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La decisión que cambió mi destino - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Libro 1 Hemos llegado a la capital Un despertar Parte 3
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15: Libro 1: Hemos llegado a la capital: Un despertar: Parte 3 15: Libro 1: Hemos llegado a la capital: Un despertar: Parte 3 Shader seguía delante de mí, bloqueando, recibiendo el peso de los embates, su brazo temblaba por la fuerza de los impactos.

Yo, detrás de él, apenas lograba sostenerme de pie.

Intentaba convencerme de que no iba a morir ahí, de que debía resistir, pero las imágenes de los cuerpos destrozados se clavaban en mi cabeza una y otra vez, hundiéndome en un pánico que rozaba la locura.

La respiración me explotaba en la garganta.

Cada imagen, cada sonido, se clavaba como un cuchillo: el cuerpo que se desplomó, el gorgoteo, la sangre que brotaba como si la noche misma sangrara.

Mis manos temblaban tanto que sentía que el bastón se me escapaba.

Todo en mí quería romperse, rendirse, desaparecer.

No era valentía.

Era un animal herido colgando del filo de la supervivencia.

La rabia se mezcló con el asco, con la impotencia.

Pensé en todas las veces que la vida me había pateado sin piedad, en cada puerta cerrada, en cada vez que me dijeron que no servía.

Quise gritar, pero la voz se me atragantó.

En su lugar, un gruñido cavernoso nació en mi pecho, algo primitivo y negro.

El símbolo en mi hombro ardió como una quemadura.

No fue un brillo amable: fue un incendio que me quemó la piel desde dentro.

El dolor fue insoportable, una bandera roja clavada en mi carne, pero no me detuve; al contrario, me alimentó.

El aura que me rodeó no era limpia ni serena como la de Elran: era tormenta, era hambre y era furia.

—¿Logró activarlo?

—Lie, tu maná… —¡Lie, debes razonar!

¡Concéntrate en mi voz!

La daga negra que había sido bastón cortó el aire con una violencia nueva.

Mis movimientos ya no eran torpes ni guiados por miedo: eran instintos afinados por ira.

Ataqué sin pensar.

Cada estocada abría la carne como si rasgara cortinas; las heridas brotaban y no se detenían.

No cuidé de la forma, solo supe que tenían que dejar de moverse, que ya no me importarían las consecuencias.

El olor a hierro me volvió loco.

Sentí el contacto: la piel rasgada, el crujido de hueso que cedía bajo la presión.

Recibió un corte en la garganta y su grito se convirtió en un chorro rojo que pintó mis manos.

La daga bebía, y yo bebía con ella.

Shader forcejeó a mi lado, gruñendo, bloqueando ataques que ahora parecían más lejanos, como si la furia hubiera creado una burbuja donde yo dictaba las reglas.

Sus ojos me miraron con algo parecido al miedo y al respeto: había visto al Lie inseguro y ahora veía a algo diferente, despiadado.

Mis sentidos se agudizaron de manera antinatural: escuchaba el pulso de la sangre en las venas del enemigo, olía el calor del músculo abierto, veía el brillo húmedo del interior.

Las sombras que antes nos atacaban dejaron de ser fantasmas; eran presas que ahora podía cortar y colgar.

Pero el precio apareció al instante: la energía que corría por mí era caliente y mordía la mente.

Cada latido de poder clavaba una astilla en mi cabeza; una voz detrás del fuego parecía susurrarme que aquello no era humano, que ese poder era deuda y que cobraría.

Intenté contenerlo, pero la urgencia de sobrevivir cubrió cualquier duda.

Cuando por fin se detuvo la lluvia de cuerpos y el silencio volvió, lo hizo como un telón grueso que cayese encima del teatro.

El suelo estaba empapado, las manos me ardían; la daga, ensangrentada, resbaló entre mis dedos.

Giré: el resto me miraba con ojos abiertos, algunos llenos de horror, otros con admiración.

Shader apoyó una mano en mi hombro, su peso se sintió un ancla.

—Lie… —musitó Shader con la voz rota—.

¿Estás bien?

—Qué alivio… Volviste.

No lo estaba.

Algo dentro de mí había cambiado para siempre.

Sentí vacío y vértigo, como si hubiese dejado un pedazo de alma clavado en la sangre.

El símbolo en mi piel latía una última vez y luego se apagó, dejando una quemadura fría que dolía menos que el recuerdo de lo que acababa de hacer.

Miré mis manos manchadas, la daga que había sido bastón, y por primera vez en mucho tiempo no sentí alivio.

Sentí hambre.

Un hambre oscura que no era solo por sobrevivir: era por la promesa de ese poder, por la facilidad con la que la vida sucumbía ahora a mi filo.

—¿Cómo lo hiciste?

—preguntó uno, todavía con la voz quebrada.

La instructora no tardó en contestar, su tono era frío y seguro, como si hablara de algo obvio: —Es la sed de sangre.

Quien no pueda sentirla, jamás podrá activar la marca.

Y pocos logran usar el verdadero poder.

—me miraba.

La frase me heló el estómago.

¿Sed de sangre?

Recordé la sensación en mis manos, el filo abriéndose paso, el calor de la sangre manchándome los dedos, y el hambre que había sentido en medio del caos.

Un hambre que no había sido solo miedo.

La instructora caminó entre nosotros, implacable.

—Esto fue apenas una muestra.

Una probada del verdadero entrenamiento.

Pueden regresar las veces que quieran.

Se detuvo justo frente a mí.

Hundió los dedos en mi cabello, jalando con suavidad, y me obligó a alzar el rostro hacia ella.

Su sonrisa era casi maternal, pero sus ojos eran los de una depredadora que acababa de encontrar un nuevo cachorro prometedor.

—Tienes talento.

Ven tantas veces como quieras.

Me gustaría entrenarte personalmente.

—Pues… Gracias —logré responder, aunque por dentro sentía náuseas.

Ella asintió, satisfecha, y se giró hacia los demás.

—Allí está la puerta.

Pueden salir.

Y no olviden avisar a las familias de los caídos… Que no regresarán a casa.

—lo dijo con una sonrisa que me revolvió las entrañas.

No hubo llanto, no hubo protesta.

Solo silencio.

Caminamos hacia la salida como cadáveres que aún respiraban.

—¿De verdad murieron?

—pregunté al cruzar la puerta, con la voz quebrada.

—todavía no puedo asimilarlo.

—A mí también me cuesta creerlo —respondió Shader, endureciendo el gesto.

—no es posible que permitan esto.

—¿Qué esperaban?

—replicó otro, lleno de rabia—.

¿Cómo se supone que seamos aventureros si ni siquiera en el entrenamiento arriesgamos la vida?

Intenté ignorar la discusión.

No quería hablar, no quería escuchar.

Mis pensamientos seguían atrapados en esa palabra: sed.

Porque lo que más me aterraba no era la muerte de los otros, sino que, por un momento, había disfrutado.

Me estremecí.

No era normal.

No podía serlo.

La marca latía en mi hombro como un recordatorio ardiente, y cada latido traía consigo el eco de esa hambre insaciable.

Seguimos caminando.

El aire afuera era más fresco, pero no me limpió.

El mundo entero parecía más sucio, como si lo viera con ojos manchados.

Habíamos quedado en reunirnos frente al castillo, y hacia allí nos dirigimos.

Al llegar, distinguimos a los demás esperando, y en ese mismo instante las enormes puertas se abrieron.

Roland salió acompañado de Elran, y por un segundo creí que su mirada se clavaba en mí, como si supiera.

Como si hubiera visto la bestia que ahora dormía bajo mi piel.

De un segundo a otro las casas comenzaron a desmoronarse y la plaza se convirtió en un caos de gritos y escombros.

La gente corría en todas direcciones; el aire se llenó de polvo y olor a madera quemada.

Varios grupos, de razas distintas, armados y salvajes, atacaban a los ciudadanos sin piedad.

Un grupo descendió desde el cielo, cayendo con violencia frente a Roland y Elran.

El impacto dejó una onda que nos obligó a retroceder de inmediato.

Elran hizo triza a varios con movimientos tan precisos que parecían coreografiados, pero uno de los enemigos, más grande y feroz, logró frenarlo.

Ese instante bastó para que otro atacante girara y apuntara a Roland.

—¡Padre!

—¡No!

—exclamó Elran, con la voz quebrada por la furia.

La rabia me explotó en el pecho como una metralla por la injusticia.

—Malditos malnacidos, ¿Por qué hacen estas cosas?

¡Me tienen harto!

—¡Debes tranquilizarte, Lie!

No puedes regresar a ese estado de nuevo.

No sabemos si hay vuelta atrás esta vez.

—¡No me importa, ellos tienen que morir, todos los malnacidos como ellos tienen que hacerlo!

—Lie…

La voz interior era un látigo que no me dejaba pensar.

Aun así, me lancé al vacío de la batalla envuelto por el mismo trance que ya había sentido antes: esa mezcla de sed de sangre y determinación helada Avancé como una máquina.

Mi mente se acható a un único propósito: detener al que amenazaba al padre.

Lo alcancé en dos pasos.

La daga, o lo que antes fue mi bastón, cortó con la facilidad de quien se ha vuelto letal de repente: le abrí el cuello de un tajo.

La sangre salió caliente y amplia; el sonido fue seco, casi ceremonial.

No hubo dignidad, solo el trabajo sucio hecho en silencio.

Al girarme hacia el que había frenado a Elran, me golpeó: el poder que me impulsó no fue suficiente para derribarlo de inmediato y me dejó expuesto.

El atacante lanzó un barrido que casi me tumba; sus uñas rasparon la carne y el dolor me devolvió la conciencia.

Fue el momento que Elran esperaba.

Con un grito que resonó sobre el caos, Elran contraatacó con todo lo que tenía: un ataque brutal, una compresión, y el enemigo se partió en dos bajo la fuerza descomunal del impacto.

A mi alrededor seguían luchando cuerpos y sombras.

La furia todavía me quemaba las entrañas, así que no le di tiempo a Elran: me lancé contra los demás enemigos que quedaban en la plaza y los barrí con la misma violencia mecánica.

Cada estocada, cada corte, era un dictado del hambre que había despertado en mí.

Algunos cayeron sin sonido; otros gimieron e intentaron arrastrarse.

Cuando por fin cesó la oleada inmediata, la respiración me dolía.

El polvo se asentó en mi piel y en mi boca; mis manos estaban empapadas y la daga resbalaba con la sangre fresca.

Miré alrededor: cuerpos dispersos, ciudadanos atónitos que empezaban a incorporarse luego de la intervención de la guardia, y Elran cerca, con la mirada fija en mí; no exactamente de orgullo, más bien de evaluación, como quien observa una bestia recién domesticada.

No hubo tiempo para celebraciones.

Las puertas de la ciudad seguían abiertas al saqueo y aún podían venir más.

Pero en el silencio que quedó entre los escombros, yo sentí otra cosa además del triunfo: un sabor amargo, casi metálico, y una duda punzante.

Había matado para proteger, sí, eso no lo negaba, pero algo en mí había encontrado placer en la destrucción, y la idea me heló.

Elran se acercó, secó su espada en la tierra y expresó, apenas audible: —Estás…

cambiado.

No supe qué responder.

La daga cayó pesadamente al suelo, manchando la piedra con un charco que reflejaba mi rostro maltrecho.

Por primera vez en el día, el ruido del mundo volvió a mí: llantos lejanos, órdenes de curar a los heridos.

Y bajo todo eso, un murmullo propio, oscuro, que me recordaba la sed que todavía ardía dentro.

Isolde se encontraba con su padre, llorando en desconsolación.

—Es mejor que se resguarden.

—¡No!

—exclamó Isolde entre lágrimas.

—¡Hay que acabar con todos ellos, y yo me uniré para hacerlo!

No me importa si te niegas.

—Como quieras.

Lie ya no parece que pueda pelear, está perdido en su mente, así que debes cuidar de él, Shader.

—Cla, claro.

Lo haré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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