La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Quiero el divorcio
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2: Capítulo 2: Quiero el divorcio 2: Capítulo 2: Quiero el divorcio Ella
—¿Por qué no has contestado al teléfono?
—pregunto.
Quizá sea el estrés lo que ha llevado a mi cuerpo a este punto, o quizá me siento incómoda, pero sea lo que sea, le aparto la mano de un tirón.
Quizá sea por el frío de la comisaría o algo así, pero me duele mucho la cabeza.
—¿Qué?
—pregunta con arrogancia.
Intento hablar, pero tengo la garganta áspera y seca.
—Te he llamado varias veces.
Frunce sus delgadas cejas, mirándome, y ladea la cabeza.
—No sabía que me habías llamado, Ella.
Y, de todos modos, no tengo que darte explicaciones —espeta él.
Me cuesta hablar, incapaz de quitarme de la cabeza las palabras que me había escupido por teléfono mientras estaba en el hospital: «Deberías avergonzarte.
Eres una adulta.
Compórtate como tal».
Reprimo un pequeño gemido ante el frío contacto de su palma, intentando no apoyarme en ella.
A pesar de todo, aunque George me engañó con Charlotte, incluso después de tres años de abandono, sigo queriéndolo.
Es estúpido.
Es un poco patético lo desesperada que estoy, pero quiero que me quiera como yo lo quiero a él, que vea algo entre nosotros además de un matrimonio que trata como una carga.
Estos momentos son dulces y tortuosos, y me hacen creer que sus momentos con Charlotte fueron solo un error, que podemos volver a ser felices y estar enamorados.
Sin embargo, esos momentos nunca duran.
Cojo el móvil y marco su número de memoria.
No necesito buscarlo.
Su móvil empieza a sonar a su lado, pero no aparece ningún nombre ni contacto.
Mi número aparece como si yo fuera una desconocida para mi marido.
Agarra el móvil y se queda mirándolo, y algo me dice que no puede mentir sobre lo que sea que es esto.
—Alguien debe de haber borrado mis contactos.
—Vale, George —suspiro, cuelgo y dejo el móvil a un lado.
A pesar de que la cabeza me da vueltas por el insoportable dolor que no consigo quitarme, me levanto de la cama.
Ahora siento un dolor mayor que el de mi cráneo palpitante.
Sus mentiras me rompen el corazón.
Me tambaleo hacia el ventanal, deseando nada más que perderme en las luces de la ciudad.
—Ella —se mofa, aflojándose la corbata—.
Eres mi esposa.
Si hubiera sabido que estabas enfadada conmigo, te habría contactado de inmediato, sin dudarlo.
Habríamos lidiado con esto enseguida.
Me quedo sin palabras, dolida por su tono, que parece a la vez una acusación y una reivindicación.
No puedo evitarlo.
Suelto una ligera risita.
Su actitud superficial me rompe el corazón de nuevo, ya que es evidente que no capta lo que estoy insinuando.
Este obstáculo en nuestro matrimonio empezó hace muchos años.
¿Es aquí donde nos damos cuenta de que estamos en un punto muerto?
¿Donde ya nunca podremos estar de acuerdo?
Se me corta la respiración mientras intento no llorar por su fría indiferencia, aunque a George no le importa, pues se limita a suspirar y a cruzar la habitación de vuelta a la puerta.
Tres años de amor y devoción, y para él no significan nada.
Para George, yo nunca sería Charlotte.
Y ni de coña quiero ser Charlotte, a quien le importa un bledo lo desgraciada que me hace, e incluso se enorgullece de ello.
Y, sin embargo, a pesar de todo, sigo queriendo a George.
Sigo queriendo que él me quiera a mí.
Deseo tan desesperadamente que este matrimonio funcione, que lo nuestro funcione, que me quedo y aguanto, pero esto es lo que consigo por aguantar.
De alguna manera, entre llantos, consigo quedarme dormida.
Por la mañana, el dolor de cabeza ha mejorado notablemente, pero yo me siento mucho peor.
***
Gimo al levantarme, me dirijo a la cocina y reprimo un bostezo.
Cojo cereales de la despensa, demasiado cansada e irritada para preparar cualquier otra cosa.
La desagradable conversación de anoche dejó el ambiente tenso.
Tras terminar de comer, George sube al piso de arriba.
Oigo el sonido del agua del baño; debe de estar duchándose.
Su móvil está sobre la mesa.
Veo que entra un mensaje.
Charlotte Deluca.
Charlotte parece dulcemente feliz en la foto, de pie junto a una playa.
¿Acaso comparten a menudo momentos de sus vidas como este?
Intento dolorosamente ignorar la existencia de esa mujer, pero la realidad sigue recordándome que no puedo engañarme a mí misma.
Antes de que pueda comprender lo que decía en su mensaje, mi marido se acerca a mí y me arrebata el móvil de la vista.
No hay rastro de vergüenza en sus mejillas ni en ninguna parte de él.
Se limita a enderezarse la chaqueta del traje.
Su confianza en el mundo financiero siempre ha sido su punto fuerte.
Sí, yo era una cirujana de renombre antes de que nos casáramos.
Había pasado años formándome y pagándome los estudios para hacer algo que siempre creí que era bueno para el mundo.
Y, en cambio, estoy en la cocina de este hombre, después de haber pasado tres años como su ama de casa a tiempo completo.
Es hora de que renuncie a George, de que deje atrás este amor y este matrimonio unilaterales, antes de que sacrifique de verdad todo por alguien que quiere a otra persona y no puede devolverme ni una pizca del afecto o la devoción que le he dado.
Antes de que pueda acobardarme o convencerme de lo contrario, me siento a la mesa del comedor, con la mirada fija en los papeles que he impreso.
Así es como me encuentra George antes de irse a trabajar, mirando fijamente la mesa a primera hora de la mañana.
—¿Qué es eso?
Respiro hondo antes de deslizar los papeles hacia él para que los vea.
Ha llegado el momento.
—Son los papeles del divorcio.
—¿Perdona?
—pregunta con incredulidad, cogiendo los papeles y echándoles un vistazo antes de negar con la cabeza—.
Ella, entiendo que anoche fue duro para ti, pero esto es ridículo.
Ah.
Sigue pensando que intento causar problemas.
—Lo digo en serio —digo, intentando mantener un tono de voz firme en lugar de volver a llorar.
Esto no es un intento de llamar la atención, ni puedo dejar que me convenza de que deje el asunto—.
Quiero el divorcio.
Es… es obvio que llevas tiempo siendo infeliz en este matrimonio y yo… yo he intentado que funcionara, he aguantado… a Charlotte y yo… se acabó, George.
Se acabó.
Voy a divorciarme de ti.
—Quieres el divorcio.
Tú —dijo George, poco convencido—.
Pues eso no va a pasar.
—Sí que va a pasar —digo, enfrentándome a él por primera vez.
Me sorprendo incluso a mí misma—.
Tú y yo sabemos que hay mucho más ahí fuera esperándote.
—Exhalo por la nariz.
—Entonces, ¿por qué montas este berrinche?
¿Por qué eres tan irracional?
—¿Quieres saber qué es irracional?
¿Por qué no quieres tener un hijo conmigo?
¿Eh?
—Las palabras se me escapan antes de darme cuenta de que las he dicho.
Nunca quise tener esta conversación de esta manera.
Siempre quise que fuera una conversación tranquila, algo de lo que ambos habláramos.
—¿Un hijo?
—jadea George, abriendo los brazos—.
¿DE VERDAD quieres preocuparte por la presión de nuestros padres para que tengamos herederos?
¿O qué me dices de perder tu posición por tener un hijo?
—¿No quieres un hijo?
¿O no quieres un hijo… conmigo?
Ahora es el turno de George de sonreír con desdén.
—¿Acaso importa?
Como una flecha en el pecho, retrocedo ante sus palabras.
Me siento vulnerable, pero más fuerte de lo que nunca he intentado ser.
—Entonces supongo que es hora de poner fin a este matrimonio —declaro con calma.
—Porque he estado ocupado y por Charlotte.
¿Por eso quieres el divorcio?
Ella, para ya… Es obvio que no estás pensando con claridad.
Vuelve a la cama.
—Lo digo en serio.
Quiero el divorcio.
Arroja los papeles sobre la mesa antes de dirigirse a la puerta, se calza los zapatos y coge las llaves.
—Bien.
Si estás tan desesperada, pues bien.
Hablaremos de esto más tarde.
Ahora tengo que trabajar.
—Pero ¿y qué pasa con…?
—Habla con la señorita Cates.
Mi secretaria se pondrá en contacto contigo.
Y eso es todo.
Sale de la casa sin siquiera una segunda mirada.
Ni siquiera quiere discutir conmigo, lo que me hace sentir aún más inútil.
Necesito ayuda en ese aspecto.
Después de unos quince minutos, por fin consigo localizar a la madre de George, Barbara.
—Ella, ¿cómo estás esta mañana?
—dice Barbara por el teléfono como si ya estuviera aburrida de nuestra conversación.
Quiero hablar con ella más que con nadie, con la esperanza de que sepa cómo ayudarme.
—Barbara, no me va bien, la verdad.
Siento que George está muy distante.
—Ella —empieza—.
Sois un equipo.
Debes entender que mi hijo nunca te descuidaría.
Él sabe lo que le conviene.
Excepto que eso no es verdad y no lo ha sido en mucho tiempo.
A George le importo tanto como la corbata que se va a poner ese día.
A veces pienso que no soy más que su esposa sobre el papel, pero en ningún otro sitio.
—Seguro que has visto ese circo mediático con Charlotte.
Ha estado constantemente a su lado, y a mí no me ha dirigido ni una palabra amable.
Esto la hace dudar, pero parece recuperarse.
—Debe de ser un malentendido.
Estoy segura de que, si lo hablas con él, verás que te quiere.
Persuadida por las palabras de la madre de George, decido buscarlo de nuevo de todos modos.
Llego al vestíbulo de su edificio de oficinas, pero la secretaria me detiene.
—¿Tiene una cita?
—No, pero tengo una necesidad urgente de ver a George.
—¿Quién es usted?
—pregunta la secretaria con desdén.
—Soy la esposa de George —respondo.
La secretaria me mira la ropa y está claro que no me cree: —¿Usted debe de ser una de las criadas de la casa de George, verdad?
Como lleva mucho tiempo al lado de George, sabe que a él no le importa mucho su esposa y, además, George nunca me ha presentado en público.
—¡Necesita una cita para ver al presidente.
Por favor, váyase ya!
—Su tono es agresivo.
No me molesto en explicar nada; es demasiado triste ser la esposa y, sin embargo, que me traten como a una sirvienta y me echen de la empresa de mi propio marido.
Sin más opciones, tengo que vender mi anillo para poder pagar a un abogado de divorcios.
Este anillo es el único símbolo del amor que George y yo compartimos.
Tras salir de la joyería, bajo la cabeza y veo mi reflejo en el cristal… Levanto suavemente la mano.
El esbelto dedo anular está desnudo, desprovisto de su diamante de boda.
Siento como si algo en mi matrimonio con George también se hubiera perdido.
Mientras me doy la vuelta lentamente, empieza a llover.
Camino sola por la calle, y cada paso resuena con mi soledad y melancolía.
Tras unos pocos pasos, llega un mensaje a mi móvil que me hace detenerme en seco.
Charlotte me ha enviado una foto.
Y no una foto cualquiera.
Una prueba de embarazo positiva.
Solía pensar que cuando la gente decía que se le rompía el corazón era solo una exageración melodramática.
Pero en este momento, al sentirlo de verdad en carne propia, comprendo que el dolor realmente atraviesa el corazón, haciendo que sea difícil incluso respirar hondo.
Me duele al inspirar y me sigue doliendo al espirar.
Así que contengo la respiración, intentando convencerme de que estoy bien.
Pero entonces, ¿por qué siguen cayendo las lágrimas?
Es hora de acabar con todo.
Se acabó el autoengaño.
George no me quiere en absoluto.
Nunca me he sentido tan despierta como en este momento.
Después de un largo paseo de vuelta a casa, llego por fin al vestíbulo del apartamento.
Cojo los papeles del divorcio de la mesa.
No es así en absoluto como quería o esperaba que fuera, pero no sé por qué esperaba algo diferente.
Aun así, cojo un bolígrafo y acerco los papeles hacia mí.
Por un momento, me tiembla la mano antes de cerrar los ojos y obligarme a firmar y… ya está.
Un poco fuera de la línea, pero firmado.
He firmado.
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