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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 65

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  3. Capítulo 65 - 65 Capítulo 65 La verdad fuera del palacio
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65: Capítulo 65: La verdad fuera del palacio 65: Capítulo 65: La verdad fuera del palacio Las campanas militares no sonaban para advertir.

Sonaban para ordenar miedo.

Su eco recorrió los patios, golpeó las paredes rojas, atravesó los corredores y llegó hasta el Salón de los Estandartes como una sentencia de hierro.

Los conspiradores arrestados levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Algunos palidecieron más.

Otros, los más cobardes, parecieron encontrar alivio en el sonido.

Porque para ellos las campanas significaban una cosa: El trono todavía podía protegerlos.

Lin Xue lo vio en sus ojos.

Y eso bastó para que entendiera el siguiente movimiento.

—Creen que aún pueden salir de esto —dijo.

Zhao Lian miró a los hombres arrodillados junto a la mesa, con las manos atadas y los rostros llenos de sudor.

—No si los documentos salen del palacio.

Rong cerró el cilindro metálico y tomó tres paquetes de registros ya separados.

—Exactamente.

Mientras todo permanezca aquí dentro, la verdad sigue siendo prisionera de estas paredes.

Uno de los ministros arrestados levantó la cabeza.

—Su Alteza, está cometiendo un error.

Si esos documentos salen, las provincias se agitarán.

Los generales pedirán explicaciones.

Los clanes fronterizos aprovecharán la división.

Esto puede destruir años de estabilidad.

Lin Xue se acercó a él lentamente.

El hombre intentó sostener su mirada, pero no pudo.

—Qué curioso —dijo ella—.

Siempre hablan de estabilidad cuando lo que quieren decir es impunidad.

El ministro tragó saliva.

—No entiende cómo funciona el imperio.

Lin Xue se inclinó apenas.

—Lo entiendo mejor de lo que quisiera.

Funciona porque hombres como usted ensucian las manos de otros y luego llaman paz al silencio que queda después.

El hombre bajó la mirada.

Zhao Lian observó a Lin Xue.

No sonrió.

No era momento.

Pero hubo algo en sus ojos: reconocimiento.

Ella ya no hablaba como alguien que solo quería cortar.

Hablaba como alguien que quería exponer.

Eso era más peligroso para los culpables.

Rong dio un paso hacia la salida.

—Tenemos tres rutas posibles.

La primera, hacia el archivo militar.

Cercana, pero vigilada.

La segunda, hacia los templos de registro externo.

Más larga, pero si llega, el emperador no podrá borrar nada sin provocar escándalo religioso y político.

La tercera, hacia la corte civil, donde los escribas independientes pueden copiar los documentos bajo protocolo antiguo.

Zhao Lian tomó un paquete.

—Dividirnos.

Lin Xue lo miró de inmediato.

—No.

—Es lo más eficiente.

—También es la forma más fácil de matarnos por separado.

Rong, con una calma casi irritante, levantó una ceja.

—Por primera vez, coincido con ella y no con usted, Alteza.

Zhao Lian apretó el paquete.

—Si vamos juntos, solo una copia sale.

—Si morimos separados, ninguna importa —respondió Lin Xue.

El príncipe sostuvo su mirada.

Entre ellos aún quedaban heridas abiertas: su identidad revelada, la traición de los silencios, la posibilidad de que ella hubiera matado al emperador si no existiera otro camino.

Pero en ese momento la discusión no era personal.

Era estrategia.

Y ambos lo sabían.

Rong colocó los tres paquetes sobre la mesa.

—Hay otra opción.

Lin Xue la miró.

—No me gusta cuando dice eso.

—Porque sueles entenderla antes de que la termine.

Zhao Lian giró hacia ella.

—Hable.

Rong señaló los documentos.

—Nosotros llevamos una copia visible.

La más obvia.

Dejamos que el trono intente detenerla.

Mientras tanto, dos mensajeros con copias parciales salen por rutas menores.

Lin Xue entendió.

—Señuelos.

—No.

Sacrificios calculados, si quiere llamarlo de forma menos elegante.

—No vamos a enviar gente a morir.

Rong la observó con seriedad.

—Entonces envíe gente que sepa por qué corre.

La frase quedó en el aire.

Dura.

Fea.

Real.

Zhao Lian bajó la mirada.

—Voluntarios.

—Sí —dijo Rong—.

No peones.

No sirvientes engañados.

Personas que sepan lo que llevan.

Lin Xue pensó en la joven que había muerto entregando el mensaje bajo tierra.

No sabía su nombre.

Eso le quemaba.

—¿Y si nadie acepta?

Rong sostuvo su mirada.

—Entonces tal vez esta verdad no merece sobrevivir más que quienes la cargan.

Lin Xue quiso odiarla por decirlo.

No pudo.

Porque, en el fondo, esa era una pregunta que el palacio nunca hacía.

Siempre enviaba a otros a morir sin preguntarles.

Si ellos iban a hacer algo diferente, debía empezar allí.

Zhao Lian se volvió hacia sus dos guardias leales.

—No ordenaré esto.

Ambos hombres se enderezaron.

El mayor de ellos, Shen Tao, inclinó la cabeza.

—Alteza, lo sabemos.

—Si aceptan, pueden morir antes de cruzar el segundo patio.

—También podemos morir aquí esperando.

El segundo guardia, más joven, llamado Bo Ren, habló con voz firme pese al miedo evidente en su rostro: —Mi hermano fue destinado a la frontera norte bajo órdenes alteradas.

Murió defendiendo una ruta que nunca debió existir.

Si esos registros explican por qué, los llevaré.

Lin Xue lo miró.

Por primera vez, vio no a un soldado de fondo, sino a otra persona alcanzada por la misma red.

Otro nombre.

Otra herida.

—No será una entrega gloriosa —dijo ella—.

Correrá por pasillos sucios, escondido, perseguido, quizá sin que nadie sepa que ayudó.

Bo Ren inclinó la cabeza.

—Entonces al menos usted lo sabrá.

La respuesta la golpeó.

Lin Xue respiró lentamente.

—¿Su nombre?

—Bo Ren.

Ella asintió.

—No lo olvidaré.

El joven guardia se enderezó como si aquellas palabras pesaran más que una medalla.

Shen Tao tomó otro paquete.

—Yo iré al archivo militar.

Zhao Lian lo miró.

—Tao… —He servido a la casa imperial veinte años, Alteza.

Pero antes de servir a la casa, juré servir al imperio.

Hoy parece que necesito recordar la diferencia.

El silencio fue breve.

Profundo.

Zhao Lian asintió.

—Entonces que quede claro: no mueran por mí.

No mueran por el trono.

Vivan lo suficiente para entregar esto.

Shen Tao sonrió apenas.

—Eso intentaremos.

Rong preparó las copias con rapidez.

Cada paquete fue sellado con marcas distintas para que, si uno caía, los otros aún pudieran ser validados.

Lin Xue observó sus manos.

Precisas, elegantes, sin temblor.

—Usted lleva años preparada para esto —dijo.

Rong no levantó la mirada.

—Llevo años preparada para muchas cosas.

Eso no significa que me gusten.

—¿Por qué no actuó antes?

La pregunta salió con dureza.

Zhao Lian miró a Lin Xue, pero no la interrumpió.

Rong terminó un sello.

—Porque antes no había suficientes grietas.

—Mi padre murió hace años.

—Lo sé.

—Mi vida fue destruida hace años.

—También lo sé.

Lin Xue se acercó.

—Entonces no me hable de grietas como si el momento perfecto justificara el silencio.

Rong guardó el último documento.

Por una vez, su expresión no fue afilada.

Fue cansada.

—No lo justifica.

La respuesta dejó a Lin Xue sin el golpe que esperaba.

Rong continuó: —No voy a pedirle perdón porque no lo merezco.

No voy a fingir que mis cálculos salvaron más de lo que destruyeron.

Guardé verdades, sí.

Pero también esperé.

Y esperar, a veces, mata.

Lin Xue sostuvo su mirada.

—Sí.

—Por eso ahora no esperaré.

Rong entregó el tercer paquete a Zhao Lian.

—Este irá con nosotros al templo de registro externo.

El camino más largo.

El más visible después de cruzar la puerta este.

Zhao Lian tomó el paquete.

—Entonces nos perseguirán.

Rong sonrió apenas.

—Eso espero.

Lin Xue entendió.

—Quiere atraer la fuerza principal hacia nosotros.

—Naturalmente.

—Y dejar libres las otras rutas.

—Al menos lo suficiente.

Zhao Lian miró hacia la salida, donde las campanas seguían sonando.

—Entonces salimos ahora.

— El palacio se había transformado.

Los corredores que horas antes contenían murmullos ahora estaban llenos de órdenes.

Guardias corrían hacia puntos de control.

Puertas internas se cerraban.

Sirvientes se apartaban contra las paredes con rostros pálidos.

Nadie sabía qué ocurría exactamente, pero todos podían sentirlo: el poder estaba nervioso.

Y un poder nervioso siempre busca a quién aplastar primero.

Shen Tao partió hacia el archivo militar por un pasaje lateral, acompañado por dos escribas menores que habían aceptado copiar los documentos si llegaban.

Bo Ren tomó la ruta de los templos auxiliares, disfrazado con una túnica de mensajero de cocina, llevando los registros ocultos dentro de una caja de arroz.

Lin Xue observó cómo desaparecía.

—Bo Ren —murmuró.

Zhao Lian la miró.

—Lo recordaremos.

—No.

Lo recordaremos si vive.

Si muere, también.

Él asintió.

—Sí.

Rong caminaba delante de ellos, como si cruzar un palacio en estado de cierre imperial fuera apenas una caminata inconveniente.

—La puerta este estará bloqueada —dijo.

—¿Tiene ruta alternativa?

—preguntó Zhao Lian.

—Tres.

Lin Xue la miró.

—¿Y cuál es la menos trampa?

—Todas lo son.

—Rong.

—La lavandería exterior.

Mal vigilada porque nadie importante la usa.

Lin Xue casi sonrió.

—Por fin algo sensato.

—No se acostumbre.

Avanzaron por un corredor estrecho, bajaron una escalera de servicio y cruzaron una zona donde el vapor de las tinas de lavado empañaba el aire.

Varias sirvientas se quedaron inmóviles al verlos.

Una de ellas reconoció a Lin Xue.

No como Mei Yan.

Como la hija del general.

La mujer bajó la mirada, pero no con miedo.

Con respeto.

Lin Xue sintió el gesto como una carga inesperada.

No quería convertirse en símbolo.

Los símbolos eran peligrosos.

El palacio los adoraba o los mataba.

A veces ambas cosas.

Al llegar al patio exterior de lavandería, escucharon el primer grito.

—¡Ahí!

Guardias de cámara interna aparecieron en la galería superior.

Zhao Lian desenvainó.

—Corran.

Rong levantó la falda de su túnica con dignidad insultante.

—Qué poco refinado.

Lin Xue tomó su brazo y tiró de ella.

—Muévase o la cargo.

—No se atrevería.

—Pruébeme.

Rong corrió.

Las flechas comenzaron a caer.

Lin Xue escuchó el silbido antes de verlas.

Empujó a Zhao Lian hacia un poste de madera mientras una flecha se clavaba donde había estado su hombro.

Zhao Lian respondió tomando una tapa metálica de una tina y usándola como escudo improvisado.

—Esto es ridículo —murmuró.

—Siga vivo y luego se queja.

Atravesaron el patio.

Una flecha cortó la manga de Rong.

Otra golpeó el borde del paquete de documentos, pero no lo atravesó.

Zhao Lian lo cubrió contra su pecho.

Al llegar a la puerta baja que conectaba con los establos exteriores, encontraron el cerrojo sellado.

Lin Xue maldijo.

Rong respiraba con dificultad, pero aún tuvo energía para decir: —Dije que era una ruta.

No que estuviera abierta por cortesía.

Lin Xue sacó una aguja gruesa.

—Cubran.

Zhao Lian se colocó frente a ella con la tapa metálica mientras las flechas golpeaban madera y piedra.

Rong, sorprendentemente, tomó una vara de colgar ropa y la usó para derribar un brasero, levantando una cortina de humo.

Lin Xue trabajó el cerrojo con rapidez.

Uno.

Dos.

Tres movimientos.

Nada.

La cerradura era nueva.

—Demasiado lenta —dijo Zhao Lian.

—¿Quiere intentarlo usted?

—Solo informo.

—Informe en silencio.

Una flecha atravesó la tapa metálica y rozó el costado de Zhao Lian.

Él apretó los dientes, pero no se movió.

Lin Xue oyó el sonido.

Su mano se aceleró.

Clic.

La puerta se abrió.

—Ahora.

Cruzaron.

— Los establos exteriores estaban casi vacíos.

Demasiado vacíos.

No había mozos, ni caballos preparados, ni movimiento.

Lin Xue se detuvo.

—No.

Zhao Lian entendió un segundo después.

Emboscada.

Los hombres salieron de ambos lados.

No llevaban armadura de cámara.

Eran soldados imperiales.

No asesinos.

No conspiradores menores.

Soldados bajo orden directa.

El líder avanzó, espada en mano.

—Alteza, entregue los documentos y regrese al palacio.

Zhao Lian respiró con dificultad por el corte del costado.

—¿Quién dio la orden?

El soldado no respondió.

—¿Mi padre?

Silencio.

Respuesta.

Lin Xue miró los rostros de los soldados.

No eran hombres malvados.

Algunos parecían incómodos.

Otros asustados.

Pero aun así bloqueaban el paso.

Ese era el corazón del problema.

No todos los culpables tenían rostro de villano.

Muchos solo obedecían.

Y la obediencia seguía siendo peligrosa.

Zhao Lian bajó la espada ligeramente.

—Escuchen.

Estos documentos prueban crímenes contra el imperio.

Si los detienen, se convierten en parte de su encubrimiento.

El líder tragó saliva.

—Nuestra orden es clara.

Lin Xue dio un paso.

—Las órdenes también condenaron a mi padre.

El soldado la miró.

Ella continuó: —El General Lin Yue fue llamado traidor porque hombres obedientes prefirieron no preguntar.

¿Quiere repetirlo?

El soldado dudó.

Uno de los más jóvenes bajó la mirada.

Rong observó en silencio.

Zhao Lian habló: —No les pido que se rebelen.

Les pido que no impidan que la verdad sea registrada fuera del palacio.

Si somos mentirosos, el tribunal lo probará.

Si no lo somos, ustedes habrán protegido al imperio de otra mentira.

El líder apretó la empuñadura.

Lin Xue vio la batalla dentro de él.

Deber contra conciencia.

Miedo contra honor.

Finalmente, el hombre bajó la espada.

No del todo.

Pero lo suficiente.

—No los vi pasar.

Uno de sus soldados protestó.

—Capitán— El líder giró.

—No los vi pasar.

Nadie más habló.

Zhao Lian inclinó la cabeza, no como príncipe a subordinado, sino como hombre a hombre.

—Recordaré esto.

El capitán respondió: —Espero que valga algo si el imperio cae.

Lin Xue pasó junto a él.

—Si cae por la verdad, es que ya estaba sostenido por mentira.

El capitán no respondió.

Pero no volvió a levantar la espada.

— Al salir de los establos, encontraron tres caballos preparados.

Rong se detuvo.

—Eso no estaba en mi plan.

Lin Xue miró alrededor.

—Entonces alguien más intervino.

Sobre una silla había un pequeño lazo de tela blanca.

El símbolo de la emperatriz anterior.

Zhao Lian lo tomó con cuidado.

—Mi madre aún tiene aliados.

—O memoria —dijo Rong.

Montaron.

Zhao Lian delante, con los documentos principales.

Lin Xue a su lado.

Rong detrás, sujetándose con más fuerza de la que su orgullo habría querido admitir.

Atravesaron la puerta exterior antes de que el cierre completo llegara.

Detrás de ellos, el palacio rugía con campanas, voces y órdenes.

Delante, la ciudad imperial comenzaba a despertar.

Calles estrechas.

Mercados a medio abrir.

Templos con humo de incienso elevándose al cielo.

Por primera vez, la verdad estaba fuera del palacio.

Y eso lo cambiaba todo.

— El Templo de Registro Externo estaba construido sobre una colina baja, al este de la ciudad imperial.

No pertenecía por completo al palacio ni a las facciones ministeriales.

Su autoridad venía de una tradición antigua: registrar juramentos, tratados, genealogías, condenas y absoluciones que debían sobrevivir a los gobernantes.

Si los documentos eran aceptados allí, destruirlos equivaldría a desafiar no solo a la corte, sino a la memoria pública del reino.

Por eso el emperador no quería que llegaran.

Al entrar en la avenida del templo, escucharon cascos detrás.

Perseguidores.

Zhao Lian miró a Lin Xue.

—¿Cuántos?

Ella escuchó.

—Ocho.

Quizá diez.

Rong apretó los labios.

—Cámara interna.

Lin Xue desenvainó una hoja corta.

—Siga hacia el templo.

Zhao Lian negó.

—No voy a dejarte atrás.

—No le estoy pidiendo permiso.

—Lin Xue.

Ella lo miró mientras cabalgaban.

—El paquete debe llegar.

Si ambos nos detenemos, ganan.

Zhao Lian sostuvo su mirada durante un segundo eterno.

Luego tomó una decisión que le dolió visiblemente.

—No mueras.

—Estoy intentando reducir ese hábito.

Rong pasó junto a ellos.

—Prometo cuidar al príncipe con toda mi falta de instinto maternal.

—Eso no tranquiliza —dijo Zhao Lian.

—No era mi intención.

Lin Xue frenó su caballo y giró en medio de la avenida.

Los perseguidores se acercaban.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Bien.

Sacó de su manga dos pequeñas esferas de humo que había tomado del arsenal oculto de Han Zhi.

Las lanzó al suelo cuando los jinetes estuvieron cerca.

La avenida se llenó de humo gris.

Los caballos relincharon.

Lin Xue se movió entre ellos como una sombra.

No buscó matar.

Buscó desmontar.

Cortó correas, golpeó muñecas, cegó con polvo, abrió caminos de caos.

Dos hombres cayeron al suelo.

Un tercero chocó contra un puesto de madera.

Otro intentó rodearla, pero ella lanzó una aguja al cuello del caballo, no para matarlo, sino para hacerlo encabritar.

El jinete cayó.

Aun así, cuatro pasaron.

Zhao Lian los vio acercarse mientras subía la colina hacia el templo.

—Rong.

—Los veo.

La Consorte sacó algo de su manga.

—¿Eso es veneno?

—preguntó él.

—Polvo irritante.

No sea melodramático.

Lo lanzó hacia atrás cuando los perseguidores llegaron demasiado cerca.

Dos quedaron cegados momentáneamente.

Zhao Lian usó ese instante para empujar su caballo más rápido.

El templo estaba cerca.

Los monjes registradores salieron al escuchar el ruido.

Uno de ellos, anciano, levantó las manos.

—¡Este es suelo de registro!

¡Nadie derrama sangre aquí!

Un soldado de cámara interna intentó ignorarlo.

Zhao Lian desmontó antes de llegar al portón y alzó los documentos.

—Soy Zhao Lian, príncipe heredero.

Solicito registro externo bajo protocolo de crisis dinástica.

El anciano monje se quedó inmóvil.

Luego vio el sello de la emperatriz.

Su expresión cambió.

—Entren.

Los soldados intentaron avanzar.

El monje se plantó frente a ellos.

—Si cruzan armados, quedarán inscritos como violadores de registro sagrado.

Uno de los soldados dudó.

El otro no.

Alzó la espada.

Lin Xue apareció detrás y lo derribó antes de que pudiera dar el golpe.

Llegó cubierta de polvo, con un corte en la mejilla y la respiración agitada.

Zhao Lian la miró con alivio evidente.

—Tarde —dijo Rong.

Lin Xue la miró.

—Viva.

—Aceptable.

Entraron al templo.

Las puertas se cerraron.

Por primera vez en horas, el sonido del palacio quedó lejos.

— La sala de registro estaba llena de estantes, incienso y luz dorada.

Tres escribas del templo se sentaron frente a la mesa principal.

El anciano monje extendió las manos.

—Los documentos.

Zhao Lian los entregó.

Rong añadió el cilindro de metal.

Lin Xue colocó la lista de conspiradores capturados.

El monje revisó sellos.

Uno.

Dos.

Tres.

Luego leyó fragmentos.

Su rostro se volvió cada vez más grave.

—Esto implica al Consejo Interno, cámara privada, médicos imperiales y actos de omisión del trono.

Zhao Lian respondió: —Sí.

—Una vez registrado, no podrá ser retirado sin constancia pública.

—Por eso estamos aquí.

El anciano miró a Lin Xue.

—¿Y usted?

Ella sostuvo su mirada.

—Soy Lin Xue, hija del General Lin Yue.

Solicito que las pruebas relacionadas con la falsa acusación y ejecución de mi padre sean registradas como materia de revisión pública ante tribunal extraordinario.

El monje inclinó la cabeza.

—Su nombre será escrito.

Lin Xue sintió el peso de esas palabras.

Durante años su nombre había sido peligro.

Ahora sería registro.

Memoria.

Prueba.

El pincel tocó el papel.

El sonido fue mínimo.

Pero Lin Xue lo sintió como un golpe contra los cimientos del palacio.

Zhao Lian se colocó a su lado.

—También registre mi testimonio.

El monje levantó la vista.

—¿Como príncipe heredero?

Zhao Lian miró a Lin Xue.

Luego a los documentos.

—Como testigo del Pabellón del Oeste.

La respuesta cambió el aire.

El monje asintió.

—Será escrito así.

Rong observó desde un lado, más silenciosa de lo habitual.

Lin Xue la miró.

—¿Y usted?

Rong sonrió apenas.

—Yo declararé donde haga más daño.

—Eso no es respuesta.

—Sí lo es.

El registro continuó.

Cada copia fue sellada.

Cada nombre inscrito.

Cada documento validado por los templos externos.

La verdad ya no pertenecía al palacio.

Cuando el último sello cayó sobre el papel, el anciano monje habló: —Hecho.

Para destruir este registro, tendrían que destruir este templo, sus copias y a todos los testigos presentes.

Rong suspiró.

—No dé ideas.

Zhao Lian cerró los ojos un instante.

Lin Xue no sintió paz.

Pero sí algo parecido a suelo firme bajo los pies.

El primer golpe final había llegado.

Los conspiradores ya no podían esconderse detrás de un solo ministro muerto.

El emperador ya no podía quemar todos los documentos.

La memoria había salido.

— Al caer la tarde, las noticias llegaron al templo.

Shen Tao había logrado entregar la copia al archivo militar, aunque quedó gravemente herido al cruzar el Patio de Hierro.

Bo Ren también llegó a los templos auxiliares.

Vivo.

Con una flecha en el hombro, pero vivo.

Lin Xue escuchó su nombre y cerró los ojos un instante.

Bo Ren.

Lo había recordado.

Y viviría para saberlo.

Zhao Lian recibió el informe con un alivio que apenas pudo ocultar.

Rong, en cambio, miró hacia la ciudad.

—Entonces el emperador ya lo sabe.

Lin Xue abrió los ojos.

—¿Qué hará?

Rong respondió sin mirar a nadie: —Lo único que puede hacer cuando el control privado falla.

Zhao Lian entendió.

—Convertirlo en conflicto público.

Rong asintió.

—Dirá que una facción intenta desestabilizar el imperio.

Que los documentos son parte de una conspiración.

Que usted, Alteza, está influenciado por la hija de un traidor y una consorte desleal.

Lin Xue apretó los dedos.

—Entonces llamará a la corte militar.

—O al ejército de palacio —dijo Zhao Lian.

Rong miró hacia la colina, donde ya se veían estandartes moviéndose en la distancia.

—No “o”.

El sonido llegó poco después.

Tambores.

No campanas.

Tambores de movilización.

El templo entero se tensó.

El anciano monje cerró los ojos.

—No derramarán sangre aquí.

Rong lo miró con tristeza.

—Ojalá el poder respetara siempre las frases hermosas.

Zhao Lian tomó su espada.

Lin Xue se colocó a su lado.

—El registro está hecho —dijo ella—.

Si morimos ahora, la verdad sigue fuera.

—No me resulta tan tranquilizador como debería.

—A mí tampoco.

Rong observó a ambos.

—El golpe contra los conspiradores fue solo la primera mitad.

La segunda será impedir que el emperador convierta a los testigos en rebeldes.

Zhao Lian miró los estandartes acercándose.

—Entonces volvemos.

Lin Xue giró hacia él.

—¿Al palacio?

—No.

Al tribunal.

Su voz fue firme.

—Si mi padre quiere convertir esto en guerra, lo obligaremos a hacerlo frente a la ley que juró representar.

Rong sonrió apenas.

—Eso es casi imprudente.

Lin Xue sostuvo la mirada de Zhao Lian.

—Es necesario.

Él asintió.

—Sí.

Afuera, los tambores crecían.

La verdad ya estaba escrita.

Ahora debían lograr que sobreviviera a la respuesta del trono.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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