La Luna Despreciada - Capítulo 2
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2: El Especial 2: El Especial Tenía que ser un accidente.
Tenía que serlo.
Él le sostuvo la mirada.
A ella se le entrecortó la respiración.
Su mandíbula se tensó y apartó la vista.
Lola se enganchó de su brazo y, juntos, desaparecieron entre la multitud que esperaba.
Incapaz de soportar seguir allí, Sofia quiso retirarse a la cocina.
Pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, alguien la agarró bruscamente del brazo.
Hizo una mueca de dolor al volverse para ver quién era.
—Ahí estás.
Ven conmigo —dijo la jefa de cocina con frialdad mientras arrastraba a Sofia por el salón.
A Sofia se le hizo un nudo en la garganta.
¿Qué había hecho ahora?
Ahora todos los ojos estaban puestos en ella.
Algunos susurraban y la señalaban.
—Seguro que ha vuelto a hacer algo.
—¡Agg!
¿Por qué no puede hacer nada bien?
—¿Crees que está intentando arruinar la fiesta de su hermana?
Sofia contuvo las lágrimas.
Miró en la dirección en la que la jefa de cocina la arrastraba.
Se le paró el corazón en el pecho.
—¿Qué está pasando?
—preguntó Sofia cuando por fin encontró su voz.
—Estás en problemas…
La señora te está buscando y está furiosa.
Sofia sabía lo que significaba el enfado de su Madre.
Siempre que Lady Cara estaba furiosa, la culpa era de ella.
En cuanto se encontró con el ceño fruncido de su Madre, Sofia supo que estaba acabada.
Antes de que pudiera decir una palabra, su Madre le cruzó la cara de una bofetada.
El sonido resonó por encima de la música.
Ahora todos los ojos estaban puestos en ella.
Una ola de jadeos recorrió la multitud.
Unos cuantos invitados se giraron y susurraron tapándose la boca con la mano.
—¡¿Simplemente no soportas ver a tu hermana feliz, verdad?!
—siseó Lady Cara a Sofia, llena de ira.
—¿Qué he hecho?
—preguntó Sofia, con los labios temblorosos.
¿Qué había hecho para merecer semejante humillación pública?
Lady Cara agarró un puñado de galletas y se las tiró a Sofia, provocando más jadeos entre los invitados.
—Ayudaste a hacer estas galletas, ¿verdad?
¿Era esa tu forma de arruinar el cumpleaños de tu hermana?
¡Están saladas!
—¿Qué?
No, Madre…
yo no…
—¡No me mientas!
—espetó Lady Cara, con la ira llegando a su punto álgido—.
Siempre celosa.
Siempre intentando arruinarle las cosas a tu dulce hermana.
¡Inútil!
A Sofia se le oprimió la garganta.
Podía sentir la presión de cada par de ojos que la miraban fijamente.
Era asfixiante.
Miró a su alrededor y su mirada se cruzó con la de Damien.
Él la miraba con asco.
A Sofia se le rompió el corazón.
No le importaba lo que los demás pensaran de ella ni cómo la miraran.
Solo le importaba lo que Damien pensara de ella, cómo la mirara él.
—No era mi intención…
—susurró, pero se le quebró la voz antes de poder terminar.
—¡No quiero oír ni una excusa más!
—dijo Lady Cara, levantando la mano de nuevo, dispuesta a golpear.
Sofia se encogió, con el cuerpo en tensión.
—¡Basta!
La sala se quedó en silencio.
La música se detuvo.
Damien dio un paso al frente.
Sus ojos se clavaron en Lady Cara y, por un momento, algo penetrante brilló en ellos.
Odiaba ver a Sofia así.
Odiaba la forma en que estaba allí, sujetándose la mejilla, temblando.
Sí, la odiaba…
o, al menos, eso era lo que se decía a sí mismo.
Se decía que la odiaba con cada fibra de su ser, pero ver cómo la humillaban despertó algo en él.
Se obligó a mantener una expresión fría.
—Este es el día especial de Lola —dijo—, y aquí estamos, prestándole a la de repuesto una atención que no merece.
La mano de Lady Cara cayó a su costado, con la mandíbula apretada.
La mirada de Damien recorrió la sala.
—No debemos olvidar a quién hemos venido a celebrar.
A nuestra Lola.
A Sofia se le retorció el pecho.
Sus palabras dolían más que los golpes de su Madre.
Quería gritarle, preguntarle por qué la despreciaba tanto.
¿No lo recordaba?
¿Acaso no la había defendido él una vez de todos los demás?
Ahora era él quien la miraba con asco.
Damien mantuvo su máscara intacta.
No podía dejar que nadie viera la verdad.
—Ahora —dijo con firmeza—, basta de distracciones.
Tengo un anuncio que hacer.
La multitud bullía de emoción.
El rostro de Lola se iluminó.
Pasó el brazo por el de él con orgullo, sonriendo a todo el mundo como si ya supiera lo que estaba a punto de decir.
Exhaló profundamente, con una expresión indescifrable.
—Ya que estamos todos reunidos hoy aquí —dijo con voz tranquila—, creo que es el momento perfecto para hacer un anuncio.
—Miró de reojo a Lola, que le sonreía radiante como si ya fuera la dueña del momento.
—Lola y yo estamos saliendo oficialmente.
El salón estalló en vítores y aplausos.
Los lobos aplaudían; algunos aullaban de emoción.
Los flashes de las cámaras centelleaban como si ese fuera el momento que todos habían estado esperando.
A Sofia se le cortó el aliento.
Las palabras la golpearon como un cuchillo en el pecho.
Damien inclinó la cabeza y, ante la multitud, presionó sus labios contra los de Lola.
El salón enloqueció: vitoreaban, reían, felicitaban.
Alguien gritó: «¡La pareja perfecta!», y el cántico se extendió, con las voces elevándose por encima de la música.
Sofia no podía moverse.
No podía respirar.
Le ardía la mejilla por la bofetada, pero el dolor en su pecho era peor.
Miró fijamente a Damien, que besaba a Lola, abrazándola como si fuera la única chica del mundo.
Su visión se volvió borrosa.
Parpadeó rápidamente, negándose a que las lágrimas cayeran donde todos pudieran verlas.
En ese momento, deseó que la tierra se abriera y se la tragara entera.
No quería vivir así, viendo al chico que había amado toda su vida besar a su hermana.
—Respira…, Sofia…, respira…
—se susurró a sí misma, intentando recomponerse.
Pero entonces…, sus ojos la encontraron.
A través del mar de rostros, a través de la mancha borrosa de cuerpos que se agolpaban a su alrededor, la mirada de Damien se deslizó más allá de la multitud y se posó en ella.
Había algo en sus ojos, algo confuso y conflictivo.
Algo que solo ella podía percibir.
¿Preocupación?
¿Arrepentimiento?
¿Se lo estaba imaginando todo?
¿Veía lo que quería ver?
Se le oprimió el pecho.
Damien parpadeó y apartó la mirada.
Los brazos de Lola se envolvieron alrededor de su nuca.
Ella selló sus labios en otro beso profundo y apasionado.
La multitud rugió de nuevo.
Esta vez, fue Lola la que le devolvió la mirada con una sonrisa maliciosa.
Sofia no pudo soportarlo más.
Se dio la vuelta y salió corriendo del salón.
Sus instintos se apoderaron de ella y sus pies la llevaron de vuelta a su habitación.
Sofia entró tropezando, agarrándose el pecho como si así pudiera evitar que su corazón se rompiera.
Se desplomó en el balcón, intentando contener las lágrimas, pero no pudo.
Las lágrimas que tanto se había esforzado por contener finalmente se liberaron.
Se tapó la boca con una mano para ahogar el sonido, pero aun así se le escaparon los sollozos.
El chico al que había amado desde que tenía memoria había besado a su hermana y la había reclamado delante de toda la manada.
—Para…
para de llorar…
por favor…
—se susurró a sí misma.
—Patética, como siempre.
Sofia se quedó helada.
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