La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 131
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Capítulo 131: Capítulo 131 Lo odiaba
—¿Por qué tienes que irte? —suspiro mientras doblo la ropa de Kal recién lavada y seca. Mis ojos se asoman a la cesta para inspeccionar si me he dejado algo. Soy consciente de la respuesta a mi pregunta, pero aun así la hago por satisfacción, para que mi mente pueda aceptarlo y dejarlo ir.
—Por mis responsabilidades. Soy un Alfa, Lumina —responde Cronos, riendo entre dientes no por mis palabras, sino por las monerías de Kal. Los dos machos están estrechando lazos sobre mi cama. Kal yace boca abajo, en la misma posición en la que lo coloqué hace unos minutos, agitando las manos y moviendo la parte inferior de su cuerpo con un rebote juguetón.
Cronos tiene el dedo atrapado en la palma izquierda de Kal mientras lo mira con una sonrisa tierna. —Está creciendo rápido.
—Demasiado rápido para mí. Pronto cumplirá cuatro meses —respondo mientras agarro la cesta de la ropa y la llevo al baño.
—Lo malcriarán con regalos en su primer cumpleaños. Habrá una competición entre las manadas para ver quién le envía el mejor regalo, a pesar de que solo tendrá un año —declara Cronos, exponiendo una realidad.
—Así es. Y yo tendré que pasarme horas abriéndolos todos para que los vea —murmuro, volviendo hacia ellos y sentándome frente a Cronos. El colchón gime bajo el peso de ambos.
Kal empieza a hablar en su idioma en cuanto sus ojos se posan en mí, con una amplia sonrisa desdentada en su rostro. —Sí. Ya lo sé. Ya lo sé —arrullo, respondiendo a sus palabras incomprensibles con las mías, como si de verdad lo entendiera. Su sonrisa desaparece con la misma rapidez y se me queda mirando con esas esmeraldas, boquiabierto, tal vez intentando descifrar lo que le digo.
—Creo que te entiende —dice Cronos, levantando hacia mí una mirada de asombro.
—Mis emociones, sí, las percibe con facilidad y llora a gritos si estoy disgustada o si hay una tensión palpable a mi alrededor. Así que, en cierto modo, lo hace —digo mientras la punta de mis dedos le hace cosquillas en la rolliza carne del cuello de Kal. Él gorjea y se deja caer sobre la manta, cansado de mantener el cuerpo erguido.
Cronos acerca el antebrazo a la barbilla para mirar su reloj de pulsera. —Deberían estar listos pronto —dice, refiriéndose a los guerreros con los que ha llegado. Sus coches están repostados y preparados para aguantar el viaje de vuelta a su manada. Cronos simplemente espera a que sus guerreros empaquen y terminen su entrenamiento.
—¿Volverás de visita? —pregunto, esperando pacientemente a que su mirada se encuentre con la mía.
—Claro que sí. Necesito venir a arreglar las cosas entre vosotros dos, tortolitos, ¿verdad? —ríe entre dientes, y sus palabras brotan sin vacilación. Yo no me río; me limito a centrar mi atención en Kal, que tiene los ojos pegados al sonajero de un rojo brillante que mira con asombro. —¿Lumina? —pronuncia mi nombre.
Hay una sensación de familiaridad y consuelo cuando Cronos me llama por el nombre que me dio Deimos, pero cuando Deimos me llama así, el corazón me arde. No es una buena clase de ardor, sino uno que pudre la carne.
—¿Sí?
—Algo pasó el día que su lobo emergió, ¿no es así? ¿Quieres hablar de ello? —Su voz es amable y tranquilizadora. Calma en medio de un infierno.
—¿Cómo sabes que pasó algo? —pregunto con el ceño fruncido y una pequeña chispa de enfado en la mirada.
—Lo siento. En Deimos, en ti. Pero con Deimos fue mucho más fácil de saber. Parece que se está ahogando —dice con sinceridad, retirando el dedo del fuerte agarre de Kal. Mi macho levanta la voz en un intento de demostrar que quiere que le devuelva el dedo, y sus pequeñas palmas se extienden hacia la mano de Cronos.
Vuelvo a guardar silencio, sin desear conformarme con sus palabras que me duelen. Ahogarse. Sí, recuerdo ese sentimiento. No se trata simplemente de no poder respirar. Es una muerte lenta en la que, a pesar de que uno intenta alcanzar la superficie, el milagro nunca llega hasta que… la persona que te ata al fondo del océano te libera.
El calor de la mirada de Cronos sobre mi piel ya no es cálido ni reconfortante, sino que se ha transformado en una mirada inquisitiva. Como si lo supiera; no…, como si presintiera la verdad que estoy a punto de soltar. Respiro hondo y me encuentro con su paciente mirada. —Le dije que lo odiaba —digo, esperando el consejo que sin duda saldrá de sus labios.
Se me queda mirando con calma durante unos segundos, asimilando lo que le he dicho. Entonces bufa, con la mirada perdida en algún punto, la mente absorta en sus pensamientos o tal vez en un recuerdo. —Odio. Esa es una palabra que no debe usarse con tu compañera, Lumina.
—No lo decía en serio. Me irritó, mi furia estaba creciendo y él me presionó más. Qué curioso que digas lo mismo que él me dijo cuando lo solté —intento razonar.
—Eso es porque yo se lo enseñé —responde, devolviéndole el dedo al pequeño cachorro disgustado que tiene una rabieta. Kal se aferra al dedo de Cronos, se lo lleva a la boca y lo chupa despacio, con lo que su enfado se va apagando.
—¿A qué te refieres? No lo entiendo. —Frunzo el ceño y me bajo la manga de la camisa para cubrirme la muñeca cuando sus ojos se posan en la marca del lobo de Deimos. Su mirada denota comprensión, no solo hacia Deimos, sino también hacia mí. Nos comprende, a nosotros y la relación que tenemos.
—Cuando apareciste de la nada, caída del cielo, y acabaste en sus manos, lo pillaste por sorpresa. Sí, él sabía que las compañeras existían, pero no sabía nada sobre el significado o la profundidad que conllevaban. Así que, algunas noches, me llamaba para hablar de ti —dice Cronos con una tierna sonrisa en los labios.
—¿Hablaba de mí? ¿Qué decía? —pregunto con voz suave, acercándome un poco más a él, una muestra de mi curiosidad por aquellas cosas que se me escapan.
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