numerosa desde siempre.

Lucía se sentó con cuidado, con ayuda de Paula esta vez. Sofía ya estaba picando pan como si no hubiera comido en días.

—¿Y bien? —preguntó mamá mientras se sentaba a la otra cabecera—. ¿Listos para una cena familiar completa?

Evan sonrió y levantó su copa con jugo.

—Siempre.

Y así, entre risas, bromas, trozos de carne robados y papá asegurando que “así se cocina la carne de verdad”, la cena transcurrió.

Cálida. Luminosa. Como una burbuja en medio de todo lo que alguna vez nos hizo temer el mundo.

***

EVAN.

La voz de Lucía riendo con Ana se escuchaba a lo lejos, mezclada con el chocar de los cubiertos, el murmullo de conversaciones entre Sofía y Paula, y la voz ronca de Armando haciendo una broma que seguramente nadie entendería, pero todos fingirían que sí para mantenerle la moral alta. Me alejé un poco del comedor, lo suficiente para que el sonido quedara amortiguado y pudiera escuchar con claridad al otro lado de la llamada.

—¿Bueno?

—Evan —dijo la voz de mi agente legal, una mezcla entre urgencia y alivio en su tono—. Estás libre.

—¿Libre? —fruncí el ceño, deteniéndome justo junto a la pared que daba al pasillo—. Pero… —empecé a decir, todavía incrédulo— Ayer fui a dar otra vuelta, entregué más documentación, pensé que esto aún tardaría una semana más…

—Sí, sí, lo sé. Pero me refiero a libre de verdad. El proceso ha terminado. Ya está.

Por un segundo me quedé en silencio. El ruido del comedor parecía más lejano aún, como si todo se detuviera en ese momento.

—¿Ya está…? ¿Todo?

—Sí. Tu identidad ha sido restaurada oficialmente. Ya no estás desaparecido, muerto ni clasificado. Eres de nuevo Evan Callahan, con documentos actualizados, historial civil restaurado y… bueno, bienvenido de nuevo al mundo, muchacho.

Me recargué contra la pared, sintiendo el aire escaparme en una exhalación lenta. Mi mano libre fue a mi nuca, apretando un poco la piel ahí, donde a veces aún me dolía como si llevara una sombra pegada. Pero esta vez no dolió. Esta vez… sentí algo diferente.

—No pensé que esto me pegaría así —admití, sonriendo un poco sin darme cuenta—. Gracias, de verdad. Sé que fue un proceso largo. Agotador.

—Y peligroso, Evan —agregó él, su tono bajando un poco—. Lo que hiciste, lo que fuiste, todo lo que escondimos… No fue fácil limpiarlo. Pero lo hicimos. Lo hiciste.

—¿Cuándo tengo que ir?

—Cuanto antes. Si puedes mañana en la mañana, mejor. Solo queda firmar el último archivo en físico. Será rápido. Todo está sellado.

Asentí en silencio.

—Gracias… otra vez. De verdad.

—No me des las gracias, Callahan. Solo prométeme que lo vas a aprovechar.

Me reí muy suave.

—Créeme… ya lo estoy haciendo.

Corté la llamada, bajando lentamente el celular. Miré hacia la puerta que llevaba de nuevo al comedor. El olor a carne asada seguía flotando por el aire. Las voces, ahora un poco más bajas, seguían ahí. Mi hogar. Mi familia. Mi Lucía… mi frijolito.

Y ahora, con mi nombre de regreso… ya no era solo un hombre escondido. Ya no tenía que mirar por encima del hombro cada segundo.

Podía empezar a vivir de verdad.

Podía construir algo… nuestro.

Y entonces… me reí.

Primero fue una risa suave, casi muda, pero inevitable. Luego, sin poder evitarlo, solté el aire que llevaba años atrapado en el pecho. La risa creció, desbordó. Me cubrí el abdomen con una mano y me sostuve de la pared con la otra, agachándome un poco mientras sentía cómo el alivio se transformaba en carcajadas… y lágrimas.

Una lágrima me recorrió la mejilla sin permiso. No era de tristeza. Era de algo que iba más allá. Recompensa. Redención. Renacimiento.

—Carajo… —murmuré entre risas, sintiendo cómo mi cuerpo entero temblaba un poco—. Carajo…

Hace casi un año no quería volver. No quería saber nada. Mi madre, mi padre, mis hermanos… eran personas sin nombres sin rostro. Sombras en una memoria borrada. Una historia que tal vez nunca había sido mía. ¿Y si nunca me buscaron? ¿Y si sí? ¿Y si me olvidaron? ¿Qué ganaba con recordar algo que podía doler?

Pero la vida no funciona así.

Los conocí. Me conocí.

Volví a verme en sus ojos, en sus palabras, en sus silencios. Volví a sentirme hijo, hermano… humano. Supe que me buscaron, que lloraron por mí. Que mi ausencia no fue un hueco, fue una herida abierta en sus vidas.

Y ahora, aquí estaba yo. Lleno de cicatrices, pero completo. No entero, pero sí… vivo.

La emoción era tanta que mis piernas simplemente… cedieron. Me dejé caer al suelo con la espalda aún recargada contra la pared, resbalando poco a poco como si el mundo entero se me hubiera ido de encima. Me reí. Reí como un idiota, con los ojos húmedos, sintiendo la garganta apretada y el pecho vibrando.

Y lloré.

Riendo.

Como si fuera posible.

—Carajo… —solté entre dientes, cubriéndome los ojos con la mano. No sabía si quería gritar o dormir por tres días seguidos.

—¡¿Evan?! —La voz de Paula resonó por el pasillo, alta, urgente.

Segundos después, el sonido de sillas moviéndose, pasos corriendo, voces llamándose entre sí. Todos salieron del comedor. Vi primero las piernas de Paula, luego Sofía, luego a Ana que venía detrás. Y al fondo, Lucia, que apenas podía caminar rápido, pero aun así venía.

—¡Evan! ¿¡Qué te pasó!? —preguntó Sofía, agachándose frente a mí. Paula me tomó el rostro con ambas manos.

—¿Estás llorando? ¿Qué pasó? ¿Te duele algo? —dijo Isabel mientras se acercaba también. Armando venía detrás de ella con expresión seria, pero alerta.

Yo solo los miré a todos…

Solté una risa suave, con la voz quebrada, como si las lágrimas me arrancaran las palabras.

—Nunca… nunca creí que esto se sentiría así —dije, con el corazón latiéndome en los labios.

Lucía ya estaba a mi lado, sin decir nada, solo bajó con cuidado, con su vientre gigante y esa mirada que me calma todo. Me agarró la mano. Su calor.

—¿Qué se siente, Evan? —preguntó ella en voz baja.

Respiré hondo, y la miré.

—Mi agente me llamó —dije por fin—. Dice que… que todo terminó. Que mi proceso terminó. Que mi identidad… está restaurada. Que soy Evan Callahan otra vez.

Un silencio breve. Como una pausa contenida en el aire.

Y después, estalló todo.

—¡¿Qué?! —gritaron Ana y Sofía casi al mismo tiempo.

—¡¿Lo dices en serio?! —Paula me zarandeó del hombro, emocionada.

Isabel se llevó las manos a la boca, sus ojos brillando. Armando, detrás de todos, asintió lentamente… como quien entendía perfectamente el peso de esa noticia.

Lucía… Lucía solo me miró.

—Bienvenido de nuevo —susurró, como lo había hecho minutos antes—. Bienvenido a casa, Evan Callahan.

Me rodeó el cuello con los brazos como pudo y dejó su frente contra la mía.

Y por un segundo, me sentí niño otra vez. Pero no perdido. No roto. Sino uno que por fin encontró el camino a casa.

Mi casa ya no era un lugar.

Era una voz.

Un abrazo.

***

LUCÍA.

Nos habíamos vuelto a acomodar en el comedor, después de que Evan se calmó un poco. Tenía los ojos aún ligeramente enrojecidos, el cabello algo despeinado por haberse agarrado la cabeza tantas veces mientras reía y lloraba, pero aun así… se veía bien. Más que bien. Se veía libre.

Le habían pasado un vaso con agua, y yo me quedé a su lado, acariciando su muslo por debajo de la mesa, en silencio, mientras los demás retomaban sus lugares. Aunque todos fingíamos que comíamos como si nada, se notaba que todavía estábamos procesando lo que acababa de pasar.

Papá fue el primero en romper ese silencio que a veces se impone tras las emociones fuertes.

—¿Cómo te sientes, hijo? —le preguntó con voz suave, mientras cortaba un pedazo de carne de su plato. Su mirada era de esas que no sólo preguntan por cortesía, sino porque de verdad quieren saber.

Evan bajó el vaso, suspiró, y se apoyó en el respaldo de la silla.

—Estoy bien… —respondió, haciendo una pausa mientras miraba el techo, pensativo—. Solo que… fueron muchas emociones brotando al mismo tiempo, ya saben.

Todos guardamos silencio otra vez, esta vez para escucharlo. No siempre hablaba así. No siempre se abría.

—¿Saben cuál era mi plan cuando me trajeron aquí? —siguió, bajando la mirada hacia el centro de la mesa, sin ver nada en particular—. Solo entregar el collar de Luis… y desaparecer.

Yo lo miré. Sentí mi pecho apretarse. Ya me lo había dicho antes, en voz baja, en alguna noche en la que apenas podía dormir, pero decirlo ahora, frente a mi familia… tenía otro peso.

—No quería quedarme —continuó—. No quería buscar a nadie. Ni saber de mí mismo. Ni averiguar si alguien me había buscado o no… Quería cerrar ese ciclo con la familia de Luis. Devolverles algo de él, y luego… perderme otra vez.

—Pero no lo hiciste —dijo mamá, con voz cálida desde el otro lado de la mesa.

Evan sonrió apenas.

—No. No lo hice. Porque terminé en todo esto —dijo, extendiendo una mano hacia los platos, hacia nosotros, como si estuviera señalando no sólo la comida, sino cada rincón de esta nueva vida suya—. Terminé con una familia, con un lugar… y con ustedes.

Lo dijo riendo un poco, como quitándole importancia, pero sus ojos… sus ojos no mentían.

—Y ahora tengo de regreso mi identidad —añadió—. Pensé que se sentiría bien, que sería como… quitarse un peso de encima, ¿saben? Algo liviano. Como respirar después de contener el aire por mucho tiempo.

Volvió a reír, suave, sacudiendo la cabeza.

—Pero no… no se siente así. No es ligero. Pesa. Como si de pronto todo encajara, pero te das cuenta de que cargar con tu nombre… también es cargar con lo que fuiste, con lo que viviste… y con lo que ahora puedes construir.

Yo no pude evitarlo.

Le tomé la mano con fuerza, sin decir nada.

Porque yo entendía eso mejor que nadie. El peso de tener una vida. El peso de amar a alguien que cargaba tanto. El peso… de ser su refugio.

Y aun así, ahí estábamos.

Comiendo carne.

Riendo de a ratos.

Con lágrimas secas y miradas cálidas.

Y un bebé en camino.

Nuestro pequeño caos… nuestra vida.

***

Cuando terminamos de cenar, Evan y yo nos excusamos para ir a nuestra habitación. Sofía se burló diciendo que seguro frijolito quería escuchar música relajante para dormir, y Paula se ganó un manotazo suave por decir que no nos fuéramos a poner sentimentales otra vez. Mamá solo sonrió y movió la cabeza. Papá apenas murmuró un “duerman bien”, aunque todos sabíamos que nadie dormiría tan pronto con tanta emoción todavía colgando en el ambiente.

Al cerrar la puerta, lo primero que hice fue dejarme caer en la cama con un suspiro largo, sintiendo cómo el peso de mi vientre reclamaba su trono. Evan, en cambio, se quedó de pie, mirando hacia el rincón más discreto de la habitación.

Ahí, justo entre la cómoda y el ropero, estaba esa computadora. Una laptop gruesa, negra, de apariencia robusta y con más cicatrices que muchas personas. Esa computadora militar que Marcos le regaló en Navidad, que aún tenía restos del lazo dorado con el que yo la había envuelto cuando la escondimos hasta el 24 de diciembre. A veces me preguntaba si Evan se arrepentía de no haberla usado. Si en las noches en las que se levantaba sin hacer ruido, lo pensaba.

—Aún no la enciendo —dijo de pronto, sin que yo dijera nada.

—Lo sé —respondí, recargando mi cabeza en la almohada, observándolo.

La miró por un largo rato, como si esa carcasa dura tuviera la respuesta a preguntas que nadie más podía hacerle. Luego negó despacio, suspiró y se giró hacia la cómoda donde estaba su celular.

—Voy a llamar a mis padres —me dijo en voz baja—. Tal vez el agente ya los llamó, pero… quiero decirles yo. Escucharlos.

Asentí, sin decirle nada más. Me acomodé mejor, mientras él marcaba. Me encantaba cómo se le suavizaban los ojos cada vez que hablaba con su madre. Emily tenía esa forma tan suya de hacerlo reír a pesar de todo.

Evan se sentó al borde de la cama, y al segundo tono, su rostro cambió ligeramente.

—Hola, mamá —dijo, con una sonrisa ya asomándose—. ¿Sí? ¿Ya te llamó el agente?

Me mantuve en silencio, acariciando mi vientre con movimientos lentos. Frijolito parecía tranquilo esta noche. Como si entendiera que su papá estaba cerrando un capítulo.

—Sí, sí —seguía Evan—. Ya está. Todo… todo terminó. Ya soy yo otra vez. Oficialmente.

Hubo una pausa.

Una larga.

Me incorporé un poco para verlo mejor, solo para notar cómo sus labios temblaban ligeramente, mientras escuchaba la respuesta.

—Yo también los amo —murmuró—. A todos. Dile a papá… sí, sí, también. ¿Y mis hermanos? ¿Están bien? ¿Le dijeron a los abuelos ya?

Su voz se quebró apenas al mencionar a sus abuelos. Yo sabía cuánto deseaba volver a abrazarlo. Volver a verlos.

—Claro, mamá —dijo finalmente—. Hablamos mañana, ¿sí? Dile a todos que los extraño. Ya hablaremos de la visita. Te amo.

Y colgó.

Volvió a dejar el celular sobre la cómoda con cuidado. Como si al soltarlo, tuviera miedo de que esa realidad recién confirmada se deshiciera.

Se volvió hacia mí, sus ojos húmedos pero brillantes.

—Ya soy yo —dijo—. Legal, completo. Ya no tengo que esconderme. Ya no tengo que fingir.

Me acerqué como pude, y tomé su mano.

—Ya no estás solo —le respondí—. No lo estás desde hace mucho.

Él se inclinó y me besó la frente.

Y en ese silencio tranquilo de la habitación, el nombre Evan Callahan volvió a ser una verdad… sin sombras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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