Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 52

  1. Inicio
  2. La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade
  3. Capítulo 52 - 52 Capítulo 52 El beso contenido
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

52: Capítulo 52: El beso contenido 52: Capítulo 52: El beso contenido El palacio conocía muchas formas de silencio.

El silencio del respeto.

El silencio del miedo.

El silencio de las mentiras dichas frente al trono.

Y luego estaba ese otro silencio.

El que quedaba entre dos personas cuando ambas entendían que una sola palabra podía cambiarlo todo.

— Mei Yan no volvió al jardín la noche siguiente.

No porque no quisiera.

Precisamente por eso.

Se mantuvo ocupada hasta que las manos le dolieron.

Clasificó documentos sin necesidad.

Limpió una bandeja ya limpia.

Revisó rutas que conocía de memoria.

Se obligó a contar guardias, puertas, sellos, pasos, respiraciones.

Cualquier cosa.

Cualquier cosa menos pensar en Zhao Lian bajo el ciruelo diciéndole: Entonces vive tú también.

La frase la perseguía.

No como amenaza.

Como calor.

Y el calor era peor.

El odio era sencillo.

La rabia tenía dirección.

La venganza le había dado forma cuando todo lo demás en ella se había quebrado.

Pero aquello… Aquello no tenía estrategia.

No tenía defensa.

No tenía nombre seguro.

Mei Yan se detuvo frente a una ventana abierta del ala de servicio.

Afuera, la noche cubría los tejados imperiales.

Las luces del palacio temblaban a lo lejos como estrellas cautivas.

Cerró los ojos.

No.

Era una orden.

No una súplica.

No debía permitirse eso.

No ahora.

No con Rong observando, Han Zhi moviéndose, el emperador ocultando verdades y el pasado de Zhao Lian resquebrajándose de forma peligrosa.

No debía acercarse más.

No debía quererlo.

No debía necesitar saber si esa noche él también estaba despierto.

Abrió los ojos.

Y entonces lo vio.

Un pequeño hilo rojo atado al marco exterior de la ventana.

Mei Yan se quedó inmóvil.

El pulso no cambió.

La mirada sí.

No era casual.

Nada con hilo rojo lo era.

Lo desató con cuidado.

Era una señal simple, pero precisa: una hebra doble, un nudo cerrado, una fibra de seda negra entrelazada.

Mensaje.

No de Han Zhi.

No de Rong.

De la red intermedia.

Alguien quería que siguiera un rastro.

Y eso significaba trampa.

O información.

En el palacio, ambas cosas solían ser lo mismo.

— Zhao Lian estaba en su estudio cuando ella entró sin anunciarse.

Él levantó la vista del rollo que revisaba.

No pareció sorprendido.

—No viniste al jardín.

Mei Yan cerró la puerta.

—No me llamó.

—Tampoco te llamé ayer.

La frase quedó suspendida, suave y peligrosa.

Mei Yan no respondió.

Dejó el hilo sobre la mesa.

La expresión de Zhao Lian cambió de inmediato.

—¿Dónde?

—Ala de servicio.

Ventana oeste.

Él tomó la hebra con cuidado.

—¿Rong?

—No directamente.

—¿Han Zhi?

—Demasiado visible para él.

Zhao Lian observó el nudo.

—Entonces alguien quiere que miremos donde no deberíamos.

—O que miremos justo donde debemos.

—¿Irás?

—Sí.

La respuesta salió sin duda.

Zhao Lian dejó el hilo sobre la mesa.

—Entonces voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

—Tampoco mi respuesta.

El aire cambió.

No era discusión común.

Era otra cosa.

Una tensión más antigua que el desacuerdo, más íntima que la estrategia.

Zhao Lian se levantó.

—Después de dos intentos de asesinato, ¿esperas que te deje ir sola?

Mei Yan sostuvo su mirada.

—No necesito permiso.

—No hablé de permiso.

—Entonces no hable como si pudiera detenerme.

Él se acercó un paso.

—Puedo intentarlo.

Mei Yan no retrocedió.

—Sería un error.

—Estoy empezando a acostumbrarme a cometerlos contigo.

La frase la golpeó de forma inesperada.

No fue dulce.

No fue abierta.

Pero fue demasiado honesta.

Mei Yan bajó la mirada un instante, apenas uno, y eso bastó para que Zhao Lian entendiera que había tocado una grieta.

—No haga eso —dijo ella.

—¿Qué?

—Hablar como si esto fuera otra cosa.

Zhao Lian la observó.

—¿Y qué es esto?

Mei Yan no respondió.

Porque esa era precisamente la pregunta que no podía permitirse contestar.

— Salieron por una ruta secundaria.

No como príncipe y sirvienta.

No como aliados declarados.

Como dos sombras que habían aprendido a sincronizarse sin nombrarlo.

El hilo los condujo hacia el ala sur, una zona más antigua, donde las ventanas estaban selladas desde hacía años y el polvo cubría los marcos como una segunda piel.

El aire olía a humedad, a madera cerrada, a secretos guardados demasiado tiempo.

Zhao Lian caminaba cerca.

Demasiado cerca.

Mei Yan lo notaba en detalles mínimos: el roce ocasional de su manga, el ritmo de su respiración, la forma en que su presencia ocupaba el espacio sin invadirlo.

Eso era lo peor.

No la presionaba.

No la sujetaba.

No exigía respuestas.

Solo estaba allí.

Y cada vez que estaba allí, la soledad que ella había construido durante años parecía menos firme.

—Aquí —susurró él.

Mei Yan se detuvo.

Frente a ellos había una puerta baja, cerrada con un candado antiguo.

En el marco, otro hilo rojo.

Más pequeño.

Lo tocó.

—Es reciente.

—¿Qué hay dentro?

—Si es una trampa, probablemente nada bueno.

—Siempre tan alentadora.

—Le dije que no viniera.

Zhao Lian miró el candado.

—Y aun así aquí estoy.

Mei Yan sacó una herramienta fina de su manga.

—Eso no habla bien de su juicio.

—Mi juicio ha sido cuestionable desde que decidí confiar en ti.

Sus dedos se detuvieron sobre el candado.

El silencio los envolvió.

No era momento.

Nunca lo era.

Y sin embargo, cada frase parecía acercarlos más a una verdad que ninguno podía sostener.

Mei Yan abrió el candado.

La puerta cedió con un gemido suave.

Entraron.

La habitación estaba casi vacía.

Casi.

En el centro había una mesa pequeña.

Sobre ella, una caja de madera oscura.

Mei Yan no se acercó de inmediato.

Observó el suelo.

Las paredes.

El techo.

—No hay mecanismo visible.

—Eso no significa que sea segura.

—No.

Se acercó lentamente.

Zhao Lian permaneció a su lado.

La caja no tenía sello.

Solo un cierre simple.

Eso la hacía más sospechosa.

Mei Yan la abrió.

Dentro había un trozo de tela quemada, un pequeño fragmento de jade roto y una tira de papel.

Zhao Lian tomó el jade.

Apenas lo tocó, su respiración cambió.

Mei Yan lo vio.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió.

Sus dedos se cerraron alrededor del fragmento.

—Esto… Su voz se debilitó.

—Lo he visto.

—¿Dónde?

Zhao Lian cerró los ojos.

El recuerdo llegó con violencia contenida.

Fuego.

Humo.

Una niña llorando sin hacer ruido.

Un adorno de jade en su cabello.

El mismo jade.

Roto al caer.

Una mano pequeña buscando la suya.

—No lo sueltes, Lian.

El pecho se le contrajo.

Mei Yan dio un paso hacia él.

—Respire.

Zhao Lian abrió los ojos, pero no parecía verla del todo.

—Ella llevaba esto.

Mei Yan se quedó inmóvil.

El jade.

Lo había olvidado.

No porque no importara, sino porque había enterrado demasiadas cosas para seguir viva.

Pero ahora, al verlo en su mano, algo antiguo y doloroso despertó.

Aquel adorno se lo había dado su padre antes del primer banquete imperial al que asistió.

Una pequeña pieza de jade en forma de flor cerrada.

Lin Xue la había usado una sola noche.

La noche del incendio en el Pabellón del Oeste.

La noche que Zhao Lian estaba empezando a recordar.

Mei Yan extendió la mano antes de pensarlo.

—Démelo.

Zhao Lian la miró.

—¿Por qué?

El error fue suyo.

Demasiado rápido.

Demasiado personal.

Mei Yan retiró la mano.

—Podría estar envenenado.

—No me mientas.

La frase fue baja.

No dura.

Eso la hizo peor.

Zhao Lian sostuvo el fragmento entre ambos.

—Lo reconoces.

Mei Yan no respondió.

—¿Era de ella?

Silencio.

—¿De la niña?

El aire se volvió insoportable.

Mei Yan sostuvo su mirada, pero cada parte de ella quería retroceder.

—Alteza… —No.

Zhao Lian dio un paso hacia ella.

—No me llames así ahora.

Aquello la desarmó más que cualquier acusación.

La distancia entre ambos se redujo.

La habitación, cerrada y oscura, pareció hacerse más pequeña.

—Dime una cosa verdadera —pidió él—.

Una sola.

Mei Yan sintió el peso de años sobre la lengua.

Una cosa verdadera.

Podía elegir.

Podía decir: su padre sabía.

Podía decir: Rong nos está guiando.

Podía decir: Han Zhi no actuó solo.

Pero ninguna de esas verdades era la que él pedía.

La que él necesitaba estaba entre los dos, latiendo como una herida.

—Ese jade… —dijo al fin— pertenecía a alguien que estuvo con usted esa noche.

Zhao Lian cerró los dedos alrededor del fragmento.

—¿La niña?

—Sí.

—¿La conocías?

Mei Yan respiró lentamente.

—Sí.

El golpe fue silencioso.

Zhao Lian dio un paso más.

—¿Está viva?

Mei Yan cerró los ojos.

Ahí estaba la pregunta.

La frontera.

El filo.

—No como usted la recuerda.

Cuando abrió los ojos, él estaba demasiado cerca.

Y esta vez no era estrategia.

No era interrogatorio.

Era desesperación contenida.

—¿Por qué siento que cada vez que estoy cerca de ti estoy a punto de recordarla?

Mei Yan no pudo responder.

Porque la respuesta era demasiado cruel.

Porque él la estaba recordando.

Solo que no sabía mirar el presente con los ojos del pasado.

—Porque los recuerdos no obedecen —susurró.

Zhao Lian alzó la mano.

No la tocó.

La dejó suspendida cerca de su rostro, como si temiera que cualquier contacto pudiera romperla o romperlo a él.

—¿Y tú sí?

Mei Yan sintió que el corazón le dolía.

—Lo intento.

—No siempre.

La mano de Zhao Lian rozó apenas una hebra de cabello junto a su mejilla.

El contacto fue mínimo.

Casi nada.

Y aun así, Mei Yan sintió que el mundo entero se detenía.

Era absurdo.

Había soportado venenos.

Heridas.

Exilio.

Sangre.

Había visto morir a su padre sin poder salvarlo.

Y sin embargo, ese roce pequeño la hizo cerrar los dedos contra la tela de su túnica para no temblar.

Zhao Lian lo notó.

—Te asusté.

—No.

—Entonces, ¿qué?

Mei Yan levantó la mirada.

La respuesta se quedó atrapada.

Él estaba cerca.

Demasiado.

Sus ojos ya no buscaban solo respuestas.

Buscaban algo que ella llevaba escondiendo desde que entró de nuevo al palacio.

Y por un instante, Mei Yan dejó de ser Mei Yan.

Fue Lin Xue.

La niña bajo el ciruelo.

La que prometió protegerlo.

La que lo había perdido.

La que ahora estaba frente a él, adulta, herida, enamorándose sin permiso de un hombre que casi la recordaba.

Zhao Lian bajó la vista a sus labios.

El gesto fue breve.

Contenido.

Pero imposible de ignorar.

Mei Yan debería haberse apartado.

Debería haber dicho que no.

Debería haber recordado la misión, la venganza, el peligro, las máscaras, Rong, Han Zhi, el emperador, todo.

Pero no lo hizo.

Solo respiró.

Una vez.

Y eso fue suficiente para que él entendiera que no estaba solo en esa caída.

Zhao Lian se inclinó apenas.

No la besó.

No todavía.

La distancia entre sus labios era mínima, tensa, cruel.

Un espacio tan pequeño que podía incendiar más que cualquier contacto.

—Dime que me detenga —susurró.

Mei Yan cerró los ojos.

Aquella era la última puerta.

Si decía una palabra, él se apartaría.

Lo sabía.

Y precisamente por eso no pudo hablar.

El silencio fue su respuesta.

Zhao Lian se acercó un poco más.

Sus labios casi rozaron los de ella.

Casi.

Un beso contenido.

Un beso detenido en el borde de existir.

Mei Yan sintió su respiración mezclarse con la suya, sintió el calor de su presencia, sintió cómo toda la disciplina que había construido durante años se tensaba hasta casi romperse.

Entonces, desde el corredor, se oyó un paso.

Ambos se separaron.

No bruscamente.

Pero sí lo suficiente para que la realidad volviera como una hoja fría.

Mei Yan reaccionó primero.

Apagó la lámpara con un gesto rápido.

Zhao Lian guardó el fragmento de jade.

El sonido se acercó.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Una sombra pasó frente a la puerta entreabierta.

No entró.

Solo dejó algo en el suelo.

Luego se alejó.

Mei Yan esperó.

Contó.

Cuando estuvo segura, abrió la puerta apenas.

Había un papel doblado.

Lo tomó.

Lo leyó bajo la luz de la luna que entraba por una rendija.

Solo una línea.

Si quieren recordar, busquen donde el fuego no consumió la sangre.

Zhao Lian leyó sobre su hombro.

La cercanía volvió.

Distinta.

Más peligrosa porque ahora ambos sabían lo que casi había ocurrido.

—El Pabellón del Oeste —dijo él.

Mei Yan asintió.

—Sí.

Pero su voz no sonó igual.

Y él lo notó.

Durante unos segundos, ninguno habló del papel.

Ninguno habló del jade.

Ninguno habló del beso que no llegó a ser beso y que, justamente por eso, dolía más.

Finalmente Zhao Lian guardó el mensaje.

—Esto no ha terminado.

Mei Yan lo miró.

No supo si hablaba de la investigación.

O de ellos.

Quizá de ambas cosas.

—No —respondió.

—No ha terminado.

Salieron de la habitación por caminos separados, como habían entrado tantas veces.

Pero algo había cambiado.

No se habían besado.

No habían cruzado del todo la línea.

Y aun así, la línea ya no existía igual.

— Desde una galería distante, la Consorte Rong observó la puerta cerrarse.

En su mano sostenía otro fragmento de jade, gemelo del primero.

Su sonrisa fue leve.

Casi triste.

—Ah, juventud… Su dama de confianza bajó la mirada.

—¿Debemos preocuparnos?

Rong guardó el jade.

—No por el beso que no se dieron.

Miró hacia el ala oscura del palacio.

—Preocúpate por el que ahora ambos querrán evitar.

— Mei Yan regresó a su habitación antes del amanecer.

Cerró la puerta.

Apoyó la frente contra la madera.

El corazón le latía demasiado rápido.

No por miedo.

No por persecución.

Por él.

Por el casi.

Por la forma en que había dicho dime que me detenga.

Por el silencio con el que ella no pudo hacerlo.

Se llevó los dedos a los labios.

No hubo beso.

Y aun así, lo sentía.

Eso era lo más peligroso.

Que algunas cosas podían no ocurrir… Y aun así cambiarlo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas