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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Sombras en la corte
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6: Capítulo 6: Sombras en la corte 6: Capítulo 6: Sombras en la corte El palacio imperial no dormía.

Solo fingía hacerlo.

Mientras las linternas se apagaban una a una y los pasillos quedaban sumidos en penumbra, otro mundo despertaba entre las sombras.

Un mundo donde las palabras pesaban más que las espadas… y donde una sonrisa podía ser más letal que un ejército.

El Salón del Loto Negro era uno de esos lugares.

Oculto en un ala menos transitada del palacio, lejos de los jardines y de las habitaciones imperiales, sus puertas permanecían cerradas para la mayoría.

Pero esa noche… Estaban abiertas.

Y dentro, la luz de las velas proyectaba figuras alargadas sobre las paredes decoradas con escenas de antiguas victorias militares.

Ironía.

— —El norte está inquieto.

La voz fue baja, medida.

Ministro Han Zhi.

Sentado en uno de los extremos de la mesa, sus dedos jugaban con una pequeña copa de jade, girándola suavemente sin llegar a beber.

Su rostro era sereno, pero sus ojos… calculaban cada palabra, cada silencio.

—El general Lin Yue ha contenido tres incursiones en menos de un mes —respondió otro ministro.

—Y cada victoria fortalece su posición —añadió un tercero, más viejo, con la voz áspera.

El murmullo se extendió.

Controlado.

Peligroso.

Han Zhi alzó la vista.

—No estamos aquí para elogiarlo.

Silencio.

Las velas chisporrotearon levemente.

—Entonces, ¿para qué estamos aquí?

—preguntó el anciano.

Han Zhi sonrió apenas.

—Para hablar de equilibrio.

—¿Equilibrio?

—El imperio se sostiene sobre dos pilares —continuó Han Zhi—: la autoridad del trono… y la fuerza de su ejército.

Dejó la copa sobre la mesa.

El sonido fue seco.

—Cuando uno de esos pilares crece demasiado… Nadie terminó la frase.

No hacía falta.

— En otra parte del palacio… Lin Xue no podía dormir.

No era extraño.

Últimamente, el sueño se había vuelto ligero, fragmentado, como si su mente se negara a bajar la guardia incluso cuando su cuerpo lo necesitaba.

Se levantó.

Se acercó a la ventana.

El aire nocturno era frío, pero no desagradable.

Le gustaba.

Le recordaba al patio de entrenamiento.

A su padre.

A la claridad que solo existía en la oscuridad.

Entonces… Algo llamó su atención.

Una luz.

Lejana.

En un ala del palacio que rara vez estaba iluminada a esa hora.

Lin Xue entrecerró los ojos.

Recordó el mapa mental que había construido poco a poco.

Pasillos.

Escaleras.

Puertas.

Ese lugar… No era común.

Y si había luz allí… No era casualidad.

Su corazón latió más rápido.

No por miedo.

Por curiosidad.

Y la curiosidad… Era más peligrosa.

— En el Salón del Loto Negro, la conversación continuaba.

—El general Lin Yue no solo gana batallas —dijo uno de los presentes—.

También gana lealtades.

—Los soldados lo siguen —añadió otro—.

Incluso los oficiales hablan de él como si fuera— Se detuvo.

Han Zhi lo miró.

—Continúe.

El hombre dudó.

—…como si fuera indispensable.

El silencio cayó.

Pesado.

Real.

Han Zhi asintió lentamente.

—Y ese es el problema.

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Un hombre indispensable… es un hombre peligroso.

—¿Insinúa traición?

—preguntó el anciano.

—No.

Han Zhi negó suavemente.

—No es necesario que traicione.

Sus labios se curvaron apenas.

—Basta con que otros crean que podría hacerlo.

Un suspiro recorrió la sala.

—Las percepciones… crean realidades.

— Lin Xue avanzaba en silencio por los pasillos.

Sus pasos eran ligeros.

Su respiración controlada.

Había memorizado los turnos de los guardias, pero aquella zona era distinta.

Más vigilada.

Más cerrada.

Se ocultó detrás de una columna cuando dos soldados pasaron.

Esperó.

Contó.

Uno.

Dos.

Tres.

Se movió.

Cada paso la acercaba a la luz.

Cada paso… la alejaba de la inocencia.

— —El emperador confía en él —dijo uno de los ministros.

—Demasiado —respondió otro.

—La confianza no es eterna —intervino Han Zhi—.

Puede… moldearse.

El anciano lo miró con atención.

—Está jugando con fuego.

—El fuego… purifica.

—O consume.

Han Zhi sostuvo su mirada.

—Depende de quién lo encienda.

Un silencio largo.

Luego, el anciano habló: —¿Qué propone?

Han Zhi no respondió de inmediato.

Tomó la copa de jade.

Esta vez sí bebió.

Un sorbo pequeño.

Medido.

—Nada… todavía.

Los demás intercambiaron miradas.

—Entonces esta reunión— —Es para observar.

Dejó la copa.

—Para preparar.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Y para recordarles algo.

Sus ojos recorrieron la mesa.

Uno por uno.

—El imperio no pertenece a un hombre.

Una pausa.

—Pertenece a quienes saben moverlo.

— Lin Xue llegó.

Se detuvo frente a una puerta entreabierta.

La luz se filtraba por la rendija.

Las voces… Eran bajas.

Pero claras.

Se acercó más.

Su corazón latía fuerte.

Pero su mente… Estaba en calma.

Se apoyó contra la pared.

Escuchó.

—…no podemos actuar sin pruebas.

—Las pruebas pueden crearse.

—Eso es peligroso.

—Todo lo es.

La niña frunció el ceño.

No entendía todo.

Pero entendía lo suficiente.

Habían mencionado a su padre.

Su cuerpo se tensó.

—El general Lin Yue es leal —dijo una voz.

—La lealtad es… flexible.

—No en él.

—Todos los hombres tienen un punto de quiebre.

Silencio.

Luego— —¿Y si no lo tiene?

Han Zhi habló.

Su voz era suave.

Pero fría.

—Entonces lo encontraremos.

— Lin Xue retrocedió.

Lento.

Cuidado.

Su respiración se volvió más corta.

No por miedo.

Por algo peor.

Comprensión.

No completa.

No clara.

Pero suficiente.

Algo no estaba bien.

Algo se movía.

Algo que no podía ver… pero que podía sentir.

Dio un paso atrás.

Luego otro.

Y entonces— Un crujido.

La madera bajo su pie.

Pequeño.

Pero suficiente.

El silencio dentro del salón se quebró.

—¿Quién está ahí?

La voz fue inmediata.

Afilada.

Lin Xue no pensó.

Se movió.

Rápido.

Se deslizó por el pasillo, giró en la esquina, se ocultó detrás de una estatua.

Pasos.

Puerta abriéndose.

—Revisen.

Dos guardias salieron.

Miraron a su alrededor.

Lin Xue contuvo la respiración.

El tiempo se detuvo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Los guardias avanzaron en la dirección opuesta.

Ella esperó.

Contó.

Cinco.

Diez.

Se movió.

Silenciosa.

Invisible.

Y desapareció.

— Dentro del salón, Han Zhi observaba la puerta abierta.

Sus ojos no mostraban preocupación.

Solo interés.

—¿Una rata?

—preguntó uno de los ministros.

—Tal vez.

Han Zhi sonrió apenas.

—O tal vez… algo más.

Se levantó lentamente.

—A partir de ahora, tengamos más cuidado.

El anciano lo miró.

—¿Cree que alguien escuchó?

Han Zhi caminó hacia la ventana.

Miró la oscuridad.

—Siempre hay alguien escuchando.

Una pausa.

—La pregunta es… quién entiende.

— Lin Xue no se detuvo hasta llegar a su habitación.

Cerró la puerta.

Apoyó la espalda contra ella.

Su respiración era rápida ahora.

Irregular.

Se llevó una mano al pecho.

Su corazón latía con fuerza.

No como en el entrenamiento.

Diferente.

Pesado.

Se deslizó hasta el suelo.

Sus pensamientos giraban.

Fragmentos de palabras.

Lealtad… peligro… encontrar el quiebre… Apretó los puños.

—No… Sacudió la cabeza.

—Mi padre… No terminó la frase.

No podía.

Se levantó de golpe.

Miró la ventana.

La noche seguía igual.

El palacio… intacto.

Pero ella sabía.

Había visto.

Había escuchado.

Y aunque no comprendía todo… Sabía lo suficiente.

Algo se estaba formando.

Algo que tenía que ver con su padre.

Y algo dentro de ella… Le decía que no era un simple rumor.

— A la mañana siguiente, el palacio volvió a la normalidad.

Sonrisas.

Protocolos.

Silencio educado.

Pero Lin Xue ya no veía lo mismo.

Cuando los ministros se inclinaban ante el emperador… Ella observaba sus ojos.

Cuando hablaban con respeto… Escuchaba lo que no decían.

Y cuando su padre caminaba por los pasillos… Erguido.

Firme.

Inquebrantable… Lin Xue sintió algo que nunca antes había sentido.

No miedo por ella.

Sino por él.

— Esa noche, durante el entrenamiento, no dijo nada.

Ni sobre la luz.

Ni sobre las voces.

Ni sobre las palabras.

Pero su padre lo notó.

—Estás distraída.

—No.

—Sí.

Lin Xue apretó la espada.

—Solo estoy cansada.

Lin Yue la observó.

Más de lo normal.

Más profundo.

Pero no insistió.

—Entonces concéntrate.

El entrenamiento continuó.

Pero algo había cambiado.

Y ambos lo sabían.

Aunque ninguno lo dijera.

— Desde lo alto del palacio, la Consorte Rong observaba el patio.

Lin Xue.

Lin Yue.

La espada moviéndose en la oscuridad.

Sus labios se curvaron en una sonrisa suave.

Elegante.

Letal.

—Las sombras ya comenzaron a moverse… Sus ojos brillaron.

—Y aún no saben… quién las controla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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