La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Juegos en el palacio
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2: Capítulo 2: Juegos en el palacio 2: Capítulo 2: Juegos en el palacio El palacio imperial despertaba con el sonido de campanas de bronce.
Su eco viajaba por los tejados curvos, rozaba las figuras doradas de dragones guardianes y descendía sobre los patios cubiertos de rocío.
Las sirvientas caminaban en silencio con bandejas de té humeante; los eunucos inclinaban la cabeza al pasar junto a ministros vestidos de seda oscura; y en los jardines imperiales, los ciruelos comenzaban a florecer antes de tiempo.
Lin Xue caminaba junto a su padre.
Apenas había dormido.
Sus manos aún dolían por el entrenamiento de la noche anterior, pero escondía los dedos dentro de las mangas para que nadie lo notara.
Cada paso dentro del palacio le parecía distinto ahora.
Antes veía columnas rojas, estanques de loto y pabellones de jade.
Ahora veía esquinas, salidas, puntos ciegos, guardias distraídos.
El General Lin Yue caminaba sin mirar atrás.
—Deja de contar soldados —dijo.
Lin Xue parpadeó.
—No los estaba contando.
—Veintiséis desde la puerta del este.
Ella apretó los labios.
—Veintisiete.
Uno estaba detrás del biombo.
El general se detuvo.
Por un instante, Lin Xue pensó que la reprendería.
Pero él solo continuó caminando.
—Observas bien.
La niña sonrió en silencio.
Aquellas dos palabras valían más que cualquier joya del tesoro imperial.
Llegaron al Jardín de las Grullas Blancas, un lugar reservado para la familia imperial y sus invitados más cercanos.
Allí, el aire olía a flores recién abiertas, agua limpia y madera antigua.
Un puente de piedra cruzaba un estanque donde peces dorados nadaban bajo la superficie como pequeños fragmentos de sol.
—Hoy asistiré a una audiencia con Su Majestad —dijo Lin Yue—.
Debes esperar aquí.
Lin Xue levantó la mirada.
—¿Sola?
—No estarás sola.
Hay guardias.
—Eso no cuenta.
El general la miró con severidad.
—No causes problemas.
Ella juntó las manos frente a sí e inclinó la cabeza con exagerada obediencia.
—Sí, padre.
Lin Yue entrecerró los ojos.
—Cuando haces eso, es porque ya pensaste en causar problemas.
—Solo estaba siendo respetuosa.
—Xue’er.
Ella suspiró.
—No causaré problemas.
El general sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego, antes de marcharse, acomodó con suavidad un mechón rebelde de su cabello.
—Recuerda quién eres.
Lin Xue sonrió.
—La hija del General del Dragón.
Él negó apenas con la cabeza.
—No.
Mi hija.
Y se fue.
Lin Xue permaneció inmóvil, observando la espalda de su padre hasta que desapareció tras una puerta custodiada por dos soldados imperiales.
Entonces el jardín quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Al principio intentó comportarse.
Caminó junto al estanque.
Observó los peces.
Contó las grullas talladas en los pilares.
Incluso intentó repetir mentalmente las posiciones de espada que su padre le había enseñado.
Pero el aburrimiento era un enemigo poderoso.
Más poderoso que cualquier soldado.
Al cabo de un rato, encontró una rama caída cerca de un ciruelo.
La tomó como si fuera una espada.
—General Lin Xue al mando —susurró, adoptando una pose seria—.
El enemigo se aproxima desde el puente oriental.
Giró la rama.
Tropezó un poco.
Se recompuso.
—No temas, imperio.
Yo protegeré el trono.
—¿Con una rama?
La voz la hizo sobresaltarse.
Lin Xue giró de inmediato, apuntando con la rama hacia el intruso.
Frente a ella había un niño de su edad, tal vez un poco mayor.
Vestía una túnica clara bordada con hilos plateados.
Su cabello estaba recogido con una pequeña corona de jade, y su postura era demasiado recta para alguien tan joven.
Pero sus ojos… Sus ojos tenían una curiosidad viva, casi traviesa.
Lin Xue bajó apenas la rama.
—¿Quién eres?
El niño ladeó la cabeza.
—Yo pregunté primero.
—No preguntaste quién era.
Criticaste mi arma.
—Porque es una rama.
—Una espada no deja de ser espada solo porque tú no puedas verla.
El niño parpadeó.
Luego sonrió.
—Eso no tiene sentido.
—Los grandes estrategas no explican sus frases profundas.
—¿Eres una gran estratega?
Lin Xue levantó el mentón.
—Todavía no.
—Entonces eres una pequeña estratega.
Ella frunció el ceño.
—¿Y tú eres un pequeño maleducado?
El niño soltó una risa breve.
Los guardias cercanos se tensaron de inmediato, pero ninguno intervino.
Aquello llamó la atención de Lin Xue.
¿Por qué nadie lo regañaba?
El niño dio un paso hacia ella.
—Soy Zhao Lian.
Lin Xue sintió que la sangre se le congelaba.
Zhao.
Ese apellido no necesitaba explicación.
Bajó la rama de golpe e hizo una reverencia torpe, casi cayéndose hacia adelante.
—Su Alteza… El príncipe Zhao Lian la miró con una mezcla de diversión y extrañeza.
—Hace un momento querías atacarme.
—No sabía que eras el príncipe.
—¿Si no lo fuera, sí me atacarías?
Lin Xue levantó la vista lentamente.
—Depende.
—¿De qué?
—De si sigues insultando mi espada.
El príncipe volvió a reír.
Esta vez con más libertad.
Lin Xue lo observó sorprendida.
Había imaginado que los príncipes eran como estatuas vivientes: fríos, perfectos, incapaces de correr o ensuciarse.
Pero Zhao Lian tenía una mancha de tinta en una manga y una expresión que no combinaba con la solemnidad del palacio.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó él.
—Lin Xue.
El príncipe abrió los ojos con interés.
—¿Lin?
¿Eres hija del General Lin Yue?
Ella enderezó la espalda de inmediato.
—Sí.
—Mi padre dice que tu padre es el escudo del imperio.
Lin Xue sintió orgullo hasta en los huesos.
—Porque lo es.
—Entonces tú eres… ¿el escudo pequeño?
—No.
—¿No?
Ella alzó la rama otra vez.
—Yo seré la espada.
El viento movió los pétalos del ciruelo.
Zhao Lian dejó de sonreír por un momento.
No por burla, sino porque pareció tomarla en serio.
—Una espada puede romperse —dijo.
Lin Xue apretó la rama con ambas manos.
—No si está bien forjada.
El príncipe la miró en silencio.
Luego extendió la mano.
—Entonces enséñame.
Lin Xue retrocedió un paso.
—¿Qué?
—A usar una rama que no es rama.
—No puedo enseñar al príncipe.
—¿Por qué no?
—Porque… porque eres el príncipe.
Zhao Lian miró alrededor, como si buscara algo.
—No veo ninguna ley escrita en las piedras que lo prohíba.
—Pero los guardias… —Los guardias hacen lo que yo diga.
Lin Xue observó a los soldados.
Ellos apartaron la mirada.
Comprendió entonces algo importante: el príncipe estaba tan encerrado en aquel palacio como ella en las órdenes de su padre, pero él tenía una llave distinta.
Una llave hecha de autoridad.
—Está bien —dijo al fin—.
Pero si te caes, no fue mi culpa.
—Soy príncipe.
No me caigo.
Cinco minutos después, Zhao Lian cayó sobre un arbusto.
Lin Xue se llevó ambas manos a la boca para no reír.
El príncipe salió de entre las hojas con el cabello desordenado y un pétalo pegado en la frente.
—Eso fue culpa del terreno.
—Claro, Alteza.
El suelo atacó primero.
—Exactamente.
Ella no pudo contenerse más.
Se rió.
Una risa clara, infantil, luminosa.
El príncipe la observó como si aquella risa fuera algo raro en el palacio.
Algo que no estaba regulado por protocolos, ni vigilado por ministros, ni medido por sirvientes.
—No te rías tanto —murmuró él, aunque también sonreía.
—Entonces no pierdas tanto.
—No perdí.
Fue una retirada estratégica.
—Mi padre dice que una retirada estratégica debe tener sentido.
—Lo tuvo.
Evité que tu espada-rama me golpeara.
—Pero caíste en un arbusto.
—Un sacrificio necesario.
Lin Xue negó con la cabeza, divertida.
Durante la siguiente hora, el Jardín de las Grullas Blancas dejó de ser un espacio solemne del palacio imperial y se convirtió en un campo de batalla imaginario.
El puente era una fortaleza.
El estanque, un río imposible de cruzar.
Los pétalos caídos, soldados muertos.
Y dos niños, uno nacido bajo el peso del trono y otra bajo la sombra de una espada, jugaron como si el mundo no estuviera lleno de secretos.
Zhao Lian resultó ser torpe con la rama, pero rápido para inventar reglas.
—Si piso esta piedra, soy invencible.
—Eso no existe —dijo Lin Xue.
—Soy príncipe.
Puedo declarar piedras invencibles.
—En la guerra real, nadie respeta piedras invencibles.
—Entonces cambiaré las leyes de la guerra.
—No puedes.
—Cuando sea emperador, sí.
Lin Xue se quedó quieta.
La frase había sido dicha como juego, pero el aire pareció cambiar.
Zhao Lian también lo notó.
Bajó la rama.
—Eso dicen todos —murmuró—.
Que algún día seré emperador.
Lin Xue lo miró con curiosidad.
—¿Y no quieres?
El príncipe observó el estanque.
Los peces dorados nadaban sin saber que vivían encerrados en un lugar hermoso.
—No sé qué quiero.
Aquella respuesta sorprendió a Lin Xue.
Ella siempre había sabido lo que quería: seguir a su padre, aprender de él, ser fuerte, no quedarse atrás.
Pero Zhao Lian, que lo tenía todo, parecía no tener permitido desear nada.
—Mi padre dice que no saber también es una posición —dijo ella.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Pero él siempre suena sabio cuando lo dice.
Zhao Lian sonrió apenas.
—Tu padre parece mejor maestro que los míos.
—Porque lo es.
—Mis maestros hablan demasiado.
—Mi padre también.
Pero cuando habla, da miedo.
—Mi madre dice que los hombres que dan miedo esconden tristeza.
Lin Xue frunció el ceño.
—Mi padre no está triste.
—¿Estás segura?
Ella quiso responder que sí.
De inmediato.
Sin dudar.
Pero recordó la noche anterior.
La forma en que su padre había cerrado los ojos cuando ella dijo que quería estar donde él estaba.
El peso invisible en su voz.
Por primera vez, no supo qué decir.
Zhao Lian no insistió.
Solo se sentó junto al estanque.
Lin Xue se sentó a su lado, dejando la rama sobre sus rodillas.
Durante un rato no jugaron.
Solo miraron el agua.
—En el palacio todos hablan suave —dijo el príncipe—, pero a veces siento que esconden cuchillos debajo de la lengua.
Lin Xue giró hacia él.
—Eso también suena como algo que diría mi padre.
—Tal vez tu padre debería enseñarme.
—No creo que el emperador quiera que su hijo aprenda a desconfiar de todos.
Zhao Lian bajó la voz.
—Tal vez ya lo hago.
Una brisa fría cruzó el jardín.
Lin Xue no comprendió del todo aquellas palabras, pero sintió algo extraño en el pecho.
El príncipe ya no parecía un niño mimado.
Parecía alguien que vivía rodeado de paredes muy hermosas, pero paredes al fin.
Entonces tomó la rama y se la ofreció.
—Puedes quedártela.
Zhao Lian la miró.
—¿Tu espada?
—Solo por hoy.
—Dijiste que no era una rama.
—Por eso debes cuidarla.
Él la recibió con solemnidad exagerada.
—Prometo proteger esta espada imperial.
—No es imperial.
Es mía.
—Entonces prometo proteger la espada de Lin Xue.
Ella sonrió.
En ese instante, una voz severa cortó el aire.
—Su Alteza.
Ambos se levantaron de golpe.
Un eunuco de túnica azul se acercaba acompañado por dos sirvientes.
Su rostro parecía tallado en cera: liso, inmóvil, sin emoción.
—La clase de caligrafía comenzó hace media hora.
Zhao Lian escondió la rama detrás de la espalda.
Demasiado tarde.
El eunuco la vio.
También vio las hojas en su cabello, el barro en el borde de su túnica y a Lin Xue parada a su lado.
Su mirada se endureció.
—El palacio no es lugar para juegos vulgares.
Lin Xue bajó la cabeza.
Zhao Lian dio un paso al frente.
—Yo le pedí que jugara conmigo.
—Su Alteza no debe mezclarse con cualquiera.
La frase cayó como una piedra.
Lin Xue sintió algo caliente subirle al rostro.
No era vergüenza.
Era rabia.
Pero antes de que pudiera hablar, Zhao Lian respondió: —Ella no es cualquiera.
El eunuco guardó silencio.
El príncipe alzó la rama con dignidad.
—Es Lin Xue, hija del General Lin Yue.
Y hoy fue mi maestra.
Los guardias no se movieron.
Los sirvientes tampoco.
Pero Lin Xue sintió que algo invisible había ocurrido.
Algo pequeño.
Algo peligroso.
El eunuco inclinó la cabeza, aunque sus ojos no mostraban respeto.
—Como ordene, Su Alteza.
Zhao Lian miró a Lin Xue antes de marcharse.
—Vendrás otra vez, ¿verdad?
Ella dudó.
Luego asintió.
—Si mi padre me trae.
—Entonces le pediré a mi padre que invite al tuyo más seguido.
—¿Puedes hacer eso?
Zhao Lian sonrió.
—Soy príncipe.
Puedo intentarlo.
El eunuco carraspeó.
Zhao Lian comenzó a alejarse, pero tras unos pasos se volvió.
—Lin Xue.
—¿Sí?
Él levantó la rama.
—La próxima vez ganaré.
Ella cruzó los brazos.
—La próxima vez caerás en otro arbusto.
El príncipe sonrió de verdad.
Y se fue.
Lin Xue permaneció en el jardín mucho después de que él desapareciera.
El aire todavía olía a ciruelo, pero ahora había algo más.
Una sensación extraña, como si el palacio ya no fuera únicamente un lugar enorme y frío.
Ahora había alguien allí.
Alguien que podía reír.
Alguien que podía sentirse solo.
Alguien que había dicho que ella no era cualquiera.
Cuando el General Lin Yue regresó, la encontró mirando el puente de piedra.
—¿Causaste problemas?
—preguntó.
Lin Xue pensó en el arbusto, en la rama, en el eunuco y en el príncipe.
—No muchos.
Lin Yue cerró los ojos con cansancio.
—Xue’er… Ella lo miró con una sonrisa inocente.
—Conocí al príncipe.
El rostro del general cambió apenas.
Fue tan sutil que cualquier otro no lo habría notado.
Pero Lin Xue sí.
—¿Zhao Lian?
—preguntó él.
—Sí.
Es raro.
—Es el heredero imperial.
—También se cae mucho.
Lin Yue guardó silencio.
Luego miró hacia el camino por donde el príncipe se había ido.
Su expresión se volvió más seria.
Más lejana.
—Debes tener cuidado con las personas del palacio.
—¿Incluso con el príncipe?
El general tardó demasiado en responder.
—Especialmente con quienes nacen cerca del trono.
Lin Xue no entendió.
No del todo.
Pero la voz de su padre no sonaba como una advertencia cualquiera.
Sonaba como una herida vieja.
Esa noche, mientras abandonaban el palacio, Lin Xue miró una última vez hacia los tejados dorados.
En alguna parte, detrás de esos muros, el príncipe Zhao Lian probablemente estaba sentado frente a un maestro de caligrafía, fingiendo escuchar mientras escondía una rama bajo la mesa.
La idea la hizo sonreír.
No sabía que aquel encuentro sería el inicio de una promesa.
No sabía que algún día ese mismo jardín olería a sangre y nieve.
No sabía que el niño que había defendido su nombre acabaría olvidándola.
Y que ella… Ella lo recordaría todo.
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