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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 53

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  3. Capítulo 53 - 53 Capítulo 53 La verdad oculta
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53: Capítulo 53: La verdad oculta 53: Capítulo 53: La verdad oculta El beso no dado se quedó entre ellos.

No como recuerdo.

Como amenaza.

Mei Yan lo sintió al día siguiente en cada espacio compartido con Zhao Lian.

En la manera en que él apartaba la mirada un instante demasiado tarde.

En la forma en que ella calculaba con excesivo cuidado la distancia entre sus cuerpos.

En el silencio que se instalaba cuando sus manos casi se rozaban al revisar un documento.

Nada había ocurrido.

Y, aun así, todo era distinto.

Ese era el verdadero peligro.

Las cosas que no ocurren no dejan pruebas.

No pueden negarse ni confirmarse.

No tienen nombre, no tienen testigos, no tienen lugar dentro de una investigación.

Pero permanecen.

Respiran.

Se sientan en medio de la habitación y obligan a todos a fingir que no están allí.

Mei Yan podía manejar enemigos visibles.

Podía leer documentos falsificados.

Podía seguir espías.

Podía soportar veneno.

Pero no sabía qué hacer con la memoria de una respiración compartida a un hilo de distancia de sus labios.

Y eso la irritaba.

Profundamente.

— El Pabellón del Oeste permanecía cerrado desde hacía años.

Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían.

La versión oficial hablaba de un incendio accidental, una vieja lámpara caída, madera seca, un ala abandonada que ardió antes de que los guardias pudieran controlarla.

Pero el palacio siempre mentía mejor cuando fingía explicar.

Mei Yan y Zhao Lian llegaron al corredor exterior al caer la noche.

No podían entrar durante el día.

Demasiados ojos.

Demasiados oídos.

Demasiadas personas dispuestas a vender una sospecha por protección.

El aire allí era distinto.

Más pesado.

Aunque habían pasado años, aún parecía cargar una memoria quemada.

No olía a humo de forma evidente, pero había algo debajo del polvo y la madera vieja: una aspereza seca, un eco de ceniza.

Zhao Lian se detuvo frente a la puerta.

Sus dedos se cerraron lentamente.

—Aquí fue.

No preguntó.

Mei Yan lo observó de perfil.

La luz de la luna caía sobre su rostro y marcaba las sombras bajo sus ojos.

En los últimos días, el príncipe había envejecido de una manera extraña.

No físicamente, sino por dentro.

Como si cada fragmento recuperado le añadiera años que le habían sido negados.

—Sí —respondió ella.

—¿Tú has estado aquí antes?

La pregunta llegó sin aviso.

Mei Yan mantuvo la mirada en la puerta.

—Hace mucho.

Zhao Lian giró hacia ella.

—¿Cuánto?

El silencio se tensó.

Mei Yan pudo mentir.

Era lo esperado.

Era lo seguro.

Pero después de la noche anterior, las mentiras ya no se sentían iguales.

Cada una tenía un peso nuevo, como si el casi beso hubiera encendido una lámpara sobre todo aquello que ella intentaba esconder.

—Lo suficiente para recordar el humo —dijo.

Zhao Lian no respondió.

Su expresión cambió apenas.

—Entonces estuviste aquí.

—Sí.

—La noche del incendio.

Mei Yan no lo miró.

—Sí.

El viento movió suavemente las mangas de ambos.

La verdad estaba demasiado cerca.

Tan cerca que parecía poder romperse con una sola respiración.

Zhao Lian bajó la voz.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Mei Yan abrió la cerradura antigua con movimientos controlados.

—Porque saberlo no bastaba.

—No decidas eso por mí.

El tono no fue fuerte.

Pero dolió más que un grito.

Mei Yan se detuvo un instante.

Luego empujó la puerta.

—Entonces entre.

— El interior del Pabellón del Oeste era una herida cerrada a la fuerza.

La parte exterior había sido restaurada para mantener la apariencia del palacio, pero adentro aún quedaban rastros: vigas ennegrecidas, columnas reparadas, paredes donde la pintura nueva no podía ocultar del todo las marcas antiguas.

Zhao Lian cruzó el umbral y el aire cambió.

Su cuerpo lo supo antes que él.

Mei Yan lo vio tensarse.

Un paso.

Otro.

Su respiración se volvió más lenta, más profunda, como si intentara entrar en un recuerdo sin quebrarse.

—Había fuego aquí —murmuró.

—Sí.

—Y personas.

—Sí.

—No solo nosotros.

Mei Yan no respondió.

Zhao Lian avanzó hacia el centro del pabellón.

Allí el suelo había sido reemplazado, pero no por completo.

Cerca de una columna lateral quedaba una sección antigua de piedra, oscurecida por marcas que ni el tiempo ni las manos humanas habían borrado.

Donde el fuego no consumió la sangre.

El mensaje.

Mei Yan se acercó.

Se arrodilló junto a la piedra.

Pasó los dedos sobre la superficie.

Había una grieta.

Pequeña.

Demasiado recta para ser natural.

Sacó una herramienta fina.

Zhao Lian se arrodilló frente a ella.

No hablaron.

La piedra cedió después de varios intentos.

Debajo había un compartimento estrecho, oculto durante años.

Dentro… Un pedazo de tela enrollado.

Y una lámina de metal delgada, ennegrecida por el fuego.

Mei Yan tomó la tela primero.

Al desplegarla, ambos vieron manchas oscuras.

Sangre vieja.

Zhao Lian dejó escapar una respiración rota.

—¿De quién?

Mei Yan no respondió de inmediato.

Observó el patrón.

La tela no era de uniforme militar.

Tampoco de sirvienta.

Era seda fina.

Infantil.

El pecho se le cerró.

La reconoció.

No toda.

Pero sí el bordado.

Una pequeña flor de jade en hilo blanco.

Su túnica.

La túnica que llevó aquella noche.

Mei Yan cerró los dedos sobre la tela.

Demasiado fuerte.

Zhao Lian lo notó.

—La reconoces.

Ella no pudo mentir a tiempo.

—Sí.

—¿De quién era?

Silencio.

La pregunta no era una puerta.

Era un precipicio.

Mei Yan sostuvo la tela con las dos manos.

El mundo pareció alejarse: el pabellón, la noche, la conspiración, incluso Zhao Lian.

Durante un instante solo estuvo aquella niña, arrastrada por corredores llenos de humo, con el jade roto, la mano del príncipe soltándose de la suya, la voz de su padre gritando que no mirara.

—De alguien que sobrevivió —dijo al fin.

Zhao Lian la observó.

Sus ojos ya no tenían paciencia.

Tenían dolor.

—¿Por qué haces eso?

Mei Yan levantó la mirada.

—¿Qué?

—Responder como si cada verdad tuviera que pasar por una puerta cerrada.

Ella sostuvo su mirada.

—Porque algunas verdades matan.

—La mentira también.

La frase cayó con una precisión cruel.

Mei Yan bajó la vista.

No porque él tuviera autoridad.

Sino porque tenía razón.

Zhao Lian tomó la lámina metálica del compartimento.

La limpió con cuidado.

Bajo el ennegrecido apareció un símbolo grabado.

Un emblema de cámara privada imperial.

No de Han Zhi.

No de Rong.

Del emperador.

Zhao Lian quedó inmóvil.

—Esto pertenecía a mi padre.

Mei Yan miró la lámina.

—O a alguien que actuó con su autorización.

—Siempre esa distancia.

Su voz se tensó.

—Siempre ese cuidado para no decir lo evidente.

Mei Yan respiró lentamente.

—Porque si decimos lo evidente sin pruebas completas, solo tendremos una acusación imposible.

—Y si seguimos esperando, ¿qué tendremos?

¿Más muertos?

El silencio entre ambos se volvió áspero.

Mei Yan guardó la tela y la lámina.

—Tendremos la verdad.

Zhao Lian se puso de pie.

—No.

Tendremos tu versión de cuándo es seguro saberla.

El golpe fue directo.

Mei Yan también se levantó.

—¿Cree que esto es fácil para mí?

—No lo sé.

Él la miró con una mezcla de frustración y súplica.

—Ese es el problema.

No sé nada de ti salvo lo que decides mostrarme.

Mei Yan sintió la grieta abrirse de nuevo.

—Sabe suficiente.

—No.

Zhao Lian dio un paso hacia ella.

—Sé que mientes bien.

Sé que sabes cosas que no deberías.

Sé que cada vez que estoy cerca de recordar algo, tú estás allí.

Sé que conocías a la niña del Pabellón del Oeste.

Sé que reconociste su jade.

Ahora reconoces su ropa.

Su voz bajó.

—Y sé que cuando casi te besé anoche, no retrocediste.

El aire desapareció.

Mei Yan no se movió.

No había defensa para eso.

No dentro de aquella habitación llena de ceniza y sangre.

—Eso no tiene relación con la investigación —dijo.

La frase sonó débil incluso para ella.

Zhao Lian la miró con una tristeza contenida.

—Tiene relación con todo.

Silencio.

Mei Yan sintió que el nombre antiguo le quemaba la garganta.

Díselo.

Una parte de ella lo suplicaba.

Dile que eres Lin Xue.

Dile que la niña no murió.

Dile que la promesa no desapareció.

Dile que volvió por venganza y ahora no sabe qué hacer con el amor.

Pero otra parte, la que había sobrevivido al bosque, al veneno, al entrenamiento de Shen y al palacio, la detuvo.

No aún.

No sin saber quién movía la última pieza.

No con Rong jugando desde las sombras.

No con el emperador involucrado.

No mientras la verdad pudiera ser usada contra él.

Contra ambos.

—Anoche fue un error —dijo.

La frase salió más fría de lo que pretendía.

Zhao Lian la recibió sin moverse.

Pero su rostro cambió.

No de ira.

Eso habría sido más sencillo.

Cambió como cambia algo cuando se rompe sin hacer ruido.

—¿Eso crees?

Mei Yan apretó los dedos.

—Eso sé.

Mentira.

Zhao Lian sonrió apenas.

No de alegría.

—Otra mentira.

Ella no respondió.

—Mei Yan… El nombre volvió a doler.

Él dio un paso más.

—O quien seas.

El mundo se detuvo.

Mei Yan sostuvo su mirada.

—No haga preguntas cuya respuesta no está preparado para escuchar.

—Estoy cansado de que decidas por mí.

—Y yo estoy cansada de ver morir a quienes creen que la verdad basta para protegerlos.

La frase salió con más fuerza de la esperada.

Rebotó entre las paredes quemadas.

Zhao Lian quedó en silencio.

Mei Yan respiraba más rápido.

Demasiado rápido.

Había dicho demasiado.

No todo.

Pero demasiado.

—¿A quién viste morir?

—preguntó él.

Su voz fue baja.

Cuidadosa.

Más peligrosa por eso.

Mei Yan cerró los ojos.

La plaza.

La sangre.

La voz de su padre.

Vive.

Cuando los abrió, el control había vuelto.

Pero más frágil.

—A alguien que no merecía morir.

Zhao Lian no apartó la mirada.

—Lin Yue.

Ella no respondió.

No hacía falta.

El silencio fue confirmación suficiente.

— Un ruido en el exterior los obligó a detenerse.

Pasos.

Más de uno.

Mei Yan apagó la pequeña lámpara.

Zhao Lian guardó la lámina bajo su túnica.

Las voces se acercaron.

—La puerta estaba abierta.

—Revisen.

Guardias.

No comunes.

Mei Yan tomó la muñeca de Zhao Lian y lo guió hacia una sección lateral del pabellón, detrás de una columna parcialmente quemada.

El espacio era estrecho.

Demasiado.

Quedaron juntos.

Casi pegados.

El recuerdo del beso contenido volvió de inmediato, cruel y vivo.

Zhao Lian bajó la mirada hacia ella.

Mei Yan sintió su respiración cerca de su sien.

No era momento.

Nunca lo era.

Y aun así, el cuerpo no entiende de estrategias cuando el corazón empieza a traicionarlo.

Los guardias entraron.

La luz de una antorcha recorrió el pabellón.

Mei Yan contuvo el aire.

Zhao Lian permaneció inmóvil.

Uno de los guardias se acercó.

Demasiado.

La antorcha iluminó parte de la columna.

Un paso más y los vería.

Mei Yan deslizó una aguja pequeña entre sus dedos.

Zhao Lian lo notó y cubrió suavemente su mano con la suya.

No.

El gesto fue mínimo.

Pero claro.

No atacar.

Todavía.

Mei Yan lo miró.

Él sostuvo su mirada en la oscuridad.

El guardia se detuvo.

—No hay nadie.

—Revisa el compartimento.

Mei Yan se tensó.

El segundo guardia caminó hacia la piedra.

La encontró abierta.

—Aquí hay algo.

El aire se volvió mortal.

Zhao Lian no la soltó.

Sus dedos seguían sobre los de ella.

No por romance.

Por decisión compartida.

Si los descubrían, actuarían juntos.

Sin promesa.

Sin palabras.

Juntos.

Entonces una voz desde fuera interrumpió: —¡El capitán llama!

Ahora.

Los guardias dudaron.

—Pero— —Ahora.

El tono no admitía discusión.

Los hombres salieron con prisa.

La puerta quedó entreabierta.

El silencio regresó poco a poco.

Mei Yan esperó.

Contó.

Diez respiraciones.

Quince.

Luego se movió.

Pero Zhao Lian no soltó su mano de inmediato.

Ambos lo notaron.

Ambos sabían que debía hacerlo.

Pero durante un segundo más, ninguno quiso.

Finalmente él retiró los dedos.

—Esto tampoco tuvo relación con la investigación, supongo —murmuró.

Mei Yan no respondió.

No podía sin mentir.

Y estaba agotada de mentirle.

— Salieron por una ruta secundaria antes de que llegara otra patrulla.

El mensaje era claro: alguien los había guiado hasta allí, pero alguien también se había asegurado de que no fueran capturados.

Rong.

Probablemente.

O alguien más.

El juego seguía extendiéndose.

Cuando llegaron al corredor del jardín, Zhao Lian se detuvo.

—No voy a presionarte esta noche.

Mei Yan lo miró.

—Pero no confundas eso con rendición.

—No lo hago.

—Voy a descubrir quién eres.

El corazón de Mei Yan se contrajo.

Él dio un paso atrás.

—Y cuando lo haga, quiero creer que todavía podré mirarte de la misma forma.

No esperó respuesta.

Se fue.

Mei Yan quedó sola en el corredor.

Con la tela manchada de sangre oculta bajo su manga.

Con la prueba imperial en manos de Zhao Lian.

Con el nombre Lin Xue enterrado en la garganta.

Y con la certeza de que el tiempo se estaba agotando.

— Esa noche, en sus aposentos, la Consorte Rong recibió el informe de los guardias.

—Encontraron el compartimento abierto —dijo su dama.

Rong bebió té con calma.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

La Consorte dejó la taza.

—Las verdades ocultas necesitan ser encontradas, pero nunca demasiado limpias.

Una prueba sin peligro no convence a nadie.

La dama bajó la mirada.

—El príncipe sospecha más de ella.

Rong sonrió apenas.

—Debe hacerlo.

—¿Y si descubre quién es?

Rong miró hacia el jardín oscuro.

—Entonces veremos si ama a una mujer… Una pausa.

—O a un recuerdo.

— Mei Yan no durmió.

Extendió la tela infantil sobre la mesa y pasó los dedos por el bordado casi quemado.

Flor de jade.

Su flor.

Su sangre.

Su pasado.

El nombre estaba allí.

Lin Xue.

Ya no podía esconderse mucho más.

Pero aún no podía revelarse.

Ese era el castigo más cruel: estar frente a la persona que había prometido protegerla, verlo buscarla en su propia mirada, y negarle la respuesta para mantenerlo con vida.

Mei Yan cerró los ojos.

Una lágrima no cayó.

Se quedó allí.

Contenido.

Como el beso.

Como la verdad.

Como el nombre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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