La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 La enseñanza secreta
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3: Capítulo 3: La enseñanza secreta 3: Capítulo 3: La enseñanza secreta La luna se alzaba como un espejo frío sobre los tejados del palacio.
No había música.
No había risas.
Solo el susurro del viento arrastrando hojas secas por los patios vacíos y el leve crujido de la madera antigua que guardaba secretos mejor que cualquier guardia.
Lin Xue no dormía.
Esperaba.
Sentada junto a la ventana de su habitación, con las rodillas recogidas contra el pecho, observaba cómo la luz plateada se filtraba entre las cortinas de seda.
Sus manos aún estaban marcadas por el entrenamiento anterior, pequeñas líneas rojizas que dolían al cerrarlas.
Pero no se quejaba.
El dolor, había aprendido, era una forma de recordar.
Y ella quería recordar todo.
Cuando la última linterna del pasillo se apagó… Se levantó.
Sus pasos fueron ligeros, medidos.
Había memorizado los turnos de los guardias, los puntos ciegos entre columnas, el sonido que hacían ciertas tablas al pisarlas.
No era casualidad.
Era práctica.
Silencio.
Avanzó por el corredor como una sombra pequeña, casi invisible.
Bajó por las escaleras traseras, cruzó el jardín lateral y finalmente llegó al lugar donde todo comenzaba.
El patio interior.
Allí, bajo un ciruelo solitario, su padre ya estaba esperando.
Lin Yue no se movía.
Su figura parecía tallada en piedra, recortada contra la luz de la luna.
A su lado, dos espadas de madera reposaban sobre una mesa baja.
Lin Xue se acercó.
No corrió.
No habló.
Se detuvo frente a él y se inclinó ligeramente.
—Llegaste a tiempo.
—No llegaré tarde —respondió ella.
El general asintió.
—Bien.
Tomó una de las espadas y se la lanzó.
Lin Xue reaccionó tarde.
La madera golpeó sus manos antes de que pudiera sujetarla con firmeza.
Dolor.
Pero no la dejó caer.
Lin Yue observó el detalle.
—Tu cuerpo duda antes que tu mente.
—No dudo —replicó ella.
—Entonces tu cuerpo te desobedece.
La niña apretó los dedos sobre la empuñadura.
—Lo corregiré.
—No.
El general levantó su espada.
—Lo corregiremos.
El aire cambió.
Ya no era un padre hablando con su hija.
Era un maestro frente a su discípula.
—Ataca.
Lin Xue no dudó esta vez.
Avanzó con un paso corto, recordando la postura de la noche anterior.
Levantó la espada y lanzó un golpe directo, sencillo, sin adornos.
Lin Yue lo desvió con facilidad.
Un giro.
Un toque.
La madera chocó contra la suya con un sonido seco.
—Demasiado evidente —dijo.
Lin Xue retrocedió, reajustando su postura.
—Otra vez.
Atacó.
Más rápido.
Más decidido.
El resultado fue el mismo.
—Otra vez.
El sudor comenzó a aparecer en su frente.
—Otra vez.
Sus brazos temblaron.
—Otra vez.
Sus piernas ardían.
El ritmo se volvió constante.
Golpe.
Desvío.
Corrección.
Silencio.
El tiempo dejó de importar.
Solo existía el movimiento.
Solo existía la intención.
—Detente.
Lin Xue se congeló.
Respiraba con dificultad.
Sus manos dolían.
Sus músculos gritaban.
Pero sus ojos… Seguían encendidos.
Lin Yue caminó a su alrededor.
Como un depredador evaluando.
—No estás luchando contra mí.
—Sí lo estoy.
—No.
Se detuvo frente a ella.
—Estás luchando contra tu miedo a fallar.
Lin Xue frunció el ceño.
—No tengo miedo.
—Todos lo tienen.
—Yo no.
El general inclinó levemente la cabeza.
—Entonces falla.
La niña parpadeó.
—¿Qué?
—Falla.
Lin Yue levantó su espada.
—Ataca sin intentar ser perfecta.
—Pero tú dijiste que un error es— —Una sentencia de muerte —interrumpió él—.
En la guerra.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Esto no es la guerra.
Aún no.
El silencio cayó entre ambos.
Lin Xue respiró hondo.
Y atacó.
Esta vez… No pensó.
No midió.
No intentó replicar lo aprendido.
Solo se movió.
Su espada descendió en un arco imperfecto, rápido, impulsivo.
Lin Yue no la detuvo de inmediato.
La dejó avanzar.
La dejó acercarse.
Y en el último instante… Desvió el golpe.
Pero esta vez, la espada de Lin Xue no salió volando.
Se mantuvo firme.
Ajustó su agarre.
Giró el cuerpo.
Y atacó otra vez.
Un segundo golpe.
Más torpe.
Más real.
El general sonrió apenas.
—Ahora sí.
El entrenamiento cambió.
Ya no era una serie de correcciones.
Era un intercambio.
Lento.
Controlado.
Pero vivo.
Lin Xue empezó a entender.
No se trataba de copiar movimientos.
Se trataba de sentirlos.
De anticipar.
De adaptarse.
De aceptar el error como parte del camino.
Cuando finalmente se detuvieron, la luna estaba más alta.
El aire más frío.
Y el silencio más profundo.
Lin Xue cayó de rodillas.
No por derrota.
Sino por agotamiento.
—No puedo más… —murmuró.
Lin Yue la observó.
—Sí puedes.
—No… —Sí.
Su voz no era dura.
Pero no dejaba espacio para excusas.
Lin Xue apretó los dientes.
Intentó levantarse.
Sus piernas temblaron.
Pero se puso de pie.
—Otra vez.
El general no sonrió.
Pero en su mirada había algo distinto.
Respeto.
— Horas después, cuando el cuerpo ya no respondía, Lin Yue dejó la espada a un lado.
—Ven.
Se sentó frente a una mesa baja.
Sobre ella, un tablero de madera estaba dispuesto, con pequeñas piezas talladas en forma de ejércitos.
Lin Xue se dejó caer frente a él.
—¿También vamos a pelear aquí?
—Aquí es donde realmente se pelea.
El general movió una pieza.
—El campo de batalla empieza antes de que se levante una espada.
Lin Xue observó el tablero.
—¿Qué es esto?
—Una guerra.
—¿Quién gana?
—Depende de quién piense mejor.
La niña se inclinó hacia adelante.
—Enséñame.
Lin Yue colocó una pieza frente a ella.
—Eres este ejército.
—¿Y tú?
—Tu enemigo.
Lin Xue sonrió.
—Entonces ganaré.
—Inténtalo.
El juego comenzó.
Al principio, Lin Xue movía piezas sin pensar demasiado.
Atacaba directo, como en el entrenamiento físico.
Buscaba avanzar, dominar, presionar.
Y perdía.
Una y otra vez.
—¿Por qué siempre pierdo?
—preguntó, frustrada.
—Porque quieres ganar demasiado rápido.
—Eso es bueno.
—No en la guerra.
Lin Yue movió una pieza, rodeando las suyas.
—La guerra no se gana con prisa.
Se inclinó ligeramente.
—Se gana con paciencia.
Lin Xue observó el tablero.
Esta vez no movió de inmediato.
Pensó.
Analizó.
Recordó.
El puente del jardín.
El estanque.
Las rutas.
Los guardias.
Todo era un tablero.
Movió una pieza.
Luego otra.
Más lenta.
Más cuidadosa.
El juego cambió.
Lin Yue no dijo nada.
Pero tampoco corrigió.
Solo observó.
Y por primera vez… El resultado no fue inmediato.
— Cuando la primera luz del amanecer comenzó a asomar, Lin Xue estaba apoyada sobre la mesa, luchando contra el sueño.
—¿Terminamos?
—murmuró.
Lin Yue miró el tablero.
Luego a ella.
—Por hoy.
La niña sonrió débilmente.
—Gané una vez.
—Perdiste nueve.
—Pero gané una.
El general asintió.
—Eso es suficiente.
Lin Xue cerró los ojos por un instante.
—¿Por qué me enseñas todo esto en secreto?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Lin Yue no respondió de inmediato.
Miró el cielo que comenzaba a aclararse.
Las primeras aves cruzaban el horizonte.
—Porque el mundo no es justo con quienes no están preparados.
—¿Y yo debo estarlo?
—Más que nadie.
Lin Xue abrió los ojos.
—¿Por qué?
El general la observó.
Su mirada era firme.
Pero había algo más.
Algo que ella no podía comprender todavía.
—Porque eres mi hija.
El silencio volvió.
Pesado.
Real.
Lin Xue asintió lentamente.
No entendía del todo.
Pero confiaba.
Siempre confiaba.
Se levantó con esfuerzo.
—No le diré a nadie.
—Lo sé.
—Ni siquiera al príncipe.
Lin Yue reaccionó apenas.
Un cambio mínimo en su expresión.
—¿Lo viste hoy?
—Sí.
—Mantén distancia.
Lin Xue frunció el ceño.
—No es peligroso.
El general la miró directamente.
—No hablo de él.
El viento sopló entre los ciruelos.
Lin Xue sintió un escalofrío.
No por el frío.
Sino por la forma en que su padre había dicho esas palabras.
Como si el peligro no tuviera rostro.
Como si estuviera en todas partes.
— Cuando regresó a su habitación, el sol ya iluminaba el palacio.
Todo parecía igual.
Las sirvientas, los pasillos, el aroma del té.
Pero Lin Xue sabía la verdad.
Había otro mundo escondido bajo aquel orden perfecto.
Un mundo de espadas en la oscuridad.
De guerras silenciosas.
De decisiones que no podían deshacerse.
Y ella… Ya había dado el primer paso dentro de él.
Años después, recordaría aquella noche no como el inicio de su entrenamiento… Sino como el momento en que dejó de ser una niña.
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