La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 La sonrisa que cura el alma
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43: Capítulo 43: La sonrisa que cura el alma 43: Capítulo 43: La sonrisa que cura el alma Tras la devastadora batalla, el silencio de la noche fue reemplazado por el sonido de la reconstrucción.
Se extinguieron las últimas llamas, se auxilió a los sobrevivientes y el castillo se convirtió en un refugio improvisado para los heridos.
Sin embargo, cuando llegó el momento de que Darren descansará, el tiempo pareció detenerse.
Durmiendo más de ocho horas, pero al llegar la tarde, no despertó.
Aunque Emery confirmó que su pecho subía y bajaba con una respiración rítmica, la palidez de su rostro y su falta de respuesta alarmaron a todas.
No era el cansancio habitual; era un letargo profundo que olía a magia y agotamiento vital.
Preocupada, Emery reunió a las demás chicas alrededor del lecho de Darren.
La incertidumbre flotaba en el aire como una niebla espesa.
Mientras tanto, en la ciudad, el Rey Damián y los barones, escoltados por la guardia del condado, interrogaban con severidad a las guerreras gato que habían sobrevivido, buscando respuestas sobre el origen de aquel ataque sin sentido.
En el castillo, Amelia se refugió en la cocina para preparar una infusión que calmara sus nervios, donde se encontró con la Reina Celery.
Al notar la angustia en los ojos de la gran bruja, la soberana ofreció acompañarla.
Sentadas frente a frente, compartiendo el calor del té, la Reina reconoció la preocupación de Amelia.
Comprendía perfectamente su angustia; ella misma sabía que si algo le sucediera a su esposo o a su hija, su mundo se desmoronaría.
La Reina Celery sentía un profundo respeto por Amelia, consciente de su inmenso poder y de la sabiduría milenaria que cargaba.
Pero lo que más le asombraba era la devoción de las esposas de Darren.
Observaba cómo cada una de ellas vivía pendiente de sus necesidades, dispuestas a cualquier sacrificio.
La Reina reflexionaba sobre cómo su propia hija, Emery, había aceptado compartir al hombre que amaba, algo que ella jamás permitió en su propio matrimonio, habiéndose opuesto siempre con firmeza a la idea de concubinas.
Sin embargo, al ver la armonía y el amor que rodeaba a Darren, empezó a entender que su vínculo trascendía más allá de cualquier sentimiento.
Ante la inacción de Darren, Aerin decidió que no podían esperar más.
Debía partir en busca de otra Lágrima Carmesí, el único fruto capaz de estabilizar la convergencia mágica de su esposo.
Se equipó con los instrumentos tecnológicos que Darren había diseñado para ella, pero antes de cruzar el umbral, Dorotea apareció a su lado, con su armadura ajustada y su espada al cinto.
—No irás sola, Aerin —sentenció Dorotea con una firmeza inquebrantable—.
También es mi esposo, y mi espada le pertenece tanto como mi vida.
Emery, movida por la misma urgencia, acudió a informar a Amelia de sus planes.
La encontró aún conversando con su madre, y tras explicar su propósito de emprender una búsqueda colectiva, Amelia comprendió que la pasividad era su peor enemiga.
Decidieron que Darren quedaría bajo la protección absoluta de Lyra y Freya, mientras las demás se dividían para cubrir más terreno.
La Reina Celery, mostrando su temple de gobernante, optó por quedarse a supervisar la administración del condado, rechazando las ofertas de los barones; ella sería el pilar que sostendría el condado mientras las chicas buscaban la salvación de su esposo.
Antes de la partida, Amelia presentó el cetro dorado que había arrebatado a Erendira.
Al entregárselo a Freya, ocurrió algo que dejó a todas sin aliento.
El arma, que antes emanaba un aura asesina, comenzó a brillar con una luz blanca y pura al contacto con las manos de la ángel.
Amelia, asombrada, comprendió que las armas divinas no tenían una naturaleza fija; eran espejos del alma de su portador.
—Se siente…
cálido —susurró Freya, sus ojos brillando con una nueva determinación—.
El cetro me ha revelado su verdadera habilidad: el “Manto Celestial”.
Es un hechizo de restauración de gran alcance espacial, capaz de sanar y purificar en un área extensa.
El descubrimiento fue un rayo de esperanza.
Lo que en manos de Erendira servía para convocar ejércitos demoníacos, en manos de Freya se convertiría en una herramienta de salvación.
Con esta nueva fuerza y la promesa de cuidar a Darren con su propia vida, las esposas se despidieron, listas para enfrentar cualquier peligro por el hombre cuya vida estaba en su manos.
Lyra cuidaba de Darren con una devoción que rozaba lo sagrado.
En el silencio de la habitación, su voz suave leía historias de mundos lejanos, esperando que alguna palabra actuara como un ancla para su alma errante.
Tras conversar con las demás, Lyra había comprendido que todas ya habian intercambiado sus votos, por lo que eran oficialmente, eran sus esposas.
Cuando el dolor hacía que Darren se retorciera en sueños, Lyra invocaba su magia sanadora, una luz cálida que calmaba sus espasmos.
Cada hora, se turnaba con Freya, quien aportaba una energía distinta.
Mientras Lyra era quien iluminaba sus días gracias a esa sonrisa celestial; Cuando era el turno de Freya, aprovechaba su turno para robarle besos cargados de una ternura descarada, susurrándole promesas de un futuro que se negaba a dejar morir.
Freya intentaba, una y otra vez, canalizar el poder del cetro divino.
La energía divina de la habilidad especial, bañaba la habitación en un resplandor etéreo, prolongando los momentos de calma de Darren, pero no era suficiente para disipar el conflicto de energias en su interior, lo que consumía su energia vital evitando que despierte de su inquieto letargo.
A leguas de distancia, sobre el lomo de un dragón que surcaba los cielos hacia el oeste, Dorotea y Aerin avanzaban hacia el reino de Navarra.
Durante el trayecto, Dorotea no pudo evitar que la nostalgia la invadiera.
Recordaba cómo viajar con Darren transformaba cualquier penuria en una aventura: la comida siempre era deliciosa, el transporte era un prodigio de comodidad y su risa hacía que el tiempo volara.
Sin él, el mundo se sentía más frío y pesado.
Al recordar su sonrisa, un sonrojo involuntario tiñó las mejillas de la guerrera, un gesto que Aerin observó en silencio.
Aunque la princesa elfa no comprendía del todo los pensamientos de su compañera, compartía el mismo sentimiento: un amor profundo por el mismo hombre.
Al llegar al asentamiento élfico de Navarra, fueron recibidas por una guardia hostil.
Los elfos, molestos por la presencia de una humana, intentaron reprender a Aerin, pero la autoridad de la princesa se impuso con una frialdad regia.
Fueron guiadas ante el Gran Sabio, quien escuchó sus motivos con una mezcla de compasión y escepticismo.
A pesar de entender la urgencia, se negó a entregar la Lágrima Carmesí.
Explicó que la decisión final recaía sobre su hermano, el príncipe Ecthelion, quien se encontraba lejos, liderando una misión para aniquilar una peligrosa horda de orcos.
No tendrían más remedio que esperar su incierto regreso.
La negativa encendió una chispa de ira en Aerin, quien intentó negociar con una diplomacia tensa.
Dorotea, aunque no comprendía el lenguaje élfico, percibía la hostilidad en el ambiente y apretaba el puño sobre el pomo de su espada, lista para actuar si la situación lo requería.
Tras una negociación fallida, fueron conducidas a sus aposentos.
Mientras compartían un baño para sacudirse el polvo del viaje, Aerin le explicó la situación.
Dorotea, con su pragmatismo de guerrera, no dudó en proponer una solución: irían tras el príncipe Ecthelion para ayudarlo a terminar su misión y asegurar que regresara a salvo para que no les niegue la fruta sagrada.
Mientras tanto, en el reino de Ulfhedinn, Emery y Amelia habían llegado a otro Árbol Sagrado en poco tiempo, pues era una menor distancia.
El asentamiento se ocultaba en un bosque místico al sureste de la capital, Adlerstein.
Amelia, cuya vista élfica atravesaba las ilusiones del bosque, guió a Emery.
Fueron interceptadas por una guardia liderada por la princesa Idriel, quien las miraba con desconfianza.
Sin embargo, Amelia no perdió el tiempo; repitiendo el prodigio que había realizado antes, invocó el poder de “Pachacútec”, envolviéndose en un aura de autoridad divina que dejó a Emery sin palabras.
—¿Cómo es que tienes el mismo poder que Darren?
—preguntó Emery, abrumada por las dudas.
—Te lo explicaré en otro momento, Emery —respondió Amelia con una sonrisa enigmática—.
Ahora, lo único que importa es salvarlo.
Gracias a esa demostración de poder, se les permitió el acceso a la aldea.
Mientras caminaban junto a Idriel, Amelia mencionó que Aerin también formaba parte de su familia.
La noticia dejó a Idriel estupefacta; no podía creer que una princesa elfa hubiera desafiado su odio hacia los humanos para casarse con uno, aunque fue bajo las leyes del espíritu del Árbol Sagrado, aun así le asombraba.
Ante la súplica de Amelia, a quien confunden con el Heraldo de los Dioses, Idriel y los sabios accedieron finalmente a entregar la Lágrima Carmesí, reconociendo que el destino del mundo dependía de la supervivencia de aquel hombre.
En el castillo, el tercer día de letargo de Darren pesaba como una losa de plomo.
Lyra y Freya, exhaustas por la vigilia constante, se vieron obligadas a aceptar la ayuda de las doncellas más fieles para tomar breves descansos.
Mientras tanto, la Reina Celery, asumiendo el mando del condado con una entereza admirable, recibía noticias cada vez más inquietantes.
Los equipos de exploración informaban de una devastación sistemática en los pueblos desde la costa; tras la última batalla, descubrió que una nueva guerra se había desatado, y esta vez, el reino demoníaco no ocultaba sus fines.
Aunque el recuerdo de la última guerra, en la que Darren finalizó el conflicto anterior con rapidez, infundía cierta esperanza, la incertidumbre que deja la guerra preocupa a la reina, pues teme perder a su familia.
La noticia de la flota demoníaca solo había llegado a oídos de sus ahora esposas durante el reparto de las invitaciones de boda.
Los reinos que vigilaban las costas habían dado la voz de alarma, pero sus defensas habían sido arrasadas antes de que pudieran organizar una resistencia efectiva.
El tiempo se agotaba, y el Heraldo seguía sumido en un sueño que parecía no tener fin.
Sin embargo, al atardecer del tercer día, ocurrió el milagro.
Freya, quien en ese momento custodiaba el lecho de Darren, había estado canalizando su magia de curación divina junto con la energía pura del cetro dorado.
De pronto, sintió una vibración en el aire; los ojos de Darren se abrieron lentamente, enfocándose en el rostro cansado pero radiante de la ángel.
Abrumada por la emoción, Freya se lanzó a sus brazos, sollozando de alivio.
Darren, conmovido por su devoción incondicional, la estrechó contra su pecho y depositó un beso tierno en su frente, un gesto que provocó que ella se sonrojara.
A pesar de la debilidad, Darren se incorporó con una determinación que asombró a Freya.
Gracias a la sanación constante, su cuerpo no había sucumbido a la atrofia por la falta de alimento, pero su alma seguía sintiendo el peso de la convergencia mágica.
Freya, protectora, intentó que permaneciera en cama, pero Darren no estaba dispuesto a ser una carga por más tiempo.
Pronto, Lyra y la Reina Celery acudieron a la habitación, sus rostros bañados en lágrimas de felicidad al verlo despierto.
Para la Reina, el alivio era doble: recuperaba a su yerno y, con él, la única clave para vencer la inminente invasión demoníaca.
Tras ser puesto al corriente de todo lo ocurrido durante su ausencia, Darren sintió una punzada de preocupación.
No comprendía por qué su conciencia se había extraviado de tal manera.
Tras agradecer profundamente los cuidados de sus esposas, tomó una decisión audaz: debía consultar a los dioses.
Antes de partir hacia el santuario, Darren sostuvo el cetro divino, pues quería comprobar lo dicho por Freya; al contacto con su mano, la luz del báculo se intensificó con una magnitud que superaba incluso la de Freya.
La sorpresa fue generalizada, pero para Darren era una confirmación silenciosa de la bendición que los dioses le habían otorgado: la compatibilidad absoluta con cada arma divina.
A pesar de las dudas de todos, cuando Darren les explicó que hablaba con los dioses, pues no comprendían cómo alguien podía hablar directamente con ellos.
Tras mucho insistir, Darren las convenció para que lo llevaran a un pequeño santuario en el castillo.
Una vez allí, se arrodilló y oró a Wiraqucha.
Como en ocasiones anteriores, el tiempo se detuvo en un suspiro sepia.
Ante él, se manifestaron los orbes de luz que ya conocía, pero esta vez, una nueva presencia se unió al círculo.
Una esfera de luz azulada, con una voz dulce y profunda como el océano, se postró ante él.
—Joven viajero entre mundos, me llamo Mama Cocha —dijo la nueva deidad—.
Tu estado es lamentable, pero aun así, los núcleos debes obtener si deseas sobrevivir a la tormenta que se avecina.
—Mama Cocha, ¿tú eres la diosa del cetro?
—preguntó Darren, sintiendo la conexión mística—.
¿Pueden ayudarme a entender por qué mi energía se consume de esta manera?
—La situación es crítica —intervino Wiraqucha con su voz dura y sabia—.
Los núcleos que ya posees están devorando tu esencia vital.
Y aunque aún no has absorbido el tercer núcleo del cetro, de momento tu esposa tiene sus beneficios.
Será decisión tuya si lo absorbes o no.
Pero siempre correrán el riesgo de que alguien quiera arrebatarselos.
Sintiendo que la charla con los dioses llegaba a su fin, Darren se apresuró a plantear la duda que más le atormentaba desde que vio a Amelia usar su poder.
—Una última pregunta…
¿Cómo es que Amelia, al absorber los fragmentos del escudo divino, no se transformó en un monstruo como Alem u Otto?
—Eso fue gracias a tu sangre —respondió Wiraqucha, mientras flotaba de un lado a otro—.
En el momento de su creación, usaste tu propia sangre para infundirle vida.
Su cuerpo es una extensión de tu propia esencia.
Por eso, su cuerpo puede albergar el poder de los dioses sin corromperse.
Ella es, en verdad, tu otra mitad.
Tras su reveladora charla con los dioses, Darren comenzó a trazar un plan con la visión de un estratega que sabe que el tiempo es su enemigo más implacable.
Al regresar a la realidad, compartió con sus esposas la voluntad de las deidades: debía asimilar el tercer núcleo del cetro para estabilizar su propia existencia.
Aunque Lyra, Freya y la Reina Celery se opusieron inicialmente por temor a su fragilidad, Darren les explicó con una calma inquebrantable que esta era la única forma de obtener seguir en pie, para poder estar presente para la guerra que ya golpeaba sus puertas.
Para llevar a cabo su plan, el cual se dividía en varias fases.
Para una primera parte, Darren necesitaba un entorno de absoluta pureza y concentración.
Pidió la confianza total de Freya y la condujo a la intimidad de su propia habitación.
La joven santa, confundida y con el corazón latiendo con una fuerza inusitada, no pudo evitar que un rubor intenso tiñera sus mejillas ante la posibilidad de un encuentro más íntimo.
Cuando Darren le pidió con suavidad que se despojara de sus prendas para facilitar la transmutación que estaba por realizar, el nerviosismo de Freya alcanzó su punto máximo.
Sin embargo, al cerrar los ojos bajo el toque cálido de su esposo, cayó en un sueño profundo y reparador.
Al despertar, encontró a Darren a su lado, acariciando su cabello con una ternura infinita.
—¿Pasó…
pasó algo entre nosotros, amado esposo?
—susurró Freya, jugueteando con sus manos y evitando su mirada, dividida entre el deseo y la timidez.
Darren acercó su rostro al de ella, depositando un beso suave en su mejilla antes de responder con una chispa de picardía en los ojos: —Aún no, mi dulce esposa.
Estoy aguardando el momento perfecto, uno que sea tan especial como tú te mereces.
Con esas palabras, Freya quedó sin aliento, sumida en una meditación silenciosa sobre la profundidad del respeto que Darren le profesaba.
Posteriormente, él realizó un proceso similar con Lyra, a quien le prometió con la misma caballerosidad que nada ocurriría hasta que ella alcanzara una madurez en edad, al menos la de Emery, calmando así los nervios de la joven sanadora.
Aquello solo eran los primeros pasos.
Darren necesita concentrarse en incrementar su poder.
Sin la energía suficiente para destruir el arma divina de inmediato, Darren se sumergió en un entrenamiento de meditación profunda.
Tanto Freya como Lyra permanecieron en la habitación, convirtiéndose en sus guardianas silenciosas.
La postura de Darren, una técnica de su mundo original que les resultaba extraña y fascinante, parecía atraer la energía del entorno hacia su cuerpo.
Durante horas, luchó contra el dolor punzante que presentaba su cuerpo ante la convergencia mágica, manteniendo una voluntad de hierro para incrementar su poder.
En un rincón de la habitación, Freya encontró un libro de forro rojo entre las pertenencias de Darren.
Por más que lo intentó, ni ella ni Lyra pudieron abrirlo; parecía sellado por una magia pero no saben cómo desbloquearlo.
Intrigadas, decidieron esperar a que él terminara su trance, pero el cansancio las venció y terminaron quedándose dormidas al pie de su lecho, perdiendo la noción del tiempo junto a él.
A la mañana siguiente, el silencio del castillo se rompió con la llegada de Emery y Amelia.
Al enterarse del despertar de Darren, corrieron desesperadas hacia sus aposentos.
Al entrar, se detuvieron en seco ante la visión de Darren envuelto en un aura mágica de una intensidad sobrecogedora.
La energía imbuía su cuerpo con la fuerza necesaria para el siguiente paso de su evolución.
Amelia, usando su propia esencia, se comunicó con él en el plano espiritual, haciéndole sentir su presencia.
Emery observaba con asombro la maestría de la gran bruja, deseando con todo su ser llegar a ser un apoyo igual de vital para el hombre que amaba.
Cuando Darren abrió los ojos, su sonrisa iluminó la habitación, disipando la tensión acumulada.
Se incorporó y las envolvió en un abrazo cargado de gratitud.
Emery fue la primera en recibir su afecto y un beso que le devolvió la paz que había perdido durante su ausencia.
Luego, hizo lo mismo con Amelia, agradeciéndole con especial énfasis el haber cuidado de Emery en el peligroso viaje.
Aunque felices, ambas le recriminaron que no estuviera guardando reposo, pero Darren les aseguró que su entrenamiento era la única medicina que necesitaba.
El bullicio despertó a Freya y Lyra, y pronto todos se pusieron al corriente de los últimos acontecimientos.
La sorpresa fue generalizada al enterarse de la comunicación directa con los dioses, aunque Amelia confesó que ya estaba al tanto de ese vínculo divino.
Sin embargo, la calma duró poco.
Emery y Amelia compartieron la información obtenida de los hermanos de Aerin: los demonios ya habían desembarcado en el norte y la masacre había comenzado.
La guerra ya no era una amenaza lejana; era una realidad sangrienta que exigía que él estuviera listo para la batalla.
Tras explicar su plan, las chicas no tardaron en rechazarlo con una mezcla de angustia y firmeza.
No solo representaba un peligro inminente para su vida, sino que también implicaba un uso de energía que consideraban crucial para su recuperación.
Para ellas, seguir adelante con esa idea significaba arriesgar la esencia misma de su salud.
Sin embargo, Darren ya había pensado en cada variable; no era una decisión impulsiva nacida de la desesperación, sino una estrategia calculada desde el momento en que abrió los ojos.
Con una determinación que no admitía réplica, comenzó a prepararse para la inminente guerra, guardando ciertos detalles para sí mismo, consciente de que revelar demasiado solo sembraría más temor en los corazones de aquellas chicas que ahora eran dueñas de su corazón.
En medio del ajetreo de los preparativos, Lyra no podía evitar sentirse como una nota discordante en una melodía perfecta.
Había una sombra de incomodidad en su mirada, una sensación de desubicación que la diferenciaba de la seguridad que mostraban las demás.
Darren, cuya sensibilidad se había agudizado tras su letargo, notó casi al instante cómo la sonrisa habitual de la joven y bella maga sanadora se desvanecía.
Aunque los recientes ataques habían alterado sus planes para intercambiar sus votos con la princesa Lyra, su voluntad permanecía intacta: cumpliría con su palabra de casarse con ellas, antes de salir en su viaje en compañía de ellas.
Fue entonces cuando Emery, impulsada por una valentía que desafiaba su naturaleza recatada, recordó el tesoro que habían traído del bosque místico.
Sin dudarlo, tomó la fruta sagrada y, con un movimiento suave pero decidido, empujó a Darren hacia el sofá.
Quedaron frente a frente, en un silencio cargado de una tensión eléctrica.
Emery tomó aire, clavó su mirada en el reluciente fruto y le dio una mordida profunda.
Sin decir palabra, se sentó en su regazo, permitiendo que su largo cabello, sujeto por delicadas trenzas, rozará la frente de Darren como una caricia de seda.
En un gesto de audacia suprema, unió sus labios a los de él, dejando que el néctar sagrado fluyera directamente de su boca a la suya, emulando el ritual que Aerin había realizado días atrás.
El atrevimiento de Emery dejó a la habitación sumida en un silencio estupefacto.
Nadie esperaba que la princesa, siempre tan contenida, se desinhibiera de tal manera para reclamar su lugar en el corazón de Darren.
Su determinación quedó grabada en las pupilas de todas las presentes: estaba dispuesta a todo por su esposo.
Sin embargo, este gesto audaz encendió una chispa de deseo competitivo en las demás, amenazando con romper la frágil calma del grupo.
Fue Amelia quien intervino con la sabiduría de quien conoce los tiempos del corazón; aunque ella misma anhelaba ese contacto, reprimió sus deseos en favor de la armonía colectiva, actuando como el ancla que mantenía al grupo unido.
Mientras estabilizaba el ambiente, Amelia no perdió de vista a Lyra.
Notó el peso invisible que encorvaba sus hombros y la tristeza que nublaba sus ojos.
Sin dudarlo, se retiró del tumulto y buscó un momento a solas con ella en uno de los balcones del castillo.
Quería entender el tormento de la joven y ofrecerle el apoyo que solo una hermana mayor en el afecto podría brindar.
Tras su plática, Amelia se acercó a Darren y le confió la melancolía de Lyra.
Él asintió con pesadumbre; ya se había percatado de que la sonrisa de Lyra se apagaba lentamente.
Con una promesa silenciosa y una mirada de complicidad hacia Amelia, Darren prometió una recompensa para la lealtad de Amelia, pues era su compañera leal.
Algo que él jamás olvidará, una luz que disipará sus sombras para siempre.
En los jardines traseros del castillo, existía un rincón secreto que recientemente había sido reclamado por un grupo de hadas como su hogar.
Desde entonces, el lugar era conocido como “El Refugio de las Hadas”.
Darren, con una dedicación que rozaba lo artístico, había construido allí una pérgola de madera blanca, ahora completamente cubierta por enredaderas de jazmín lunar.
Bajo el cielo nocturno, las flores se abrían en una danza silenciosa, emitiendo una luminiscencia azulada que bañaba el entorno en un resplandor etéreo.
Un pequeño estanque, alimentado por una cascada cristalina que descendía de una roca mística, llenaba el aire con un murmullo constante, creando una atmósfera de paz absoluta que parecía ajena a los horrores de la guerra.
Amelia se había encargado personalmente del atuendo de Lyra, guardando el secreto bajo llave para que Darren no pudiera verla hasta el momento preciso.
Para él, la espera había sido un tormento dulce, una ansiedad que le oprimía el pecho pero que aceptaba con la paciencia de quien sabe que lo bueno requiere su tiempo.
Amelia, con la ayuda de las demás esposas, había coordinado cada detalle; sabían que estas pequeñas ceremonias privadas eran la gran promesa de Darren para con cada una de ellas, un ancla de amor antes de la tormenta.
Cuando Darren finalmente se situó al pie de la escalinata de mármol, el tiempo pareció detenerse.
Lyra comenzó a descender lentamente, transformada en una visión de ensueño.
Vestía un traje de tul celeste cuya falda se extendía como una nube a su alrededor.
El corsé, ajustado, adornado con pedrería y bordados de plata, resaltaba su delicada cintura, mientras que el diseño de hombros descubiertos y encaje delineaba su silueta con una elegancia que Darren nunca había visto en ella.
Una extraña melancolía, nacida de la belleza pura del momento, embargó su corazón, pero se obligó a sonreír para no empañar la felicidad de su amada.
Darren, por su parte, lucía un impecable traje frac, una vestimenta de su mundo original que acentuaba su porte masculino y su figura atlética.
Era una moda desconocida en aquel reino, una pieza de su verdadera identidad que traía a este momento sagrado.
Al llegar Lyra al último escalón, él extendió su mano con una reverencia solemne.
El corazón de la joven maga latía con tal fuerza que sentía las pulsaciones en sus oídos, temiendo que pudiera salirse de su pecho en cualquier instante.
Darren se acercó a ella y, con una voz cargada de ternura, le susurró al oído: —Esta noche, el jardín guarda un secreto solo para nosotros.
Ante sus palabras, Lyra dejó escapar un suspiro emocionado, bajando la mirada para ocultar una sonrisa que iluminaba su rostro más que las propias flores de jazmín.
Darren la guió por el sendero del jardín, que se iluminaba a su paso por pequeñas esferas de luz flotantes, creadas por la magia de Amelia para imitar a las luciérnagas.
El clima, controlado mágicamente para ser una caricia cálida en la piel, hacía que el paseo fuera perfecto.
Lyra sentía que cada paso a su lado era un tesoro; tenerlo solo para ella, aunque fuera por unas horas, era todo lo que siempre había soñado.
Al llegar a la pérgola, frente al murmullo de la cascada, Darren se detuvo y se hincó ante ella, tomando su mano entre las suyas.
—Lyra, recuerdo el día que te conocí —comenzó Darren, su voz firme pero cargada de emoción—.
Has sido mi fortaleza y mi sombra protectora en los momentos más oscuros.
Tu sonrisa y tu amor incondicional son la luz que guía mi camino cuando todo parece perdido.
Hoy, bajo esta luna de plata, te prometo que mi corazón siempre será tu hogar.
Defenderé tu felicidad, tus sueños y tu vida con cada aliento que me quede.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Lyra, y su mano temblaba visiblemente.
Recordó los votos que había practicado con Amelia, pero en ese momento, las palabras brotaron de su alma con una sinceridad desgarradora.
—Darren…
siempre me sentí pequeña ante la grandeza de las demás, pero a tu lado, me siento invencible.
Desde aquel primer día en la academía, me enamoré de ti sin remedio.
Quise estar en tu clase, quise seguirte en cada rescate…
solo para estar cerca de ti.
Hoy prometo ser tu compañera fiel en las batallas y en la vida.
Prometo amarte para siempre y ser la sonrisa que cure tu alma cuando el peso del mundo sea demasiado grande para un solo hombre.
—Yo te acepto, Lyra Von Gottschalk.
De este día en adelante, prometo cuidarte, respetarte y amarte por toda la eternidad.
Darren le entregó un colgante con un cristal que brillaba con el mismo tono zafiro de sus ojos.
Sellaron su promesa con un beso largo y profundo, mientras las flores de jazmín lunar se abrían por completo en un estallido de fragancia mística, celebrando la unión de dos almas que habían encontrado su refugio en medio del caos.
Mientras a lo lejos, más allá de las fronteras del condado, el cielo nocturno ya no es negro, sino que se tiñe de un resplandor rojizo inquietante.
En las costas del norte, el humo de las ciudades arrasadas asciende como una plegaria negra hacia dioses que parecen haber guardado silencio.
Las sombras de los demonios se alargan sobre la tierra, y el viento trae consigo el aroma metálico de la sangre y el hierro.
Darren, tras separarse suavemente de Lyra, mira hacia el horizonte.
Sus ojos, aun llenos de ternura, al contemplar la compañía de su ahora esposa.
Sabe que su presencia será de gran importancia para él.
Mientras siente la mano de Lyra entrelazada con la suya, su resolución se vuelve absoluta.
Traerá la paz a ese mundo.
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