La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 60
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60: Capítulo 60: Mente, Cuerpo y Asuntos del Corazón 60: Capítulo 60: Mente, Cuerpo y Asuntos del Corazón Ella
Todos mis nervios y sinapsis están haciendo cortocircuito.
No es que George esté siendo amable conmigo, pero es más que eso.
Dilatarme con solo dos dedos no ha sido preparación suficiente y que se fuerce a entrar hasta que sus caderas queden presionadas al ras de mis muslos tampoco ayuda.
Mi mayor problema no es solo el dolor o el torbellino tóxico de sentimientos, ni el revoloteo y la contracción de mis paredes ante la incomodidad.
No, el problema es que, incluso con el dolor, aunque no estaba lo suficientemente dilatada para su tamaño, me resulta familiar.
La última vez que tuve sexo fue…
Dios, cuando aún estábamos casados y meses antes de que tramitara el divorcio.
Desde entonces, ni siquiera me he tocado.
Mi tiempo lo ha consumido el trabajo, el reconectar con mi familia y heredar de mi padre el puesto de cabeza de familia.
He anhelado un contacto como este, he deseado algo ardiente y apasionado.
No deseo nada más que odiar esto, pero la maldita sensación de consuelo prevalece, y también el placer, a medida que el ardor de la dilatación se convierte en un dolor exquisito.
—Eso HA DOLIDO —digo entre dientes en lugar de pronunciar las palabras que él quiere oír.
Aunque no sintiera NINGÚN dolor, este momento no sería agradable ni del todo placentero.
Me tiene el corazón en un puño y lo estruja al mismo tiempo.
George ni siquiera escucha, solo echa las caderas hacia atrás y vuelve a embestir, penetrándome con rudeza.
Una mano me sujeta el tobillo y la otra me aplasta el pecho para seguir manoseándome los senos.
Sé que después de esto tendré moratones.
Podrían haber sido minutos, podrían haber sido horas; durante un rato, todo se vuelve borroso.
Las embestidas largas y suaves se sienten bien, se desliza con facilidad a medida que me humedezco más, y la tensión se acumula en mi interior mientras el placer va en aumento.
—Me duele —miento con un gemido, deseando que de verdad fuera por el dolor.
George simplemente se inclina y me da un beso en la sien.
Tierno y dulce, prolongado y como si se disculpara.
Antes del divorcio era todo lo que quería; ahora siento que me voy a volver loca.
No me creo nada de lo que hace o dice.
¿Cómo podría, después de todo?
Parece un truco, como si intentara recuperarme solo para salirse con la suya antes de volver a hacerme a un lado.
Él dice que es por amor, pero yo siento que es más bien posesión.
Siento que se marchará en cuanto consiga lo que quiere.
¿Cuánto peor sería si así fuera?
¿Si cayera en sus mentiras y aprovechara la oportunidad para humillarme aún más de lo que ya lo ha hecho?
No, no puede enterarse de que todavía me atrae; me destruiría en todos los sentidos.
No sobreviviría a pasar por todo eso otra vez.
Estoy enfadada, no triste, pero fingir que lloro podría ser mi única salida.
Lloro con más fuerza ante los intentos de George por consolarme, mis sollozos se hacen más sonoros y eso es lo que le hace retroceder y mirarme con preocupación.
Me suelta la pierna, deja de inmovilizarme, y yo aprovecho la oportunidad.
George se queda sin aliento cuando le clavo la rodilla en las costillas, empujándolo de vuelta a su asiento.
Me lanzo a por el pestillo de la puerta y, literalmente, me caigo del asiento y salgo del coche para aterrizar en el duro asfalto.
—¡Ella!
No miro hacia atrás.
Cojo el bolso del suelo del coche, me aprieto el vestido contra el pecho, me subo las bragas como puedo y echo a correr.
Huyo de todo: de George, y rezo para que esta vez se mantenga alejado.
Para que por fin me deje en paz.
Pero, en el fondo de mi corazón, sé que no lo hará.
***
Han pasado tres semanas desde el incidente con George.
Aún no estoy segura de cómo llegué a casa.
Hubo una llamada, quizá un taxi, pero recuerdo haberme desplomado contra un árbol después de correr quién sabe cuánto tiempo.
Tenía los pies ensangrentados por los tacones, estaba completamente descompuesta…
y me vine abajo.
Después de eso, todo fue un borrón.
De alguna manera, conseguí llegar a casa y me pasé el fin de semana en la cama.
Por suerte, George no llama, pero Elías sí.
Está preocupado, me llama para ver cómo estoy, pero no soy capaz de contestarle.
No quiero hablar de lo que pasó.
No quiero que nadie lo sepa.
Me siento avergonzada.
Siento asco de mí misma, de mi débil corazón y de las traicioneras reacciones de mi cuerpo.
Así que intento volver a mi rutina.
Trabajo.
Voy al hospital a hacer mis turnos, pido suministros, reviso expedientes y aprendo a gestionar el patrimonio y los negocios de Reina.
Centrarme en los negocios ayuda.
Me mantiene fuera de casa, evita que me lamente, atrapada en un bucle de pensamientos sobre lo que ocurrió.
Ayuda a mantenerme ocupada y a concentrarme en construir mi nueva vida.
Poco a poco, voy mejorando.
Ayuda que George mantenga las distancias.
Quiero creer que ha aprendido la lección, pero en el fondo, sé de sobra que no debo confiar en él.
Por ahora, me centro en organizar la fiesta de fin de año.
La gala de la señora Elizabeth, la sociedad y los negocios con la familia de Elías han hecho que este año sea bueno para todos.
Es algo que celebrar y las expectativas son altas.
No puedo permitirme rendirme.
No voy a dejar que George me controle nunca más.
Para liberarme de él, tengo que seguir adelante.
Suena el teléfono.
Sentada en mi despacho del hospital, revisando historiales y firmando autorizaciones para cirugías, veo que llama la señora Elizabeth.
Su gala —a pesar del desastre de aquella noche— nos ha permitido reconectar y estrechar lazos.
Parece empeñada en emparejarme con Elías, aunque después de lo que pasó con George, me echa para atrás la idea de tener algo serio con nadie.
—¿Hola?
—Ella, querida, ¿cómo has estado?
—pregunta.
—Muy ocupada.
Hay mucho que hacer en el hospital y, con la fiesta de fin de año que estoy organizando, no doy abasto.
—¡Vaya, ninguna de las dos hemos tenido tiempo desde la gala!
No hablamos ni de lejos lo suficiente.
—Ya encontraremos el momento, señora Elizabeth, pero me temo que hoy no podrá ser.
—¡Ja, ja!
Supongo que tienes razón.
En fin, ¿cómo van las cosas con Elías?
Te fuiste de la gala muy deprisa esa noche.
Había mucha gente que quería hablar contigo, pero no te interesaban ni el dinero ni la posición.
¿Tenías otra cosa en mente?
Su pulla me deja helada, muerta de vergüenza.
Está insinuando que pasé la noche con Elías, pero sí que pasó algo…
solo que no con él.
La idea de que lo sepa hace que quiera que me trague la tierra.
—Sí, bueno…
Oh, vaya, me acaban de traer más historiales —miento—.
La llamo luego, señora Elizabeth.
Quedemos para tomar un café o un té…
y echamos el día.
—¡Estupendo!
Espero tu llamada, Ella.
Que tengas un buen día.
Suspiro de alivio cuando termina la llamada.
Apoyo los brazos en el escritorio y hundo la cara en ellos.
Incluso después de todas estas semanas, sigo hecha un desastre.
—¿Mal momento?
—pregunta una voz, y levanto la cabeza para ver a Elías en la puerta.
Ni siquiera la oí abrirse.
—No, en absoluto.
Pasa —digo, mientras ordeno a toda prisa un par de cosas sobre el escritorio.
—Te he traído los historiales de unos pacientes que van a ingresar en cuidados de larga estancia, pero puedo volver más tarde.
—No…
no, no te preocupes, Elías.
Solo estoy cansada.
Por favor, pasa, me vendría bien un poco de compañía…, si tienes tiempo.
—Para ti, siempre.
Sus palabras me producen una dulce congoja en el corazón.
Elías es siempre tan amable.
Nuestro beso en el jardín nos dejó a ambos con ganas de más.
Incluso cuando lo mantuve un poco a distancia después de lo que ocurrió con George aquella noche, siguió siendo muy amable y paciente conmigo, sin presionarme nunca para que hablara.
Al contrario, buscaba mi compañía, pero nunca la exigía.
Aquella vez, en el jardín, me dijo que no me avergonzara de mis deseos, y no lo hacía.
Al menos, no de los que sentía por él.
Con Elías es muy diferente; diferente para bien.
Cuando estaba con George, solía reprimir mis propias necesidades para intentar satisfacer las suyas.
Mi relación con George estuvo muy desequilibrada desde el principio, pero yo estaba ciega, era joven y estaba llena de esperanza.
Todo fue muy rápido y nunca nos paramos a pensar en lo que significaba para nosotros estar juntos.
Con Elías, en cambio, parecía saber exactamente lo que yo necesitaba, ya fuera tiempo, paciencia o simplemente una presencia tranquilizadora cerca.
Me hizo mirarme a mí misma, aceptar las cosas que había hecho y ser mejor por ello, a pesar de ello.
Todavía me da miedo abrir mi corazón, me da miedo estar con otra persona, pero con Elías…
con Elías empiezo a poder imaginar un futuro a su lado.
Y por mucho miedo que tenga, también me siento eufórica y emocionada por lo que el futuro pueda depararnos.
—¿Crees que tendré tiempo de invitarte a cenar esta noche?
—pregunta, apoyándose en mi escritorio.
Suelto una risita, con la mirada enternecida.
Antes de que pueda responder, nuestros buscas se disparan.
—Me parece que tendremos que dejar la cena para mañana.
—De acuerdo, ¿te va bien a las ocho?
—pregunta mientras nos dirigimos a toda prisa a la planta donde nos necesitan.
—Mejor a las nueve.
—Nos vemos entonces, Ella.
Nunca hay un día aburrido o tranquilo en el hospital, lo que es una verdadera lástima.
Hay que hacer pruebas, ver pacientes, organizar los medicamentos y programar cirugías.
Por la mañana, se llevan las comidas a los pacientes junto con la dosis matutina.
La gente empieza a llegar con una lesión u otra, o con un problema que puede ser de baja prioridad o un código que requiere que todo el personal esté disponible.
Mi hora del almuerzo llega con una hora de retraso, y seguimos ocupados con gente que viene a reuniones, consultas e incluso una urgencia por un accidente de coche.
Decido almorzar en mi despacho para adelantar trabajo mientras como, en lugar de unirme a mis compañeros.
Tendré que encontrar pronto otro médico jefe para gestionar el volumen de trabajo.
Con un departamento de cirugía tan grande, necesitaremos no solo la experiencia, sino también la capacidad de delegar, porque estoy desbordada de trabajo.
De repente, se oyen gritos de sorpresa a mi espalda.
Me giro en redondo, con los ojos como platos, justo a tiempo para ver a alguien abalanzarse sobre mí con un cuchillo que reluce en su mano.
Y entonces alguien grita.
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