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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 64

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  3. Capítulo 64 - 64 Capítulo 64 La torre cerrada
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64: Capítulo 64: La torre cerrada 64: Capítulo 64: La torre cerrada La Torre del Juicio Interno se levantaba en el extremo norte del palacio, separada de los jardines, de los salones y de las rutas principales por un patio de piedra gris donde no crecían árboles.

Era un lugar diseñado para una sola cosa: hacer que quienes entraban en él comprendieran que el mundo exterior ya no podía alcanzarlos.

No era una prisión común.

Allí no encerraban ladrones, desertores ni sirvientes acusados de robar comida.

Allí llevaban a quienes sabían demasiado, a quienes traicionaban demasiado alto, a quienes el palacio no podía ejecutar en público sin revelar antes aquello que deseaba ocultar.

Lin Xue la vio desde el corredor elevado y sintió un frío antiguo subirle por la espalda.

No era miedo.

Era reconocimiento.

La torre tenía la misma quietud que el patíbulo donde murió su padre.

Una arquitectura hecha para convertir la muerte en procedimiento.

Zhao Lian avanzaba a su lado con paso rápido.

No llevaba escolta numerosa, solo dos guardias leales que caminaban detrás a una distancia prudente.

Después de la audiencia, cada movimiento del príncipe era observado, medido, interpretado.

Ir a la Torre del Juicio Interno antes de que el tribunal extraordinario fuese instalado equivalía a desafiar la autoridad del emperador en uno de los lugares más sensibles del palacio.

Y aun así, no se detuvo.

Lin Xue lo miró de reojo.

—Si entramos allí, su padre lo sabrá antes de que salgamos.

—Ya lo sabe.

—Entonces quizá esto es una trampa.

—Lo es.

Ella no pudo evitar mirarlo con dureza.

—Lo dice con demasiada calma.

Zhao Lian no apartó la mirada de la torre.

—Estoy empezando a aceptar que todo camino útil en este palacio es una trampa.

Lin Xue guardó silencio.

No era una buena señal que él estuviera aprendiendo a pensar así.

Pero quizá era necesario.

Al llegar al puente de piedra que conducía a la entrada, cuatro guardias de cámara interna bloquearon el paso.

No eran guardias ordinarios.

La armadura era más oscura, sin adornos visibles, y sus rostros tenían esa ausencia de expresión que no nacía de disciplina, sino de haber obedecido demasiadas órdenes sin preguntar por qué.

El capitán inclinó la cabeza.

—Alteza.

La Torre del Juicio Interno está bajo cierre imperial.

—Vengo a ver a la Consorte Rong.

—No está permitido.

Zhao Lian se detuvo frente a él.

—Soy el príncipe heredero.

—Lo sé, Alteza.

—Entonces abra.

El capitán no se movió.

—La orden viene directamente de Su Majestad.

Lin Xue sintió cómo la tensión se afilaba.

Zhao Lian dio un paso más.

—Hoy la corte aceptó convocar un tribunal extraordinario.

Cualquier testigo o implicado en los eventos del Pabellón del Oeste queda bajo protección del proceso.

—La Consorte Rong está acusada de interferencia y ocultamiento de pruebas.

—Precisamente por eso debe declarar.

—Después del interrogatorio.

Lin Xue habló por primera vez: —¿Interrogatorio o silenciamiento?

Los ojos del capitán se movieron hacia ella.

No con sorpresa.

Con desprecio contenido.

—No tiene autoridad aquí.

Lin Xue dio un paso hacia adelante.

—Mi padre tampoco la tuvo cuando lo encadenaron con pruebas falsas.

Ya vimos cómo termina eso.

El guardia apretó la mandíbula.

Zhao Lian alzó una mano, no para callarla, sino para impedir que el momento se convirtiera demasiado pronto en sangre.

—Capitán —dijo—, si me niega el paso, quedará registrado que la guardia de cámara impidió al heredero acceder a una testigo clave antes de un tribunal formal.

El capitán no respondió.

—Y si Rong muere dentro de esa torre —continuó Zhao Lian—, no habrá forma de llamar a eso accidente.

El silencio duró varios segundos.

Lin Xue observó el rostro del capitán.

Buscaba miedo, duda, cálculo.

Encontró algo peor.

Fidelidad ciega.

—Mis órdenes son claras —dijo él.

Zhao Lian suspiró apenas.

—Lo suponía.

Todo ocurrió rápido.

Lin Xue ya se había movido antes de que el primer guardia terminara de levantar la espada.

No atacó al capitán.

Atacó el punto que la formación creía seguro: la unión entre los dos hombres del flanco derecho.

Su hoja corta salió de la manga, no para cortar garganta, sino para abrir correa, romper equilibrio y obligar a uno de ellos a retroceder contra el otro.

Zhao Lian desenvainó al mismo tiempo.

El choque de acero contra acero resonó sobre el puente de piedra.

Los dos guardias leales al príncipe se interpusieron contra los restantes, creando apenas el espacio necesario.

No era una batalla que pudieran ganar limpiamente.

No allí.

No contra la guardia de cámara en su propio territorio.

Pero no necesitaban ganar.

Necesitaban entrar.

Lin Xue giró bajo un corte, golpeó con el codo la garganta de un guardia y lo empujó hacia el borde del puente.

El hombre cayó de rodillas, ahogado, vivo.

Zhao Lian enfrentaba al capitán.

Sus movimientos ya no eran los de un príncipe que entrenó por obligación.

Había algo recuperado en él.

Algo del niño que observaba tableros, del hombre que había recordado el fuego, del heredero que empezaba a entender que la autoridad sin valor era una cadena dorada.

—Apártese —ordenó.

El capitán atacó.

Zhao Lian no retrocedió.

Desvió la hoja, entró en distancia corta y golpeó el mango de su espada contra la muñeca del hombre.

La espada cayó.

Lin Xue apareció a su lado, colocando su hoja bajo el mentón del capitán.

—No lo mate —dijo Zhao Lian.

—No pensaba hacerlo.

El capitán respiraba con dificultad.

Lin Xue sostuvo su mirada.

—Recuerde esto.

La próxima vez que alguien le ordene impedir una verdad, pregúntese si quiere terminar como todos los que obedecieron antes.

Lo soltó.

Zhao Lian abrió la puerta de la torre.

Entraron.

— Dentro, la Torre del Juicio Interno olía a piedra húmeda, cera vieja y miedo contenido.

No había gritos.

Eso la hacía peor.

Los lugares donde la tortura era visible podían causar horror.

Los lugares donde todo estaba limpio, donde cada herramienta estaba guardada y cada puerta cerraba bien, causaban algo más profundo: certeza de que el sufrimiento allí no era arrebato, sino método.

Lin Xue caminó con la hoja aún en la mano.

Zhao Lian iba delante, siguiendo las escaleras descendentes.

—Rong estará abajo —dijo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si quisieran exhibirla, estaría arriba.

Si quieren quebrarla, la bajan donde nadie escucha.

Lin Xue lo miró.

—Está aprendiendo demasiado bien.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

Bajaron dos niveles.

En el tercero encontraron el primer cuerpo.

Un guardia de cámara interna, apoyado contra la pared, inconsciente o muerto.

Lin Xue se inclinó y revisó el pulso.

—Vivo.

Zhao Lian observó el pasillo.

—Entonces Rong no estaba indefensa.

—Nunca lo estuvo.

Siguieron avanzando.

El segundo guardia estaba despierto, pero amordazado con su propio cinturón y atado a una argolla de hierro.

Al verlos, intentó hablar.

Lin Xue no se detuvo.

—Parece que nuestra prisionera avanzó antes que nosotros.

Zhao Lian casi sonrió.

Casi.

Al final del pasillo, una puerta permanecía entreabierta.

Detrás se escuchaban voces.

Una era Rong.

La otra, grave y contenida.

Lin Xue reconoció el tono antes que el rostro.

El emperador.

Zhao Lian se detuvo.

Lin Xue también.

Ambos se acercaron sin hacer ruido.

La puerta dejaba ver una cámara circular iluminada por lámparas bajas.

Rong estaba sentada en una silla de madera, las manos atadas delante, el rostro intacto, el cabello apenas desordenado.

Frente a ella, de pie, estaba Zhao Wei.

No llevaba guardias dentro.

Quizá por orgullo.

Quizá porque aún creía que su presencia bastaba.

—Siempre fuiste peligrosa —decía el emperador.

Rong inclinó la cabeza.

—Siempre fui útil.

Usted solo se molestó cuando dejé de serlo para sus silencios.

—Guardaste pruebas durante años.

—Usted guardó culpas durante más tiempo.

Zhao Wei no respondió de inmediato.

—¿Dónde están las copias?

Rong sonrió.

—Qué pregunta tan poco imperial.

—Rong.

—No lo sabe, ¿verdad?

La voz de ella se volvió suave.

—Por primera vez en mucho tiempo hay algo que no puede controlar con una orden.

El emperador dio un paso hacia ella.

—Puedo hacerte desaparecer antes del tribunal.

—Puede.

Rong sostuvo su mirada.

—Pero entonces todos sabrán que tenía algo que decir.

Zhao Wei endureció el rostro.

—La corte aún teme al caos.

—Sí.

—Los ministros aún temen perder sus posiciones.

—Por supuesto.

—El ejército aún obedece al trono.

Rong lo miró con una tristeza afilada.

—El ejército obedece al símbolo mientras cree que el símbolo protege el imperio.

No se confunda con el imperio, Zhao Wei.

El uso de su nombre, sin título, hizo que el aire cambiara.

Lin Xue sintió a Zhao Lian tensarse a su lado.

El emperador habló más bajo: —¿Por qué ahora?

Rong no sonrió esta vez.

—Porque Han Zhi murió demasiado pronto.

Porque el príncipe recordó.

Porque Lin Xue dejó de ser sombra.

Porque su tribunal extraordinario ya no puede cerrarse sin sangre visible.

Una pausa.

—Y porque estoy cansada.

Aquella última frase fue la más extraña.

La más humana que Lin Xue le había oído decir.

Zhao Wei la observó largo rato.

—Tú también fuiste parte de esto.

—Sí.

La respuesta no tuvo defensa.

—Oculté documentos.

Retrasé verdades.

Usé a personas como piezas.

Permití que algunas murieran para que otras pruebas llegaran más lejos.

Lin Xue apretó la mandíbula.

Rong continuó: —No soy inocente.

Pero a diferencia de usted, dejé de llamar estabilidad a mi cobardía.

El emperador levantó la mano.

Por un instante Lin Xue creyó que la golpearía.

No lo hizo.

Solo cerró los dedos.

—Pude ordenar tu muerte hace años.

—Y no lo hizo porque necesitaba a alguien que guardara lo que usted no quería destruir personalmente.

Rong se inclinó hacia adelante.

—Todos tuvimos un papel.

Han Zhi movía la tinta.

Lu Chen cerraba puertas.

Los médicos borraban recuerdos.

Yo guardaba pruebas.

Usted permitía.

Sus ojos se endurecieron.

—Ese fue su talento, Majestad.

No mancharse las manos y aun así dejar huellas en todos.

La puerta crujió.

Zhao Lian ya no pudo permanecer oculto.

Entró.

—Entonces hoy esas huellas hablarán.

El emperador giró.

No pareció sorprendido.

Solo cansado.

—Desobedeciste otra orden.

—Empieza a convertirse en costumbre.

Lin Xue entró detrás de él.

Rong la miró y, por primera vez, su sonrisa tuvo algo de alivio.

—Tardaron.

—Usted no parecía esperar rescate —respondió Lin Xue.

—No lo esperaba.

Lo calculaba.

Zhao Wei miró a los dos.

—Cada paso que dan empuja al imperio hacia una fractura.

Zhao Lian no bajó la mirada.

—No.

La fractura ya estaba.

Nosotros dejamos de cubrirla con seda.

El emperador respiró lentamente.

—¿Y qué harán?

¿Arrastrar a todos al tribunal?

¿A mí?

¿A Rong?

¿A cada ministro que calló?

¿A cada guardia que obedeció?

¿A cada médico que siguió instrucciones?

¿Dónde termina su justicia?

Lin Xue dio un paso al frente.

—Donde deje de ser necesario sacrificar inocentes para proteger culpables.

—Una frase hermosa.

Zhao Wei la miró con dureza.

—Difícil de gobernar.

—Tal vez porque usted gobernó demasiado tiempo con frases horribles disfrazadas de necesidad.

El golpe quedó suspendido.

Rong bajó la mirada para ocultar una sonrisa mínima.

Zhao Lian se acercó a la silla de Rong y cortó sus ataduras.

—Declarará ante el tribunal.

Rong movió las muñecas con lentitud.

—Sí.

El emperador habló: —Si declara, también caerá.

—Lo sé.

—Perderá todo.

Rong levantó la mirada.

—No.

Solo lo que me quedaba por perder.

Lin Xue la observó.

Por primera vez, la mujer peligrosa detrás del abanico parecía menos una jugadora invencible y más alguien que había vivido demasiado tiempo en una jaula elegante.

Zhao Wei caminó hacia la salida.

Zhao Lian lo bloqueó.

Padre e hijo quedaron frente a frente.

—No puede detener esto —dijo Zhao Lian.

—Puedo detenerte a ti.

—Sí.

El príncipe no retrocedió.

—Pero tendrá que hacerlo frente a todos.

El emperador sostuvo su mirada.

Durante un momento, Lin Xue creyó que ordenaría arrestarlos allí mismo, que llamaría a los guardias, que convertiría la torre en otra escena de sangre.

Pero Zhao Wei no gritó.

No llamó.

Solo miró a su hijo como si intentara reconocer algo que él mismo había perdido hacía años.

—Te pareces a tu madre.

Zhao Lian recibió la frase en silencio.

—Ojalá eso sea cierto.

El emperador pasó a su lado y salió de la cámara.

Nadie lo detuvo.

Todavía era emperador.

Esa era la tragedia.

Y el peligro.

— Rong se puso de pie con dificultad.

Lin Xue se acercó.

—¿Puede caminar?

—He caminado con venenos peores que unas cuerdas.

—No respondí a eso.

Rong la miró.

—Sí, puedo caminar.

Zhao Lian recogió de la mesa un pequeño objeto: un cilindro de metal con sello de cámara privada.

—¿Qué es esto?

Rong lo tomó.

—La llave del archivo vivo.

—¿Archivo vivo?

—Nombres de quienes aún pueden declarar y de quienes intentarán matarlos antes del tribunal.

Lin Xue sintió que la palabra golpe final comenzaba a tomar forma.

—¿Dónde?

Rong sostuvo el cilindro.

—Bajo el Salón de los Estandartes.

Han Zhi no trabajaba solo; sus redes ministeriales siguen activas.

Si llegamos al tribunal sin neutralizarlas, los testigos no vivirán hasta declarar.

Zhao Lian entendió.

—Entonces el golpe final no es contra mi padre todavía.

—No —dijo Rong—.

Primero cortamos las manos que todavía pueden quemar pruebas, matar testigos y convertir la revisión en caos.

Lin Xue miró hacia la escalera.

—Los conspiradores vivos.

—Sí.

Rong sonrió apenas.

—Los cobardes que esperaban que Han Zhi cargara con todo.

Zhao Lian apretó el cilindro.

—¿Cuántos?

—Suficientes.

Lin Xue guardó su hoja.

—Entonces no vamos al tribunal todavía.

Zhao Lian la miró.

—Vamos al Salón de los Estandartes.

Rong se acomodó la túnica oscura con una dignidad casi absurda para alguien recién liberada.

—Y esta vez —dijo— conviene no llegar tarde.

— El Salón de los Estandartes estaba en el centro militar del palacio, donde se guardaban los símbolos de campañas antiguas y juramentos de generales.

Era el lugar perfecto para ocultar una red de traidores: bajo los nombres de quienes sí habían servido al imperio.

Atravesaron tres corredores antes de encontrar resistencia.

No guardias imperiales.

Hombres sin insignia.

Restos de la red de Han Zhi.

La primera emboscada ocurrió en una galería estrecha.

Lin Xue la detectó por el olor a aceite en el suelo antes de ver el brillo.

Se detuvo de golpe y empujó a Zhao Lian hacia atrás justo cuando una antorcha cayó desde arriba.

El fuego se extendió por el aceite como una serpiente.

Rong suspiró.

—Qué falta de imaginación.

Lin Xue lanzó una aguja hacia la sombra del techo.

Un hombre cayó entre las llamas, gritando.

Zhao Lian rompió una celosía lateral con la espada.

—Por aquí.

Atravesaron humo y madera rota, saliendo a un patio pequeño donde otros tres atacantes esperaban.

Esta vez no hubo piedad.

No podían permitirse capturas largas.

Lin Xue desarmó al primero y lo dejó inconsciente con un golpe seco.

Zhao Lian enfrentó a los otros dos.

Su espada se movía con precisión, pero Lin Xue notó algo nuevo: no buscaba matar si podía evitarlo.

Antes ella habría considerado eso debilidad.

Ahora no estaba segura.

Quizá era exactamente la diferencia entre justicia y venganza.

Rong, por su parte, no luchaba directamente.

Pero cada vez que uno de los enemigos intentaba flanquear, encontraba una piedra suelta, una cortina derribada, una orden falsa susurrada en el momento justo.

La Consorte no era espada.

Era veneno social hecho persona.

Al llegar al Salón de los Estandartes, las puertas estaban cerradas desde dentro.

Zhao Lian levantó la voz: —¡Abran en nombre del heredero!

Silencio.

Rong se acercó al mecanismo lateral, insertó el cilindro de metal y giró.

Las puertas cedieron.

Dentro había seis hombres reunidos alrededor de una mesa.

Ministros menores.

Oficiales de archivo.

Un médico imperial.

Y el escriba adjunto de cámara privada.

Todos levantaron la vista al mismo tiempo.

Sobre la mesa había documentos, sellos, listas de testigos y órdenes de traslado.

Órdenes de muerte disfrazadas.

Lin Xue sintió cómo la vieja llama subía en su pecho.

El médico imperial fue el primero en hablar: —Alteza, esto no es lo que parece.

Zhao Lian entró con la espada baja, pero lista.

—Curioso.

Siempre dicen eso quienes están exactamente donde parecen estar.

Uno de los ministros intentó correr hacia una puerta lateral.

Lin Xue ya estaba allí.

Su hoja apareció contra la puerta antes que él.

—No.

El hombre retrocedió, pálido.

Rong caminó hasta la mesa y tomó una de las órdenes.

—Traslado de An Rui antes del tribunal.

Qué delicado.

¿A dónde pensaban llevarla?

Nadie respondió.

Rong leyó.

—Ah.

“Santuario del Río del Este”.

Qué nombre tan pacífico para un camino donde suelen aparecer cadáveres.

Zhao Lian miró al médico.

—Usted.

El hombre tembló.

—Alteza… —¿Fue parte del tratamiento que me dieron después del incendio?

El médico bajó la mirada.

Esa fue respuesta suficiente.

Zhao Lian no se movió, pero su rostro perdió color.

Lin Xue dio un paso hacia él, casi por impulso.

Él levantó una mano apenas.

Estoy bien.

No lo estaba.

Pero seguiría.

—Responda —dijo.

El médico habló con voz rota: —Seguí instrucciones de la cámara privada.

—¿Para borrar mis recuerdos?

—Para estabilizarlo.

—No use esa palabra.

El médico tembló más.

—Se le administraron sedantes.

Se controlaron relatos.

Se evitó que escuchara nombres relacionados con el evento.

—Lin Xue.

El médico cerró los ojos.

—Sí.

La palabra cayó.

Zhao Lian respiró hondo.

Luego dijo: —Queda arrestado para declarar ante el tribunal.

El escriba adjunto soltó una risa nerviosa.

—No puede arrestarnos a todos.

Si caemos, caerán nombres demasiado altos.

El imperio— Lin Xue lo interrumpió: —Siempre el imperio.

Su voz fue fría.

—Qué útil les resulta esa palabra cuando quieren esconder cadáveres.

El hombre la miró con desprecio.

—Usted no entiende lo que cuesta sostener un reino.

Lin Xue se acercó.

—Mi padre pagó ese costo con su vida.

El escriba tragó saliva.

Ella continuó: —An Rui casi lo pagó con la suya.

Lu Chen murió antes de terminar de hablar.

Una sirvienta murió llevando un mensaje.

Y ustedes siguen hablando del costo como si nunca les tocara pagarlo.

El hombre no respondió.

Porque no había respuesta limpia.

Zhao Lian ordenó a sus guardias: —Sellen la sala.

Nadie sale sin registro.

Todo documento será copiado ante testigos.

Uno de los oficiales de archivo, desesperado, tomó una vela y la acercó a un paquete de papeles.

—¡No se acerquen!

Lin Xue se movió.

Pero no llegó primero.

Rong arrojó su abanico cerrado con una precisión inesperada.

Golpeó la muñeca del hombre.

La vela cayó al suelo, apagándose antes de tocar los documentos.

Lin Xue lo derribó contra la mesa.

—Si quería fuego, eligió mal momento.

Zhao Lian tomó los papeles que el hombre intentaba quemar.

Los leyó.

Su expresión cambió.

—Aquí están los nombres.

Rong se acercó.

—¿Todos?

—Los suficientes.

Lin Xue miró la lista.

Allí estaban ministros, oficiales, médicos, custodios.

Personas que habían participado en diferentes capas de la conspiración.

No todos encendieron el fuego.

No todos falsificaron.

No todos mataron.

Pero todos habían sostenido el sistema que permitió que la verdad fuera enterrada.

El golpe final contra los conspiradores no sería una masacre.

Sería exponerlos vivos.

Eso, Lin Xue comprendió, era mucho más cruel para ellos.

Y mucho más justo.

Zhao Lian alzó la lista.

—Con esto, el tribunal no podrá cerrarse sobre un solo cadáver.

Rong asintió.

—Han Zhi no será tumba suficiente.

Lin Xue miró a los hombres reunidos, pálidos, temblorosos, acorralados no por espadas sino por tinta.

Por fin entendió la clase de poder que su padre quiso enfrentar.

No bastaba matar al ministro.

No bastaba gritar al emperador.

Había que destruir la red que convertía obediencia, miedo y silencio en maquinaria.

—Que los lleven —dijo.

Zhao Lian la miró.

Ella sostuvo la mirada.

—Vivos.

Él asintió.

—Vivos.

Los guardias comenzaron a arrestarlos.

Gritos, súplicas, amenazas y nombres de superiores llenaron el salón.

Algunos intentaron negociar.

Otros culparon a Han Zhi.

Uno afirmó que actuó por orden de Rong.

Otro señaló al emperador.

Rong escuchó todo con una calma casi perfecta.

—Ahora sí —murmuró— empiezan a hablar.

Lin Xue guardó la hoja.

—Porque ya no creen que el silencio los proteja.

Zhao Lian miró hacia la dirección del Salón del Trono.

—Mi padre intentará detener esto.

Rong no lo negó.

—Sí.

—¿Cómo?

La Consorte lo observó.

—Como emperador.

Aquello fue más aterrador que cualquier detalle.

Lin Xue entendió.

El golpe contra los conspiradores había comenzado.

Habían cortado una parte de la red.

Habían capturado testigos, documentos y culpables menores.

Pero el centro seguía intacto.

El trono.

Y cuando el trono se sintiera acorralado, no respondería como hombre.

Respondería como imperio.

Zhao Lian apretó la lista de nombres.

—Entonces debemos llegar al tribunal antes de que él lo convierta en campo de batalla.

Lin Xue miró a los arrestados.

Luego a Rong.

Luego al príncipe.

—No.

Zhao Lian frunció el ceño.

—¿No?

Ella sostuvo su mirada.

—Debemos llegar con todo antes de que pueda decidir quién vive para declarar.

Rong sonrió apenas.

—La hija del general está pensando como comandante.

Lin Xue no le devolvió la sonrisa.

—No.

Estoy pensando como alguien cansada de funerales.

Zhao Lian asintió.

—Entonces movemos a los testigos ahora.

—Y copiamos los documentos en tres lugares —añadió Rong—.

Uno para la corte.

Uno para el archivo militar.

Uno para los templos de registro externo.

Zhao Lian la miró.

—Eso sacará la verdad del palacio.

—Exactamente.

Lin Xue comprendió el alcance.

Si los templos de registro externo recibían copias selladas, el emperador ya no podría destruir la historia desde dentro.

La verdad dejaría de pertenecer al palacio.

Por primera vez, el poder perdería su monopolio sobre la memoria.

—Hágalo —dijo Zhao Lian.

Rong inclinó la cabeza.

—Con gusto.

Afuera, las campanas comenzaron a sonar.

No las de audiencia.

No las de rutina.

Campanas militares.

Zhao Lian y Lin Xue se miraron.

El trono había respondido.

Rong cerró los ojos un instante.

—Más rápido de lo esperado.

Lin Xue tomó la lista de nombres secundarios y la guardó bajo su túnica.

—Entonces ya no hay vuelta atrás.

Zhao Lian desenvainó su espada.

—Nunca la hubo.

El Salón de los Estandartes quedó lleno de conspiradores vivos, documentos salvados del fuego y guardias corriendo hacia un futuro que nadie podía controlar.

El golpe final había comenzado.

Y el imperio, por primera vez, estaba sangrando desde sus propias costuras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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