La heredera está aquí: ¡Cálmate, príncipe de la escuela! - Capítulo 556
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- Capítulo 556 - 556 Capítulo 556 – Solo quiero abrazarte (Parte 2)
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556: Capítulo 556 – Solo quiero abrazarte (Parte 2) 556: Capítulo 556 – Solo quiero abrazarte (Parte 2) Editor: Nyoi-Bo Studio —¡Mierda!
¿¡Qué clase de pregunta es esa!?
¿Parezco una de esas mujeres superficiales a las que solo les gustan los hombres por su apariencia?
—gritó Su Xiaomo.
He Jiayu rio, lo que la hizo sentir culpable.
—Bueno, bueno.
¡Admito que soy exactamente así!
Indudablemente no me habrías gustado si no tuvieras esta apariencia, ¡pero ese es mi punto!
¡Eres tan lindo!
Aunque me entere de cosas malas sobre ti, como que te metes los dedos a la nariz o que no tiras la cadena después de hacer del dos…
¡Prometo que no te miraré de menos!
—dijo con una expresión animada, lo que lo hizo comenzar a sudar frío en secreto.
Bueno…
Su Xiaomo de seguro tiene algunos gustos explícitos…
—Cielos —ella pensó que sus palabras no lo habían convencido, así que le dio una palmadita en el hombro, como un viejo amigo—, aunque no me creas, ¡al menos ten un poco de fe en tu cara!
—Está bien —el tono de él se volvió pensativo—.
Te lo diré…
todo.
– La infancia de He Jiayu se podía resumir con una palabra: tragedia.
La ludopatía de su padre lo agobió con deudas, lo que eventualmente lo llevó a su muerte.
Luego su madre lo llevó a deambular de una ciudad a otra y pasaron por muchas dificultades.
Tuvieron que recorrer la mitad del país y vivir de forma anónima.
Cuando huyeron a Ciudad Yu, por fin lograron liberarse de sus acreedores.
Él no podía costear la tarifa de estudiante transitorio en la escuela, por lo que sus profesores y compañeros lo insultaron y se burlaron.
Regresó a casa con los ojos rojos del llanto.
Cuando Madre He le preguntó lo que pasó, se rehusó a contárselo tercamente.
Esa noche, Madre He despertó, vio que He Jiayu no estaba y sintió un susto de muerte.
Corrió afuera para buscarlo de inmediato.
No tuvo que ir muy lejos para encontrarlo.
Estaba hurgando en los basureros del área residencial en la que vivían.
A su lado había una bolsa de plástico llena de botellas de refrescos coloridas.
Escondida en las sombras, Madre He se tapó la boca mientras le caían lágrimas por la cara.
No le dijo lo que había visto.
Hasta lo ayudó a vender las botellas vacías el día siguiente y le dio algunos billetes de cien yuanes a cambio.
En ese entonces, He Jiayu no tenía idea de lo que esa cantidad de dinero significaba y pensó que se había ganado la tarifa de la escuela con su propio trabajo duro.
Regresó a la escuela felizmente.
Cuando era un poco mayor, Madre He le daba dinero para gastos, diciendo que lo había ganado trabajando en dos lugares.
Él nunca lo pensó dos veces.
Él hacía trabajos de medio tiempo en su tiempo libre para quitarle un poco de peso de los hombros.
No fue hasta que estaba cubriendo el turno de un compañero, cargando productos para un bar, que vio a su madre…
Bajo las intermitentes luces coloridas, su madre llevaba maquillaje pesado y se frotaba contra un hombre grasiento y corpulento…
Luego ese hombre metió un fajo de billetes de cien yuanes en su sostén…
He Jiayu respiró profundo, luciendo muy racional.
Luego tomó una botella calmadamente, se les acercó y, con toda tranquilidad, destrozó la botella en la cabeza del hombre…
Todos en el bar gritaron.
Su madre lo vio, se congeló y comenzó a llorar.
Él nunca imaginó que alguien podía derramar tantas lágrimas.
Luego la sacó del bar a rastras con una cara indolente…
No preguntó nada.
No preguntó cómo se había ganado la vida su madre todos estos años o si se había ganado su colegiatura de la misma forma que esa noche…
No preguntó nada, pero sus manos no dejaban de temblar cuando regresó a su habitación…
—¡He Jiayu!
¿Por qué sigues aquí?
¡Corre!
—la chica mayor que vivía al lado entró corriendo a su habitación y su voz lo trajo de regreso a la realidad.
Lo sacó a través de un rincón de la reja y subieron a una bicicleta eléctrica.
Luego He Jiayu escuchó un barullo de voces atrás de ellos.
—¡Ese es el niño que le abrió la cabeza al jefe!
¡Atrápenlo!
—gritó alguien.
Su vecina palideció.
Luego escuchó la voz indiferente de él.
—Bájame.
Déjame morir.
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