La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 2
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Capítulo 2: Capítulo 2: Historias
La pequeña señorita permaneció en silencio, reflexionando sobre algo: ¿por qué había preguntado quién era? Darren comentó que necesitaba saber todo lo posible sobre ella, ya que había notado que no se trataba de una chica común. Aquella afirmación la descolocó, especialmente por el término utilizado, y preguntó su significado. Para sorpresa de Darren, su vocabulario no coincidía con el habla habitual de esa época y lugar. Por eso, decidió consultarle primero cómo debía referirse a diferentes personas y qué comportamientos eran importantes para integrarse sin generar problemas. Emery le respondió que eran solo términos específicos que usaba, por lo demás era como si él fuera un erudito o una persona extremadamente culta.
Mientras tanto, continuaron caminando bajo el cielo que ya comenzaba a oscurecer. Darren se percató de que aquellos hombres seguían vigilándolos desde lejos. Finalmente, llegaron nuevamente a la academia, un imponente castillo cuyas grandiosas dimensiones no había notado al salir. Al cruzar las pesadas puertas de entrada, sintió otra vez las miradas que lo escrutaban con curiosidad. Su presencia no pasaba desapercibida; sus ropas, tanto por su estilo como por el material, diferían notablemente de las de los demás.
Un grupo de estudiantes se acercó a Emery con intenciones hostiles, buscando intimidarla. Darren observó la situación, esperando saber cómo respondería la joven. Pero ella solo bajó la cabeza y retrocedió insegura ante los comentarios hirientes. Sin dudarlo, él intervino, poniéndose entre ellos y exigiendo que cesaran su acoso. Esto provocó el enojo del grupo, quienes, furiosos, se volvieron hacia Emery
— ¡Controla a tu preceptor! —le ordenaron exigiendo que no interfiriera.
Darren no comprendió completamente lo que querían decir con aquel término, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados mientras molestaban a esa niña indefensa.
Emery guardó silencio, lo que Darren interpretó como una señal de aprobación para defenderla. Esos jóvenes, con edades entre los trece y, como mucho, diecisiete años, terminarían recibiendo una reprimenda por haberla molestado. Uno tras otro lanzó su respectivo ataque mágico, pero Darren, demostrando una gran destreza, contrarrestó cada uno con precisión, devolviendo hechizos del mismo tipo. La escena no solo dejó al grupo de muchachos boquiabiertos, sino que también logró sorprender a Emery.
Tras ese enfrentamiento, el grupo decidió retirarse sin más. Emery, ahora más intrigada que nunca, se acercó a Darren con una avalancha de preguntas en mente. Sin embargo, Darren podía notar las miradas de quienes habían presenciado todo desde la distancia, por lo que prefirió evitar más atención y marcharse antes de que algún maestro hiciera acto de presencia. Aunque miles de pensamientos cruzaban por la mente de ella, un cúmulo de confusión nubló su percepción en el momento en que él tomó su mano y ambos caminaron apresurados hacia su habitación. Sus mejillas se tiñeron de rojo ante lo atrevido del gesto, sintiendo la calidez de aquel contacto inesperado.
Mientras tanto, los jóvenes que habían intentado buscar pelea se encontraban en una sala de entrenamiento. Habían salido corriendo con el único propósito de alejarse de aquel individuo que les había plantado cara. Uno de ellos, un chico algo alto, de ojos azules, cabello rubio y piel clara, estaba visiblemente enfurecido por lo ocurrido. Su rostro se tensaba mientras exclamaba con ira:
—¿Quién era ese tipo? ¡Se atrevió a desafiarme! —Desde las sombras emergió un pequeño lobo gris que, con voz firme, rompió el silencio:
—Amo Feiger, el hombre al que enfrentaste es un familiar…—El joven quedó atónito ante aquella revelación. Jamás había imaginado la existencia de un familiar humano, lo cual no solo lo sorprendía sino que lo llenaba de rabia. Aquella persona se convertiría en un protector para ella, algo que solo alimentaba aún más su furor.
Darren y Emery llegaron a la habitación. Ella todavía experimentaba cierta incomodidad por el hecho de que él la hubiera tomado de la mano. Era un gesto al que no estaba acostumbrada, aunque para Darren parecía algo completamente natural, libre de intenciones que pudieran generar culpa o vergüenza. Sin embargo, no tardó en notar algo extraño en ella. Emery evitaba sostenerle la mirada, lo que llamó su atención.
—¿Está todo bien? —preguntó él.
Emery negó con la cabeza, pero su reacción dejó entrever que no era del todo sincera. De repente, Darren fue invadido por un recuerdo. En su mente aparecieron un chico y una chica jóvenes, de pie frente a frente. El rostro del muchacho estaba encendido de rubor, mientras la joven mostraba una sonrisa traviesa.
De vuelta al presente, Emery percibió cómo Darren parecía distante, absorto en sus pensamientos. Aunque le costaba hablarle directamente, le tomó suavemente de la manga de su camisa y tiró de ella, intentando llamar su atención. Al fin logró traerlo de regreso. Pese a ello, Darren sintió nuevamente un dolor punzante en el pecho, aunque se aseguró de no dejar entrever su malestar frente a ella. En cambio, optó por preguntarle qué le ocurría.
—Es que estabas inmóvil, sin reaccionar —respondió Emery, algo desconcertada.
De repente, un golpe seco en la puerta rompió el silencio del cuarto. Emery dio un pequeño respingo, pues no solía recibir visitas, y menos a esas horas de la noche. Darren, sin esperar una orden de ella, se levantó y caminó hacia la entrada. Con la calma de alguien acostumbrado a ser servicial, abrió la puerta como si fuese un sirviente a su servicio. En la puerta se encontraban dos jóvenes estudiantes con expresiones serias y rostros tensos. Uno de ellos extendió un pergamino sellado mientras recitaba con formalidad:
—El consejo de la academia requiere la presencia inmediata de la estudiante Emery Waltz. Se solicita que acuda acompañada de su familiar sin demora. Les esperan en la sala de audiencias.
Las palabras resonaron en el aire cargadas de una gravedad inusitada. Emery sintió un nudo formarse en su pecho; el riguroso protocolo y el tono de urgencia no auguraban nada bueno.
—De acuerdo, iremos enseguida —Emery todavía lamentaba lo ocurrido anteriormente y no podía dejar de notar que Darren, con su manera de vestir, iba a atraer demasiadas miradas. Además, una inquietud persistía en su mente: cómo el consejo académico sabía acerca de su familiar y por qué mostraban tanto interés en él. Todo apuntaba a que alguien había informado sobre él, y seguro fue aquel grupo de jóvenes.
Ambos comenzaron a andar, cruzando los largos pasillos, pese a que la figura de Darren seguía captando la atención de todos a su alrededor. Las jóvenes brujas lo observaban con curiosidad; su atractivo deslumbraba, y su sola presencia arrancaba suspiros. Mientras tanto, los hombres alternaban entre la admiración y la envidia, incapaces de ignorar la poderosa aura mágica que emanaba de él, además de su imponente físico.
A Emery le resultaba extremadamente molesto sentir tantas miradas hacia él, pero lo que más le irritaba era ver cuánto las chicas reparaban en su familiar. Resuelta, se acercó a Darren y tomó su brazo con firmeza. Él, por su parte, no pudo disimular la incomodidad provocada por tantas personas mirándolos fijamente. Ahora entendía como se había sentido Emery momentos antes, cuando él la tomó de la mano..
—¿Qué está haciendo, Lady Emery? —murmuró. La joven notó cómo había cambiado la forma en que él se dirigía a ella: hacía apenas un rato, hablaba con una familiaridad que le trataba como a una infante; pero ahora, bajo la mirada pública, las palabras de Darren destilaban respeto y delicadeza.
Emery sintió sus mejillas encenderse de un rojo intenso al sentir el brazo de Darren entre sus manos. Su corazón palpitaba con tal fuerza que parecía imposible que pudiera acelerarse aún más. Lo miraba con ojos que brillaban de emoción, mientras una sonrisa tonta adornaba su rostro. Decidida, no pensaba dejar que nadie más le arrebatara lo que ella sentía como suyo.
—Solo estoy siendo una buena anfitriona, guiándote del brazo para que no te pierdas. Además, ¿no crees que hacemos una pareja encantadora? —añadió, con una mezcla de picardía y orgullo.
Darren, por su parte, intentaba no dejar entrever lo que realmente sentía en ese momento. Su mente estaba hecha un torbellino, especialmente al percibir la cercanía de Emery. Aunque su semblante se mantenía estoico, por dentro sus nervios eran palpables.
—Como doncella debes mantener la compostura —le respondió en un murmullo apenas audible.
A medida que se acercaban al auditorio, una sensación inquietante se apoderó de él. Algo no estaba bien; lo podía sentir en el aire. Ese presentimiento no tardó en confirmarse cuando llegaron frente a las imponentes puertas del lugar. Cruzaron el umbral con paso cauteloso y, al entrar, Emery notó la presencia de todos los profesores reunidos allí: más de treinta magos. Sin embargo, tanto ella como Darren enfocaron su atención en un grupo específico; diez de ellos formaban una composición particularmente llamativa.
En ese instante, algo hizo clic en la mente de Darren. Por primera vez comprendió cómo percibir las auras mágicas, y lo que detectó lo desconcertó por completo. No era solo el aura de esos magos lo que emanaba poder, sino también la del propio director.
Un profesor les indicó, señalando el centro de la sala —Pasen al frente. —Emery no podía ocultar su nerviosismo; sus ojos reflejaban toda la incertidumbre que sentía. Para su sorpresa, Darren posó suavemente una mano sobre su hombro y esbozó una sonrisa serena. No era algo que él hiciera con frecuencia, y verla tan vulnerable había despertado en él una inesperada calidez.
Ambos avanzaron hacia el centro del gran salón mientras las miradas de todos los presentes se clavaban con intensidad sobre ellos. De pronto, uno de los profesores ajeno al grupo inicial avanzó unos pasos y colocándose frente a ellos comenzó a hablar.
—Estudiante Emery Waltz —inició con voz firme pero balanceada —aunque ostenta usted el título de princesa del reino de Waltzovia, en esta audiencia será tratada únicamente como una estudiante más. Ahora dígame: ¿es responsable de haber convocado a esa entidad que ha sido clasificada como una gran calamidad?
Darren quedó atónito ante semejante revelación. Ella nunca había mencionado ser una princesa. Apenas estaban comenzando a abrirse emocionalmente, a conocerse más a fondo. Y ahora, ese extraño título de “gran calamidad” complicaba todo de manera inesperada. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Por otro lado, Emery entendía lo que había sucedido. Cuando Darren se enfrentó a sus compañeros para defenderla, su verdadera identidad se evidenció ante los demás. En ese momento quedó claro que, por ser un familiar único y fuera de lo convencional, era percibido como una amenaza. Mientras tanto, el miedo la invadía al estar frente a figuras tan influyentes, consideradas las más importantes de la academia. Miró de reojo a Darren, deseando tener su valor. Él parecía imperturbable, tan seguro e imponente.
Emery se tensó al escuchar la pregunta del profesor. Su mirada se dirigió primero hacia Darren con evidente preocupación, antes de volver al hombre que aguardaba su respuesta, intentando mantener una fachada serena.
—Sí, profesor. Este es mi familiar, Darren —dijo con voz firme, aunque sus manos apenas lograban contener un ligero temblor. —Lo convoqué recientemente siguiendo los pasos del grimorio, según el ritual estipulado.
Con un gesto parsimonioso de su mano, lo señaló, esforzándose por restarle importancia al asunto, como si todo aquello fuese algo completamente ordinario. Pero el profesor, con el ceño fruncido y los labios tensos, no parecía convencido.
—¿Es consciente de que varios estudiantes han reportado un ataque por parte de este familiar? —cuestionó con un tono inquisitivo que traspasaba cualquier formalidad, antes de girarse directamente hacia Darren. —¿Qué razones tenía para atacar a esos alumnos?”
El aire comenzó a cargarse de tensión. Emery apretó los dientes; esa línea de interrogatorio la irritaba profundamente. No veía justo que la culparan a ella ni que lanzaran acusaciones infundadas sobre Darren. Rebuscando las palabras correctas.
—¿Acaso hay algún problema con eso? Todos los estudiantes tenemos derecho a un familiar, y él solo reaccionó para protegerme… —replicó con ímpetu.
Justo cuando su tono se volvía más firme, hizo una pausa abrupta. Algo en el ambiente finalmente resonó dentro de ella: los profesores lucían visiblemente inquietos, y el director mantenía una expresión solemne y cargada de sospecha que helaba la sala. Incapaz de ignorar el peso opresivo que la rodeaba, Emery dio un paso hacia Darren, buscando refugio en su imponente figura. Manteniendo un aire de vulnerabilidad, su cercanía reflejaba la frágil mezcla de temor y confianza que solo él podía sostener en ese instante crítico.
Darren atrajo a Emery hacia sí, ofreciéndole un refugio que transmitía seguridad y protección. Su mirada recorrió a los presentes mientras su mente analizaba rápidamente la situación. Lo entendió de inmediato: temían lo que ella representaba. Pero él no permitiría que la señalaran como culpable ni dejaría que salieran impunes. Con una determinación renovada, se preparó para confrontarlos, sus palabras listas para impactar con precisión. La firmeza en su rostro era inquebrantable.
—Entiendo su temor, caballeros. Pero deben saber algo: yo no soy su enemigo… —Darren dejó en el aire un breve silencio cargado de intención, volviendo entonces su atención hacia Emery. —.a menos que alguien aquí pretenda hacerle daño a ella. En cuyo caso, soy enemigo de quien se atreva siquiera a intentarlo.
Sus palabras resonaron con tal autoridad que los magos, en su mayoría, se quedaron rígidos, mientras algunos reaccionaban con evidente indignación. La tensión era palpable, pero Darren no vaciló. Tras una pausa, continuó con más énfasis:
—Ella es la princesa, tal como ustedes han señalado. Por lo tanto, deberían ser ustedes quienes velen por su bienestar, no quienes apoyen a quienes se atreven a perturbarla.—Su mirada firme recorrió la sala como una amenaza implícita.
El director intervino en un intento por suavizar la atmósfera. Carraspeó ligeramente antes de tomar la palabra.
—Les pido calma. Esto no es lo que nos ocupa ahora mismo. Aunque hay algo claro: no podemos permitirnos antagonizar con la realeza. Darren, al ser cercano a la princesa, tu vínculo también se extiende hasta la familia real. —informó el director.
Estas palabras generaron murmullos de descontento entre los profesores reunidos. Al mismo tiempo, dejaron a Darren desconcertado; no estaba preparado para esa declaración. Emery, por su parte, palideció notoriamente ante el peso de esa revelación. Aún recobrando el aliento.
—¿Princesa? ¿Por qué nunca me lo dijiste? —Darren inclinó la cabeza hacia ella y le dijo en un susurró. La responsabilidad que ahora recae sobre sus hombros parecía aún más abrumadora.
Tras un breve instante para recobrar la compostura, Darren avanzó con decisión en su defensa. —Como ya he dicho: entiendo su temor. Pero permítanme dejar algo muy en claro… No tienen nada que temer, salvo si sus intenciones incluyen hacerle daño a ella.
Sus palabras eran una sentencia, sin espacio para la duda o negociación, lo que avivó aún más el enojo y el rechazo entre los miembros del consejo. Las voces alzadas no tardaron en llenar la sala con argumentos cargados de prejuicio.
—¡Es un monstruo! No podemos simplemente permitirlo —gritó uno de ellos con furia contenida, mientras el caos amenazaba con desbordarse.
No soy un monstruo. Fui traído a este mundo desde el mío, un lugar donde la magia no existía. Y ahora, en este nuevo mundo, se me ha dado la oportunidad de hacer cosas grandes. Una de ellas, la más importante, es proteger a la princesa. Las voces de los presentes se alzaron en murmullos, llenas de intriga y desconcierto. Deben entender algo: aquellos que han presentado su queja no son más que individuos corruptos, delincuentes que se dedican a acosar, humillar e intimidar a la princesa. Si ustedes, los magistrados de esta academia, no hacen algo para detener esto, juro que lo haré yo mismo como su protector.
Darren había captado la atención de todos los miembros del consejo. Emery levantó la mirada, sorprendida, buscando el apoyo de los profesores con sus ojos llenos de súplica. Darren notó la dulzura en esos ojos verdes que ahora reflejaban una tristeza profunda. Sus manos firmes se posaron sobre los hombros de ella con gesto protector. Sin soltarlo, Emery seguía aferrada a su brazo, mostrando sin reservas lo vulnerable que se sentía. Pero Darren no vaciló; su determinación era inquebrantable. Miró directamente al consejo y lanzó su desafío:
—¿Entonces? ¿Seguirán adelante con este sinsentido o pondrán fin a esta injusticia aquí y ahora? —dijo Darren firme ante aquel grupo de maestros, quienes solo buscaban intimidarlos.
Un silencio pesado cayó en el salón, roto finalmente por la voz de uno de los profesores, uno de los diez que conformaban aquel consejo de magos. Su tono era frío y cargado de desprecio
—¡Solo eres un vil demonio! Eso es lo que ha convocado la princesa con su necia magia. Tus palabras no tienen valor alguno entre nosotros —Darren sintió al instante cómo el ambiente se cargaba con la agresividad del aura mágica del profesor.
Su ira injustificada era implacable, casi mortal en su intensidad. Pero Darren no retrocedió. Sus ojos se encendieron con una mezcla peligrosa de fiereza y resolución inquebrantable mientras se preparaba para lo que estaba por venir.
Los profesores presentes intercambiaban murmullos sorprendidos, incapaces de disimular su asombro ante la inesperada declaración. El profesor en cuestión se puso en pie con determinación y descendió del estrado pausadamente, recitando en un susurro un hechizo cuya intención era evidente: atacar a Darren. Mientras tanto, el director, con semblante tenso, intentaba detener lo que parecía ser el inicio de un conflicto mayor. Una vez frente a Darren, el profesor tomó una postura desafiante y proclamó con voz firme:
—Yo, Lord Daniel Galicia, hijo del barón Rodolfo Galicia del ducado de Nipasia, te desafío a un duelo.
Darren tragó saliva, la tensión haciéndose palpable en su cuerpo. Sus pensamientos iban a mil por hora. La revelación de que aquel hombre era un lord le dejaba claro que no se trataba de un enfrentamiento cualquiera. Este duelo emplazaba mucho más que sus habilidades; implicaba las relaciones entre dos reinos y la posibilidad de una catástrofe política, quizá incluso una guerra. Nervioso, buscó la mirada de Emery en busca de aprobación, pero ella estaba paralizada, inmersa en el miedo y en su propia falta de seguridad. Luego dirigió su atención al director, pero este permanecía en silencio, atado por las reglas que protegían los títulos nobiliarios. No había escapatoria posible. Resignado a su destino y con voz clara, Darren finalmente respondió:
—¡Acepto tu desafío!
El director, consciente del peligro que este enfrentamiento podía desatar, conjuro un escudo mágico para proteger a los presentes y permitir que el combate se desarrollara sin interrupciones externas. Fue entonces cuando Lord Daniel tomó la iniciativa, lanzándose al ataque con movimientos precisos y rápidos. Ya tenía preparado un conjuro y no perdió tiempo en liberarlo hacia Darren, seguido rápidamente de otro hechizo avanzado. La velocidad y la habilidad del lord superaban con creces cualquier técnica que Darren hubiera aprendido hasta el momento en su aún corto camino en las artes mágicas.
Por fortuna, entre los hechizos que había logrado dominar estaba el uso de un escudo protector. Con rapidez lo conjuró justo a tiempo para bloquear el embate inicial del lord. La fuerza del impacto sacudió sus manos, pero consiguió mantenerse firme. Desde su posición, Emery observaba atónita. Algo había cambiado en ella: el miedo comenzaba a disiparse y en su lugar emergió una chispa de valentía. Por primera vez desde el inicio del conflicto, parecía estar dispuesta a enfrentarse al consejo y apoyar a Darren.
Mientras tanto, Daniel no podía ocultar su desconcierto. Había algo peculiar en la técnica de Darren que le intrigaba profundamente: no recitaba los hechizos. Para el resto de los presentes, y para Daniel en particular, esto era algo completamente inusual. Incluso él mismo, pese a su vasto dominio de la magia, necesitaba murmurar rápidamente las palabras arcanas para poder ejecutar sus conjuros. A pesar de ser consciente de ciertas excepciones como los familiares o algunos demonios excepcionales con los que había combatido antes, lo que Darren estaba haciendo estaba más allá de su comprensión inmediata. Aquel joven no era como los demás.
Darren solía recitar en voz alta los hechizos que empleaba, pero con el tiempo comprendió que no era necesario. Ahora le bastaba con evocarlos en su mente, trazando con exactitud los límites y propiedades de sus efectos, una habilidad que había perfeccionado gracias a la rigurosa disciplina inculcada en el mundo del que provenía. Entre todas las disciplinas, siempre había tenido una predilección especial por las ciencias, y esa base de conocimiento le otorgaba una ventaja táctica incluso en un entorno gobernado por la magia. En el enfrentamiento actual contra el lord Galicia, notaba cómo este formulaba hechizos con notable celeridad, pero aun así no podía igualar la destreza y precisión que Darren desplegaba con natural pericia.
—¿Qué sucede? ¿Acaso no asegurabas que aceptabas el desafío? —Lord Galicia continuaba su ataque implacable, sin dejar de realizar ataques constantes en su embestida.
Darren, quien apenas llevaba unas horas en ese nuevo mundo, había descubierto que no era necesario depender por completo de los métodos convencionales ni de la recitación de conjuros tradicionales. Además, guardaba un as bajo la manga: aunque en su lugar de origen la magia no existiera, tenía un vasto conocimiento sobre hechizos y sus fundamentos, adquirido gracias a su pasión por las historias de fantasía.
Ahora, al combinar ese conocimiento con las habilidades del ente que habitaba en su mente, podía aprovechar al máximo su potencial mágico. Amelia, al compartir un vínculo especial en su conciencia, podía leer sus pensamientos y brindarle apoyo inmediato, ayudándolo a comprender mejor el uso y manejo de la magia.
—Mis disculpas. Solo quería darte algo de ventaja —expresó Darren tras haber estado combatiendo a la defensiva.
Hasta ese momento, bloqueaba los ataques del oponente con barreras protectoras, calculando meticulosamente los intervalos entre uno y otro, y analizando las propiedades elementales de cada embate, tal como le había enseñado Amelia. Cuando tuvo toda la información necesaria, el ritmo agresivo de lord Galicia empezó a desmoronarse. Fue entonces cuando Darren conjuró una esfera de llamas púrpuras que avanzó a una velocidad arrolladora antes de estallar contra la barrera del rival. Con un solo ataque devastador, forzó a lord Galicia a rendirse.
—Eres un familiar extraordinariamente poderoso —reconoció el director al final del duelo, aunque su expresión permaneció sombría. —Sin embargo, hemos comprobado que también eres peligrosamente impredecible. Sus palabras pesaban como una advertencia.
—No sigues las reglas tradicionales de la magia; eres un fenómeno fuera de lo común —Darren lo miró con desconcierto, pero el director prosiguió sin dudar: —Como magistrado principal, he tenido la oportunidad de evaluar a magos de todos los niveles a lo largo del tiempo. Y aquel al que acabas de vencer posee un rango B según la clasificación mundial.
Solo entonces Darren empezó a comprender el alcance de lo que había ocurrido. Si existía un sistema universal para medir las habilidades mágicas y él supera ampliamente a alguien con años de preparación como lord Galicia, eso podía significar únicamente una cosa: su poder era incontestable e inusual. Tal vez demasiado para considerarse humano —¿Podría ser realmente un demonio? —El director se acercó hasta quedar frente a él y declaró:
—Debes saber que el rango más alto es el A. En todo el mundo, apenas siete poseemos este nivel —El asombro se extendió entre los presentes, incluida Emery, quien finalmente entendió por qué algunos lo llamaban “una gran calamidad”. Al reflexionar sobre el rango elevado de lord Galicia y que este había sido derrotado con tal facilidad, no quedaban dudas: Darren debía pertenecer a esa misma clasificación. Cerrando la conversación con gravedad, el magistrado remató:
—¿Ahora lo comprendes? Tu existencia representa un peligro. Si el mundo llega a descubrir quién eres y lo que eres capaz de hacer, no traerá más que problemas.
El poder de Darren, al igual que su naturaleza, resultaba fuera de lugar en ese mundo. De repente, otro recuerdo invadió su mente. Vio una sucesión de rostros, pasando rápidamente ante él, hasta que la imagen volvió a detenerse en la misma mujer que había aparecido en otros de sus recuerdos. Las palabras resonaban en su cabeza: “No esperes que todos sean como tú” o “Es que aprendes más rápido porque eres diferente. Todo parece más sencillo para ti.” Aunque dichas sin malicia aparente, esas frases siempre lo hacían sentirse extraño, como si fuera un eterno recordatorio de su condición distinta. Aunado a eso, siempre que tenía un recuerdo, su pecho le dolía. Pero no daba cabida a mostrarlo ante nadie de los presentes.
Darren comprendía lo que pensaban de él: no lo veían como una persona, sino como un fenómeno. No había nada en los registros que se asemejara a lo que era; un humano asumido como familiar, en lugar de alguna criatura mágica. Eso parecía suficiente razón para despertar recelo, pero también entendía que una anomalía como él podía causar miedo, aunque no debiera ser así.
Mientras tanto, varios de los presentes comenzaron a atender al Lord Galicia, quien yacía inconsciente en el suelo tras los acontecimientos recientes. Emery, mostrándose más firme tras haber recuperado el valor perdido, avanzó hacia donde estaban Darren y el director. Con voz seria y decidida, declaró:
—Bien. Ahora que ya han puesto a prueba a mi familiar, les instó a abandonar cualquier intento de cuestionar lo que se ha llevado a cabo aquí. El propósito de invocar a un familiar no es otro que el de contar con un ser poderoso que respalde a su maestro y compense sus debilidades.
El director, sin más alternativas y reconociendo que era la propia princesa quien le hacía la petición, no tuvo otra opción que ceder y dejar de oponerse. Además, lo que ella había indicado respecto a obtener un familiar era completamente verídico. Él mismo tenía a su propio familiar, un imponente dragón negro que servía como emblema de la academia.
Permíteme examinarte con un artefacto mágico, dijo el director. Emery, sorprendida por su insistencia, quiso negarse de inmediato. Sin embargo, Darren, con un gesto firme, asintió y se adelantó antes de que ella pudiera objetar. Su intención era zanjar el asunto de una vez por todas para que los dejaran en paz.
El director, con un aire ceremonioso, extrajo de su manga un gran libro blanco, similar en apariencia al grimorio que Emery llevaba consigo. Al colocarse frente a Darren, le indicó con voz grave que debía poner su mano sobre la portada. Acto seguido, comenzó a recitar unas palabras en un idioma arcano. El libro emitió un leve resplandor por un instante, para luego volver a la normalidad.
Sin demora, el director abrió el libro y empezó a hojear sus páginas. Este artefacto tenía la capacidad única de revelar la historia del individuo que tocaba su portada al momento de invocar el conjuro. El contenido ofrecía una completa radiografía de la persona, incluyendo datos como su edad, parentescos, vivencias personales, atributos mágicos, el tipo de magia que dominaba, los hechizos que sabía manejar e incluso un detallado resumen de su trayectoria.
Tras leer minuciosamente toda esa información y procesarla, el director alzó la vista y dio finalmente su respuesta.
Con un semblante cargado de reflexión, observa a Darren con cierta precaución, cuidando de que los demás no se den cuenta. Esa cautela le permitió comprender mejor la razón detrás de su peculiar naturaleza. Sus habilidades innatas, adquiridas durante su existencia en otro mundo, eran demasiado extraordinarias para una persona común en aquel lugar. Jamás había presenciado a ningún familiar, ni mucho menos a un humano, con un nivel tan amplio y singular de destrezas. Entre la vasta información revelada, hubo algo que despertó su curiosidad: un tipo de magia única, casi mítico, del cual solo se tenían registros en antiquísimos textos que databan de miles de años atrás. Se trataba de la magia de creación. Además, sus impresionantes capacidades en el combate físico y el manejo de armas capturaron su atención. Técnicas como kendo, kenjutsu, taekwondo, kung fu, boxeo, karate y tiro con armas de fuego resultaban completamente desconocidas o quizás llevaban otros nombres en ese mundo.
Sin más que poder hacer o decir, se dirige ante el consejo. Haciéndoles entender que aquel ser, es alguien con quien no tienen el poder de enfrentar ni mucho menos tomar decisiones, al ser parte de la realeza. En tal caso, solamente el rey Damian, padre de Emery. Es quien podría tomar alguna acción alguna.
El director dio por concluida la reunión, y ambos se dirigieron a la habitación de Emery. Había demasiadas cosas en qué pensar. Darren le pidió que se sentara en la cama, mientras él ocupaba una silla junto al escritorio. Retomaron la conversación que habían iniciado al regresar de comer, antes de entrar a la academia, sobre lo que aún debían conocer el uno del otro.
Emery comenzó hablando de sí misma. Reveló que tenía quince años y era hija del rey Damian y la reina Celery. Admitió que poseía poca resistencia física y una capacidad mágica limitada, lo cual le impedía manejar hechizos avanzados. Esa debilidad había provocado que sus compañeros la menospreciaran y se burlaran de ella, pues, según las expectativas, alguien de la realeza debía inspirar confianza y ser un modelo a seguir para su pueblo.
Además, confesó que tenía un prometido: el tercer príncipe de un reino vecino. Él era mucho mayor que ella y no le provocaba más que desprecio. Aunque hay una diferencia de edades, era de lo más normal para su época y lugar. Lo describió como un bufón cuyo único interés era acumular poder. Sin embargo, debido a las circunstancias políticas de su reino y la necesidad de alguien que asumiera responsabilidades en lugar de su padre, estaba destinada a casarse con él al finalizar sus estudios en la academia.
Después de escucharla, Darren comienza a hablarle sobre su propio mundo. Le describe cómo la tecnología ha reemplazado a la magia, detallando la interminable cantidad de artilugios, dispositivos y mecanismos que utilizan cotidianamente. Le explica el tipo de sociedad en la que vive, cómo las personas se ganan la vida y cómo funcionan sus dinámicas. A pesar de su apariencia juvenil, le revela que es mucho mayor de lo que parece; fue un hombre casado y tuvo hijos, quienes son la principal razón por la que anhela regresar a su mundo. Incluso le dijo que su hijo mayor era de su edad.
Le cuenta que a lo largo de su vida cultivó diversas habilidades: practicó distintos estilos de combate y aprendió a manejar armas como una afición personal. Asimismo, fue un estudiante dedicado que culminó sus estudios universitarios, lo que lo llevó a trabajar en el ámbito administrativo, aunque para esta realidad tales labores serían difíciles de comprender. Además, señala que posee habilidades y conocimientos adicionales que podrían resultar extremadamente útiles en el contexto de la época en que se encuentran.
—Entonces, ¿cuántos años tienes? —preguntó Emery, claramente impactada. Todo lo que Darren había mencionado, junto con la edad de sus hijos, la hacía pensar que se trataba de alguien mucho mayor. Sin embargo, frente a ella estaba un hombre que apenas parecía ser unos tres o cinco años mayor que ella.
Darren, un tanto desconcertado por la pregunta, respondió con naturalidad. Tengo treinta y nueve años.
Emery no pudo ocultar su sorpresa ante las revelaciones que acababa de escuchar. Le impactaba el hecho de que Darren fuera un hombre casado, lo cual le hizo sentir una profunda culpa por haberlo traído a ese mundo. Darren, al notar la expresión en su rostro, intuyó sus pensamientos y se apresuró a tranquilizarla, asegurándole que no debía sentirse responsable. Le explicó que, de no haber sido ella, quizá otra persona habría hecho lo mismo. Además, confesó que le agradaba su compañía. Sus palabras hicieron que Emery se sonrojara mientras esbozaba una tímida sonrisa. Al ver la hora, Darren sugirió que era momento de dormir.
Sin embargo, al enfrentarse a la situación, ambos se dieron cuenta de que solo había una cama. Darren, demostrando cortesía, le indicó a Emery que debía ocuparla mientras él buscaba algún otro lugar para descansar. Pero Emery insistió, asegurando que no habría problema alguno en compartir la cama. Argumentó que, después de todo, era su familiar y siempre estarían juntos. A pesar de eso, sus mejillas se ruborizan aún más y su voz disminuyó al punto de ser casi inaudible, pues era consciente de que Darren era humano y temía que aquella situación pudiera ser malinterpretada por otros. Dudoso, Darren se mostró reticente, pero Emery, con una firmeza inesperada, le ordenó enérgicamente que lo hiciera. Ante esto, él no pudo oponerse.
Finalmente, Darren se acostó junto a ella y la abrazó con suavidad. Ese gesto los llenó a ambos de un extraño consuelo: para él significaba un alivio en medio de la soledad y el vacío que sentía tras perder a su familia; para ella, significaba experimentar un afecto completamente desconocido, algo que nunca recibió de sus propios padres. Aunque inicialmente fue inesperado, a Emery le agradó ese acto de cercanía. Por su lado, Darren tenía el propósito de fortalecer un vínculo con ella como su familiar y evitar cualquier tipo de incomodidad entre los dos. Poco a poco, ambos se dejaron envolver por el sueño compartiendo un momento de paz mutua.
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