La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: El General del Dragón 1: Capítulo 1: El General del Dragón El viento de la mañana arrastraba el aroma del incienso y la madera húmeda a través del campo de entrenamiento imperial.
Las lanzas chocaban.
El metal cantaba.
Y en medio de aquel caos perfectamente ordenado… él permanecía inmóvil.
El General Lin Yue.
De pie sobre la tierra marcada por cientos de batallas simuladas, su figura imponía un silencio que ni siquiera el estruendo de las armas podía romper.
Vestía una armadura oscura adornada con grabados de dragones entrelazados, símbolos de su rango y de la confianza que el imperio había depositado en él.
Sus ojos, afilados como cuchillas, recorrían cada movimiento de sus soldados.
Nada escapaba a su mirada.
—Demasiado lento —dijo, con voz grave, sin levantar el tono.
Un joven soldado, jadeante, se detuvo de golpe, con la lanza temblando entre sus manos.
—G-General… yo… Lin Yue avanzó.
Cada paso era firme.
Medido.
Como si incluso el suelo se disciplinara bajo su presencia.
—En el campo de batalla —continuó—, un solo segundo de duda no es un error… Se detuvo frente al soldado.
Sus ojos se encontraron.
—…es una sentencia de muerte.
El silencio cayó como una hoja afilada.
El soldado tragó saliva, asintiendo con rapidez.
—Sí, general.
Lin Yue extendió la mano.
—Ataca.
El joven dudó.
Pero obedeció.
Lanzó una estocada directa, desesperada, intentando compensar su miedo con velocidad.
Fue inútil.
En un parpadeo, el general desvió la lanza, giró sobre su eje y colocó el filo de su espada de madera contra el cuello del soldado.
Sin esfuerzo.
Sin emoción.
—Muerto —sentenció.
El soldado cerró los ojos.
No por el golpe… sino por la vergüenza.
Lin Yue retiró el arma.
—De nuevo.
El entrenamiento continuó.
Pero alguien más observaba.
Desde la sombra de un árbol de ciruelo, una niña contenía la respiración, con los ojos brillando como si presenciara una leyenda hecha carne.
Lin Xue.
Tenía apenas ocho años.
Su cabello negro caía en suaves mechones sobre sus hombros, atado de forma descuidada como si hubiese escapado del cuidado de alguna sirvienta.
Su ropa, sencilla pero elegante, delataba su origen… aunque sus manos, ligeramente sucias, revelaban algo más.
Curiosidad.
Admiración.
Y una determinación silenciosa que no correspondía a su edad.
—Otra vez… —susurró, imitando en silencio la postura de su padre.
Sus pequeños pies se acomodaron sobre la tierra.
Sus manos, vacías, replicaron el agarre de una espada invisible.
Y entonces— —Si vas a observar, al menos hazlo bien.
La voz la atravesó como un relámpago.
Lin Xue se quedó completamente quieta.
Giró lentamente.
Ahí estaba él.
Su padre.
Lin Yue la miraba desde la distancia, con los brazos cruzados, como si siempre hubiera sabido que ella estaba allí.
Porque así era.
Siempre lo sabía.
La niña bajó la mirada por un instante… pero luego sonrió.
—No quería interrumpir —respondió, caminando hacia él.
El general no dijo nada.
La observó acercarse.
Cada paso.
Cada gesto.
Cada detalle.
Cuando estuvo frente a él, Lin Xue levantó el rostro.
—Pero tú dijiste que observar también es aprender.
Un silencio breve.
El viento movió suavemente los pétalos del ciruelo.
Uno cayó entre ellos.
Lin Yue suspiró, apenas perceptible.
—Lo dije.
Se inclinó levemente, quedando a su altura.
—Pero no dije que debías hacerlo a escondidas.
—Entonces enséñame abiertamente —respondió ella, sin titubear.
Los soldados cercanos fingieron no escuchar.
Pero todos lo hicieron.
El General del Dragón… siendo desafiado por una niña.
Hubo un murmullo contenido.
Lin Yue la observó en silencio.
Y por un momento… Solo por un momento… Sus ojos se suavizaron.
—No eres un soldado.
—Aún no —replicó ella.
El general ladeó la cabeza.
—¿Y por qué querrías serlo?
Lin Xue levantó el mentón.
—Porque quiero estar donde tú estás.
La respuesta fue inmediata.
Sincera.
Sin miedo.
El viento volvió a soplar.
Esta vez, más frío.
Lin Yue cerró los ojos por un instante.
Como si aquella simple frase hubiera atravesado algo más profundo que cualquier espada.
Cuando los abrió… su expresión había cambiado.
—El campo de batalla no es un lugar para sueños, Xue’er.
—Entonces enséñame a no soñar —dijo ella.
El silencio volvió.
Más pesado esta vez.
Más peligroso.
Lin Yue se puso de pie lentamente.
Miró el campo.
A sus soldados.
Al cielo gris que anunciaba una tormenta lejana.
Y finalmente… A su hija.
—Ven esta noche.
Lin Xue parpadeó.
—¿De verdad?
—Después de la luna alta.
La niña sonrió.
No como una hija obediente.
Sino como alguien que acababa de ganar una guerra.
—No llegaré tarde.
—Más te vale.
El general se giró.
Pero antes de dar un paso, añadió— —Y no le digas a nadie.
Lin Xue inclinó la cabeza, cómplice.
—Nunca lo hago.
— La noche cayó sobre el palacio como un manto de seda oscura.
Las linternas encendidas dibujaban sombras danzantes sobre los muros de jade, mientras el aroma del incienso flotaba en el aire, pesado y dulce.
Pero en un rincón apartado del mundo ordenado… Otra clase de enseñanza comenzaba.
Lin Xue sostenía una espada de madera.
Demasiado grande para ella.
Demasiado pesada.
Sus manos temblaban.
Pero no la soltaba.
Frente a ella, Lin Yue permanecía en silencio.
—Otra vez —dijo.
La niña respiró hondo.
Levantó la espada.
Avanzó.
Torpe.
Desbalanceada.
Predecible.
El general esquivó con facilidad.
Un giro.
Un toque.
La espada de la niña salió volando.
Cayó al suelo con un golpe seco.
Lin Xue apretó los labios.
No lloró.
No protestó.
Solo fue a recogerla.
—Otra vez.
—Tu postura es incorrecta.
—Otra vez.
—Tu centro de gravedad está mal.
—Otra vez.
—Estás pensando demasiado.
—¡Otra vez!
El eco de su voz se perdió entre los muros.
El sudor caía por la frente de la niña.
Sus manos estaban enrojecidas.
Sus piernas temblaban.
Pero sus ojos… No se apagaban.
El general la observó.
En silencio.
Evaluando.
Midiendo algo que no se podía enseñar.
Voluntad.
—Detente.
Lin Xue se congeló.
Respiraba agitada.
—¿Lo hice mal?
Lin Yue caminó hacia ella.
Se colocó a su espalda.
Sus manos firmes ajustaron la postura de la niña.
—Aquí.
Enderezó su espalda.
—Y aquí.
Corrigió su agarre.
—La espada no es fuerza.
La niña escuchaba.
Atenta.
—Es intención.
El general dio un paso atrás.
—Ataca.
Lin Xue avanzó.
Esta vez… Algo cambió.
No fue perfecta.
No fue rápida.
Pero fue… correcta.
La espada se detuvo a centímetros del pecho del general.
El silencio fue absoluto.
Lin Yue miró el arma.
Luego a su hija.
Y por primera vez… Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Bien.
Lin Xue abrió los ojos con sorpresa.
—¿En serio?
—En serio.
La niña bajó la espada, jadeando… pero sonriendo como si el mundo entero hubiera cambiado.
Y tal vez lo había hecho.
Porque en ese instante… No era solo una niña.
Era una semilla.
Una que crecería en silencio.
En sangre.
En guerra.
— Desde lo alto del palacio… Alguien observaba.
Las sombras ocultaban su rostro.
Pero sus ojos… Eran fríos.
Calculadores.
—El dragón está criando otra serpiente —murmuró una voz.
Una risa baja.
Elegante.
Peligrosa.
—Qué interesante.
El incienso ardía lentamente.
Y el destino… Ya había comenzado a tejer su tragedia.
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