La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 Promesa bajo el ciruelo
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5: Capítulo 5: Promesa bajo el ciruelo 5: Capítulo 5: Promesa bajo el ciruelo El invierno finalmente llegó.
No con nieve aún… sino con silencio.
El palacio imperial se volvió más contenido, más rígido, como si incluso el aire temiera moverse sin permiso.
Las ramas de los ciruelos, antes cubiertas de flores, ahora se mecían desnudas bajo un cielo pálido.
Pero uno de ellos… Uno solo… Había florecido.
En el Jardín de las Grullas Blancas, el viejo ciruelo se mantenía en pie, cubierto de pétalos carmesí que desafiaban el frío como pequeñas llamas suspendidas en el aire.
Lin Xue lo miraba desde el puente de piedra.
Sus manos estaban ocultas dentro de sus mangas.
Ya no estaban heridas como antes.
Ahora estaban firmes.
Entrenadas.
Sus ojos recorrían el jardín como siempre: rutas, sombras, puntos de escape.
Pero esa tarde… Esperaban algo más.
—Llegaste primero.
La voz la encontró antes de que pudiera girar.
Zhao Lian caminaba hacia ella con pasos tranquilos, aunque su respiración delataba que había corrido.
Su túnica clara estaba ligeramente desordenada, y en su cabello se había quedado atrapado un pétalo rojo.
Lin Xue lo observó con una media sonrisa.
—Un príncipe no debería llegar tarde.
—Un príncipe tampoco debería correr.
—Entonces estás fallando en ambas cosas.
Él resopló.
—Culpa de mis maestros.
—¿Otra vez escapaste?
Zhao Lian se acercó al puente y apoyó los brazos sobre la baranda.
—No escapé.
—¿Ah no?
—Me retiré estratégicamente.
Lin Xue soltó una risa suave.
—Te caíste en un arbusto la última vez que hiciste eso.
—Ese arbusto fue traicionero.
—Los arbustos no traicionan.
—Ese sí.
El viento sopló entre los árboles, haciendo que algunos pétalos del ciruelo cayeran lentamente a su alrededor.
Zhao Lian levantó la mano y atrapó uno en el aire.
—Este árbol es raro.
—¿Por qué?
—Florece cuando no debería.
Lin Xue bajó del puente y caminó hacia el ciruelo.
—Mi padre dice que hay cosas que no siguen las reglas.
—¿Como tú?
Ella lo miró de reojo.
—Como los que sobreviven.
El príncipe guardó silencio.
Esa respuesta no sonaba a juego.
Se acercó también al árbol.
—A veces siento que este lugar es como este ciruelo.
—¿El palacio?
—Sí.
Miró las ramas.
—Hermoso… pero fuera de tiempo.
Lin Xue lo observó.
Había algo en la forma en que hablaba que no encajaba con su edad.
No era solo un niño jugando a ser sabio.
Era alguien que escuchaba demasiado… y entendía cosas que no debería.
—¿Tus maestros te dicen eso?
—preguntó ella.
—No.
—Entonces ¿quién?
Zhao Lian dudó.
Luego bajó la voz.
—Nadie.
Solo… lo pienso.
Lin Xue asintió lentamente.
Ella también pensaba demasiado últimamente.
Demasiado para ser solo una niña.
— El silencio entre ellos no era incómodo.
Era… tranquilo.
Como si ambos entendieran que no todo debía llenarse con palabras.
Lin Xue se sentó bajo el ciruelo.
Zhao Lian hizo lo mismo.
Por un momento, solo observaron los pétalos caer.
—Hoy entrené —dijo ella de pronto.
—¿Otra vez?
—Todas las noches.
El príncipe giró la cabeza.
—¿Tu padre te obliga?
—No.
—Entonces ¿por qué lo haces?
Lin Xue pensó.
La respuesta no era simple.
—Porque quiero ser fuerte.
—¿Para qué?
Ella bajó la mirada.
Por un instante, la respuesta que surgió no fue la que esperaba.
Para proteger.
Pero no lo dijo.
—Porque no quiero quedarme atrás.
Zhao Lian la observó con atención.
—¿Atrás de quién?
Lin Xue levantó la vista.
—De nadie.
Mentía.
Y lo sabía.
— El príncipe arrancó un pequeño pétalo del suelo y lo sostuvo entre sus dedos.
—Yo también quiero ser fuerte.
—Entonces entrena.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque soy el príncipe.
Lin Xue frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Mi padre dice que un emperador no necesita pelear.
—Entonces tu padre está equivocado.
El príncipe la miró sorprendido.
—¿Acabas de decir que el emperador está equivocado?
—No —respondió ella sin dudar—.
Dije que tu padre está equivocado.
Zhao Lian parpadeó… y luego rió.
—Si alguien más escuchara eso, estarías en problemas.
—Pero tú no eres “alguien más”.
La risa se desvaneció poco a poco.
El príncipe bajó la mirada.
—No… no lo soy.
El viento sopló otra vez.
Más frío.
Más profundo.
— —Lin Xue —dijo él de pronto.
—¿Sí?
—¿Tú… tienes miedo?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Ella no respondió de inmediato.
Pensó en el entrenamiento.
En la noche.
En las palabras de su padre.
“Todos lo tienen.” Apretó los dedos dentro de sus mangas.
—A veces.
Zhao Lian asintió.
—Yo también.
—¿De qué?
El príncipe dudó.
Por primera vez… realmente dudó.
—De olvidar.
Lin Xue frunció el ceño.
—¿Olvidar qué?
Él miró el ciruelo.
Los pétalos cayendo.
El cielo gris.
—Cosas importantes.
El silencio se hizo más pesado.
Lin Xue no entendía del todo.
Pero algo en su pecho se tensó.
Como si esas palabras tocaran algo que aún no existía… pero que algún día dolería.
—Entonces no olvides —dijo finalmente.
Zhao Lian sonrió débilmente.
—No es tan fácil.
—Sí lo es.
—¿Cómo?
Lin Xue se levantó.
Caminó hacia él.
Y extendió la mano.
—Haz una promesa.
El príncipe la miró.
—¿Una promesa?
—Mi padre dice que las promesas son como ataduras.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Lin Xue sostuvo su mirada.
—Por eso funcionan.
Zhao Lian dudó.
Luego se puso de pie frente a ella.
—¿Qué tipo de promesa?
El viento agitó las ramas del ciruelo.
Los pétalos comenzaron a caer más rápido.
Como si el momento exigiera ser recordado.
Lin Xue alzó la barbilla.
—Prometamos que siempre nos protegeremos.
El príncipe parpadeó.
—¿Protegernos?
—Sí.
—Pero tú puedes protegerte sola.
—Y tú puedes aprender.
Zhao Lian miró su mano extendida.
Luego sus ojos.
—¿Y si no puedo?
—Entonces lo haré por ti.
El silencio se quebró.
No por ruido.
Sino por algo más profundo.
Algo que ninguno de los dos comprendía del todo.
Pero que ya estaba naciendo.
Zhao Lian tomó su mano.
Sus dedos eran más suaves.
Más cálidos.
—Entonces yo también lo haré.
Lin Xue sonrió.
—¿Lo prometes?
El príncipe apretó ligeramente su mano.
—Lo prometo.
—Dilo bien.
—Prometo… proteger a Lin Xue.
Ella negó con la cabeza.
—No.
A mí.
—¿A ti?
—Sí.
—Entonces di tú también mi nombre.
Lin Xue dudó.
Luego asintió.
—Prometo proteger a Zhao Lian.
El viento sopló con fuerza.
Los pétalos los envolvieron.
Y por un instante… El mundo pareció detenerse.
Dos niños bajo un árbol que no seguía las reglas del tiempo.
Haciendo una promesa que el tiempo no perdonaría.
— Desde la distancia, un par de ojos observaban.
Ocultos entre columnas de jade.
Inmóviles.
Fríos.
—Interesante… —susurró una voz femenina.
Una figura elegante dio un paso hacia la luz.
La Consorte Rong.
Sus labios se curvaron en una sonrisa suave.
Pero sus ojos… No sonreían.
—El hijo del emperador… jugando a las promesas.
Miró hacia el ciruelo.
Hacia las manos unidas.
—Y con la hija del general.
Una pausa.
—Qué… inconveniente.
El incienso ardía en un brasero cercano.
Lento.
Silencioso.
Como si marcara el inicio de algo que aún no tenía nombre.
— —La próxima vez —dijo Zhao Lian—, entrenaré contigo.
—No durarías.
—Duraré.
—Caerás.
—Me levantaré.
Lin Xue soltó una pequeña risa.
—Eso quiero verlo.
El príncipe levantó el mentón.
—Lo verás.
— Cuando se separaron, el cielo ya comenzaba a oscurecer.
Lin Xue caminó de regreso junto a su padre.
No dijo nada al principio.
Pero no podía contenerlo.
—Hice una promesa hoy.
Lin Yue no respondió de inmediato.
—¿Con quién?
—Con el príncipe.
El general se detuvo.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
—¿Qué tipo de promesa?
Lin Xue sonrió, mirando al frente.
—Que siempre nos protegeremos.
El silencio se volvió pesado.
Lin Yue no caminó.
No habló.
Cuando finalmente lo hizo… Su voz era más baja.
Más distante.
—Las promesas… son peligrosas.
Lin Xue lo miró.
—Pero tú dijiste que eran importantes.
—Lo son.
El general retomó el paso.
—Por eso pueden destruirte.
La niña frunció el ceño.
—No entiendo.
Lin Yue no respondió.
Pero su mirada… Se había endurecido.
Como si ya pudiera ver el futuro.
Como si ya supiera… Que esa promesa no salvaría a nadie.
— Esa noche, Lin Xue no pudo dormir.
Miró sus manos.
Recordó el calor de las de Zhao Lian.
Y sonrió.
Sin saber… Que algún día esas mismas manos sostendrían una espada dirigida hacia él.
Y que él… No recordaría por qué.
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