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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 42

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  3. Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 Un ángel enamorado
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42: Capítulo 42: Un ángel enamorado 42: Capítulo 42: Un ángel enamorado Tras la intensidad de la noche anterior, Darren despertó más tarde de lo habitual.

A su lado, Emery dormía plácidamente, envuelta en un aura de serenidad que Darren no quiso romper de inmediato.

La observó en silencio, maravillado por la paz que finalmente había regresado a su rostro tras la tormenta de su pérdida.

Cuando decidió despertarla, lo hizo con una caricia tan leve como el roce de un ala, susurrando su nombre con una ternura que era, en sí misma, una promesa de protección.

Al abrir los ojos y encontrarse con la mirada de Darren, Emery se aferró a él con una fuerza desesperada, como si temiera que el mundo pudiera arrebatárselo de nuevo.

En ese abrazo, no solo compartieron calor físico, sino una comunión de almas que les devolvió la energía necesaria para afrontar el nuevo día.

La tristeza que antes nublaba los ojos de Emery había sido reemplazada por un brillo de esperanza que no pasó desapercibido para nadie durante el desayuno.

Las demás mujeres —Amelia, Aerin, Lyra, Dorotea y Freya— observaban el radiante ánimo de Emery con una mezcla de alegría sincera y un anhelo silencioso.

Cada una de ellas, en lo más profundo de su corazón, soñaba con el momento en que pudieran compartir esa misma intimidad con el hombre que era el centro de sus vidas.

La entrada del Rey Damian y la Reina al comedor impuso una solemnidad inmediata.

Mientras compartían la comida, la Reina se mostró especialmente solícita con su hija, sugiriendo con delicadeza diversas alternativas para su recuperación física y emocional.

Pero tras las palabras de aliento, subyacía una responsabilidad ineludible: como primera esposa de Darren y única heredera del trono, el futuro de la línea real dependía de que Emery pudiera concebir un heredero.

Era un peso que la corona imponía sobre su amor, una tarea que trascendía lo personal para convertirse en una cuestión de estado.

Para la tarde, Darren ya tenía un plan trazado.

Dedicaría su tiempo a Freya, la joven cuya pureza angelical siempre lograba calmar su espíritu.

Partieron hacia la ciudad con la intención de perderse entre la gente y disfrutar de la normalidad que tanto anhelaban.

Comenzaron su cita en una galería de tiro con arco.

Fue una exhibición de gracia y precisión; ambos asestaron cada flecha en el centro del blanco con una facilidad que dejó boquiabiertos a los presentes.

Aunque rechazaron los premios con una sonrisa humilde, la complicidad entre ellos era evidente en cada mirada compartida.

Luego, se refugiaron en una pequeña cafetería, disfrutando de un frappé de moras mientras observaban el bullicio de la ciudad.

Sentados frente a frente, la conversación se tornó profunda.

Freya, con su rostro iluminado por una sonrisa tierna, buscó los ojos de Darren.

—Amado mío…

dígame, por favor.

¿Qué ve cuando mira hacia su futuro?

—preguntó ella, su voz suave como una caricia.

Darren entrelazó sus manos sobre la mesa, su mirada perdiéndose por un momento en el horizonte.

—La verdad, Freya…

no lo sé.

He estado viviendo al día, sin atreverme a planear nada.

Durante mucho tiempo, ni siquiera sabía si por mi condición como familiar podría seguir viviendo en este mundo.

Freya lo escuchaba con una mezcla de asombro y compasión.

Sabía que él no pertenecía a este mundo, que había sido convocado por Emery y que todo lo que traía consigo era un eco de su pasado.

Pero escuchar su incertidumbre sobre su propia supervivencia le partió el corazón.

—Solo deseo hacer lo mejor para la gente de este mundo —continuó Darren, tomando la barbilla de Freya con una delicadeza infinita—.

Mi forma de pensar ha cambiado desde que acepté este destino, pero tenerlas a ustedes a mi lado me da las fuerzas para enfrentar cualquier tormenta.

Tú, Freya…

eres una de mis razones más poderosas para seguir adelante.

Tras la confesión en la cafetería, el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo con matices de un tono naranja y violeta.

Darren llevó a Freya hacia la colina más alta que dominaba la ciudad, un lugar donde el viento soplaba con un aroma a rosas.

—A veces siento que el peso de ser el héroe me ancla demasiado a la tierra —susurró Darren, mirando las luces que empezaban a encenderse en el valle.

Freya se acercó a él por la espalda, rodeando su cintura con sus brazos.

En un gesto de confianza absoluta, permitió que sus alas blancas se desplegaran, envolviendo a ambos en un capullo de plumas suaves y cálidas que irradiaban una luz divina.

—Entonces, déjame ser yo quien te eleve, Darren —dijo ella al oído—.

No tienes que cargar con el mundo tú solo.

Mi magia no es solo para sanar cuerpos, sino para sostener tu corazón.

En ese momento de intimidad celestial, Freya invocó una pequeña esfera de luz pura entre sus manos.

La elevó hacia el cielo, donde la esfera estalló en mil fragmentos brillantes que formaron una constelación temporal: dos estrellas entrelazadas que brillaban con más fuerza que cualquier otra.

—Ese es nuestro futuro, Darren —prometió Freya, obligándolo a mirarla a los ojos—.

No importa de dónde vengas o qué dificultades pases.

Mientras yo viva, mi luz será tu guía y mis alas tu refugio.

Darren la atrajo hacia sí, sellando la promesa con un beso que supo a eternidad.

Bajo el cobijo de la noche, acompañado de su ángel encontraron un momento de paz absoluta, una tregua con el destino que tienen enlazados.

El momento de paz fue desgarrado por un dolor punzante e insufrible que recorrió el cuerpo de Darren como un rayo de oscuridad.

A pesar de la agonía, apretó los dientes, luchando por mantener la compostura; no estaba dispuesto a permitir que su fragilidad arruinara la velada con Freya.

Sin embargo, ella, cuya alma estaba sintonizada con cada latido de su esposo, percibió el tormento oculto tras su mirada.

Con una ternura que desbordaba determinación, Freya se inclinó hacia él.

En un beso canalizo todo su poder de sanación divina.

Su luz pura a través de sus labios, transfirió una corriente de calma que barrió el sufrimiento de Darren y devolvió la paz a sus sentidos.

Aún recuperando el aliento sobre la hierba fresca, Darren buscó en su túnica una caja larga de terciopelo que había custodiado con celo.

Al abrirla, la luz de la luna rosada arrancó destellos a un collar delicado, coronado por una gema rosada de un brillo etéreo.

Era una joya diseñada no solo para adornar, sino para ser un faro para Freya en sus horas más oscuras.

Con una solemnidad que conmovió el aire nocturno, Darren se arrodilló frente a ella y tomó su mano, que temblaba levemente.

—Freya Enid Von Drachenfels…

sé que este no es el altar que imaginaste —comenzó Darren, su voz firme y cargada de una emoción profunda—.

Desearía poder regalarte el mundo entero, pero sé que tu corazón no quiere esperar a nuestro regreso.

Bajo esta luna, que hoy es testigo de nuestra unión, te juro y te prometo, desde lo más profundo de mi ser, honrarte, amarte y respetarte.

Ahora, mañana y más allá de la eternidad.

Las palabras flotaron entre ellos, sellando un pacto que ni el tiempo ni la guerra podrían erosionar.

—Yo te acepto, Darren Von Königssee, como mi esposo —respondió Freya, su voz quebrada por un llanto de felicidad pura—.

Juro honrarte y amarte hasta mi último aliento, y más allá de lo que la muerte pretenda separar.

Mi corazón y mi alma te pertenecen desde el primer día.

Se hincó frente a él, uniendo sus frentes en un gesto de devoción absoluta.

—No importa cuán difícil sea el camino, Darren.

Nunca me dejes atrás.

Siempre estaré a tu lado, siendo tu luz cuando la oscuridad intente alcanzarte.

A pesar de su debilidad, Darren se puso en pie y extendió su mano, invitándola a un baile que desafiaba a la lógica.

En aquel rincón apartado, sin músicos ni salones, el silencio fue roto de pronto por las notas dulces y melancólicas de un vals que parecía brotar de la misma tierra.

A lo lejos, oculta entre las sombras de los árboles, Amelia observaba la escena.

Con una magia sutil, había creado una melodía que envolvía a los recién casados, regalándoles el milagro de contar con música que merecían para su primer baile.

Para Amelia, ver a Darren dichoso en brazos de otra era como sentir un puñal de hielo en el pecho.

Pero su amor por él era tan vasto que prefería su propia agonía con tal de asegurar la plenitud de Darren.

En su vida pasada y en esta, él siempre había antepuesto el bienestar ajeno; esta era la forma en que Amelia le retribuía: siendo el arquitecto silencioso de su felicidad.

El baile fue una danza de sincronía y amor.

A pesar del terreno desigual y el cansancio de Darren, sus pasos encontraron una armonía perfecta.

Al final, agotada pero radiante, Freya pidió descansar.

Darren se sentó primero sobre el pasto y la ayudó a acomodarse sobre su regazo, rodeándola con sus brazos.

Bajo el manto infinito de las estrellas, sus labios se encontraron de nuevo en un beso cargado de pasión y promesas eternas, sellando el vínculo sagrado que los uniría por siempre.

Tras el intenso momento en los jardines, el aire de la noche se volvió más fresco, invitándolos a buscar el refugio del castillo.

Darren, con una vitalidad renovada por el amor de Freya, la ayudó a levantarse y, caminando de la mano, recorrieron los senderos iluminados por luciérnagas.

Al entrar en sus aposentos, el ambiente era cálido y acogedor.

Amelia, en un último gesto de cuidado, había dejado encendida una pequeña chimenea y preparado una tetera con un té relajante, uno de los favoritos de Darren.

—Siéntate, Darren —pidió Freya con dulzura, guiándolo hacia un cómodo sillón frente al fuego—.

Esta noche, yo cuidaré de ti.

Freya sirvió dos tazas de la infusión humeante.

Se sentó en una alfombra a los pies de Darren, apoyando su cabeza en las rodillas de él mientras compartían el té en un silencio cómodo y reparador.

Hablaban de las pequeñas cosas: de cómo les gustaría decorar su futura habitación o de los nombres que les pondrían a sus hijos algún día.

Darren tomó un libro de poemas que descansaba en la mesa lateral y comenzó a leer en voz alta.

Su voz, profunda y serena, llenó la habitación, actuando como un bálsamo para ambos.

Freya cerró los ojos, dejándose llevar por la cadencia de las palabras y el calor del hogar.

Darren rodeó a Freya con sus brazos, y ella se acurrucó en su regazo, hasta que el sueño los envolvió en una paz absoluta y sanadora.

Al despertar en plena madrugada, Darren tomó a Freya en brazos y la llevó con delicadeza a su habitación.

Con ternura, la acomodó entre suaves mantas, asegurándose de que estuviera cómoda y lista para descansar.

Antes de retirarse, murmuró una vez más su amor eterno, sellando sus palabras con un beso en sus labios.

Se despidió suavemente, dispuesto a dejarla dormir en paz esa noche.

Sin embargo, justo cuando estaba por irse, Freya, aún sumida en su sueño, lo sujetó del brazo, impidiendo que se marchara.

A pesar de su gesto, Darren sabía que todavía no era el momento adecuado para compartir el lecho como esposos.

Pero en su interior, estaba seguro de que ese instante llegaría pronto para ambos.

Mientras la paz reinaba en el castillo, el enemigo avanzaba con una implacabilidad que helaba la sangre.

La marcha de las guerreras gato era una sombra veloz que devoraba leguas, y no tardaron en alcanzar las imponentes murallas de Del Valle.

La oscuridad de la medianoche envolvía la capital del condado, y sus grandes puertas de roble y hierro permanecían cerradas, desafiando a cualquier intruso.

Desde las almenas, una tenue iluminación proporcionada por las luminarias LED de alta intensidad, disipando las sombras a grandes distancias, pero las guerreras de Erendira eran expertas en moverse donde la luz no llegaba.

Tras buscar en vano un punto ciego en las defensas, Erendira tomó una decisión audaz.

Confiando en el poder devastador de su cetro dorado, ordenó el ataque.

No buscaban una infiltración silenciosa, sino un golpe tacito que descabezara el liderazgo del condado mientras la ciudad dormía en un sopor profundo.

En el castillo, Darren acababa de dejar a Freya en su lecho con una delicadeza infinita.

Pero justo cuando ella se acomodaba entre las sábanas, un escalofrío eléctrico recorrió la columna de Darren.

Se acercó a la ventana y divisó un resplandor anómalo en la distancia, una luz que no pertenecía a ninguna fuente en la ciudad.

En ese instante, su alma vibró con una frecuencia inequívoca: otra arma divina estaba cerca, y su rastro de poder era una declaración de guerra.

Sin mediar palabra, Darren salió disparado de la habitación.

Sus pasos resonaron como truenos en los pasillos silenciosos mientras descendía las escaleras a una velocidad sobrehumana.

Al cruzar el umbral del castillo, se encontró con un comité de bienvenida letal: un grupo de asesinos envueltos en trajes de una oscuridad absoluta, diseñados para absorber hasta el último fotón de luz.

Eran sombras vivientes, y su intención era clara: eliminar al Heraldo antes de que pudiera reaccionar.

Darren no llevaba acero físico, pero su voluntad era un arma más poderosa.

Con un gesto fluido, conjuró un par de katanas y potenció sus atributos físicos hasta el límite.

Su maestría en artes marciales se convirtió en una danza de muerte; cada tajo de sus hojas chocaba contra las de sus contrincantes, mientras su mente procesaba el caos que se desataba en la ciudad.

Del Valle estaba bajo asedio, no solo por asesinos, sino por una horda de criaturas demoníacas que rugían entre los edificios.

Razonando con la frialdad de un estratega, Darren empleó magia de hielo para congelar el avance de sus enemigos, seguido de ráfagas de viento huracanado que lanzaron a los asesinos por los aires, estrellándose contra los muros de piedra.

Aprovechando el respiro, corrió hacia la ciudad con una velocidad más allá de lo que se había permitido.

Lo que encontró al llegar fue un escenario de pesadilla.

Edificios que él mismo había ayudado a reconstruir estaban en ruinas, y el aire apestaba a ozono y azufre, rastros del inmenso poder destructivo de un arma divina.

Las defensas locales habían sido barridas como hojas secas ante una tormenta.

Darren no lograba comprender el motivo de tal ensañamiento.

¿Buscaban a una de sus prometidas?

Su propia humildad le impedía ver que él era el blanco de una amenaza de tal magnitud.

Con una urgencia que le quemaba el pecho, Darren buscó al portador del arma divina, pero el rastro se enfriaba; el invocador se había marchado, dejando a su ejército de monstruos para terminar el trabajo sucio.

Darren apretó los puños, y sus ojos brillaron con una intensa luz.

No dejaría que nada quedara en pie.

Canalizando su magia avanzada, Darren se convirtió en una tormenta viviente.

De círculos mágicos, brotaron hojas de agua tan afiladas que cortaban el acero, seguidas de dragones de relámpago que descendieron del cielo nocturno, envolviendo a las criaturas demoníacas en un torbellino eléctrico que las fulminaba.

No se detuvo ahí: águilas de fuego puro se lanzaron en picada contra las bestias aladas, mientras tigres de llamas arrasaban con los monstruos terrestres, convirtiendo el asedio en una pira funeraria de cenizas humeantes.

Su furia había despertado, y su ira era un espectáculo de belleza y destrucción absoluta.

En medio del fragor de la batalla, Darren percibió que a las afueras de la ciudad se libraba otro combate, uno cuya intensidad hacía vibrar el aire mismo.

Su cuerpo, sin embargo, comenzaba a pasarle factura: la fatiga lo envolvía como un manto de plomo y un dolor punzante pulsaba en cada rincón de su ser, recordándole la inestabilidad de los núcleos que habitaban en su interior.

A pesar del tormento, apretó los dientes; no podía permitirse ceder mientras su hogar estuviera bajo asedio.

Pero antes de que pudiera avanzar, el grupo de asesinos encapuchados volvió a cerrarle el paso, sus siluetas fundiéndose con las sombras de la noche.

Darren adoptó una postura defensiva, sus katanas vibrando ante cada choque, pero antes de que el primer asesino pudiera lanzar su estocada, el aire fue rasgado por el silbido del acero.

Dos figuras femeninas irrumpieron en la escena con una ferocidad inesperada, interponiéndose entre él y sus enemigos.

El sonido de las hojas chocando llenó el aire mientras sus aliadas desenvainaban sus espadas con una destreza letal.

Casi al mismo tiempo, una lluvia de flechas surcó el cielo nocturno, alcanzando a sus agresores con una precisión fatal.

La sorpresa de Darren se transformó en una calidez profunda al reconocer a sus salvadoras: eran sus amadas, quienes habían sentido su peligro y habían acudido justo a tiempo para protegerlo.

Instantes después, la luz de las llamas reveló la llegada del Rey Damián y los barones, quienes se unían a la lucha en el momento más crítico.

Sin embargo, el alivio fue efímero; un peso agonizante comprimió el corazón de Darren, obligándolo a hincarse sobre una rodilla mientras el aire se escapaba de sus pulmones.

Freya fue la primera en llegar a su lado.

Al verlo inclinado sobre sí mismo, comprendió que el dolor físico estaba alcanzando un nivel insoportable.

Sin dudarlo, envolvió a Darren en un abrazo cargado de magia divina.

Aunque sabía que su bendición era solo un bálsamo temporal, entregó su propia energía de sanación divina para estabilizarlo.

En ese momento, Freya entendió con una claridad dolorosa que Darren no sobreviviría mucho más tiempo sin las frutas del Árbol Sagrado; su vida pendía de un hilo que solo el amor y el sacrificio podían sostener.

—Debo ir…

—susurró Darren, su voz recuperando la firmeza gracias a la luz de Freya—.

Amelia no está aquí.

Es ella quien se enfrenta al portador del arma divina.

Las demás chicas, al ver la conexión inquebrantable entre ellos, instaron a Freya a que lo acompañara.

Sabían que solo ella podía proporcionarle el equilibrio emocional y la fortaleza necesaria para la batalla final.

Momentos antes de que comenzara la batalla, Amelia, tras sentir la presencia del arma divina, no había perdido ni un segundo.

Se había enfundado una indumentaria de combate, una vestimenta ligera diseñada para potenciar sus atributos de ataque, resistencia y mágicos.

Había partido antes de que Darren pudiera detenerla, y pronto dio con su objetivo en las afueras de la ciudad: una figura femenina, esbelta y rodeada de un aura asesina, que sostenía un reluciente cetro dorado.

—Soy Erendira, heraldo de la muerte al servicio del Emperador de los Demonios —declaró la desconocida con una voz gélida, levantando la cabeza para revelar unos ojos verdes que brillaban con una determinación letal—.

He venido por tu cabeza…

¡Heraldo de los Dioses!

Amelia comprendió al instante la confusión de Erendira.

Al portar los fragmentos del arma divina y emanar un poder tan vasto, la enemiga la había tomado por Darren.

Lejos de corregirla, Amelia sintió cómo una llama inquebrantable se encendía en su pecho.

Si esta mujer buscaba la vida del hombre que amaba, tendría que pasar primero sobre su cadáver.

Sin vacilar, Amelia desató su poder oculto, lista para luchar una batalla que no tenía intención de perder, dispuesta a mostrar una piedad que el enemigo no merecía.

Eréndira empuñó su cetro dorado con una rapidez felina, mientras Amelia, con una calma que helaba la sangre, alistaba su varita para desatar una ráfaga de encantamientos de alto nivel.

Los primeros ataques colisionaron en el aire, provocando ondas de choque que hacían vibrar el suelo bajo sus pies.

Eréndira demostró una maestría excepcional, deteniendo cada proyectil mágico con movimientos precisos de su arma divina.

Así comenzó un duelo de voluntades y poder, donde cada centímetro de terreno era disputado con gran talento.

El cetro de Eréndira no solo invocaba criaturas de pesadilla para hostigar a su oponente, sino que amplificaba la fuerza de sus hechizos hasta volverlos devastadores.

Sin embargo, Amelia no era una adversaria común.

Los fragmentos del escudo divino que portaba le proporcionaban una protección absoluta, un escudo indestructible que repelía los ataques mientras potenciaba sus propias habilidades mágicas.

Ambas combatientes se encontraban en un equilibrio precario de poder, pero Amelia poseía un factor que el arma divina no podía otorgar: una vasta experiencia en combate milenario que la convertía en una estratega intimidante y calculadora.

La ventaja táctica de Amelia no tardó en manifestarse.

Con un dominio absoluto sobre la magia elemental.

Combinando elementos, usando agua, saturó el suelo de humedad en un movimiento casi imperceptible.

Cuando Eréndira intentó una estocada decisiva, sus pies resbalaron sobre el lodo, perdiendo el equilibrio y esos instantes vitales que separan la vida de la muerte.

Aprovechando la vulnerabilidad, Amelia ejecutó un movimiento preciso y desarmó a la guerrera gato, enviando el cetro dorado a volar por los aires.

Mientras tanto, en los alrededores, el resto del grupo libraba su propia batalla heroica.

Dorotea y Aerin, con una coordinación perfecta, neutralizaron a sus adversarias, descubriendo con sorpresa que se enfrentaban a una élite de mujeres gato.

Aerin recurría a su magia élfica para ganar ventaja, pero el combate seguía siendo una prueba de resistencia agotadora.

A lo lejos, Emery y su madre combinaban ráfagas de viento huracanado y torrentes de agua, desestabilizando a las rivales y derribándolas como hojas secas.

En la retaguardia, Lyra era una sombra letal; sus flechas cruzaban el cielo oscuro como destellos fugaces, encontrando siempre su objetivo con una precisión que no dejaba margen al error.

Cuando Darren y Freya alcanzaron la posición de Amelia, Darren vio el cetro dorado girando en el aire.

Sin dudarlo, se lanzó para atrapar el arma divina, pero Amelia intervino de inmediato.

Se abalanzó sobre él, sujetándolo con firmeza y deteniendo cualquier intento de destruir el artefacto.

Su mirada, severa y desaprobatoria, le recordó que no toleraría actos imprudentes que pudieran poner en riesgo su vida.

Eréndira, despojada de su arma pero no de su odio, intentó un último ataque desesperado por la espalda de Amelia.

Darren reaccionó por puro instinto protector.

Con un movimiento veloz como el rayo, desenvainó su espada y la hundió en su adversaria, interponiendo su otra mano para frenar el golpe.

La vida de Eréndira se extinguió en un suspiro; el brillo esmeralda de sus ojos se desvaneció, y su cuerpo cayó sin vida, como si la luz misma hubiera abandonado el mundo.

Tras la victoria y la recuperación del arma divina, el grupo regresó a la ciudad, pero el triunfo se sintió amargo.

Al cruzar las puertas de Del Valle, Darren se detuvo, golpeado por la cruel realidad.

La ciudad que había construido para sus habitantes estaba en ruinas; el humo de los incendios nublaba su vista y el silencio de los caídos pesaba más que cualquier grito.

Al ver los pequeños cuerpos de las víctimas inocentes, una ira fría y oscura comenzó a gestarse en su interior.

Darren sintió que su promesa de protección se había roto, y el odio amenazaba con corromper su corazón.

Fue entonces cuando Lyra, sintiendo la tormenta en su alma, tomó su mano con una delicadeza infinita.

Lo envolvió en un abrazo que tranquilizaba su alma, y en ese contacto, el odio de Darren comenzó a disolverse.

Lyra no sólo limpió su corazón de la oscuridad, sino que le recordó por qué seguía luchando: no por la venganza, sino por los que aún respiraban y confiaban en él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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