La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 Capítulo 57 La noche de las traiciones
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57: Capítulo 57: La noche de las traiciones 57: Capítulo 57: La noche de las traiciones Lin Xue volvió a moverse sola.
Era lo que conocía.
Lo que entendía.
Lo que la había mantenido con vida durante años.
La soledad era una armadura incómoda, pero confiable.
No discutía, no dudaba, no suplicaba.
No te miraba con los ojos de Zhao Lian y te obligaba a recordar que aún había una parte de ti capaz de temblar.
Por eso eligió el pasaje oriental.
Por eso no dejó señales.
Por eso cambió de ruta tres veces antes de llegar al ala administrativa donde Han Zhi guardaba sus registros privados.
No quería que la siguieran.
No quería que la detuvieran.
Y, sobre todo, no quería que Zhao Lian volviera a poner entre ella y la venganza esa voz dolida que decía verdades demasiado incómodas.
No confundas venganza con justicia.
Lin Xue apretó los dedos sobre el paquete de documentos.
—No tienes derecho —susurró.
Pero la frase no sonó tan firme como antes.
— El ala administrativa de Han Zhi estaba cerrada.
Demasiado cerrada.
No había guardias visibles.
No había movimiento.
No había luz en las ventanas.
Lin Xue se detuvo en la sombra de una columna, observando.
Un lugar sin vigilancia dentro del palacio no significaba seguridad.
Significaba trampa.
Sonrió apenas.
Bien.
Que fuera trampa.
Las trampas también podían romperse.
Se deslizó por el lateral del edificio, evitando el camino principal.
La cerradura trasera había sido cambiada recientemente.
Más pesada.
Mejor construida.
Eso confirmó que Han Zhi estaba nervioso.
Un hombre seguro no refuerza puertas.
Un hombre que teme perder algo, sí.
Lin Xue sacó una herramienta fina de su manga y trabajó en silencio.
La cerradura resistió más de lo esperado, pero no lo suficiente.
Un clic.
Entró.
El interior olía a tinta, madera pulida y humedad encerrada.
Las lámparas estaban apagadas, pero la luz lunar cruzaba las ventanas altas, dibujando líneas pálidas sobre los escritorios.
No necesitaba ver mucho.
Solo lo necesario.
Buscaba la caja de registros privados.
Si Han Zhi había preparado la acusación contra su padre, si había movido la tinta, los sellos, los testigos y los asesinos, debía conservar algo para protegerse.
Los hombres como él siempre lo hacían.
La culpa no los asustaba tanto como perder el control.
Pasó junto a estantes ordenados, abrió compartimentos, revisó sellos, descartó documentos inútiles.
Todo estaba demasiado limpio.
Demasiado expuesto.
Entonces vio el error.
Una mesa secundaria con un cajón más gastado que los demás.
Uso frecuente.
Intento de disimulo.
Lo abrió.
Vacío.
Lin Xue se quedó inmóvil.
No por sorpresa.
Por confirmación.
El vacío era reciente.
Alguien había llegado antes.
Detrás de ella, una voz suave dijo: —Llegas tarde.
Lin Xue no giró de inmediato.
—Rong.
La Consorte emergió de la penumbra con un abanico cerrado entre los dedos.
No vestía como si hubiera sido descubierta en un lugar ajeno.
Vestía como si el lugar le perteneciera, como si toda habitación del palacio fuera simplemente otra extensión de su paciencia.
—No deberías entrar sola en habitaciones vacías —dijo Rong—.
A veces están vacías porque alguien quiere que lo estén.
Lin Xue la miró.
—¿Usted tomó los documentos?
—Algunos.
—Devuélvalos.
Rong sonrió apenas.
—Sigues creyendo que los documentos son armas suficientes.
—Son pruebas.
—Las pruebas solo importan cuando alguien tiene poder para hacerlas escuchar.
Lin Xue dio un paso hacia ella.
—Yo haré que escuchen.
—¿Con una hoja en la garganta de Han Zhi?
¿Con sangre en el suelo?
¿Con el cadáver de un ministro y el príncipe heredero intentando justificar por qué la hija de un traidor mató dentro del palacio?
La frase fue precisa.
Cruel.
Lin Xue sintió el golpe, pero no retrocedió.
—No vine por sermones.
—No.
Viniste por venganza.
—Vine por justicia.
—Entonces dime la diferencia esta noche.
El silencio se tensó.
Lin Xue no respondió.
Rong ladeó la cabeza.
—Eso pensé.
La hoja apareció en la mano de Lin Xue antes de que el pensamiento terminara.
No atacó.
Solo dejó claro que podía hacerlo.
Rong ni siquiera parpadeó.
—¿También me matarás a mí?
—Si se interpone.
—Ya lo estoy haciendo.
—Entonces muévase.
La sonrisa de Rong se apagó.
Por primera vez, su rostro mostró algo sin adorno: cansancio.
—Tu padre no murió solo porque sabía la verdad.
Murió porque creyó que podía ponerla frente al trono y obligarlo a ser justo.
Lin Xue apretó la hoja.
—No hable de él.
—Alguien debe hacerlo con honestidad.
Rong avanzó un paso.
—Lin Yue era honorable.
Leal.
Valiente.
Y cometió el error de creer que los hombres culpables se avergüenzan cuando son descubiertos.
El aire ardió.
—Cállese.
—No.
La voz de Rong fue baja, pero firme.
—Si vas a destruirte, al menos hazlo entendiendo lo que estás repitiendo.
Lin Xue dio un paso más.
La hoja quedó a un movimiento de la garganta de Rong.
—Mi padre murió por culpa de cobardes que confundieron estabilidad con justicia.
—Sí.
La respuesta directa la desarmó un instante.
Rong continuó: —Y tú puedes morir por culpa de creer que matar a un cobarde corrige lo que construyeron todos.
Lin Xue sostuvo la mirada.
—Quizá no lo corrija.
Una pausa.
—Pero lo hará sangrar.
Rong la observó con una tristeza extraña.
—Ahí está la diferencia.
Lin Xue no tuvo tiempo de responder.
Desde el corredor llegó un sonido.
Pasos.
Muchos.
Rong cerró los ojos un instante.
—Demasiado pronto.
Lin Xue giró hacia la puerta.
—¿Usted los trajo?
—No.
Por una vez, Rong sonó irritada.
—Han Zhi no es tan estúpido como quieres creer.
La puerta principal se abrió con violencia.
Entraron seis guardias.
No los de palacio.
Hombres de Han Zhi.
Rostros cubiertos parcialmente.
Espadas listas.
Uno de ellos sonrió.
—Consorte Rong.
Señorita Lin.
El nombre cayó como veneno.
Lin Xue se tensó.
Rong no mostró sorpresa.
—Qué descortés entrar sin anunciarse.
—El ministro solicita ambas presencias.
—Qué amable.
El guardia levantó la espada.
—No fue una invitación.
Lin Xue se movió primero.
La primera hoja enemiga nunca terminó su arco.
Ella entró por debajo del ataque, cortó la muñeca del guardia y giró el cuerpo para usarlo como barrera contra el segundo.
Rong, pese a su apariencia delicada, no retrocedió como una dama asustada.
Se desplazó con precisión, alejándose del centro, evitando quedar atrapada.
No era guerrera.
Pero sabía sobrevivir.
Por supuesto que sabía.
Lin Xue bloqueó un golpe, retrocedió, lanzó una aguja.
Un hombre cayó con el cuello rígido antes de tocar el suelo.
Tres quedaron.
Luego dos más aparecieron por la puerta lateral.
Demasiados.
El espacio era estrecho.
Los documentos podían arder.
Rong era un problema adicional, no por debilidad, sino porque si moría allí, todo se desataría de forma impredecible.
—Salida trasera —dijo Rong.
—Ya la usé.
—No esa.
Lin Xue la miró apenas.
Rong golpeó con el abanico una sección de pared.
Un panel oculto cedió.
Naturalmente.
La Consorte tenía salidas en la oficina de Han Zhi.
La mujer estaba en todas partes.
—Ahora —ordenó Rong.
Lin Xue quiso negarse.
Quiso quedarse.
Quiso abrirse paso entre sangre hasta encontrar al ministro.
Pero los guardias avanzaban.
Y uno de ellos llevaba una antorcha.
No venían solo a capturar.
Venían a borrar.
Lin Xue maldijo en silencio.
Empujó a Rong hacia el panel y la siguió.
El pasaje era estrecho, oscuro, construido entre paredes internas.
Detrás de ellas, los guardias gritaron.
La antorcha cayó.
El fuego comenzó a lamer papeles.
Han Zhi quemaba sus propios rastros.
O tal vez quemaba los que Rong no había tomado a tiempo.
Lin Xue apretó los dientes.
Otra vez fuego.
Otra vez documentos ardiendo.
Otra vez el palacio destruyendo la verdad antes de que pudiera hablar.
— Zhao Lian sintió el humo antes de ver la luz.
Había llegado tarde.
No sabía cómo lo supo.
Quizá porque, desde que Lin Xue se fue, cada minuto de silencio le había parecido una alarma.
Quizá porque Rong no estaba en sus aposentos.
Quizá porque Han Zhi había desaparecido del consejo sin excusa.
O quizá porque alguna parte de él, la parte que la había perdido una vez, reconocía el inicio de otra pérdida.
Corrió hacia el ala administrativa con dos guardias leales detrás.
Cuando llegó, las ventanas ya escupían humo.
—¡Agua!
—ordenó uno de los guardias.
Zhao Lian no esperó.
Entró.
El calor lo golpeó de inmediato.
Fuego.
Humo.
Madera crujiendo.
El recuerdo intentó abrirse.
Pabellón del Oeste.
Una mano pequeña.
Una niña gritando.
Lian, corre.
Zhao Lian apretó los dientes.
No ahora.
No otra vez.
—¡Lin Xue!
El nombre salió antes que cualquier prudencia.
En medio del humo, algo se movió.
No ella.
Un guardia enemigo.
Zhao Lian bloqueó el ataque por puro instinto, giró, golpeó con el pomo de la espada y siguió avanzando.
—¡Lin Xue!
El techo crujió.
Un estante cayó.
El fuego se extendió por los documentos como si hubiera esperado años para hacerlo.
Entonces vio el panel oculto abierto.
Sin dudar, entró.
— El pasaje interior estaba lleno de humo más fino, pero más peligroso.
Lin Xue avanzaba con Rong delante cuando escuchó su nombre.
No Mei Yan.
Lin Xue.
Se detuvo.
Rong giró hacia ella.
—No.
Lin Xue no respondió.
—Si vuelves, mueres.
—Él está ahí.
—Y si vuelves por él, todo esto habrá terminado antes de empezar.
Lin Xue apretó la mandíbula.
El corazón tiró hacia atrás.
La venganza tiró hacia adelante.
El sonido de una tos fuerte llegó desde el corredor.
Zhao Lian.
Rong la miró con una dureza casi compasiva.
—Elige.
La palabra fue brutal.
Elige.
Justicia o amor.
Venganza o vínculo.
Padre muerto o príncipe vivo.
Lin Xue cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, empujó a Rong hacia adelante.
—Salga.
—Lin Xue— —¡Salga!
Rong la miró, y por primera vez pareció no tener una respuesta preparada.
Lin Xue volvió hacia el humo.
— Zhao Lian encontró a dos hombres en el pasaje.
No eran guardias comunes.
Uno llevaba una insignia mínima en el cuello: la marca de cámara interna.
Han Zhi ya no estaba usando peones externos.
Estaba quemando conexiones propias.
El combate en el pasaje fue torpe, brutal, sin espacio para elegancia.
Zhao Lian recibió un corte en el costado.
No profundo, pero suficiente para hacerle perder aire.
Contraatacó, empujó a uno contra la pared y lo derribó.
El segundo levantó la espada.
Lin Xue apareció detrás de él como una sombra afilada.
El hombre cayó.
Zhao Lian la miró a través del humo.
Por un segundo, no hubo traición.
No hubo discusión.
No hubo emperador.
Solo el alivio terrible de verla viva.
—Te dije que no me siguieras —dijo ella.
Él respiró con dificultad.
—Y yo te dije que lo haría.
El pasaje crujió.
No había tiempo.
Lin Xue lo tomó del brazo.
—Muévase.
—No voy a dejarte aquí.
—Entonces camine.
Avanzaron juntos.
El humo les quemaba los ojos.
El calor crecía detrás de ellos.
En algún lugar, una viga colapsó con un rugido seco.
Zhao Lian tropezó.
Lin Xue lo sostuvo.
La escena golpeó su memoria con violencia.
Otra vez fuego.
Otra vez ella sosteniendo su mano.
Pero esta vez no era una niña.
Era Lin Xue.
Mei Yan.
La misma.
Siempre la misma.
El recuerdo se abrió.
Más claro que nunca.
El Pabellón del Oeste.
Lin Xue pequeña, con el jade en el cabello, tirando de su mano.
—No mires, Lian.
Él mirando de todos modos.
Lin Yue empujándolos hacia una salida oculta.
—Protege a mi hija.
El golpe fue tan fuerte que Zhao Lian casi cayó.
Lin Xue lo sostuvo con más fuerza.
—¡No se detenga!
Él la miró, aturdido.
—Tu padre… —Después.
—Él me dijo… —¡Después!
Llegaron a la salida.
Rong estaba afuera, esperando bajo la sombra de una pared lateral.
Había más humo.
Más gritos.
Más caos.
Pero estaban vivos.
Zhao Lian cayó de rodillas al aire libre, tosiendo.
Lin Xue se inclinó apenas, respirando con dificultad, el rostro manchado de ceniza.
Rong los observó a ambos.
—La oficina de Han Zhi arderá por completo.
Lin Xue la miró con rabia.
—Los documentos.
Rong levantó una pequeña bolsa de seda oscura.
—No todos.
Lin Xue entendió.
—Usted tomó lo suficiente.
—Tomé lo que podía sobrevivir al fuego.
Zhao Lian se puso de pie con esfuerzo.
—¿Dónde está Han Zhi?
Rong no respondió.
La respuesta llegó desde un mensajero que apareció corriendo desde el patio central.
—¡Su Alteza!
¡El ministro Han Zhi solicita audiencia urgente con el emperador!
¡Acusa a la hija de Lin Yue de atacar oficinas imperiales y provocar incendio dentro del palacio!
Lin Xue cerró los ojos.
La trampa final.
Han Zhi había quemado sus pruebas y ahora la convertía a ella en la amenaza visible.
La hija del traidor.
Otra vez.
Rong murmuró: —Movimiento elegante.
Zhao Lian apretó los puños.
—No.
Lin Xue lo miró.
Él alzó la vista hacia el palacio.
—Esta vez no.
— El salón del trono se llenó antes de que el humo terminara de disiparse.
Han Zhi estaba allí, con una manga chamuscada y el rostro cubierto de indignación cuidadosamente medida.
Ministros murmuraban.
Guardias formaban líneas.
El emperador llegó último.
Zhao Wei observó la sala y luego el estado de su hijo: ceniza en la ropa, sangre en el costado, ojos encendidos.
—¿Qué ocurrió?
Han Zhi se inclinó profundamente.
—Su Majestad, la hija de Lin Yue ha regresado para sembrar caos y venganza.
Atacó mis oficinas, destruyó registros imperiales y atentó contra la seguridad de la corte.
Lin Xue estaba de pie al lado de Zhao Lian.
Ya no ocultaba el rostro.
Ya no bajaba la mirada.
El murmullo se extendió como incendio.
—¿La hija?
—¿Lin Yue?
—Imposible… El emperador la miró.
No con sorpresa.
Con cálculo.
Zhao Lian dio un paso al frente.
—Miente.
Han Zhi giró hacia él.
—Alteza, entiendo que ha sido manipulado por esta mujer— —Una palabra más —dijo Zhao Lian— y olvidas que aún tengo autoridad para ordenar tu arresto.
El salón quedó en silencio.
Han Zhi bajó la cabeza, pero sus ojos brillaron.
—Entonces pregunte a la Consorte Rong.
Todas las miradas giraron.
Rong avanzó con calma.
La bolsa de seda en sus manos.
Han Zhi sonrió apenas.
—Ella fue testigo.
La vio en mis oficinas.
Vio el fuego.
Vio el ataque.
Lin Xue miró a Rong.
Por primera vez, no supo qué haría.
Rong inclinó la cabeza ante el emperador.
—Es cierto.
Estuve allí.
Han Zhi sonrió más.
—Y vio a Lin Xue tomar documentos privados.
—También vi a sus hombres intentar matarnos.
El salón se congeló.
La sonrisa de Han Zhi murió.
Rong levantó la bolsa.
—Y vi cómo uno de ellos inició el fuego para destruir estos registros.
Han Zhi palideció apenas.
Traición.
No contra Lin Xue.
Contra él.
Rong no había elegido antes porque aún no le convenía.
Ahora sí.
El emperador observó la bolsa.
—Entréguela.
Rong lo hizo.
Un eunuco la llevó hasta el trono.
Zhao Wei abrió los documentos.
Leyó.
La sala entera contuvo la respiración.
Han Zhi habló rápido: —Su Majestad, esos registros fueron manipulados.
La consorte— —Silencio.
La voz del emperador no fue fuerte.
Pero Han Zhi calló.
Zhao Wei siguió leyendo.
Uno.
Dos.
Tres documentos.
Luego levantó la mirada.
—Ministro Han.
El rostro de Han Zhi se tensó.
—Su Majestad.
—Estos registros muestran órdenes no autorizadas, alteración de sellos, uso de personal armado fuera del protocolo imperial y manipulación de evidencia relacionada con el caso de Lin Yue.
El salón se estremeció.
Lin Xue no respiró.
El nombre de su padre volvió a sonar ante todos.
No como traidor.
Como caso.
Como herida abierta.
Han Zhi entendió que el suelo se abría.
Y entonces hizo lo único que un hombre como él podía hacer.
Traicionó hacia arriba.
—Actué bajo autorización imperial.
El silencio fue absoluto.
El emperador no se movió.
Zhao Lian lo miró.
Lin Xue también.
Han Zhi respiraba con dificultad, pero ya no podía retroceder.
—Nada de lo que hice fue sin permiso.
Nada.
El general Lin Yue amenazaba la estabilidad del imperio.
Usted lo sabía.
Usted permitió— Una hoja atravesó el pecho de Han Zhi antes de que terminara.
El salón gritó.
El atacante era uno de los guardias de cámara interna.
No huyó.
No gritó.
Solo retiró la espada y cayó de rodillas, como si hubiera cumplido una orden final.
Han Zhi miró al emperador.
La sangre llenó su boca.
Su expresión era de incredulidad.
No porque muriera.
Sino porque comprendió demasiado tarde que también él era sacrificable.
Cayó.
El sonido de su cuerpo contra el suelo fue seco.
Humano.
Definitivo.
Zhao Lian dio un paso hacia el guardia, pero Lin Xue lo detuvo.
El emperador se levantó lentamente.
—Arresten al asesino.
Los soldados obedecieron.
Pero todos habían escuchado.
Todos.
Actué bajo autorización imperial.
La muerte de Han Zhi no borró la frase.
La selló.
El ministro había traicionado al general.
Rong había traicionado al ministro.
El emperador había permitido la muerte de ambos silencios.
Y ahora el palacio entero entendía que la verdad ya no podía permanecer enterrada.
Lin Xue miró el cuerpo de Han Zhi.
Había imaginado matarlo durante años.
Soñó con su miedo.
Con su sangre.
Con su caída.
Y ahora estaba muerto.
Pero no sintió paz.
Solo vacío.
Zhao Lian, a su lado, habló en voz muy baja: —Esto no terminó.
Lin Xue no apartó los ojos del cadáver.
—No.
Su voz fue fría.
—Ahora empezó de verdad.
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