La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 69
- Inicio
- La Heredera Multimillonaria Divorciada
- Capítulo 69 - 69 CAPÍTULO 69 El odio es más fácil que el amor
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
69: CAPÍTULO 69: El odio es más fácil que el amor 69: CAPÍTULO 69: El odio es más fácil que el amor Charlotte
Estoy rodeada de mis mejores amigas, pero no están contentas.
El efecto de las copas que se tomaron parece haberse disipado por completo.
Sus miradas se desvían de una a otra para luego volver a mí.
El murmullo empieza bajo, casi al unísono, un rumor de indignación.
—¿Quién demonios es esa zorra?
—espeta Sarah la primera, con la voz cargada de veneno.
Tiene los brazos cruzados y parece dispuesta a pelear.
—Yo te diré quién es —interviene una de ellas, acercándose más a mí, sus uñas perfectamente cuidadas destellando mientras agita las manos con frustración—.
No es nadie, solo una cualquiera que de algún modo cree que puede aparecer de la nada y robar a George.
¿Es en serio, Charlotte?
¿Cómo has permitido que esto ocurra?
—¿Cómo ha podido una zorra don nadie robarte a tu hombre?
—dijo otra con una mueca de desprecio—.
Propongo que la saquemos de aquí arrastrándola del pelo y le demos su merecido.
Las demás murmuran en señal de aprobación, alimentándose de la ira de las otras como animales salvajes.
Por un momento, me deleito en ello.
Su rabia, su incredulidad, es una validación para mí.
Pero necesito dirigir esto, controlarlo.
Si dejo que se exalten demasiado, empezarán a hacer las preguntas equivocadas.
Interpreto mi mejor papel, suspirando profundamente como si el peso del mundo descansara sobre mis hombros.
—Es solo una chica de la limpieza —digo, poniendo los ojos en blanco como si toda esta situación estuviera por debajo de mi nivel—.
Sinceramente, no sé ni cómo consiguió llamar su atención.
—Mi tono rebosa frustración, pero por dentro, hiervo de celos.
—¿Una chica de la limpieza?
—repite Andrea, su voz casi un chillido—.
¿Te refieres a que se gana la vida limpiando inodoros?
El asco es palpable.
Mis labios se curvan en una sonrisa de falsa molestia mientras explico con más detalle: —Sí, una empleada del hogar.
Trabaja para los abuelos de George.
¿Se lo imaginan?
Esta pobrecita… Dios, qué vida tan triste tiene.
Se oye un bufido colectivo del grupo.
Tiffany da un paso atrás y arruga la nariz.
—¿Lo dices en serio?
¿Una chica de la limpieza?
Asiento con la cabeza, despacio, como para dejar que asimilen lo ridículo de la situación.
—Por lo visto, le salvó la vida a la abuela de George o algo así.
Fue de pura chiripa, la verdad.
Por eso George se siente obligado a ayudarla.
Solo está siendo amable —digo, y remato la última parte con un gesto de la muñeca, como si fuera obvio que eso es todo.
Su rabia mengua un poco, reemplazada por esa familiar suficiencia.
—Agg, bueno, eso tiene sentido —dice una de ellas, cruzándose de brazos—.
George es demasiado bueno a veces.
Ya sabes cómo es, siempre queriendo ser el héroe.
—A mí sigue sin gustarme —masculla otra, entrecerrando los ojos—.
Será pobre, pero ¿la han visto?
O sea, hay que admitir que… es guapísima.
Eso es peligroso.
Siento una punzada de irritación ante ese comentario.
Hasta mis amigas, las que se supone que siempre están de mi lado, se han fijado en la belleza de Ella.
Pero no puedo dejar que vean que me están afectando.
—Guapa o no, sigue siendo una chica de la limpieza —digo con desdén, echándome el pelo hacia atrás para enfatizarlo—.
Por muy guapa que sea, siempre estará por debajo de nosotras.
—Les dedico una sonrisa y de mis labios brota una risa que espero que suene despreocupada.
La risa se apaga cuando distingo una silueta que se acerca por el rabillo del ojo.
Es la secretaria de George, con su impecable uniforme ceñido a su esbelta figura.
El corazón me da un vuelco; que se acerque podría significar problemas.
—¡Bueno, chicas, hora de irse!
—digo, intentando enmascarar la urgencia en mi voz.
Mi sonrisa titubea, pero la fuerzo de nuevo para mantener la farsa.
—Pero ni siquiera hemos terminado de planear…
No las dejo terminar.
—No, en serio.
Es la hora —las corto en seco, con la voz más firme que antes.
Muevo las manos con rapidez, prácticamente empujándolas hacia sus coches.
Protestan un poco, pero no les doy la oportunidad de discutir.
Me despido de ellas con una sonrisa forzada y un tono ligero.
—Ya hablaremos más tarde, ¿de acuerdo?
Yo me encargo de todo.
Una a una, ceden y se van refunfuñando.
Sin embargo, una de ellas clava sus ojos en mí.
—Más te vale andarte con ojo, Charlotte.
Nunca se sabe con chicas así.
Podría estar tramando algo a largo plazo.
Fuerzo otra risa, aunque siento que me atraganto con ella.
—Por favor.
No es rival para mí.
Finalmente se van, sus coches se alejan y me quedo allí de pie, viéndolas marchar, con mi fachada resquebrajándose por segundos.
En cuanto las pierdo de vista, mi sonrisa se desvanece por completo.
Me meto en mi coche y agarro el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
El corazón me martillea en el pecho, con una mezcla nauseabunda de celos y furia arremolinándose en mi interior.
¿Cómo ha pasado esto?
¿Cómo he permitido que una cualquiera como Ella se cuele en la vida de George, en su mente?
Golpeo con fuerza el bolso contra el volante y grito a pleno pulmón dentro del coche.
Ella, esa desgraciada, ha venido a seducir a George otra vez.
La última vez, de verdad tendría que haber dejado que aquel paciente la apuñalara hasta la muerte.
Me las va a pagar.
De un modo u otro, la sacaré de la vida de George para siempre.
Ella
La mano de George se cierra sobre la mía, su contacto familiar y cálido.
Es tan guapo, como un príncipe sacado de un cuento de hadas.
Por un momento, casi parece que nada ha cambiado.
Atravesamos el salón donde hay regalos extravagantes expuestos como en una galería.
Él hace un gesto hacia ellos, con los ojos brillantes.
—¿Supongo que ya has visto todo esto?
—dice.
Miro el resplandeciente despliegue de artículos de lujo, joyas, ropa de diseño y objetos de colección únicos.
Hubo un tiempo en que estas cosas me habrían deslumbrado.
—Sí, los he visto —respondo, esbozando una pequeña sonrisa—.
Quizá hace cinco años, esta exhibición me habría hecho llorar de la emoción.
¿Pero ahora?
—Niego levemente con la cabeza—.
Ahora puedo permitirme todo esto yo sola.
—George —digo con frialdad—, ¿qué demonios está pasando aquí?
No tenías por qué regalarme flores y mucho menos montar todo este numerito romántico.
George me mira con expresión serena, como si lo que estuviera haciendo tuviera sentido.
—Has sufrido un ataque y no hace mucho que saliste de la operación.
Sé que te encanta tu trabajo; solo quiero que seas feliz.
—No necesito tu ayuda —replico—.
Ya no tienes que hacerte responsable de mí, George.
Nunca hiciste nada de esto durante nuestro matrimonio, así que ¿por qué ibas a hacerlo ahora?
Su secretaria y el empleado del complejo hotelero que está a su lado intercambian miradas inquietas, claramente incómodos por la tensión entre nosotros.
Agarro a George del brazo y lo arrastro a otra sala de descanso, lejos de sus miradas curiosas.
—¿Por qué lo has hecho?
—pregunto, con la voz un poco temblorosa—.
¿A qué estás jugando, George?
¿Crees que puedes volver a mi vida como si tal cosa y empezar a tomar decisiones por mí?
Estamos divorciados, ¿recuerdas?
George suspira, una señal de que intenta mantener la calma.
—No estoy jugando contigo, Ella.
Solo quiero asegurarme de que estás bien y te he asignado dos guardaespaldas.
No ganas suficiente dinero para mantenerte.
Tampoco vas a recibir ninguna compensación del divorcio, así que aceptar mi ayuda te ahorrará muchos problemas.
Sus palabras me hieren, trayéndome dolorosos recuerdos de las muchas veces que Charlotte había menospreciado mi profesión, llamándome fracasada y diciendo que solo podría sobrevivir dependiendo de George.
Mi rabia resurge y, sin darnos cuenta, empezamos a sacar a relucir el pasado.
—Antes me las arreglaba perfectamente sin esos bolsos de diseño tuyos —no grito, pero, aun así, mi voz sube un decibelio involuntariamente—.
Ahora estoy igual de bien sin ellos, ¿o crees que unos cuantos bolsos de marca y un par de perfumes caros van a compensar aquellos errores?
Lo único que consigues es que piense que, más que ayudar, lo que quieres es demostrar tu superioridad.
George da un paso hacia mí, entrecerrando los ojos.
—¿Eso piensas de mí?
Ella, solo quiero que aceptes mi ayuda, hacer algo por ti.
Eres demasiado terca, Ella.
Antes de que pueda responderle, una empleada de la limpieza entra con cara de preocupación.
—Oigan, con calma —dice amablemente—.
Su marido está haciendo lo que es mejor para usted, y usted intenta demostrar su independencia.
Ninguno de los dos se equivoca, solo que ven el asunto desde perspectivas diferentes.
Miro fijamente a George, con el corazón desbocado.
No quiero ceder y aceptar ninguna de sus exigencias, pero lo que dice la mujer no carece de razón.
No quiero pelear, y estoy cansada de tener que demostrar que puedo con todo yo sola.
Tras un largo y tenso silencio, finalmente exhalo, y el afán de lucha se desvanece de mi cuerpo.
—De acuerdo —murmuro, mi voz apenas un susurro—.
Puedo quedarme con el guardaespaldas.
Pero los regalos… —hago un gesto hacia la pila—, no necesito todo esto.
La mandíbula de George se tensa, pero en lugar de replicar, esboza una sonrisa.
—Sospechaba que no querrías nada de esto, y estoy de acuerdo.
Pero el guardaespaldas se tiene que quedar.
La empleada de la limpieza, que ha estado esperando junto a la puerta, sonríe.
—Su esposa le está ayudando a ahorrar dinero, qué mujer tan considerada.
Envidio a su marido.
No corrijo a la empleada de la limpieza porque estoy demasiado cansada como para que me importe.
George se detiene un momento, como si quisiera decir algo más, pero entonces se vuelve hacia la pila de regalos y saca un pequeño broche.
—Este no fue caro.
Quédatelo.
George lo coloca en mi mano antes de marcharse.
Una vez, mientras estaba de compras con él, me quedé mirándolo en un escaparate durante un buen rato, pero dudé en comprarlo porque no me lo podía permitir, y no pude apartar la vista, con un torbellino de emociones aflorando en mi interior.
No quiero su ayuda, pero una pequeña parte de mí agradece que recordara que me gustaba el broche y que se fijara en detalles tan insignificantes.
Fue un gesto sencillo, pero sentí que me arrastraba de nuevo a su mundo.
Justo cuando empiezo a serenarme, George vuelve inesperadamente y me da un beso en la frente, un gesto que me pilla totalmente por sorpresa.
Al ver cómo se aleja su espalda, siento una repentina oleada de agotamiento.
Mientras estoy allí de pie, intentando asimilarlo todo, la empleada del hogar se acerca y me pone el móvil de George en la mano.
—Su marido se ha dejado aquí el móvil —dice.
Le doy las gracias y ella se va.
Mi mirada se desvía hacia la puerta por la que George acaba de desaparecer.
No quiero que sea tan amable, tan considerado.
Solo lo complicaría todo.
Ojalá fuera tan frío, distante y fácil de detestar como siempre.
Sería mucho más sencillo odiarlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com