La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 32
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32: Capítulo 32: ¿Se te puede comprar con efectivo o tarjeta?
32: Capítulo 32: ¿Se te puede comprar con efectivo o tarjeta?
Ella
—Ten.
Miro fijamente lo que George intenta darme y, por un momento, no estoy muy segura de lo que veo hasta que caigo en la cuenta.
Es una tarjeta de crédito.
No, una tarjeta bancaria.
—La he cargado con un límite mensual de dos millones.
Aunque si necesitas más, solo tienes que llamar a la señorita Cates y ella te la recargará —dice con toda naturalidad, como si esto no fuera un completo insulto para mí.
Después de tres años, me da una tarjeta bancaria.
Cuando estábamos casados, ni siquiera tenía una.
De la compra se encargaban las criadas.
Puede que yo hiciera las tareas y cocinara, pero bastaba con pedirles que compraran algo y lo hacían.
Si necesitaba ropa o hacer compras personales para mí, tenía que pedirle dinero y, aunque George me lo daba, siempre tenía algo que decir, lo que convertía el momento de pedírselo en algo incómodo.
Llegó al punto de que la mayoría de la ropa que tenía era regalada porque era «adecuada» para su esposa y no era realmente mi estilo.
Así que, a pesar de estar casada con un hombre extremadamente rico, yo era su esposa pobre con apenas unos dólares a mi nombre, lo que solo les daba a Jessica y a Charlotte más munición en mi contra.
Era vergonzoso estar casada y, sin embargo, que te consideraran tan poca cosa que apenas podías permitirte salir a tomarte un café porque no TENÍAS una tarjeta de crédito para pagarlo, y mucho menos dinero en efectivo.
Años atrás, habría tomado esto como una señal de confianza o cariño, pero llegaba tres años demasiado tarde, cuando habría significado algo más que un desprecio flagrante por TODO lo que pasé mientras estuve casada con él.
Y él sigue sin ser consciente de ello, ni siquiera lo reconoce, que es probablemente lo que más me quema de todo esto.
George cree que esto es disculparse, que un pequeño gesto como este hará que vuelva con él o se ganará mi perdón, cuando esto es menos de lo mínimo indispensable.
No necesito esto y ya no dependo de él para nada, y no quiero volver a hacerlo nunca jamás.
—No la quiero.
George, ¿acaso entiendes por qué me divorcié de ti o sigues pensando que hago esto por llamar la atención o por dinero?
—pregunto con amargura y cansancio.
—No irás a decir que es por «sentimientos» de ninguna de las partes.
No olvides por qué nos casamos en primer lugar —se burla, todavía con la tarjeta en la mano—.
No intentes forzar algo que no va a suceder.
—¿Qué?
¿Un matrimonio feliz?
¿Un matrimonio decente?
¡Eso no fue culpa mía, yo lo intenté!
Tú eras el que siempre forzaba la situación por tu bien, por el de Jessica, por el de Charlotte.
—No menciones a Charlotte.
—¿Por qué no?
Es tuya, ¿no?
Estabas feliz con ella mientras tu querida esposa esperaba en casa, preguntándose cuándo su marido le prestaría atención.
¡Todo ese tiempo que sacabas a Charlotte a citas y la colmabas de regalos, mientras yo, tu ESPOSA, ni siquiera tuve una tarjeta de crédito tuya hasta DESPUÉS de nuestro divorcio!
—estallo.
—Nunca pediste una…
—¡¿Pero tú te oyes?!
¿Se supone que tengo que pedirle a mi marido su tiempo?
¿Su esfuerzo?
¿Su atención…, joder, su amor?
No… Lo hice, y mira a dónde me llevó.
Te quería…, de verdad que sí, pero aunque no te hubieras casado conmigo, habría estado bien.
Le devuelvo la tarjeta de un empujón, fulminándolo con la mirada.
—No la necesito… No te necesito a ti.
—Ella…
—Estamos divorciados, George.
Ya no soy una Wickham y fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.
No sé por qué estás aquí cuando tienes a Charlotte, pero no necesito una compensación ni lo que sea que es esto.
—No voy a casarme con Charlotte —gruñe él.
—Pues a mí me engañaste.
Y engañaste a todo el mundo cuando parecía que ella era lo único que te importaba mientras estábamos casados.
Este divorcio fue una liberación para ambos; por fin siento que me he quitado un peso de encima.
Paso rápidamente a su lado sin mirar atrás, y George no vuelve a agarrarme.
—Deberías estar contento.
Después de todo, como dijiste, no te casaste conmigo por «sentimientos».
Bueno, ahora sí puede serlo.
Disfruta de tu futuro con Charlotte, pero a mí déjame fuera.
Sigue lloviendo cuando vuelvo a las calles principales y estoy empapada.
Me arde el cuello donde me mordió George y estoy cansada.
Sabes, después de un divorcio, lo normal es que no tengas que volver a ver a tu ex, que puedas pasar página, buscar pastos más verdes, cosas mejores y todo eso.
Estoy mejor, estoy mucho mejor que cuando estaba casada con él y sentía que el mundo y algo más estaban en mi contra.
Ahora tengo un trabajo que me llena, dinero para gastar, una familia que me quiere y buenos amigos.
Así que, ¿por qué seguía intentando volver a mi vida, pisoteándolo todo y sacándome de quicio?
Sinceramente, no creo que ni siquiera George sepa lo que siente o quiere ahora, ni de mí, ni de Charlotte, ni de nadie.
Sin embargo, no voy a permitir que vuelva a mi vida solo porque le resulte conveniente.
Merezco algo mejor que eso, y aunque duela, aunque todavía sienta por él cosas que no debería, no voy a volver arrastrándome como si una disculpa —o el dinero— pudiera hacerme volver.
—¡Mierda!
¡¿Ella?!
—dice una voz ahogada, y me giro para ver a Rachel prácticamente lanzándose contra el cristal de una cafetería por la que estoy pasando.
Cinco minutos después, estoy sentada frente a mi mejor amiga, con su abrigo seco puesto y sosteniendo una taza de café humeante que está haciendo un buen trabajo para entrar en calor.
—Bueno, ahora que no vas a sufrir una hipotermia, ¿qué te ha pasado?
—pregunta Rachel preocupada, removiendo su café con leche a medio tomar para tener las manos ocupadas.
—Me encontré con George.
Por alguna razón, pensó que un callejón sería un buen lugar para conversar —suspiro, negando con la cabeza.
—¡¿Erais vosotros?!
—¿Qué?
—Lo siento, es que Julianne, que trabaja aquí, estaba contando que acababa de sacar la basura y había oído una tremenda discusión de pareja como a tres calles de distancia.
Tía… pensó en llamar a la policía.
No puedo creer que fuerais tú y George.
—Con todo lo que su familia me está haciendo DESPUÉS de nuestro divorcio, a estas alturas ya no me sorprende —gimo, con las orejas ardiendo de vergüenza.
Primero, la abuela Anna casi se muere de un infarto y la opero; Jessica monta una escena en un club; Barbara guarda silencio sobre su ludopatía y deja que su hija casi me agreda el día de mi cumpleaños, en mi fiesta, delante de mi PADRE; y luego George… Dios, su lista es todavía más larga.
—¿Y qué demonios quería?
—Intentó darme una tarjeta de crédito.
—¿Perdona?
Espera… ¡ESPERA!
¿Me estás diciendo que ese cabrón nunca te había dado una?
—sisea.
—No teníamos cuenta conjunta; estaba a su nombre, igual que la casa.
Puede que yo llevara algo de la contabilidad para pagar al personal, pero eso era todo.
Tenía que pedirle dinero y ya SABES cómo se pone Jessica cuando cojo cualquier cosa que debería pertenecer a los Wickham, incluso cuando era su esposa.
—¡Eso es una gilipollez!
Dios, Ella… ¿qué coño intenta?
—A estas alturas, la verdad es que no lo sé… No creo que ni George lo sepa.
—Pues tiene que dejarse de gilipolleces.
Ya te ha hecho pasar por bastante.
Tiene a esa zorra de Charlotte, que te deje en paz de una puta vez —insiste Rachel.
—Espero que esta vez pille la indirecta.
—Lo dudo, pero tengo otras cosas en las que pensar además de George.
—Lo dudo —resopla Rachel, y me echo a reír.
Parece que estamos en la misma sintonía.
—Basta de él, hablemos de otra cosa —sugiero—.
La reestructuración del hospital va bien por ahora.
—Qué bien.
Hemos conseguido asentar al nuevo personal de Urgencias, pero nosotros éramos los que teníamos menos cambios.
—Sí, las cosas están un poco más estables ahora, pero tengo que quitar de en medio a otra persona y por fin he encontrado a la persona perfecta para el trabajo.
—Uh, ¿a quién le toca el hachazo esta vez?
—Al Subdirector.
—¿Estamos pensando en el mismo subdirector?
—Si es el que ayuda a gestionar las relaciones públicas del hospital y se ocupa de la mayoría de las quejas de los pacientes, entonces sí.
—Uf.
Y tanto que uf.
Deberían haberlo echado hace siglos, la verdad, pero con la reestructuración del personal tuve que elegir a quiénes podíamos perder de inmediato y de qué personas tendría que ocuparme más adelante.
No ayuda que, sin querer, esto les haya dado tiempo a ocultar sus fechorías, pero no voy a dejar que se salgan con la suya creando un desastre en MI hospital.
—¿Cómo vas a pillarlo?
He oído rumores sobre él, pero no me había dado cuenta de que fuera tan rastrero.
—El director general ya lo estaba investigando, pero necesitaré alguna prueba más antes de poder llevar esto a la junta directiva y que hagan algo más que un traslado o un simple tirón de orejas.
—Caray, no hay descanso ni para los buenos NI para los malos.
—Bueno, sabía que aceptar este puesto no iba a ser fácil —sonrío con desgana—.
Ya tengo un informante trabajando para pillarlo.
Están organizando unos sobornos; en cuanto se entere, no dejará pasar la oportunidad de llevarse él mismo una parte, y entonces lo pillaremos.
—Me alegro, pero en serio, deberías tomarte un descanso.
Se está haciendo tarde.
¿Qué tal una fiesta de pijamas, por los viejos tiempos?
Aunque esta vez puedes dormir de verdad, ¿eh?
—dice Rachel en tono de broma.
—¿No estás ocupada?
—Qué va, siempre tendré tiempo para ti, Ella.
—Gracias, Rach.
—Trago el nudo que tengo en la garganta y siento que se me humedecen los ojos.
De verdad que no sé qué haría sin Rachel.
Estuvo a mi lado durante todo: la universidad, la facultad de medicina, mi matrimonio de mierda, e incluso ahora, que estoy ahogada en trabajo, hasta arriba de cafeína y lidiando con un exmarido.
—Una fiesta de pijamas suena genial.
Le pediré al personal que haga palomitas y podemos montar una noche de cine.
—Ja, ja, suena genial.
Venga, vamos.
Te llevo a casa para que puedas quitarte esa ropa mojada de una vez.
Te juro que como George te haya puesto enferma, le voy a patear el culo.
Me quedo dormida a mitad de la película encima de Rachel, pero es el mejor sueño que he tenido en mucho tiempo, y nos quedamos las dos roque en el sofá mientras una comedia romántica de tercera categoría suena de fondo.
Las cosas aún no son perfectas; todavía pasan tantas cosas que a veces siento que no puedo ni respirar…, pero está bien.
La vida es buena, mejor de lo que ha sido en años, y no voy a renunciar a ella por nada del mundo.
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