La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - 58 Capítulo 58 El precio de los vivos
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58: Capítulo 58: El precio de los vivos 58: Capítulo 58: El precio de los vivos La muerte de Han Zhi no limpió el salón.
Lo contaminó.
La sangre se extendió sobre el suelo pulido como una verdad sin forma, demasiado oscura para ignorarla, demasiado reciente para cubrirla con palabras ceremoniales.
Los ministros permanecían inmóviles, con el rostro pálido y la mirada baja.
Nadie sabía si inclinarse, huir o fingir que no había escuchado la última confesión del ministro.
Actué bajo autorización imperial.
La frase seguía allí.
Más viva que el cadáver.
El emperador Zhao Wei no se movió del trono.
Su rostro era una máscara de piedra, pero Lin Xue había aprendido a leer las grietas más pequeñas.
Vio la tensión en su mano derecha.
Vio el silencio demasiado calculado.
Vio la rapidez con que el guardia asesino fue reducido, como si todo hubiera ocurrido de forma inesperada… pero no imposible.
Zhao Lian también lo vio.
Y eso era lo que más dolía.
Porque un hijo podía sospechar de un emperador.
Pero sospechar de su padre era otra clase de veneno.
—Retiren el cuerpo —ordenó Zhao Wei.
Su voz no tembló.
Dos guardias avanzaron de inmediato.
El cadáver de Han Zhi fue levantado como si fuera un objeto incómodo, no un hombre que había manejado la corte durante años.
Su sangre dejó un rastro delgado en el suelo antes de que un sirviente, temblando, se arrodillara para limpiarlo.
Lin Xue observó esa escena con una sensación extraña.
Había esperado sentir victoria.
Han Zhi había sido el rostro visible de la caída de su padre.
El hombre que movió documentos, fabricó pruebas, alimentó sospechas y sostuvo la mentira que convirtió a Lin Yue en traidor.
Y ahora estaba muerto.
Pero no había justicia en aquello.
Solo otro cuerpo retirado con prisa.
Otro silencio impuesto.
Otra prueba de que el palacio sabía devorar incluso a sus propios verdugos.
—El guardia será interrogado —continuó el emperador—.
Hasta entonces, nadie saldrá de la capital imperial sin autorización.
Los ministros inclinaron la cabeza.
Nadie discutió.
Nadie se atrevió a preguntar por qué el ministro asesinado había pronunciado una acusación contra el trono segundos antes de morir.
Ese era el poder real.
No la espada.
No el sello.
La capacidad de obligar a todos a fingir que no escucharon.
Zhao Lian dio un paso adelante.
Lin Xue sintió el movimiento antes de verlo.
—Padre.
El salón entero pareció contener el aire.
Zhao Wei miró a su hijo.
—No ahora.
—Sí.
Ahora.
La voz del príncipe no fue un grito, pero atravesó el salón con más fuerza que uno.
—Han Zhi habló ante todos.
—Han Zhi era un hombre acorralado.
—Y los hombres acorralados suelen morder la mano que los usó.
Un murmullo mínimo recorrió la sala.
Zhao Wei no cambió de expresión, pero su mirada se endureció.
—Cuidado.
—Ya lo tuve demasiados años.
Lin Xue sintió el peso de esas palabras.
Zhao Lian no estaba hablando solo por Han Zhi.
Hablaba por su memoria.
Por Lin Yue.
Por el Pabellón del Oeste.
Por ella.
Por todo lo que el palacio le había arrebatado bajo el pretexto de protegerlo.
El emperador se levantó lentamente.
—Este salón no es lugar para acusaciones sin forma.
Zhao Lian sostuvo su mirada.
—Entonces démosles forma.
La sala se estremeció.
Rong, desde un lateral, observaba con los ojos entrecerrados.
Esta vez no sonreía.
La jugada se había adelantado demasiado.
Han Zhi había muerto antes de declarar por completo, y esa muerte había abierto un agujero que ninguna de las piezas controlaba del todo.
Lin Xue dio un paso hacia Zhao Lian.
No para detenerlo.
Para estar a su lado.
El gesto fue pequeño.
Pero el salón lo vio.
La hija del general ejecutado junto al príncipe heredero.
El pasado y el futuro parados frente al trono.
Zhao Wei también lo vio.
—Lin Xue —dijo.
El nombre recorrió la sala como un trueno contenido.
Muchos ministros levantaron la mirada por primera vez.
Ella no se inclinó.
—Su Majestad.
—Tu presencia aquí es una anomalía.
—Mi existencia también lo fue durante años.
El silencio se tensó.
—Han Zhi intentó acusarme antes de morir —continuó ella—.
Lo hizo porque sabía que una hija de traidor es más fácil de convertir en culpable que un ministro imperial.
El emperador la observó.
—No eres acusada en este momento.
—Todavía.
La palabra cayó con una claridad amarga.
Zhao Lian miró a su padre.
—Han Zhi dijo que actuó bajo autorización imperial.
—Y murió antes de probarlo.
—Conveniente.
La sala se quedó helada.
Zhao Wei bajó un escalón del trono.
—Retírate, Lian.
—No.
—Es una orden.
—Entonces es la primera que desobedezco sabiendo exactamente por qué.
Lin Xue sintió que algo invisible se quebraba.
No solo entre padre e hijo.
Entre el príncipe y el trono.
Zhao Wei no podía permitir que continuara allí, frente a todos.
Cada segundo fortalecía la grieta.
Cada silencio de los ministros era una semilla de duda.
—Se suspende la audiencia —ordenó el emperador—.
Todos fuera.
Nadie se movió al principio.
Luego, como si despertaran de un sueño peligroso, los ministros comenzaron a retirarse.
Rong permaneció unos segundos más, observó a Lin Xue y Zhao Lian, y luego inclinó la cabeza con una elegancia casi insultante antes de marcharse también.
Cuando el salón quedó vacío salvo por el emperador, el príncipe, Lin Xue y los guardias de mayor confianza, Zhao Wei habló en voz baja: —No sabes lo que estás haciendo.
Zhao Lian respondió sin apartar la mirada: —Estoy empezando a pensar que esa frase ha justificado demasiadas muertes.
El emperador lo miró largo tiempo.
Luego sus ojos se dirigieron a Lin Xue.
—Tu padre también creyó que la verdad bastaba.
—Mi padre creyó que el emperador aún podía escucharla.
El golpe fue directo.
Zhao Wei no respondió.
No de inmediato.
Eso fue suficiente.
Lin Xue sintió una furia fría subirle por el pecho.
—Usted sabía que era inocente.
El emperador sostuvo su mirada.
—Sabía que era leal.
—Entonces lo sabía.
—La lealtad no lo volvía inofensivo.
Zhao Lian cerró los ojos un instante, como si la frase le doliera físicamente.
Lin Xue dio un paso adelante.
—No fue inofensivo porque no era cobarde.
Uno de los guardias tensó la mano sobre la espada.
Zhao Wei alzó apenas los dedos y lo detuvo.
—Hablas como hija.
—Sí.
Su voz no tembló.
—Y usted habla como quien aprendió a llamar necesidad a lo que no se atrevió a impedir.
La cámara quedó en silencio.
Zhao Wei descendió otro escalón.
Por primera vez, el emperador pareció viejo.
No débil.
Viejo.
Cargado de demasiadas decisiones tomadas en habitaciones sin testigos.
—Si hubiese detenido la ejecución, Han Zhi habría expuesto los archivos del Pabellón del Oeste parcialmente, acusando a media corte y a la casa imperial sin pruebas completas.
Las fronteras se habrían dividido.
Las facciones militares habrían elegido bandos.
Los clanes externos habrían marchado sobre nuestras provincias.
La capital habría ardido.
Lin Xue sintió que cada palabra era una piedra más sobre la tumba de su padre.
—Y por evitar un incendio, permitió una ejecución.
—Permití una mentira para evitar una guerra.
—No.
Zhao Lian abrió los ojos.
Su voz fue baja, devastada.
—Permitió una mentira para evitar perder el control.
El emperador lo miró.
Esa frase sí lo alcanzó.
Porque era más cercana a la verdad que cualquier explicación política.
Durante un instante, Zhao Wei pareció a punto de responder como padre.
No como emperador.
Pero el gesto murió antes de nacer.
El trono lo reclamó de nuevo.
—Salgan.
Zhao Lian no se movió.
Lin Xue tampoco.
—Salgan —repitió Zhao Wei— antes de que deba elegir como emperador y no como padre.
La amenaza fue clara.
Zhao Lian sostuvo su mirada.
—Esa elección ya la hizo hace años.
Tomó el brazo de Lin Xue.
No con posesión.
Con urgencia.
—Vamos.
Lin Xue quiso quedarse.
Quiso lanzar la verdad a la cara del emperador hasta que su máscara se rompiera por completo.
Quiso hacerle decir en voz alta que su padre fue sacrificado, que la estabilidad del imperio valió más que la vida de un hombre inocente.
Pero Zhao Lian tenía razón.
No allí.
No todavía.
Se fueron.
Y el emperador quedó solo frente al trono que había protegido a costa de todos.
— El caos no estalló de inmediato.
Se filtró.
Para cuando Lin Xue y Zhao Lian llegaron al ala interna, la muerte de Han Zhi ya se había convertido en tres versiones distintas.
Una decía que la hija de Lin Yue había asesinado al ministro.
Otra, que Han Zhi había intentado matar al príncipe y fue ejecutado en defensa del trono.
La tercera, la más peligrosa, susurraba que Han Zhi había sido silenciado antes de poder acusar al emperador.
Esa última no tenía firma.
No tenía prueba.
Pero tenía fuerza.
Porque todos habían escuchado suficiente.
Rong los interceptó cerca del corredor de jade.
—Han Zhi muerto, el asesino capturado, el salón lleno de testigos y el príncipe heredero desafiando al emperador frente a la corte.
Su tono era sereno, pero sus ojos no.
—Un día productivo.
Zhao Lian la miró con dureza.
—Usted sabía que podía ocurrir.
—Sabía que Han Zhi sería sacrificado si hablaba demasiado.
—¿Y no lo impidió?
Rong sostuvo su mirada.
—¿Con qué autoridad?
—Con las pruebas que tenía.
—Las pruebas no detienen espadas ya desenvainadas.
Lin Xue dio un paso.
—Usted dejó que muriera.
Rong la miró.
—Y tú querías matarlo.
La frase golpeó con precisión.
Lin Xue no respondió.
—La diferencia —continuó Rong— es que su muerte ahora sirve a alguien más.
—¿Al emperador?
—A quien controle el relato antes del amanecer.
Zhao Lian entendió.
—Entonces debemos movernos ahora.
—Sí.
Rong le entregó un pequeño rollo.
—Esto contiene nombres de funcionarios menores vinculados a la ruta de detenidos del Pabellón del Oeste.
Algunos siguen vivos.
Otros desaparecerán si no los encuentran antes de que anochezca.
Lin Xue tomó el rollo.
—¿Por qué nos ayuda?
Rong no sonrió.
—Porque Han Zhi muerto ya no puede sostener el peso de la conspiración.
El palacio intentará arrojarlo todo sobre su cadáver y cerrar el caso.
—¿Y usted no quiere eso?
—Yo quiero que la verdad completa salga cuando pueda destruir al culpable correcto.
—¿Y quién es el culpable correcto?
—preguntó Zhao Lian.
Rong miró hacia el salón del trono.
No respondió.
No hacía falta.
— El primer testigo murió antes de que llegaran.
Era un escriba auxiliar del archivo de cámara interna.
Lo encontraron en su habitación, sentado frente a una mesa, con una copa caída a un lado.
El veneno había sido rápido.
Lin Xue revisó la escena con la mandíbula apretada.
—No hubo lucha.
Zhao Lian miró la copa.
—Lo conocía.
—O confiaba en quien le sirvió.
El segundo testigo estaba vivo.
Apenas.
Era una mujer anciana que había trabajado como asistente de lavandería en el Pabellón del Oeste la noche del incendio.
La encontraron escondida en un almacén de telas viejas, temblando, con una pequeña bolsa de viaje a medio preparar.
Al ver a Zhao Lian, intentó inclinarse, pero sus piernas fallaron.
—Alteza… Zhao Lian se arrodilló frente a ella.
—No tema.
La mujer miró a Lin Xue.
Sus ojos se abrieron.
—Usted… Lin Xue se tensó.
—¿Me conoce?
La anciana lloró en silencio.
—La niña del general.
El mundo se detuvo un instante.
Zhao Lian miró a Lin Xue.
Ella no apartó la vista de la mujer.
—¿Qué vio esa noche?
—preguntó.
La anciana tembló.
—Fuego.
Guardias.
Gente encadenada.
El general llegó gritando que abrieran las puertas.
Había niños en el corredor… usted y el príncipe.
Zhao Lian cerró los ojos con fuerza.
La memoria volvió como un golpe, pero se sostuvo.
—¿Quién dio la orden?
La mujer negó con desesperación.
—No lo sé.
No vi al emperador.
Pero vi el sello.
Vi al ministro Han recibirlo.
Y vi a un hombre de cámara privada… el mismo que hoy sirve cerca del trono.
Zhao Lian abrió los ojos.
—Nombre.
La anciana tragó saliva.
—Comandante Lu Chen.
Lin Xue apretó el rollo de Rong.
El tercer nombre.
El guardia de cámara interna que seguía en el palacio.
Vivo.
Cercano.
Peligroso.
Zhao Lian se levantó.
—Hay que protegerla.
Demasiado tarde.
Una flecha atravesó la ventana de papel.
Lin Xue reaccionó por instinto, empujando a la anciana al suelo.
La flecha pasó rozándole el hombro y se clavó en la pared.
—¡Abajo!
Zhao Lian salió al corredor mientras Lin Xue cubría a la mujer.
Hubo pasos en el techo.
Un asesino escapando.
Zhao Lian quiso seguirlo, pero Lin Xue gritó: —¡No!
¡Es distracción!
La segunda flecha entró desde otra dirección.
Esta vez hacia la anciana.
Lin Xue se interpuso.
La flecha le rozó el costado, arrancando tela y piel, pero no se clavó.
Lanzó una aguja hacia la ventana opuesta.
Un grito ahogado confirmó el impacto.
El asesino cayó al patio exterior.
Zhao Lian volvió con la espada lista.
—¿Estás herida?
—No importa.
—Sí importa.
—¡La testigo!
La anciana respiraba con dificultad, pero estaba viva.
Lin Xue se inclinó hacia ella.
—Escúcheme.
Necesitamos que repita esto ante la corte.
La mujer lloró.
—Me matarán.
Zhao Lian se arrodilló.
—No si yo lo impido.
La anciana lo miró con dolor.
—Eso dijo el general.
La frase atravesó a ambos.
Lin Xue cerró los ojos.
Zhao Lian no respondió.
Porque no había respuesta justa.
— El tercer movimiento costó más.
El comandante Lu Chen desapareció de su puesto antes de que pudieran llegar a él.
No huyó.
Fue trasladado.
Por orden imperial.
Eso significaba que el emperador sabía que ellos lo buscaban.
O que alguien cerca de él lo sabía.
Rong escuchó la noticia sin sorpresa.
—Lo llevarán a la Puerta del Norte —dijo.
—¿Para sacarlo de la capital?
—preguntó Zhao Lian.
—O para matarlo antes de que hable.
Lin Xue ya estaba moviéndose.
—Entonces vamos.
Zhao Lian la siguió.
Esta vez no discutió.
No había espacio para ruptura cuando la muerte iba un paso delante.
— La Puerta del Norte estaba envuelta en niebla al caer la tarde.
Un pequeño convoy se preparaba para salir: dos carruajes cerrados, seis guardias, un oficial al mando.
Demasiado discreto para un traslado oficial.
Demasiado armado para ser común.
Lin Xue observó desde un tejado bajo.
Zhao Lian estaba a su lado.
—Lu Chen va en el segundo carruaje —dijo ella.
—¿Cómo lo sabes?
—El primero está demasiado protegido.
Señuelo.
Zhao Lian asintió.
—¿Plan?
Lin Xue lo miró.
—Interrumpir.
—Elegante.
—Eficaz.
Bajaron al mismo tiempo.
El ataque fue rápido.
No letal al principio.
Zhao Lian apareció frente al convoy como príncipe heredero, ordenando detenerse.
Los guardias dudaron.
Esa duda abrió el espacio suficiente para que Lin Xue se moviera.
Dos quedaron desarmados antes de entender qué ocurría.
El oficial gritó.
—¡Por orden imperial, este traslado no puede ser detenido!
Zhao Lian alzó la espada.
—Yo soy la orden imperial que lo detiene.
El combate estalló.
Breve.
Duro.
Los guardias no eran asesinos comunes.
Eran cámara interna.
Leales no a Han Zhi, sino al trono.
Eso dolió de otra forma.
Lin Xue abrió el segundo carruaje.
Dentro estaba Lu Chen.
Atado.
Amordazado.
Y sangrando.
No por combate.
Por una herida previa en el abdomen.
Lo habían trasladado ya herido.
Para que muriera en camino.
Lu Chen levantó la mirada.
Sus ojos encontraron a Lin Xue.
Y la reconoció.
—General… —murmuró, delirante.
Lin Xue se inclinó.
—No.
Su hija.
El hombre parpadeó.
El horror cruzó su rostro.
—No debiste volver.
—Todos dicen eso.
Zhao Lian llegó y se arrodilló junto a él.
—Lu Chen.
¿Quién dio la orden en el Pabellón del Oeste?
El comandante tosió sangre.
—No… no fue una sola orden.
—Habla.
Lu Chen miró al príncipe.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—El emperador sabía que habría traslado.
Han Zhi cambió los nombres.
Rong ocultó los documentos.
Yo cerré las puertas.
Lin Xue sintió que el aire desaparecía.
—¿Cerró las puertas?
Lu Chen lloró.
No como guerrero.
Como hombre que había cargado demasiado tiempo una cobardía.
—Dijeron que nadie debía salir hasta que los documentos fueran recuperados.
Luego empezó el fuego.
El general llegó.
Rompió la puerta.
Salvó a los niños.
A algunos testigos.
No a todos.
Zhao Lian respiró con dificultad.
—¿Mi padre ordenó el incendio?
Lu Chen cerró los ojos.
—No lo sé.
—¡Dilo!
—No lo sé —repitió, casi sollozando—.
Pero cuando el fuego empezó… nadie dio orden de apagarlo.
El silencio fue devastador.
Lin Xue sintió que esa frase era la esencia de todo.
Nadie dio orden de apagarlo.
Nadie detuvo la ejecución.
Nadie corrigió la mentira.
Nadie salvó a su padre.
El crimen no siempre era una mano que empujaba.
A veces era una mano que no se extendía.
Lu Chen tomó aire con dificultad.
—El general… tenía una carta.
Lin Xue se tensó.
—¿Qué carta?
—Para su hija.
El mundo se detuvo.
Zhao Lian miró a Lin Xue.
Ella no pudo hablar.
Lu Chen continuó: —La tomé.
Debía entregarla al ministro.
Pero… no pude.
Tosió.
—La escondí.
Lin Xue se acercó.
—¿Dónde?
—Bajo el tercer león de piedra… patio oeste… donde los niños jugaban… Su voz se apagó.
Lin Xue lo tomó por la ropa.
—¡Dónde exactamente!
Lu Chen intentó responder, pero la sangre llenó su boca.
Zhao Lian revisó la herida.
Demasiado tarde.
El comandante miró a Lin Xue una última vez.
—Perdón… Y murió.
Lin Xue se quedó inmóvil.
No sintió compasión.
No sintió alivio.
No sintió suficiente odio.
Solo una palabra: Carta.
Su padre le había dejado una carta.
Durante años había vivido con sus últimas palabras incompletas, con una orden rota, con un “vive” que la sostuvo y la condenó.
Y ahora existía algo más.
Algo que él escribió sabiendo quizá que moriría.
Zhao Lian tocó suavemente su brazo.
—Lin Xue.
Ella apartó la mano.
No con violencia.
Con desesperación.
—No.
—Debemos ir por la carta.
—Sí.
—Pero con cuidado.
Ella lo miró.
Los ojos llenos de una intensidad que asustaba incluso más que su frialdad.
—Ya no hay cuidado que valga.
— La noche cayó sobre el palacio con tres muertos nuevos.
Han Zhi.
El escriba envenenado.
Lu Chen.
Y una testigo escondida bajo protección del príncipe, temblando en alguna habitación secreta, cargando una verdad que podía destruir al imperio si vivía lo suficiente para decirla.
Rong observó desde su balcón el movimiento de guardias en la Puerta Norte.
—El comandante murió —informó su dama.
—Era inevitable.
—También habló.
Rong cerró los ojos.
—Entonces ya no hay forma de contenerlo.
—¿Qué hacemos?
La Consorte abrió los ojos.
Esta vez no había juego en ellos.
—Prepararnos para perder algo.
— Lin Xue llegó al patio oeste antes de medianoche.
Zhao Lian la siguió, aunque ella no lo miró.
El tercer león de piedra estaba cubierto por musgo y polvo, ubicado junto a una zona del jardín que el tiempo había vuelto irrelevante.
Pero al verlo, ambos se detuvieron.
Porque lo recordaron.
No completo.
No limpio.
Pero lo suficiente.
Ese era el borde del Jardín de las Grullas Blancas.
Allí habían jugado de niños.
Allí Lin Xue había corrido con una rama.
Allí Zhao Lian había prometido ganar la próxima vez.
Ella se arrodilló junto al león.
Sus manos, que no temblaban ante la sangre, temblaron al tocar la piedra.
Zhao Lian se arrodilló a su lado.
No dijo nada.
Juntos movieron la base.
Debajo había un pequeño compartimento envuelto en cera.
Lin Xue lo tomó.
Sus dedos no obedecían.
Zhao Lian esperó.
No la apuró.
No preguntó.
Ella rompió la cera.
Dentro había una carta.
El papel estaba viejo, pero intacto.
En la parte exterior, una escritura firme.
La de su padre.
Para mi hija, Lin Xue.
El mundo se volvió silencioso.
Por completo.
Lin Xue no pudo abrirla.
No todavía.
La sostuvo contra su pecho, como si al hacerlo pudiera recuperar una mínima parte de lo que le fue arrebatado.
Zhao Lian bajó la mirada.
—Te dejó algo.
Ella cerró los ojos.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, una lágrima cayó.
Solo una.
Pero bastó para romper algo que ni la venganza había podido tocar.
—Llegó tarde —susurró.
Zhao Lian no respondió.
Porque algunas verdades no podían consolarse.
Solo acompañarse.
A lo lejos, las campanas del
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