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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 1

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Capítulo 1: Capítulo 1: El precio de la sangre

© WebNovel

En la quietud de la noche, un cielo despejado parece extenderse como un lienzo infinito. La luz de la luna brilla con intensidad, observada desde lo alto como si contemplara el mundo en silencio. En medio de esa calma, las puertas de un edificio se abren, de donde emerge un hombre vistiendo un traje ejecutivo y cargando una mochila al hombro.Al notar un autobús detenido en la parada cercana, acelera el ritmo y, sin dudarlo, comienza a correr con la intención de subir antes de que se marche. La ciudad, envuelta en la oscuridad de la noche, no es un lugar seguro, y su mayor deseo era reunirse cuanto antes con su familia.

Cerca del vehículo, una joven con uniforme escolar se prepara para abordar. Al percatarse del hombre que corre apresurado, toma la decisión consciente de esperar unos segundos más, dándole así la oportunidad de alcanzar el autobús. Su acción resulta acertada: ambos logran subir a tiempo. Sin embargo, al hombre le llama la atención que una estudiante esté sola a esa hora, pues ya eran las nueve de la noche.

El hombre, aún recuperando el aliento, le agradece con una sonrisa. La joven tomó asiento en la parte delantera, mientras él se dirigía hacia los asientos traseros. Son los únicos pasajeros a bordo, y el autobús avanza de manera tranquila bajo la conducción de un chofer que, aunque mantiene todo bajo control, exhibe signos de agotamiento tras una larga jornada laboral.

Momentos después, el vehículo realiza otra parada. Un hombre, envuelto en el anonimato que le brinda su sudadera con capucha, espera para ascender. Su actitud es áspera; sube refunfuñando y murmurando algo apenas audible que podría ser un comentario de frustración: —A ver si al menos sale algo. —Su tono no presagia nada bueno.

El chofer extiende mecánicamente la mano, esperando el pago correspondiente del pasajero. Pero en lugar de dinero o una tarjeta de transporte, el recién llegado sacó súbitamente una pistola. Apuntando al conductor con frialdad, grita con voz estridente y tono rítmico: —¡Ya se la saben! Celulares y carteras.

El grito rompe la tranquilidad del autobús. La joven estudiante lanza un alarido de miedo, encogida en su asiento mientras observa al hombre armado y lo despoja de todo lo que lleva consigo, siendo la primera víctima de aquel asalto. No conforme con eso, el ladrón se dirige hacia ella exigiendo lo mismo. Temblorosa, se niega a entregarle su mochila; sus manos la aferran como si fuese la última conexión con algo valioso en su vida. La negativa enfurece al asaltante, quien la amenazó directamente con el arma.

El ambiente se vuelve tenso y cargado de amenaza inmediata. Es entonces cuando el chofer decide actuar: en un arrebato valiente y desesperado, se lanza sobre el agresor intentando inmovilizarle los brazos. Sin embargo, el ladrón no se deja someter tan fácilmente y lucha por liberarse.

Desde el fondo del autobús, el hombre del traje ejecutivo interviene sin pensarlo más, abalanzándose sobre el atacante para ayudar al conductor. Entre forcejeos y gritos, consigue sujetar con fuerza la muñeca que sostiene la pistola, intentando evitar que los disparos hieran a alguien más. Desesperado y fuera de control, el ladrón aprieta el gatillo varias veces. Un disparo resuena en el espacio cerrado.

En un acto de puro instinto y coraje, el hombre se gira hacia la joven justo a tiempo. Con sus brazos la rodea, tratando de protegerla de cualquier daño mientras ambos caen al suelo del autobús. A su alrededor todo parece ralentizarse, mientras la intensidad del momento los envuelve. En ese instante, los tres protagonistas que luchan por su seguridad quedan atrapados en una lucha frenética bajo la mirada impasible de la luna llena que continúa brillando sin interrupciones en lo alto del cielo.

Al escuchar que el arma estaba descargada, reaccionó con rapidez y ejecutó un doble Ap Chagi —bajo y alto—, impactándolo contra el parabrisas delantero. Al caer al suelo, el asaltante notó la creciente mancha de sangre y, presa del pánico, huyó del lugar. El hombre se desplomó hacia atrás, terminando sobre ella. A pesar de que la joven le agradece haberla protegido, le suplicaba que se levantara porque el peso le resultaba insoportable. Intentó hablarle repetidamente, pero él no respondía. Entonces, el conductor exclamó con voz grave y alarmada: —¡Por el amor de Dios! No lo muevas, déjame ayudarte.

El conductor ayudó a recostarlo con cuidado en el asiento, mientras la chica, que aún tenía su teléfono, marcaba al 911 con manos temblorosas. Al mismo tiempo, el conductor informaba del incidente por radio. Una ambulancia llegó finalmente, cuarenta minutos después. Los paramédicos hicieron lo posible en el lugar, pero su estado era crítico, así que lo trasladaron de inmediato al hospital.

Una vez allí, revisaron su contacto de emergencia. El nombre registrado era Mónica Caballero. Al ser informada, ella acudió con premura, acompañada por un joven. Ambos llegaron al hospital, ansiosos y preocupados, solo para ser informados de la gravedad de la situación: el hombre había recibido siete disparos que dañaron varios de sus órganos y había perdido una cantidad significativa de sangre. Su tipo sanguíneo era O negativo, lo que complicaba enormemente conseguir una transfusión adecuada.

Al ingresar a la sala donde se encontraba, los dos no pudieron evitar estremecerse al verlo en ese estado. El joven avanzó con pasos lentos hasta el borde de la cama y tomó su mano con delicadeza. Su voz tembló mientras decía: —Papá… Aunque desearía que no te fueras, sé que no hay forma de salvarte. Pero te prometo algo: voy a estudiar medicina. Haré todo lo posible para que nadie más tenga que pasar por esto. —Las palabras del joven parecieron estremecer al hombre, cuyo corazón empezó a latir con más fuerza, según reflejaba el monitor.

Mónica observó la escena con los ojos llenos de lágrimas. Colocó una mano en el hombro del joven y, con voz entrecortada, le pidió salir de la habitación para poder despedirse a solas. Cuando la puerta se cerró tras él, ella se acercó a la cama, tomó la mano del hombre entre las suyas y habló con una voz quebrada: —Amor… Hemos pasado tantas cosas juntos a lo largo de estos años. Creamos una familia, superamos retos inmensos… y siempre estuvimos unidos. Pero ahora me dejas. Me duele tanto saber que es el final… No quiero que te vayas.

Apenas terminó de hablar, el sonido monótono y prolongado del monitor llenó la habitación. Mónica sintió cómo la vida del hombre que tanto amaba escapaba para siempre. El hombre había partido.

El aire en los pasillos de la Academia de Magia Nostromus no era solo denso; era un sudario tejido con el aroma a pergamino antiguo, la promesa oxidada de metales arcanos y el eco fantasmal de siglos de sabiduría. Para aquella chica, cada paso era una declaración silenciosa. Su figura, delicada como una flor de invierno, se movía con una determinación febril, casi desesperada, a través de la penumbra. La túnica oscura de estudiante ondeaba tras ella como una sombra impaciente, y el voluminoso sombrero puntiagudo, símbolo de una tradición que a menudo la oprimía, amenazaba con caerse a cada zancada. Entre sus brazos, apretaba un imponente grimorio encuadernado en cuero rojo, un objeto que no solo era pesado, sino que vibraba con una energía casi imperceptible, como un corazón latiendo con furia contenida en la oscuridad.

Finalmente, su carrera terminó en lo que ella consideraba su santuario: una habitación amplia, con paredes de piedra gris que parecían absorber la poca luz de las velas, y detalles de madera tallada que daban al lugar un aire solemne, casi conspirativo. Sin perder un segundo, con una urgencia que le quemaba en el pecho, colocó el pesado tomo sobre un atril de roble. Sus manos, pequeñas y ágiles, temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una anticipación eléctrica que le erizaba la piel.

—Hoy —susurró para sí misma, su voz apenas un murmullo que se perdió en la inmensidad silenciosa de la estancia, pero que para ella resonó como un trueno—. Hoy todo cambiará.

Se dirigió con la prisa impaciente de una niña, pero con la convicción de una mujer, al escritorio que habitualmente utilizaba para sus estudios y tareas. Su actitud, a pesar de la gravedad del momento, reflejaba una inmadurez entrañable, la de alguien que aún se aferraba a la esperanza con la inocencia de la juventud. Abrió el primer cajón, no con delicadeza, sino con la brusquedad de quien busca un tesoro largamente anhelado, y extrajo un trozo de gis rojo. Con movimientos precisos, casi rituales, comenzó a trazar un intrincado círculo mágico en el centro de la sala. Cada línea, cada runa, era un testimonio mudo de las incontables horas de estudio clandestino, de las burlas y los susurros que había soportado por ser considerada una bruja de bajo rango, una promesa fallida en un linaje de poderosos hechiceros. Distribuyó velas de sebo, inciensos de sándalo que pronto llenarían el aire con su aroma místico, y las ofrendas requeridas: una piedra preciosa de un negro abisal, un arco de madera de fresno y una capa de seda fina. Con un último gesto, cerró las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra opaca, rota solo por el parpadeo danzarín de las llamas, que proyectaban sombras grotescas sobre las paredes.

El grimorio, sin embargo, se resistía. Sus páginas, selladas por el tiempo y la magia, permanecían obstinadamente cerradas. Emery recordó las advertencias susurradas en los pasillos de la academia, las leyendas sobre libros antiguos que exigían un pacto sellado con la vida misma. No titubeó. Con una resolución fría que contrastaba con su apariencia juvenil, tomó una pequeña daga de plata, su filo brillando con una luz cruel en la penumbra. El corte fue superficial, apenas un rasguño en su dedo, pero suficiente. Una gota de sangre roja, brillante como un rubí recién extraído, resbaló por su piel hasta la portada de cuero del grimorio. El libro, como un ser vivo, soltó un suspiro de vapor arcano, un aliento antiguo que se disipó en el aire, y cedió ante su toque, abriéndose con un crujido suave y revelador.

Las páginas, ahora dóciles, pasaban con un susurro seco, como hojas muertas arrastradas por un viento invisible. Emery buscaba, con la avidez de un náufrago aferrándose a un salvavidas, el conjuro de invocación de un familiar. Mientras sus ojos devoraban las runas y los símbolos, los recuerdos de su vida en la corte y en la academia la asaltaban: las miradas de lástima, los susurros condescendientes sobre su “debilidad”, la sombra de la decepción familiar. Pero este grimorio era diferente. Sus símbolos de soles, lunas y constelaciones parecían moverse bajo la luz temblorosa de las velas, como si el universo mismo estuviera atrapado, palpitante, entre sus hojas, prometiendo un poder que nadie más había creído que ella poseía.

Con una respiración profunda, comenzó el ritual. Se despojó de su túnica pesada, quedando solo con sus ropas más íntimas: una pequeña blusa de seda sencilla y unas calzas cortas, un lienzo vulnerable para el poder que estaba a punto de desatar. El aroma de los aceites y las hierbas quemadas se volvió denso, sofocante, casi embriagador. Su voz, que al principio tembló ligeramente, se volvió firme y melódica, recitando las palabras antiguas con una convicción que nunca antes había sentido. Las horas se estiraron, eternas, mientras la energía se acumulaba en el círculo. La fatiga y el hambre comenzaron a mellar su resolución, una punzada de duda asomando en el borde de su conciencia. Pero justo cuando el desánimo amenazaba con ahogarla, el círculo mágico estalló en un resplandor vivaz, una explosión de luz que disipó las sombras y llenó la habitación con una energía cruda y palpitante.

Las ofrendas se desintegraron en un polvo brillante que levitó, danzando en el aire antes de converger en un único punto, el epicentro de la magia. Una figura comenzó a materializarse, lenta, etérea al principio, luego cada vez más sólida. Emery contuvo la respiración, sus ojos fijos en la aparición. No era una bestia mística, ni un espíritu elemental, ni la criatura alada que había imaginado. Era un hombre. Alto, de complexión sólida y marcada, apareció completamente desnudo en el centro del círculo, su piel brillando con la luz residual de la invocación. Sus ojos, de un azul gélido y una intensidad secreta, brillaron antes de fijarse en ella, una mirada que la atravesó hasta el alma.

—¿Eres… mi familiar? —murmuró Emery, su voz apenas un hilo, la confusión evidente en cada sílaba. La realidad era tan diferente de sus expectativas que apenas podía procesarlo.

El hombre parpadeó, su semblante serio irradiaba una mezcla de imponencia y un peligro latente, como una tormenta contenida. Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose en el círculo, en las ofrendas, y finalmente, en la pequeña bruja que lo había invocado.

—¿Dónde estoy? —preguntó él, su voz profunda y resonante rompiendo el silencio místico, un trueno inesperado en la calma—. ¿Quién eres? ¿Y por qué… no tengo ropa?

Un rubor intenso subió por las mejillas de Emery, no solo por la desnudez del hombre, sino por la abrumadora intensidad de su presencia. Su corazón latía con fuerza, un tambor desbocado en su pecho, y el ambiente en la habitación, ya cargado de magia, se sentía ahora abrasador.

—¡Oh! Eh… Me llamo Emery. Emery Waltz —logró decir entre tartamudeos, su voz apenas audible—. Eres mi familiar. Estamos en la Academia de Magia Nostromus. Yo… no sabía que se podía invocar a una persona.

El hombre, con una mezcla de asombro y una extraña resignación, tomó una manta de la cama cercana para cubrirse, recuperando algo de dignidad. Observó a la pequeña dama con detenimiento, sus ojos escudriñando cada detalle de la habitación. Percibió que la época de aquel lugar parecía muy antigua, como si hubiera sido transportado a la Edad Media. Una idea descabellada cruzó su mente: ¿había viajado en el tiempo?

—Mencionaste que soy tu familiar —dijo él, su mirada ahora más inquisitiva que intimidante—. ¿Cómo es que estoy en este lugar?

—Sí… fuiste convocado —respondió Emery, atrapada entre la curiosidad y un temor creciente. Su voz se hizo más pequeña—. Según el grimorio, debía ser una bestia. ¿Tú… eres acaso un demonio?

El hombre arqueó una ceja, una chispa de diversión casi imperceptible en sus ojos, a pesar de su turbación. No es que aceptara que aquello fuese real, pero tampoco parecía un sueño. Los detalles en aquella habitación, la textura de la manta, el olor a incienso, no daban cabida a que aquello fuese falso.

—Puedes llamarme Darren —respondió con firmeza, su voz recuperando un tono de control—. Y no, no soy un demonio. Pero dime algo… ¿esto es real? —ante una oportunidad, pregunta. —¿Puedes regresarme?

Emery negó lentamente con la cabeza, una oleada de culpa y desesperación atravesándola. —Sí, es real. Y, no puedo regresarte. Una vez invocado, el vínculo es para siempre. Supongo que ahora… estás atrapado aquí conmigo.

—Escucha, Emery —dijo Darren, su voz teñida de una indiferencia que apenas ocultaba su propia confusión—. Estás poniendo demasiadas expectativas en mí. No tengo mana. Vengo de un lugar donde ni siquiera existe. Lo único que sé hacer es luchar. Artes marciales y esgrima. —Sus palabras sonaron huecas incluso para él, un intento fútil de anclar la realidad en un mundo que desafiaba toda lógica.

—¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Emery, sus ojos verdes, antes llenos de asombro, ahora brillando con una incredulidad herida—. ¡Puedo sentir tu aura mágica! Es imposible que no lo notes. —Su voz se elevó, una mezcla de frustración y una verdad innegable que resonaba en la habitación.

En ese instante, el tiempo pareció congelarse para Darren. No fue un sonido, sino una resonancia profunda que vibró en lo más íntimo de su ser. Una voz, antigua y melódica como el susurro de las hojas en un bosque milenario, se manifestó en su mente. No era un eco, sino una presencia. Una silueta de mujer, etérea y poderosa, se hizo presente en el paisaje de su conciencia. Una bruja de inmenso poder, cuya forma física se había desvanecido milenios atrás, pero cuya esencia perduraba, latente, esperando. Se presentó como Amelia, la bruja inmortal.

—”Joven mortal, tu alma resuena con un poder latente, un eco de mi propia esencia. Permíteme guiarte, y juntos desataremos una fuerza que este mundo no ha conocido en eras.”

La oferta de Amelia era tentadora, un pacto con una entidad que prometía el dominio de la magia a cambio de residir en su mente, de ser una voz constante, una sombra en su conciencia. Darren, un hombre de acción y lógica, se encontró en una encrucijada. La compasión por la pequeña bruja que lo había invocado, la necesidad de no decepcionarla, de ser el protector que ella creía que era, chocó con su escepticismo innato y el instinto de supervivencia. El poder. La capacidad de luchar en este mundo extraño, de proteger a quienes ahora dependían de él. Era una carga que no había pedido, pero que no podía ignorar.

—Aceptaré ayudarte, Emery —dijo Darren, regresando a la realidad con un parpadeo, su voz ahora más firme, con una resolución recién forjada—. Pero con una condición: siempre intentaremos encontrar la forma de que regrese a mi mundo. —La promesa era tanto para ella como para sí mismo, un ancla a su vida anterior.

Emery aceptó de inmediato, sus ojos brillando con una esperanza renovada. En su interior, sin embargo, una pequeña chispa de egoísmo, de un deseo infantil y profundo, anhelaba que ese día, el día de su partida, nunca llegará.

Un sonido extraño, pero ya conocido, irrumpió el frágil silencio entre ellos, haciendo que tanto uno como el otro intercambiaran miradas. Para Emery, el ruido solo incrementó su incomodidad; estaba intranquila y tensa, haciéndolo evidente con cada pequeño gesto nervioso, cada mirada furtiva por parte de él. Darren, queriendo distraerla de su creciente ansiedad, sugirió ir a comer. Sin embargo, la realidad lo golpeó con dos pequeños inconvenientes: él aún estaba envuelto en una manta, un atuendo poco apropiado para un paseo por la academia, y Emery no llevaba una vestimenta adecuada para salir. La situación, aunque tensa, tenía un matiz de absurdo que no pasó desapercibido para la voz en su cabeza.

—”Un mago de tu calibre, ¿preocupado por la indumentaria? Qué pintoresco.” —Amelia se burló con un tono divertido, pero con un matiz de impaciencia.

—Necesitas asearte, ropa limpia… y yo también —dijo Darren, señalando la manta con un gesto de cabeza. Emery esbozó una sonrisa dulce y tranquila, una luz de ingenio en sus ojos, mientras empezaba a inspeccionar la habitación en busca de algo útil, su mente ya maquinando soluciones. La primera lección de magia de Darren no vendría de un libro, sino de la voz de una bruja inmortal y la necesidad apremiante de un baño.

Para demostrarle a Emery que, a pesar de su inexperiencia, podía ser útil, Darren se acercó a la bañera tras el biombo. La voz de Amelia, ahora una guía constante en su mente, le susurró las palabras. No eran sólo sonidos, sino una sensación, una corriente de energía que fluía a través de él.

—Aquae Torrents —murmuró, y la palabra se sintió extraña en su lengua, pero poderosa.

Una esfera azul brillante se materializó sobre la bañera, liberando un flujo constante de agua cristalina que llenó la tina con una velocidad asombrosa. Emery, que había estado observando con una mezcla de escepticismo y curiosidad, quedó atónita, sus ojos verdes fijos en el chorro mágico.

—¡Dijiste que no sabías usar magia! —exclamó, su voz resonando con una mezcla de asombro y una pizca de traición.

Darren, siguiendo el consejo telepático de Amelia de mantener su presencia en secreto, se encogió de hombros con una naturalidad forzada. —Estuve leyendo el libro… Solo quise intentarlo. —La mentira se sintió extraña, pero necesaria. La sonrisa de Emery, sin embargo, era una mezcla de incredulidad y una admiración que le hizo sentir un extraño calor en el pecho.

—“No está mal para un principiante. Ahora, el agua. No querrás que tu pequeña bruja se congele.” —La voz de Amelia era una mezcla de burla y aliento.

Darren se percató del detalle. El agua, aunque abundante, estaba fría. Sumergió su mano en la tina, sintiendo el gélido abrazo del líquido. Amelia le indicó el siguiente hechizo. —Calidum Ignem —pronunció, y esta vez, la palabra se sintió más natural, más suya. Al instante, el agua comenzó a caldearse, el vapor elevándose en suaves espirales.

Se volvió hacia Emery, una sonrisa genuina asomando en sus labios. —El agua ya está lista para tu baño. —Emery, aún intentando comprender lo que había presenciado, se apresuró a revisar el grimorio. Sus dedos volaron por las páginas, buscando los hechizos que Darren había recitado. Al detenerse en las secciones correspondientes, notó con asombro que, si bien contenían conjuros de agua y calor, no eran exactamente los que Darren había utilizado. Había una sutil, pero significativa, diferencia.

Gracias a este descubrimiento, Emery comprendió un detalle importante: Darren no solo memorizaba los hechizos, sino que parecía adaptarlos, modificarlos, casi como si entendiera la esencia de la magia detrás de las palabras. Se preguntó qué tantos hechizos habría aprendido en el poco tiempo que tuvo el grimorio en sus manos. Su análisis se vio interrumpido por un ruido inesperado que volvió a llenar la habitación, un crujido proveniente de la puerta. Sonrojándose levemente, dirigió su atención a Darren, quien la animó con serenidad: —Anda, date un baño. Luego podremos salir a buscar algo de comer.

Darren se apartó discretamente, respetando el espacio para que Emery pudiera desvestirse y disfrutar del baño sin interrupciones. Fue en ese momento cuando una preocupación lo golpeó: no encontrarían ropa adecuada allí. Pensó en voz alta, reflexionando si sería posible solucionar la situación utilizando magia. Aunque el comentario no fue más que un murmullo algo elevado, su curiosidad lo traicionó al ser oído por Emery, quien desde la bañera preguntó: —¿Dijiste algo?

Una chispa de ingenio cruzó entonces por la mente de Darren. En su mundo natal, había historias sobre brujas capaces de conjurar o crear ropa mediante magia. Intrigado por esta posibilidad, comenzó a hojear frenéticamente el grimorio y otros libros que encontró en la habitación de Emery, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos. La magia de creación, si existía, no estaba documentada en esos tomos.

Frustrado pero determinado, preguntó abiertamente: —Emery, ¿existe magia para crear objetos?

La voz de Emery resonó desde la tina, con un tono de obviedad que hizo sonreír a Darren. —¡Sí, claro que existe! —Ya estaba terminando su baño cuando su curiosidad despertó al plantearse otra pregunta: —¿Por qué lo preguntas? —Mientras hablaba, salió del agua y se envolvió con una toalla antes de dirigirse al armario cercano para buscar ropa. Sin embargo, algo la alertó; tras unos segundos de silencio, pudo notar destellos de luz verde desde el otro lado de la habitación, provenientes de dónde Darren se encontraba.

—¿Qué estás haciendo? —Preguntó con intriga y un toque de asombro, aunque no parecía alarmada. Desde su postura, detrás del biombo, no tenía una vista completa de la situación.

—”La magia de creación es real, Darren. Yo soy quien la dominó en mi tiempo. Pero no es tan simple como un conjuro de agua o fuego.” —Amelia irrumpió en los pensamientos de Darren con determinación, su voz resonando con la autoridad de milenios de experiencia.

Sin titubear, continuó explicando. —”La magia de creación depende de lo que conoces. No puedes generar algo cuya composición desconozcas por completo. En mi caso, fue complicado al principio; no sabía cómo fabricar una espada ni entendía de qué materiales estaba hecha. Pero tú eres diferente. Posees un vasto conocimiento sobre múltiples procesos y objetos, gracias al mundo avanzado del que vienes. Así que, intenta materializar aquello que tienes en mente. Visualízalo con cada fibra de tu ser, cada detalle, cada textura.”

Nuevamente, la voz de Amelia resonó en la mente de Darren, no como una orden, sino como una guía paciente. —”Visualiza, Darren. Cada fibra, cada pliegue, cada sombra y cada luz. La magia de creación no es un truco, es la manifestación de tu voluntad, la materialización de tu conocimiento.” —Darren cerró los ojos, concentrándose. En su mente, empezó a tomar forma la imagen de las prendas que deseaba llevar: no solo un simple atuendo, sino un reflejo de su esencia. El tejido, las costuras meticulosas, el diseño que hablaba de su mundo, de su estilo, y finalmente, los tonos que darían vida a todo. Era un proceso agotador, una danza entre la memoria y la voluntad, pero la visión era clara.

Ante sus ojos, una tenue luz verde comenzó a danzar en el aire, manifestandose lentamente. La energía se arremolinaba, tejiendo hilos invisibles que se solidificaban en tela, en cuero, en metal. Poco a poco, con una gracia sobrenatural, un conjunto casual pero elegante se materializó: una camisa de lino suave, pantalones de corte impecable y zapatos de vestir hechos a medida. Luego, con un esfuerzo renovado, la luz verde volvió a brillar, y para Emery, creó un elegante conjunto discreto color celeste, con detalles que realzaban su feminidad y su juventud, apareció flotando en el aire.

Darren giró sobre sí mismo, la primera sonrisa genuina que Emery le había visto desde su llegada, una chispa de orgullo y asombro, iluminando su rostro. —¡Lo hice! —exclamó, la incredulidad aún presente en su voz, pero eclipsada por la euforia del éxito—. Toma. Esto es para ti.

Le entregó el vestido a Emery, quien lo tomó con manos temblorosas. La sorpresa por el presente era inmensa, pero lo que realmente la dejó boquiabierta fue la forma en que lo había hecho. Aquel momento, la visión de la magia de creación en acción, se grabaría a fuego en su memoria. Su incredulidad se mezclada con una creciente curiosidad, una sed de conocimiento que se encendía al descubrir no solo a alguien que usaba una magia tan rara, sino que además, era su familiar.

Darren la urgió a que se apresurara, para ir a comer, aunque, en el fondo, su verdadero propósito era desviar la conversación. Necesitaba evitar que Emery siguiera indagando sobre su magia, una magia que él mismo apenas comenzaba a comprender. No tenía la menor idea de su origen ni de por qué era capaz de usarla con tanta facilidad y naturalidad. Incluso Amelia, la bruja inmortal, se había sorprendido. —”Tal vez sea algo como una habilidad innata, Darren. Una conexión profunda con la urdimbre de la creación que pocos poseen.” —pensaba Amelia, su voz en la mente de Darren con un matiz de admiración. Sin embargo, a pesar de la emoción del descubrimiento, Darren no podía apartar de su mente el deseo constante de regresar a su mundo. En sus pensamientos, como un eco doloroso, aparecían imágenes de dos pequeñas niñas y un niño, acompañados por una mujer de belleza serena, su esposa. Esta visión le provocaba una punzada en el corazón, un recordatorio constante de lo que había perdido y de lo que anhelaba recuperar.

Mientras atravesaban los pasillos de la academia, ahora vestidos con ropas que, aunque de este mundo, llevaban el sello inconfundible de la magia de Darren, él notó que Emery reducía cada vez más el paso. Su intuición, afinada por años de observación y estrategia, le permitió percibir que algo la atormentaba. —”¿Será que sus compañeros le hacen la vida difícil y no quiere encontrarse con ellos?”, —se preguntó en silencio, una punzada de preocupación por la pequeña bruja. Miró a su alrededor y se dio cuenta de las miradas curiosas y persistentes de otras alumnas que pasaban por allí. Pero entonces entendió lo que ocurría: esas miradas no estaban dirigidas a Emery, sino a él mismo. Un hombre adulto, apuesto y misterioso, acompañando a una joven estudiante. La situación era, cuanto menos, inusual. Es lo que él pensaba.

Completamente incómoda ante la situación, Emery tiró suavemente de la manga de Darren. —Quizás deberíamos cambiar de planes —sugirió, su voz apenas un susurro—. Podríamos salir de la academia y buscar un mesón para almorzar. Hay uno muy bueno cerca de aquí. —Para Darren, todo resultaba tan extraño e inusual. La época en la que ahora se encontraba era demasiado diferente a aquella de donde venía, un salto temporal que aún le costaba asimilar.

Mientras caminaban por las calles empedradas de esa ciudad desconocida, Darren no pudo evitar maravillarse con su entorno. Las construcciones medievales, con sus fachadas de madera y piedra, los tejados a dos aguas y las pequeñas ventanas, eran un espectáculo fascinante. Las personas, ataviadas con ropas tradicionales de lino y lana, sus gestos cotidianos, sus conversaciones animadas, todo era un cuadro vivo de un pasado distante. Los guardias, imponentes en sus armaduras de cota de malla y portando espadas largas, resultaban una imagen anacrónica y, a la vez, extrañamente fascinante. Incluso el aire, fresco y puro, sin el rastro de la contaminación de su mundo, le llamaba la atención, al igual que la sensación del sol, tibio pero no abrasador, acariciando su piel. La brecha entre su mundo y este extraño lugar parecía estar llena de inmensas diferencias, no solo tecnológicas, sino también sensoriales.

Finalmente, Emery escogió el lugar donde comerían. El cartel colgado en la entrada, tallado en madera y pintado con colores vivos, decía: —El Canto de la Sirena—. Al entrar, Darren inspeccionó el lugar con detenimiento: la penumbra reinante debido a la escasa iluminación, el ambiente caldeado por el fuego de la cocina y las numerosas velas que parpadeaban en las mesas. El bullicio era ensordecedor; las mesas estaban ocupadas por personas devorando con entusiasmo pedazos de carne, humeantes pucheros, trozos de pan rústico y copas de vino tinto. Los modales brillaban por su ausencia, y el aire estaba cargado con el aroma de la comida, el sudor y la cerveza. Todo esto componía un cuadro casi arcaico para Darren, un contraste brutal con los restaurantes asépticos y modernos de su época.

Emery lo observaba en silencio mientras él analizaba el entorno. Sus ojos seguían atentos las expresiones en su rostro, tratando de adivinar qué pensamientos podrían cruzar por su mente en ese momento. Durante el trayecto hasta allí, Darren le había hecho preguntas acerca de su mundo: sobre estilos de vida, herramientas particulares, oficios… en general, sobre temas que para ella eran desconocidos en gran medida, pero que para él eran la base de su existencia.

De repente, una punzada de vergüenza lo asaltó. Darren recordó que no tenía dinero. Ni un solo denario, ni un vellón. Emery, con una perspicacia que a veces lo sorprendía, se dio cuenta de su incomodidad. —Si te preocupa el dinero, no hay problema —dijo con una sonrisa tranquilizadora—. Sé que llegaste sin nada.

—Gracias —respondió Darren, sintiendo un alivio inmenso—. Prometo pagarte. —Sus palabras, extrañas para Emery, ya que se preguntaba qué pensaría Darren sobre ella, pues ella no necesitaba que le regresara nada. Incluso, ni que el trabaje.

Eligieron una mesa en un rincón discreto y Emery se encargó de hacer el pedido. Darren la reprendió al darse cuenta de que estaba pidiendo más de lo necesario y que no podrían comerlo todo. Le sugirió que pidiera en menor cantidad y solo lo que realmente fuera a comer para no desperdiciar la comida. A pesar de la advertencia, la cantidad que trajeron fue excesiva y, tal como Darren había anticipado, dejaron buena parte sin tocar. Parte del problema también era que la comida resultó ser bastante insípida, con una evidente falta de especias como romero o sal, lo que disminuyó aún más el apetito de ambos. Ante esto, Darren pidió a la camarera que, en lugar de desechar los sobrantes, se los entregara a personas necesitadas, un gesto que sorprendió a Emery y a la propia camarera.

Mientras Emery pagaba, Darren, con su mente analítica, observó el intercambio. Notó que Emery había usado dos monedas de oro y que llevaba un pequeño morral repleto de monedas similares. Intrigado, y con la necesidad de comprender la economía de este nuevo mundo, Darren preguntó a la camarera cuál era el precio de los alimentos. La mujer, con una sonrisa amable, explicó que un plato de puchero costaba tres denarios, una hogaza de pan un denario y dos vellones, un trozo de carne diez denarios, y una copa de vino un denario. También le indicó que las monedas de oro, conocidas como florines, equivalían a cien denarios; cada denario, a su vez, valía veinte vellones.

Darren comenzó a hacer cálculos mentales, intentando establecer los valores necesarios para subsistir en aquel lugar. Sin embargo, de golpe cayó en cuenta de algo que hasta el momento no había considerado: —”¿cómo era posible que una niña llevase consigo tal cantidad de dinero?” —La pregunta resonó en su mente, desatando una alarma silenciosa. Al recordar esto, también notó algo más inquietante: dos personas los habían estado siguiendo desde que salieron de la academia. Su entrenamiento militar le había enseñado a reconocer las sombras, los movimientos furtivos, las miradas que se prolongan demasiado. Al salir del mesón, vio que estas mismas figuras se ocultaban en una callejuela cercana, sus siluetas apenas discernibles en la penumbra.

Darren, repentinamente serio, giró hacia Emery con expresión neutra pero intensa, sus ojos fijos en los de ella. La jovialidad de la comida se había desvanecido, reemplazada por una tensión palpable. Ella percibió el cambio y, al observarlo fijamente, le preguntó si ocurría algo malo. Su respuesta fue breve, un susurro cargado de sospecha que cortó el aire como una daga: —Emery, ¿quién eres?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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