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La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 Un juego cruel
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25: Capítulo 25: Un juego cruel 25: Capítulo 25: Un juego cruel —P-pero a ti no te gusta.

No lo entiendo —le pregunto.

¿Por qué haría Deimos algo así?

Esto no es propio de él en absoluto.

Frunciendo el ceño y con las manos unidas a la espalda, se gira hacia mí.

—¿Qué?

¿Que me guste ella?

¿No te lo he dicho ya?

No conozco el significado del amor o del gusto.

Entonces, ¿cómo se supone que va a gustarme?

—me responde con otra pregunta.

—¡Pero tuviste un pasado con ella!

Compartieron algo.

Ragon dijo que eran amantes y que ella estaba destinada a ocupar mi lugar a tu derecha.

—No le creo, miente.

—Nada.

No compartimos nada; solo me dejé llevar.

Quizá a ojos de los demás parecíamos amantes, ya que pasábamos mucho tiempo juntos, pero ni sentí ni siento nada por ella.

Sí, estaba destinada a ocupar tu lugar, pues aún no te había encontrado y la manada necesitaba una Luna.

—Me escudriña con su dura mirada mientras responde con calma a todas las preguntas que le lanzo.

—¿Y qué me dices del anillo que le diste?

Ese que refleja la profundidad de tus ojos.

El que ella lleva con orgullo —le pregunto frunciendo el ceño.

—Se lo di como preparación para que se convirtiera en la Luna.

No posee ningún significado ni tiene sentimientos ligados a él —responde.

Sus ojos, que no vacilan, se clavan en los míos, demostrándome que no miente.

—No creo que ella sienta lo mismo que tú —susurro, desviando la mirada.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

Lo que ella siente es cosa suya, yo no tengo parte en ello.

—Se limita a mirarme fijamente.

¿Cómo puede ser tan desalmado?

¿Cómo es posible que no sienta nada?

¿Y qué pasa con mis sentimientos?

¿Dirá lo mismo de ellos?

¿Llegará este macho a amarme alguna vez?

—¿Por qué no me dijiste nada?

Podrías haberme ahorrado mucho dolor, me hiciste sufrir.

—Retrocedo a medida que él avanza hacia mí.

Ladea la cabeza.

—No tenía por qué hacerlo.

¿Qué esperas que diga cuando no hay nada que decir al respecto?

—dice, cruzándose de brazos.

Hay algo de verdad en sus palabras, pero, aun así, podría haber dicho algo.

Una sola palabra para confirmar que no había nada entre ellos y lo habría aceptado.

Mientras el silencio nos consume, nos miramos fijamente el uno al otro, intentando descifrarnos mutuamente, hasta que él rompe el silencio.

—Cronos también se va.

Se van ahora mismo —me informa con calma, esperando mi reacción.

Está jugando a un juego cruel conmigo.

—No me mientas, Deimos, esto no acabará bien.

—Me estoy poniendo nerviosa.

—Es la verdad, puesto que obedecen mis órdenes —dice, acercándose a mí paso a paso.

Se me abren los ojos como platos, me tiemblan las manos y niego con la cabeza.

¿Qué?

¡No!

¡No!

¿Por qué?

¿Por qué se va él también?

No puede hacerlo, mi único amigo.

Doy unos pasos hacia atrás, mirando hacia la salida, y Deimos observa mis movimientos con calma.

Pero en el instante en que doy el primer paso para echar a correr, Deimos se abalanza sobre mí, rodeando mis caderas con sus fuertes brazos mientras yo comienzo a forcejear.

—Suéltame, Deimos.

T-tengo que detenerlo.

—Las lágrimas me llenan los ojos, mientras el profundo gruñido de Deimos retumba en las paredes.

—Deimos, por favor, no hagas esto… —le suplico.

—¿Por qué?

¿Qué sientes por él?

—pregunta, con la ira a flor de piel.

—Es… es mi primer y único amigo —le confieso mi verdad.

—Tiene que irse.

Entiendes por qué, ¿verdad?

—Como no respondo, me pregunta de nuevo con severidad—.

¿Lo entiendes, compañera?

—No, no lo entiendo, pero aun así asiento.

—Déjame al menos despedirme, por favor, Deimos.

—Me suelta y, al segundo, salgo disparada hacia la verja, tratando de alcanzar a Cronos antes de que se marche.

Las lágrimas caen libremente por mi rostro.

¿Por qué todo el mundo siente la necesidad de irse?

¿Por qué los que de verdad me importan y necesito se van siempre?

Al llegar a la verja, veo a Cronos metiendo las maletas en el coche, donde Theia ya está sentada, limpiándose los ojos continuamente.

—¡Cronos!

—grito.

Él se gira y me mira sorprendido mientras corro hacia él y me detengo justo enfrente.

Nos limitamos a mirarnos mientras lloro aún más fuerte.

Nunca he llorado por la partida de nadie, pero él es especial.

Poniendo su pulgar bajo mis ojos para secar mis lágrimas, sonríe con tristeza.

—Parece que te he hecho llorar, Luna.

Perdóname —dice con amabilidad.

—¿Planeabas irte sin decírmelo?

¿No querías verme?

¡Respóndeme!

—lo interrogo, con el tono cargado de dolor y furia.

—Pensé que era la mejor forma de hacerlo —me dice amablemente, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿Por qué?

¿Por qué tienes que irte tú también?

—le pregunto desesperada.

—Por la misma razón que Theia.

Necesito librarme de estos sentimientos, no puedo permanecer a tu lado cuando le perteneces a otro —dice, apartando la mirada.

—¿Y qué hay de mí?

¿Y mis sentimientos?

¡Eres un egoísta!

¡Lo prometiste, prometiste que estarías aquí!

—Esto es tan injusto, duele.

—Perdóname, Luna —dice en voz baja.

—¿Volverás alguna vez?

¿No te veré nunca más?

—susurro con miedo.

—Quizás con el tiempo nos volvamos a encontrar.

Recuerda comer bien y descansar mucho.

Adiós, Luna.

—Tras darme un ligero beso en la frente y dedicarme una última mirada, se mete en el coche y se marcha.

¿Qué clase de respuesta es esa?

¿Para qué demostrar que te importo si te vas así como si nada?

Mientras veo cómo se aleja el coche, lloro con más fuerza.

Mi único amigo me ha abandonado, mi único apoyo.

Ahora tendré que sobrevivir a este dolor sola.

Cuando entro en la casa de la manada, el silencio me recibe y el recuerdo de la risa de Cronos me inunda, arrancándome más lágrimas.

Sin duda, lo echaré de menos.

No deseo estar sola.

Este lugar no tiene calidez que ofrecerme; Cronos sí la tenía.

Él fue el amigo que me cubrió de bondad.

Pero todo se desvanece cuando Deimos baja las escaleras con calma y se para frente a mí, observando cómo corren mis lágrimas.

—¿Por qué tienes que llorar, compañera?

—pregunta con suavidad.

—A-ahora estaré sola.

Me sentiré sola.

No tengo a nadie a mi lado —digo entre sollozos.

La mirada de Deimos parece adquirir una expresión tierna mientras me seca las lágrimas, me abraza y me susurra: —No, no lo estarás.

A partir de hoy, yo me haré cargo de ellos.

Tu soledad, tus miedos, tu dolor, tu felicidad.

Me haré cargo de todos y compartiré los míos contigo, compañera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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