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La Hembra Alfa que no Puedes Domar - Capítulo 32

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32: Capítulo 32 Presa 32: Capítulo 32 Presa Con el paso de los días, también creció mi cercanía con Deimos.

Poco a poco he empezado a salir de mi caparazón y a ver el mundo, y también he estado derribando sus muros.

Deimos y yo nos hemos vuelto muy cercanos.

Una cercanía que consideré imposible cuando llegué, pero la vida siempre te sorprende.

Los rayos de sol que se filtran por las ventanas tocan suavemente las líneas de su cuerpo mientras sonrío para mis adentros.

Con vacilación, me acurruco más cerca de su calor.

Mi cabeza yace sobre su mano izquierda mientras la derecha cubre sus ojos.

Su pecho sube y baja con suavidad, su respiración es hermosa como un ritmo.

Me sobresalto cuando cambia de postura, girando su cuerpo para mirarme y dándome una vista clara de él.

Las yemas de mis dedos se mueven lentamente hacia su rostro, ansiosas por sentirlo.

Recorro despacio sus cejas pobladas y bajo hasta su afilada nariz.

Cuando mis dedos se dirigen a sus carnosos y rosados labios, ahogo un grito al sentir que me sujeta la muñeca con un rápido movimiento.

El corazón se me sale del pecho mientras sus ojos se abren con un parpadeo.

—¿Qué crees que estás haciendo, compañera?

—Su voz matutina y ronca me pregunta con calma, pero puedo verlo en sus ojos.

Me está tomando el pelo.

Mientras un intenso sonrojo me cubre el rostro, me atrae hacia su pecho de un solo tirón.

Lo miro con los ojos como platos mientras él me observa con una sonrisa tierna.

Al sonrojarme aún más y acurrucarme en su pecho, una suave risa se escapa de sus labios y su pecho retumba.

—¿Dónde está tu saludo, compañera?

—me pregunta con ese tono tan serio que tiene.

—Buenos días —susurro contra su pecho, y él vuelve a reírse.

¿De qué se está riendo?

¿Qué encuentra tan gracioso?

—Buenos días —me dice, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja mientras lo miro fijamente.

Cuando se levanta de la cama y se estira, me incorporo y lo observo empezar a hacer unas cuantas flexiones.

Esto se siente muy diferente.

Despertar y que él esté aquí, viendo su rutina matutina.

Es una sensación maravillosa.

Cuando termina su pequeño entrenamiento, se da cuenta de que lo estoy mirando y ladea la cabeza.

Aparto la mirada y me aclaro la garganta.

No quiero que piense que estoy obsesionada con él ni nada por el estilo.

—¿Te gustaría salir a correr?

—me pregunta con delicadeza, y mi cabeza se gira bruscamente hacia él.

¿Correr?

¿Con él?

¿Juntos?

Como tardo en responder mientras mi cerebro procesa su pregunta, él se hace una idea equivocada.

—Entonces, ¿no quieres?

Está bien, puedes… —Cuando empieza a aceptar su idea errónea, lo interrumpo.

—¡Sí!

Sí quiero…

Quiero ir a correr contigo —sonrío mientras él asiente y comenzamos nuestra caminata hacia los campos.

Al llegar a los campos, se quita la camiseta, ofreciéndome una vista deliciosa de su torso esculpido.

Camina hacia mí y cuelga la prenda en el árbol que tengo detrás.

—Vamos.

A correr —dice mientras arranca con un trote lento para calentar, y yo lo sigo.

Después de un rato, descubro que el trote de Deimos es para mí como correr a toda velocidad.

Es más rápido que yo, así que me cuesta mucho seguirle el ritmo.

Me adelanto corriendo y luego empiezo a trotar para que se ponga detrás y siga mi paso.

A los pocos segundos, Deimos vuelve a ponerse delante de mí y empieza a trotar, lo que me hace fruncir el ceño.

Lo intento una vez más, tratando de ponerme por delante del macho, y él vuelve a hacer lo mismo.

No me deja marcar el ritmo.

Frustrada, echo a correr delante de él y mi trote se acelera.

Cuando una ráfaga de viento me pasa por al lado, Deimos vuelve a estar delante.

Con un bufido, dejo de trotar y me lanzo a correr.

Corro muy por delante de Deimos y sigo sin mirar atrás, con una amplia sonrisa de suficiencia en el rostro.

Un fuerte gruñido atruena a mi espalda y, al mirar hacia atrás, veo que Deimos corre hacia mí, ganando terreno.

Como un depredador que va a atrapar a su presa.

Un gritito se escapa de mis labios mientras mis piernas trabajan más duro, haciéndome correr más rápido hasta desaparecer entre los árboles.

No sé cómo esto se ha convertido en un juego de persecución, pero lo único que sé es que si me atrapan, seré devorada.

Salto sobre troncos caídos y corro a través de arroyos y sobre piedras, hasta que mis piernas empiezan a flaquear, pidiendo un descanso.

Mis oídos captan un gruñido a mi espalda y siento su aliento en mi nuca.

Abro los ojos de par en par y fuerzo mis piernas hasta el límite, obligándolas a correr más rápido.

Si consigo volver a la casa de la manada, quizá se calme.

Pero antes de que pueda tomar una curva, Deimos aprovecha para abalanzarse sobre mí y enjaularme en el suelo, bajo su cuerpo.

Sin embargo, no grito; en su lugar, una carcajada brota de mi boca.

Una carcajada sonora, desde el estómago, mientras él me observa con el pecho agitado, apoyado sobre los codos a cada lado de mi cuerpo para no dejar caer su peso.

—¿Qué debería hacer ahora que he atrapado a mi presa?

—me pregunta con voz ronca mientras olisquea mi cuello—.

¿Debería devorarla?

—susurra en mi oído, mientras su lengua tibia saborea mi piel ardiente.

Me estremezco bajo él, enjaulada por su fuerte cuerpo.

Sus brazos, uno a cada lado, bloquean mi huida.

Su tacto me prende fuego por dentro.

—No me comas.

Yo…

no tengo buen sabor —le digo, empezando a reír.

Es la primera vez que me río tanto.

Mi corazón está tan feliz que quiere desahogar todo lo que no tuvo la oportunidad de experimentar.

Deimos ríe por lo bajo y une su boca a la mía.

En cuanto nuestros labios se tocan, lo acerco más a mí, rodeando su cuello con mis brazos y su cintura con mis muslos.

Morder.

Lamer.

Saborear.

Devorar.

Desliza su cálida palma por debajo de mi camiseta, tocando mi piel, y enciende un fuego en mi interior.

Me acerca más a él, atrayendo mi cintura hacia la suya con un movimiento fluido.

Justo cuando el aturdimiento nos sumerge más en el éxtasis, Deimos se detiene y mira hacia la casa de la manada.

—¿Qué ocurre?

—le pregunto con el ceño fruncido mientras se levanta de encima de mí y me ayuda a ponerme de pie.

—Ragon desea hablar conmigo —dice, echando a andar mientras yo lo sigo en silencio.

Deimos no dice ni una palabra en todo el camino de vuelta.

Nuestra burbuja de juego y felicidad ha desaparecido y, en su lugar, nos envuelve una de fría ansiedad.

Al llegar a la casa de la manada, Deimos se dirige de inmediato a su despacho.

—¿Debería ir yo también?

Tal vez pueda ayudar.

¿Es un problema de la manada?

Puedo… —empiezo a preguntarle, subiendo las escaleras tras él.

—¡No!

—Su brusca respuesta hace que me estremezca.

Él suspira—.

Puedo ocuparme yo.

Ve a desayunar —dice, y sigue subiendo las escaleras.

Confundida y curiosa, me dirijo al comedor.

Los lobos nos esperan a Deimos y a mí.

Me siento en mi lugar y me dirijo a la manada.

—Deimos no desayunará hoy, podemos empezar.

—Tomo el primer bocado y el resto de la manada me sigue.

—¿Alfa?

¿Pasa algo?

—pregunta Elriam, que se da cuenta de mi incomodidad.

—No lo sé.

Siento que algo va mal, pero no me ha dejado ayudar.

¿Y si es otra guerra, Elriam?

Estoy ansiosa.

No me gusta esta sensación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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