La Luna Despreciada - Capítulo 1
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1: La hija de repuesto 1: La hija de repuesto —¿Aún estás en la cama?
—suspiró Lola con dramatismo—.
Levántate, Sofia.
Los sirvientes necesitan ayuda para llevar las cosas al salón.
Era el decimonoveno cumpleaños de Lola y toda la manada participaba en la celebración.
Su expresión mostraba su fastidio.
Puso los ojos en blanco y, cuando estaba a punto de irse, se detuvo en el umbral de la puerta.
—Ah, y procura no humillarte cuando llegue Damien.
Te le quedas mirando como una perra patética y enamorada…
Es vergonzoso.
La puerta se cerró de un portazo.
Sofia se mordió el labio.
Las palabras de Lola le dolieron, pero reprimió el dolor y se quedó en silencio.
Sofia se levantó de la cama.
Se bañó rápidamente y luego se puso un sencillo vestido azul.
Antes era su favorito.
Ahora solo lo usaba porque le cubría por completo los brazos.
Se recogió el pelo rubio y estudió su reflejo en el espejo.
Mejillas redondas.
Brazos suaves.
Unos ojos que intentaban ser valientes.
Levantó la barbilla, enderezó los hombros y bajó las escaleras.
La cocina bullía con el olor a azúcar y mantequilla.
Las bandejas de pasteles abarrotaban las encimeras.
Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, Sofia sintió un manotazo en el brazo.
Era la jefa de cocina, que la miraba enfadada.
—Llegas tarde —siseó, como si Sofia fuera una sirvienta.
Por un momento, Sofia quiso recordárselo, quiso gritar que era la hija mayor del Beta Stephen.
Pero se recordó a sí misma con amargura que no era Lola, la hija preciada.
Era la otra.
A la que todos llamaban la de repuesto.
—Lleva la comida a la mesa larga —le ordenó la cocinera antes de endosarle un pesado cuenco en los brazos.
Sofia obedeció.
Cintas doradas colgaban de las vigas y la luz se derramaba por los suelos pulidos.
Jóvenes lobos corrían entre las sillas, chillando de risa hasta que uno de los Ancianos chasqueó los dedos y los hizo volver corriendo con sus padres.
Dejó el cuenco y volvió a por más, temerosa de que la regañaran por ser lenta.
Nadie parecía reparar en su existencia.
Era invisible a sus ojos.
Al tercer viaje, un grupo de chicas le bloqueaba el paso, haciéndose fotos con sus vestidos brillantes.
Tenían el tipo de cuerpo que la manada consideraba perfecto: esbelto, delgado.
Cualquier otra cosa era calificada de poco atractiva.
Esa era la casilla en la que habían metido a Sofia.
Una de las chicas la miró de arriba abajo y sonrió con suficiencia.
—Cuidado con el pastel, Sofia.
Deja algo para los invitados.
Las otras se rieron con sorna.
Sofia mantuvo la cabeza gacha, agarrando los dobladillos de su vestido mientras seguía caminando.
Había batallas que no merecía la pena librar.
Su padre, el Beta Stephen, estaba de pie en la entrada, dando órdenes.
Era alto, de complexión fuerte, con canas en las sienes.
Al principio no se fijó en Sofia, demasiado ocupado organizando a los guardias, ajustando detalles, asegurándose de que nada saliera mal.
Cuando sus ojos finalmente se posaron en ella, le dedicó un único asentimiento.
No era el calor de un padre, ni amor; solo reconocimiento.
—Sofia, ve a ayudar a la cocina con los platos.
Y asegúrate de que los regalos de tu hermana se trasladen al escenario.
Sofia reprimió las palabras que se le atascaban en la garganta.
—Sí, padre.
Sabía que no era cruel con ella.
Simplemente estaba ocupado con lo que importaba.
Y hoy, lo único que importaba era Lola.
A media mañana, todos los preparativos estaban listos.
Las puertas de su casa se abrieron y los invitados entraron a raudales.
Lola adoraba ser el centro de atención.
Iba vestida de plata, encantadoramente hermosa como siempre.
Alguien le coronó con una guirnalda de oro, y ella rio como si hubiera nacido para llevarla.
«Nuestra Princesa», la llamaban.
«Nuestra Lola».
Sofia se quedó atrás, observando.
Eran hermanas.
Compartían la misma forma de cara y los mismos labios.
Pero todo el parecido terminaba ahí.
Lola brillaba, Sofia no.
Sofia deseó poder escabullirse de vuelta a su habitación.
Pero era imposible.
No cuando su madre la buscaba constantemente.
Quería que viera a Lola recibir todo lo que ella nunca tendría.
En el momento en que Sofia ganó peso, dejó de existir a los ojos de sus padres.
Era solo la de repuesto.
La otra.
Sus propios cumpleaños nunca se habían celebrado.
Sin pasteles, sin canciones, ni siquiera un «feliz cumpleaños» de sus padres.
Todos lo olvidaban, excepto una persona.
Pero él ya no estaba en su vida.
—¡Está aquí!
¡Está aquí!
De repente, los susurros recorrieron a la multitud.
Las cabezas se giraron.
Sofia siguió sus miradas y se le cortó la respiración.
Damien, el Heredero del Alfa, acababa de llegar.
Su corazón dio un vuelco, como siempre que estaba cerca de él.
Un sentimiento que había intentado, y fracasado, en matar durante los últimos años.
En cuanto su hermana lo vio, abandonó a sus admiradores y corrió a sus brazos.
Damien rio suavemente, atrapándola con facilidad y haciéndola girar.
Los aplausos resonaron por el salón, las chicas se sonrojaron y algunas miraron con envidia.
La pareja perfecta.
Sofia no quería lo que tenía su hermana.
Lo único que quería era recuperar a su amigo.
El chico que solía entrenar con ella.
Que compartía el agua después de los entrenamientos.
Que la defendía cuando otros se burlaban de su peso.
Que una vez casi muele a golpes a otro chico por llamarla «michelín».
Ese chico había sido Damien.
Pero hace dos años, todo cambió.
Dejó de hablarle.
—Aléjate de mí, Sofia —dijo él con desdén mientras la miraba a los ojos, con la mandíbula tensa.
Sin motivo.
Sin explicación.
Solo una orden.
Y a partir de ese momento, se convirtieron en extraños.
Esa noche, Sofia había pensado en morir.
Le rezó a la Diosa Lunar para que se la llevara mientras dormía.
Pero la Diosa nunca respondió a sus plegarias.
—Feliz cumpleaños, Lola —dijo Damien con una gran sonrisa mientras le entregaba un regalo envuelto en una cinta roja.
Dijo algo que hizo reír a la multitud.
Lola se sonrojó mientras se inclinaba para besarle la mejilla.
Sofia apartó la mirada mientras se mordía el labio tembloroso.
Pero algo la impulsó a mirar de nuevo.
Cuando reunió el valor para hacerlo, ya no pudo apartar la vista.
Los ojos de Damien estaban clavados en los suyos.
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