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LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capítulo 28: El peso de un día

La luz se filtraba despacio al interior de la habitación.

Era algo tan sencillo que podría haber pasado desapercibido para cualquiera, pero para Yuuto tenía un peso especial, un significado que iba mucho más allá de lo evidente. Sus párpados se separaron lentamente, aún cargados por la pesadez del sueño, y durante unos instantes se quedó inmóvil mirando hacia el techo, envuelto en ese silencio que siempre había acompañado sus despertares. Sin embargo, en esta ocasión, todo se sentía diferente.

El aire ya no tenía esa densidad opresiva de antaño.

El espacio que ocupaba había dejado de parecer una caja cerrada para convertirse simplemente en su refugio.

Antes, abrir los ojos al despertar era como salir a la luz desde lo más profundo de una jaula: todo era oscuridad, y aunque esa oscuridad le había dado seguridad durante mucho tiempo, también le había privado de libertad, asfixiándole poco a poco sin que se atreviera a admitirlo. Pero ahora nada era igual. Las cortinas, que durante años habían permanecido cerradas herméticamente, se encontraban entreabiertas. Quizás fue un descuido, o tal vez una decisión inconsciente que él mismo había tomado sin darse cuenta.

Un haz luminoso se deslizaba suavemente a través de la rendija, cayendo directamente sobre su rostro.

Yuuto entrecerró los ojos ante esa luz inesperada y alzó una mano de forma instintiva, como si quisiera protegerse, pero no llegó a cubrirse por completo. Simplemente mantuvo la palma cerca de su cara, dejando que el calor se filtrara entre sus dedos y se extendiera por todo su cuerpo.

Sentía algo que casi había olvidado.

Tranquilidad.

Poco a poco, se incorporó sobre el colchón y las sábanas se deslizaron por su cuerpo hasta caer a los lados. Su cabello plateado, largo y algo revuelto por el reposo, se deslizó con gracia sobre sus hombros al moverse.

No podía ignorar lo que llevaba puesto.

Se trataba de un pijama de tela suave y tonos claros, decorado con pequeños gatitos estampados por todas partes. Incluso tenía una capucha con orejas cosidas que colgaba suavemente sobre su espalda. Al darse cuenta de su propia apariencia, sus mejillas se tiñeron de un leve tono rosado.

Todavía no se acostumbraba a esto.

Aquella prenda había sido un regalo de Ayaka. Ella se lo había entregado con una sonrisa que le había parecido demasiado astuta en ese momento, asegurando que le quedaría «perfectamente bien». Aunque Yuuto sabía que la mitad de sus palabras habían sido una broma amable, también comprendía que la otra mitad era pura verdad.

Le quedaba bien.

Demasiado bien.

Sus dedos acariciaron la tela con suavidad durante unos momentos, como si todavía estuviera tratando de aceptar que realmente la llevaba puesta, que se había atrevido a dormir con ella sin sentir la necesidad de ocultarse de nadie. Un suspiro suave escapó de sus labios mientras apartaba la mirada de sí mismo y dirigía la atención hacia la silla que estaba cerca de la pared.

Allí estaban.

Su sudadera amplia. Sus guantes. Su mascarilla. Todo colocado y doblado con el mismo cuidado de siempre. Eran sus escudos, las cosas que le hacían sentir seguro en el mundo exterior. Durante unos segundos se quedó mirando esos objetos en silencio, impulsado por la costumbre, por ese reflejo antiguo que le hacía creer que sin ellos estaba desprotegido y vulnerable.

Pero esta vez su mirada no se detuvo ahí.

Poco a poco, se desvió hacia la mesa de estudio que estaba al otro lado de la habitación.

Y entonces los vio.

Dos uniformes nuevos, todavía con el brillo de lo intacto y dispuestos con cuidado uno al lado del otro. Uno tenía un corte masculino y el otro, uno femenino. Ambos habían sido dejados allí por Reika días atrás, sin presiones, sin obligaciones y sin palabras innecesarias. Solo le había dicho una frase suave que él nunca olvidaría:

— Úsalos cuando te sientas listo.

Nada más.

Yuuto se levantó de la cama con cuidado y caminó descalzo sobre el suelo frío, sintiendo la textura de la madera bajo sus pies mientras se acercaba hasta quedar justo frente a la mesa. Dudó unos instantes, como si el simple hecho de tocar las prendas fuera una decisión demasiado grande para tomar en ese momento, pero finalmente alargó las manos y, casi sin pensarlo demasiado, tomó entre sus dedos el uniforme femenino.

La tela era ligera y suave.

Y le resultó extrañamente familiar.

Como si hubiera estado destinada a él desde siempre. Como si todo en su ser —su cuerpo, sus gestos, su forma de ser— encajara perfectamente con esa imagen que reflejaba la prenda. Aun así, sus dedos temblaron levemente. No era por rechazo. Sino por todo lo que aquello significaba.

Después de unos segundos que le parecieron eternos, volvió a colocar la prenda en su sitio con cuidado y respiró hondo para calmar los latidos acelerados de su corazón.

Todavía no era el momento.

Todavía no.

Bajó las manos lentamente y, sin volver a mirar hacia la mesa, se giró hacia la silla donde estaban sus cosas de siempre. Comenzó a vestirse con ellas con movimientos rutinarios, automáticos y seguros, como había hecho cientos de veces antes. Se puso la sudadera, se ajustó los guantes y se colocó la mascarilla, cubriendo su rostro y su cuerpo como si fuera un escudo. Pero esta vez era diferente.

Ya no se escondía detrás de ellos.

Simplemente se sentía cómodo, como si fueran un punto de apoyo mientras avanzaba poco a poco.

Cuando terminó de vestirse, se quedó de pie en el centro de la habitación durante unos instantes, respirando profundo y sintiendo cómo el aire fresco llenaba sus pulmones. Luego se dirigió hacia la puerta, la abrió con cuidado.

Antes de salir, sus ojos volvieron por un instante hacia la mesa… hacia ese uniforme que no había elegido.

No dijo nada.

Pero esta vez… tampoco apartó la mirada de inmediato.

Al bajar la casa estaba en silencio.

Pero ya no era ese silencio vacío y solitario de antaño.

Era un silencio cálido, lleno de presencias invisibles que le hacían sentir acompañado, comprendido y querido.

Y para Yuuto…

esa pequeña diferencia lo cambiaba todo.

La cocina ya estaba bañada en luz cuando Yuuto bajó el último escalón.

El aroma a comida recién preparada lo recibió antes que cualquier otra cosa. Era un olor familiar, cálido… uno que siempre había estado ahí, pero que hoy se sentía más intenso, más cercano, como si también el ambiente se hubiera transformado junto con él.

Su madre Aoi ya estaba de pie junto a la mesa, acomodando los últimos platos y terminando de servir el desayuno con movimientos tranquilos y seguros.

—Buenos días —dijo con naturalidad, sin girarse de inmediato, como si supiera exactamente cuándo había llegado.

Yuuto se detuvo un instante en el umbral, inmóvil.

No respondió con palabras.

Pero tampoco retrocedió ni dio un paso atrás, como solía hacer antes ante cualquier interacción.

Respiró hondo y caminó hacia la mesa con pasos suaves, hasta llegar a su sitio de siempre y sentarse despacio. El sonido de la silla al rozar el suelo fue leve, casi tímido… pero no hubo vacilación ni duda en su gesto.

Entonces ella se giró.

Y lo vio.

Por unos segundos, el silencio se instaló entre los dos.

No era sorpresa exagerada.

Ni asombro repentino.

Era comprensión pura.

Yuuto llevaba su ropa de siempre: esa sudadera amplia que solía usar para cubrirse del mundo, con la misma comodidad de siempre… pero faltaban cosas.

No había guantes cubriendo sus manos.

Tampoco estaba la mascarilla ocultando la mitad de su rostro.

Y la capucha… permanecía caída hacia atrás, dejando ver todo su cabello plateado cayendo libremente sobre sus hombros, sin esconderse de nada ni de nadie.

Era un cambio pequeño, casi imperceptible para cualquiera que no lo conociera bien.

Pero para ella… era inmenso.

Sin embargo, no dijo nada al respecto.

No lo señaló ni hizo comentarios que pudieran incomodarlo.

Simplemente sonrió, con esa sonrisa cálida y serena que siempre le había dado seguridad, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—Hoy hace un día precioso —comentó con voz suave mientras se acercaba y dejaba el plato frente a él—. Y no olvides que tienes que entregar esa tarea en la escuela, la que estuviste terminando anoche.

Yuuto asintió despacio, bajando la mirada hacia la comida recién servida frente a él. Tomó sus palillos entre los dedos y comenzó a comer con calma, sin esa rigidez que antes le tensaba los hombros hasta dolerle. Sin ese miedo constante a ser observado o juzgado que antes le quitaba el apetito.

La señora Aoi se sentó frente a él, apoyando el mentón en una mano mientras lo miraba de reojo, con discreción. No lo observaba fijamente, ni tampoco apartaba la atención del todo; solo lo miraba, disfrutando de ese momento sencillo que había esperado tanto tiempo vivir, y que ahora no queria arruinar con palabras innecesarias ni comentarios fuera de lugar.

—Y cómete todo bien —añadió después de unos segundos, con un tono más ligero y juguetón—. No quiero encontrarme verduras sobrantes en el plato cuando termines.

El efecto fue inmediato.

Yuuto se tensó al instante, y sus ojos bajaron lentamente hasta detenerse en un pequeño montón verde que descansaba en un rincón del plato.

Brócoli.

Se quedó callado unos segundos, mirándolo como si fuera algo completamente ajeno a su voluntad. Luego dejó los palillos a un lado de golpe, tomó su libreta y su lápiz con rapidez, y comenzó a escribir con una urgencia casi desesperada antes de girarla bruscamente hacia ella.

¨Eso es injusto!, ¡Ya te he dicho mil veces que el brócoli es asqueroso! Tiene mal sabor, huele raro y la textura es horrible… ¿por qué tengo que comerlo igual¨

Su madre leyó las palabras sin cambiar la expresión, y respondió con total tranquilidad:

—Porque es bueno para tu salud, y punto. A nadie le encanta el brócoli al principio, pero todos tenemos que comerlo alguna vez.

Yuuto frunció el ceño con fuerza, apretó los labios y escribió otra vez, aún más rápido que antes:

¨Pero yo no soy todo el mundo! ¡Es horrible! ¿No podemos llegar a un trato? Si me como la mitad… ¿te parece bien? ¿O solo un poco pequeño, muy pequeño? ¡Por favor, mamá, sé razonable¨

Levantó la libreta con ambas manos, sosteniéndola casi frente a la cara de ella, con los ojos brillantes y la expresión suplicante, tratando por todos los medios de negociar. Pero su madre se limitó a sonreírle con dulzura y negó suavemente con la cabeza.

—No hay tratos ni mitades —respondió con voz firme pero amable—. O te lo comes todo tú solo…

Hizo una pequeña pausa, inclinándose levemente hacia adelante y mirándolo directo a los ojos, antes de soltar la sentencia definitiva:

—…o escondo tu consola en el armario más alto del cuarto de arriba, y no la ves hasta dentro de dos semanas.

Silencio.

Absoluto.

Yuuto se quedó completamente paralizado en su sitio.

Parpadeó una vez.

Dos veces.

Y entonces levantó la mirada de golpe hacia ella, con los ojos muy abiertos y brillantes, como si acabara de recibir el golpe más fuerte de su vida. Sus labios se entreabrieron levemente por la sorpresa, y sus mejillas se tiñeron de un tono rosado por la indignación repentina.

Tomó la libreta con una rapidez casi frenética, escribiendo con tanta fuerza que casi rompió el papel, y la giró hacia ella casi temblando:

¨NOOO!!! ¡¡¡ESO ES CRUEL!!!, ¡¡¡ESTOY A UN SOLO PASO DE TERMINAR LA ETAPA MÁS DIFÍCIL!!! ¡¡¡LLEVO SEMANAS INTENTÁNDOLO!!! ¡¡¡NO PUEDES HACERME ESTO, POR FAVOR, POR FAVOR, POR FAVOOOOR¨

Sostenía la libreta con las dos manos, temblando levemente, mirándola con una mezcla de ruego absoluto y pánico genuino, como si su mundo entero estuviera a punto de derrumbarse. Pero su madre solo se cruzó de brazos y se quedó mirándolo con esa calma inquebrantable, disfrutando en silencio de la escena:

—Lo siento mucho, cariño. Las reglas son las reglas. Si quieres seguir jugando, ya sabes lo que tienes que hacer.

Yuuto bajó la libreta lentamente, con el rostro cayéndosele poco a poco.

Miró hacia el brócoli en su plato.

Luego miró a su madre, esperando encontrar algún rastro de debilidad o piedad.

Pero no hubo nada. Ni un gesto que le diera esperanzas.

Sus hombros cayeron por completo.

Su cabeza se inclinó hacia adelante, y su expresión se transformó en una de resignación absoluta, mezclada con una ofensa tan grande que parecía que le estaban pidiendo algo totalmente imposible.

¨Está bien, ¡Lo haré! ¡Pero que sepas que esto es una injusticia terrible y nunca lo olvidaré! ¡Me siento profundamente ofendido y traicionado¨

Su madre tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada abierta al ver esa cara que ponía: con el ceño fruncido, los labios apretados en una línea recta y la mirada llena de indignación, como si estuviera sufriendo la peor tortura del universo.

Yuuto volvió a tomar los palillos, se armó de valor, y pinchó un trozo pequeño de brócoli. Se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos, como si fuera su enemigo mortal, y luego se lo llevó lentamente a la boca con una expresión dramática y trágica, como si estuviera comiendo algo venenoso.

Masticó despacio, muy despacio, con el rostro contraído en una mueca de sufrimiento extremo, sin quitarle los ojos de encima a su madre en ningún momento.

Como diciendo claramente con toda su actitud:

“Lo hago… pero me duele en el alma y nunca te lo voy a perdonar”.

Ella ya no pudo contenerse más y soltó una risa suave y cálida, llena de ternura, mientras lo miraba así: pequeño, indignado, luchando contra un trozo de verdura como si fuera una batalla épica.

Y en ese instante, mientras lo veía ahí… siendo él mismo, sin barreras ni miedos…

entendió algo que le llenó el corazón de alegría.

Esa pequeña discusión sin importancia.

Esa pelea por algo tan sencillo.

Ese momento tan normal y cotidiano…

antes le había parecido algo imposible de vivir.

Algo que solo veía en las películas o en las historias de otros.

Pero ahora…

estaba ocurriendo justo frente a ella.

Sin miedos.

Sin máscaras.

Sin ocultarse de nada.

Yuuto no dijo nada más, ni escribió nada más. Yuuto hizo una pequeña pausa… y, sin mirarla directamente, empujó otro trozo de brócoli hacia su boca.

Y para ella… eso era más que suficiente.

Era todo lo que siempre había querido.

Yuuto terminó el último trozo de brócoli con una expresión que rozaba lo trágico.

Masticó lento… muy lento… arrastrando cada movimiento como si quisiera alargar ese sufrimiento hasta el último segundo posible. Sus cejas permanecían fruncidas en un ángulo pronunciado, y aunque mantenía la mirada baja, la indignación se leía claramente en cada rasgo de su rostro, sin desaparecer ni un instante. Cuando finalmente tragó, dejó los palillos sobre la mesa con mucho cuidado, casi como si fueran objetos sagrados, para que el sonido marcara el final de aquella tortura personal.

Hubo un silencio breve.

Luego tomó su libreta con determinación y escribió con letras firmes:

¨Ya está. He cumplido con mi deber. Espero que estés totalmente satisfecha con tu victoria¨

Su madre no pudo evitar sonreír, una sonrisa cargada de orgullo genuino y ternura.

—Muy bien hecho —respondió con suavidad—. Sabía perfectamente que podías lograrlo.

No se refería solo al brócoli.

Y ambos lo sabían muy bien.

Yuuto bajó la libreta despacio, evitando mirarla directamente a los ojos, pero las puntas de sus orejas, teñidas de un rojo suave, lo delataban por completo. Antes de levantarse de la mesa, tomó su teléfono casi por pura inercia, como era su costumbre.

La pantalla se iluminó con un destello suave.

No había mensajes nuevos.

Tampoco notificaciones.

Nada en absoluto.

Pero su mirada se quedó clavada ahí, inmóvil.

Fija.

En la fecha que aparecía en la parte superior.

Sus ojos parpadearon una vez.

Luego otra.

Su madre, al notar ese pequeño cambio en su postura y esa atención repentina, sacó su propio teléfono y echó un vistazo rápido también. Y apenas leyó lo que ponía, soltó un pequeño suspiro contenido.

—…Ah.

Su voz salió baja, casi como si se le hubiera escapado sin querer.

—Hasta a mí se me había olvidado por completo que hoy es el día…

Yuuto no escribió nada.

No preguntó nada.

Simplemente apagó la pantalla lentamente, como si quisiera alargar ese momento, y se levantó de la silla para marcharse.

El aire de la mañana era fresco y limpio al salir a la calle.

Yuuto caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, la capucha bien puesta y la mascarilla cubriendo la mitad inferior de su rostro tal como solía hacer siempre. Sus pasos eran tranquilos, constantes, sin prisas… pero había algo distinto en ellos, algo que antes no estaba presente. Ya no llevaban ese peso pesado y agobiante que solía arrastrar a cada paso; ahora se movía con soltura, como si poco a poco se estuviera quitando cargas de encima.

A su alrededor, la vida transcurría con normalidad.

Gente pasando de un lado a otro.

Compañeros de escuela charlando animadamente.

Risas que se mezclaban con el ruido de la calle.

Y miradas.

Muchas miradas.

Pero ya no eran las mismas de antes.

Antes eran pesadas, cargadas de juicios silenciosos, de rechazo abierto o de desprecio disimulado, miradas que le hacían sentir diminuto y expuesto.

Ahora… todo había cambiado.

Las miradas que recibía tenían otro matiz: había duda, confusión, silencio incierto. Ya no cuchicheaban a sus espaldas como solían hacerlo, ni se atrevían a hablar de él con tanta libertad y crueldad. Simplemente se quedaban observando, tratando de encontrar en él al chico del que tanto habían hablado, al protagonista de todos esos rumores y leyendas que circulaban por la escuela. Pero cuanto más lo miraban, menos lo reconocían… y eso, curiosamente, los incomodaba mucho más que cualquier historia que hubieran escuchado antes.

Yuuto no levantó la vista hacia nadie.

No buscó sus ojos ni se detuvo ante nada.

Seguía caminando a su propio ritmo, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor.

Hasta que…

De repente, dos manos se aferraron con fuerza, pero suavidad a su cintura por detrás, impidiéndole seguir avanzando.

—¡Te tengo, atrapado! —gritó una voz alegre y llena de energía.

Y antes de que pudiera siquiera reaccionar…

—¡¿?!

Yuuto dio un respingo brusco y se sobresaltó por completo, porque justo después de esas palabras, los dedos comenzaron a moverse rápidamente sobre su cintura y costillas, haciéndole cosquillas sin ninguna piedad ni tregua.

Su cuerpo reaccionó de inmediato: se encogió sobre sí mismo, arqueando la espalda y tratando de escapar de ese ataque inesperado, mientras un sonido ahogado y entrecortado se le escapaba por la boca, amortiguado por la mascarilla. Sus ojos se cerraron con fuerza por la risa contenida y la sensación incontrolable, y una pequeña lágrima se formó en la comisura de su ojo, deslizándose lentamente por su mejilla a pesar de que intentaba con todas sus fuerzas aguantar la risa y la molestia.

—¡Ayaka! —se escuchó otra voz desde unos pasos más allá, con un tono claramente de reproche—. No era necesario hacer eso de forma tan repentina y salvaje… lo asustaste.

Reika se acercaba hacia ellos con paso tranquilo, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño levemente fruncido, aunque se notaba que tampoco estaba realmente enfadada.

Pero Ayaka, que seguía detrás de él sin soltarlo ni dejar de mover los dedos, solo se reía a carcajadas, divertida como nunca.

—¿Cómo que no era necesario? —respondió sin detenerse ni un segundo—. ¡Mira qué reacción tan linda tiene! Vale la pena cada segundo, te lo aseguro. ¡Es tan divertido verlo así!

Yuuto, que todavía se debatía entre la risa que no podía contener y la indignación que sentía por ser tratado así, levantó las manos y comenzó a golpear la cabeza y los brazos de Ayaka con sus puños cerrados. Pero los golpes eran pequeños, suaves, casi inofensivos… totalmente adorables, de esos que solo sirven para que se note que está molesto, pero sin hacer daño en absoluto. Sus mejillas se inflaron tanto que parecían dos pequeñas bolitas, y esa lagrimita seguía ahí, brillando en su ojo entrecerrado, mezclada con la risa y la queja silenciosa.

—¡Ay, ay, ay! —Ayaka levantó los brazos para cubrirse un poco, aunque seguía riendo sin parar—. ¡Eso duele, eh! ¡Violencia injustificada! ¡Socorro, me están agrediendo! —decía en tono exagerado, sabiendo perfectamente que esos golpes no le hacían ni cosquillas.

Pero ni por un momento dejó de sonreír, ni de mirarlo con esa ternura y alegría que siempre tenía cuando estaba con él.

Reika soltó un suspiro largo y negó suavemente con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se le escapaba en los labios.

—Te lo buscaste tú sola, ya sabías cómo iba a reaccionar.

Ayaka finalmente detuvo el ataque y soltó a Yuuto, quien dio un paso hacia adelante de inmediato para alejarse un poco, se giró hacia ella y la miró fijamente.

Sus mejillas seguían infladas como globos, sus ojos todavía tenían esa lagrimita brillante que no terminaba de caer, y su expresión era la de alguien que acaba de sufrir la peor injusticia del mundo, aunque detrás de esa queja silenciosa se notaba claramente que no estaba realmente enfadado, solo muy muy ofendido por lo que le habían hecho.

Ayaka lo miró de arriba abajo, disfrutando de esa carita tan tierna, y sonrió aún más amplia.

—¿Sabes? Esa cara de indignado te queda muy bien… es realmente encantadora.

Yuuto desvió la mirada de inmediato, dándole la espalda casi de golpe y cruzándose de brazos con mucha torpeza y rigidez, como si quisiera demostrar que seguía muy molesto aunque ya no le quedara nada de enfado de verdad.

Reika observó toda la escena unos segundos más, en silencio, disfrutando de la calidez del momento. Y sin necesidad de que nadie dijera nada, comprendió algo muy importante: esto, estas pequeñas interacciones llenas de risa, bromas y confianza, también era parte fundamental de su recuperación. Estaba aprendiendo a sentir, a reaccionar, a dejarse querer… y eso valía más que cualquier palabra.

El camino hacia la escuela transcurría con una calma extraña.

Yuuto caminaba al frente, con pasos suaves y constantes, mirando ligeramente hacia el suelo como era su costumbre… aunque esta vez no se sentía como si estuviera tratando de esconderse o huir de algo, sino más bien como alguien que simplemente viajaba dentro de sus propios pensamientos, ajeno al resto del mundo.

Detrás de él —o más bien, tratando desesperadamente de ponerse a su lado— iba Ayaka, que no paraba de moverse ni un segundo.

—¡Yuuutoooo…! —alargó su nombre con un tono tan lastimero y exagerado que casi parecía que estuviera sufriendo una tragedia—. Vamos, por favooor… no te enojes así… ¡me duele el corazón!

Silencio absoluto.

Yuuto no reaccionó en lo más mínimo.

Ni giró la cabeza.

Ni bajó el ritmo de sus pasos.

Simplemente… siguió caminando como si no hubiera nadie más en la calle.

Ayaka infló las mejillas con fuerza, cruzándose de brazos y dando pequeños pasos rápidos para adelantarlo un poco y ponerse justo frente a él, obligándolo a detenerse un instante.

—¡Oye, ya está bien! —insistió, mirándolo fijamente a los ojos—. Fue solo una broma inofensiva… ¡ni siquiera te hice daño!

Nada.

En cuanto ella se puso frente a él y trató de encontrar su mirada, Yuuto giró la cabeza bruscamente hacia la derecha, poniendo la vista en cualquier cosa menos en ella.

Ayaka se movió rápidamente hacia ese lado para volver a quedar frente a él.

—¡Mírame cuando te hablo, por favor!

Y entonces… él giró la cabeza hacia la izquierda, con tanta rapidez que parecía un mecanismo automático.

Ella volvió a cambiarse de lugar, esta vez por su izquierda.

—¡Yuuto!

Y otra vez… él giró la cabeza hacia la derecha, firme y decidido, negándose rotundamente a cruzar ni una sola mirada con ella. Era como si ella fuera algo totalmente invisible o, peor aún, algo que le causaba una ofensa inmensa que no podía ni siquiera soportar ver.

No hubo respuesta hablada.

Ni una queja escrita en su libreta.

Ni el más mínimo gesto que indicara que la estaba escuchando.

Y para Ayaka… eso era mucho peor que cualquier cosa.

—¡Esto es más cruel que todo lo demás junto! —protestó con voz aguda, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Te juro que prefiero que me pegues otra vez, que me grites o que me escribas cosas feas! ¡Pero no me ignores así, por favor! ¡Me estás rompiendo el alma!

Reika, que caminaba tranquilamente del otro lado, observaba toda la escena con calma y soltó un suspiro leve, como si ya hubiera visto esto cientos de veces antes.

—Te lo buscaste tú sola —comentó con total naturalidad.

—¿¡Qué dices?! —Ayaka se giró hacia ella de golpe, con los ojos muy abiertos por la indignación—. ¡Oye, tú se supone que eres mi amiga! ¡Deberías defenderme y ponerte de mi lado!

—No voy a defenderte cuando tengo toda la razón —respondió Reika sin siquiera molestarse en mirarla, con esa calma suya de siempre.

Ayaka se llevó una mano al pecho, arqueó la espalda y levantó la cabeza hacia arriba, asumiendo una postura dramática digna de una actriz de teatro.

—¡Increíble! —exclamó con voz temblorosa—. ¡Traicionada! Total y completamente traicionada por mis propias compañeras… ¡en mis propios momentos de desgracia y dolor!

—No es traición si ya es costumbre que hagas estas cosas —añadió Reika con total serenidad.

En ese momento, desde una calle lateral, una figura pequeña se acercó rápidamente hasta alcanzarles con pasos ligeros y ágiles.

—Buenos días a todos… —saludó con voz suave.

Era Airi.

Miró primero a Yuuto, que seguía caminando con la cabeza hacia un lado, negándose a mirar a la chica a su lado. Luego miró a Ayaka, que seguía en su postura dramática con la mano en el pecho y la cara de ofendida. Y no necesitó escuchar ni una sola palabra más para entender todo lo que había pasado.

—Ayaka-sempai… volvió a molestarlo sin razón, ¿verdad? —preguntó con tranquilidad, como si estuviera afirmando algo obvio.

Ayaka se quedó totalmente congelada en su sitio, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos. Giró lentamente la cabeza hacia la chica menor, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—¿¡Cómo lo supiste tan rápido y sin que te dijeran nada!? —exclamó, casi sin aire.

Airi ladeó ligeramente la cabeza hacia un lado, con una expresión inocente pero segura.

—Porque siempre pasa lo mismo —respondió con sencillez.

Se hizo un silencio breve.

Reika asintió lentamente con la cabeza, confirmando las palabras de la menor.

—Correcto —dijo simplemente.

Y entonces…

Yuuto también asintió.

Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero claro y decidido. Y para rematar, aprovechó que Ayaka lo estaba mirando con incredulidad y giró la cabeza hacia el lado contrario otra vez, dándole la espalda con la mirada, como diciendo: “¿Lo ves? Hasta ellos están de mi lado”.

Eso fue el golpe final.

Ayaka retrocedió un paso, llevándose las dos manos al rostro y cubriéndolo como si estuviera a punto de llorar de la emoción… aunque por dentro estaba más sorprendida y ofendida que triste.

—¡No puede ser…! —murmuró con voz dramática entre sus dedos—. ¿Esa es la imagen que tienen de mí todos ustedes? ¿Soy solo la chica que molesta a todo el mundo y nunca hace nada bien? ¡Qué injusticia tan grande! ¡Mi reputación está destruida para siempre!

Nadie respondió absolutamente nada.

Pero ese silencio… era la respuesta más clara de todas.

—¡Oigan, oigan, oigan! —alzó la voz de pronto, bajando las manos y mirándolos a todos con indignación—. ¡No es justo lo que están haciendo! ¡Yo soy una buena amiga, de verdad lo soy! ¡Los cuido, los acompaño y los quiero mucho! ¡Solo que a veces me emociono demasiado, eso es todo!

Pero mientras ella seguía quejándose y defendiéndose con mucha pasión… los tres ya habían seguido caminando tranquilamente hacia la escuela.

Sin detenerse.

Sin esperarla ni un segundo.

Simplemente avanzando juntos, dejándola atrás como si ya no estuviera ahí.

Ayaka se quedó parada en medio de la acera unos segundos, parpadeando varias veces sin creer lo que estaba pasando. Miró cómo se alejaban poco a poco, cada uno en su propio ritmo pero juntos, sin hacerle caso.

—… —se quedó sin palabras por un instante.

Y de pronto gritó con todas sus fuerzas:

—¡¡Oigan, espérenme!!

Comenzó a correr desesperadamente para alcanzarlos otra vez, moviendo los brazos con energía y quejándose sin parar mientras acortaba la distancia.

—¡¿Cómo pueden dejarme así, abandonada y sola en medio de la calle?! —decía con voz quejumbrosa—. ¡Eso sí que es cruel! ¡Es mucho más cruel que unas simples cosquillas, se los aseguro! ¡Son unos malos amigos, muy malos!

Finalmente logró ponerse de nuevo a su lado, ligeramente agitada por la carrera, con el cabello un poco desordenado y la cara roja por el esfuerzo.

—De verdad… qué grupo más frío y severo me tocó —murmuró cruzándose de brazos otra vez, aunque ya con menos dramatismo que antes.

Yuuto desvió apenas la mirada hacia ella por el rabillo del ojo, muy despacio y con mucha discreción. Y aunque llevaba la mascarilla puesta que le cubría la boca y la nariz… sus mejillas volvieron a inflarse un poco, esa vez de forma casi

imperceptible, como si estuviera tratando de contener la risa o simplemente siguiera muy ofendido con ella.

Luego giró la cabeza hacia adelante otra vez, como si nada hubiera pasado, y siguió caminando a su ritmo.

Pero esta vez… el ambiente entre ellos se sentía mucho más ligero.

Más cálido.

Más vivo y lleno de cosas buenas.

Y por primera vez en mucho tiempo, Yuuto se dio cuenta de que ese tipo de caos, ese ruido, esas bromas y esas quejas constantes… no lo abrumaban ni le daban miedo. Al contrario, se sentía bien. Se sentía acompañado.

Y eso… era lo único que importaba.

Llegaron finalmente al pasillo principal de la escuela, donde las filas de casilleros se extendían a ambos lados, llenos de estudiantes que se preparaban para entrar a clases, hablando riendo o buscando sus cosas.

Shiori estaba junto a uno de ellos, acomodando sus útiles y ajustando su uniforme, lista para entrar. Al levantar la vista, vio llegar al grupo y se detuvo un instante para observarlos.

Y lo que vio le arrancó una sonrisa divertida de inmediato.

Porque Yuuto no caminaba tranquilo ni mucho menos.

Iba justo al lado de Ayaka, y tenía ambas manos extendidas hacia ella, sujetando sus mejillas y estirándolas suavemente hacia los lados sin soltarse. Caminaba así, paso a paso, sin soltarla ni un solo instante. Era la única forma que se le había ocurrido de “perdonarla” sin tener que decir ni una sola palabra: un castigo físico, pero totalmente inofensivo y muy tierno, que dejaba claro que seguía molesto, pero ya no estaba enojado de verdad.

Ayaka, por su parte, caminaba con la cara estirada en dos direcciones diferentes, los ojos achicados y una expresión que mezclaba indignación absoluta y sufrimiento dramático.

—¡Aaaaay! —se quejaba con la voz distorsionada por la forma en que tenía la boca—. ¡Yuutoooo, suéltameeee! ¡Me vas a desfiguraaaar! ¡Mis mejillas van a quedar así para siemprrrre!

Pero él ni se inmutaba. Seguía caminando con esa cara seria e imperturbable, tirando de ellas de vez en cuando con suavidad, como si estuviera haciendo lo más normal del mundo.

—¡esto es su culpa! —le dijo Airi tranquilamente, que caminaba del otro lado mirándola con diversión—. No te quejes tanto, lo tiene merecido. Es su castigo por haberlo molestado antes, así que aguántese.

—Exactamente —añadió Reika con calma, sin siquiera mirarlas—. Si te quejas más, puede que tarde más en soltarte. Así que mejor guárdate los lamentos.

—¡¿Quééé?! —exclamó Ayaka, o al menos lo intentó, con la voz todavía estirada—. ¡Son unas malas amigas, las dos! ¡Me abandonan a mi suerte y se ponen de su lado! ¡Es una injusticiaaaaa!

Shiori las vio llegar hasta donde ella estaba y soltó una risa suave, cerrando la puerta de su casillero con un golpe seco.

—Bueno, bueno… —dijo con tono tranquilo y obvio, cruzándose de brazos—. Por lo que veo, Ayaka volvió a molestarlo a Yuuto, ¿verdad?

Para ella, esto ya se había convertido casi en una rutina. Era siempre la misma historia: Ayaka se pasaba de divertida, Yuuto encontraba alguna forma peculiar de vengarse o hacerle notar su enfado, y el resto terminaba actuando como jueces y verdugos.

—¡¡Noooo!! —protestó Ayaka con fuerza, aunque todavía con la cara estirada—. ¡Yo solo estaba siendo cariñosa! ¡Ellos son los malos que me maltratan!

—Claro, claro… —respondió Shiori entre risas—. Lo que tú digas, pobre víctima.

Mientras las cuatro chicas seguían hablando, discutiendo o burlándose entre ellas, Reika había dejado de prestar atención a la conversación y había centrado su mirada en Yuuto.

Él seguía ahí, todavía sujetando las mejillas de Ayaka, pero… algo había cambiado.

Sus ojos, que antes tenían esa chispa de diversión y molestia tierna, ahora se veían lejanos. Su mirada se había vuelto perdida, ausente, como si su mente estuviera volando muy lejos de allí, a otro tiempo y otro lugar. Reika conocía esa expresión. Ya la había visto antes, en momentos difíciles, en días en los que el dolor y los recuerdos pesaban más de la cuenta. Pero hoy, por alguna razón, le resultaba imposible ignorarla. No podía dejarlo pasar como si nada.

Dejó escapar un suspiro suave, se acercó un poco más a él y habló con voz tranquila pero firme, rompiendo la dinámica alegre del grupo:

—Yuuto… ¿te pasa algo? ¿Hay algo que te esté molestando?

Al escucharla, las demás se callaron al instante y todas volvieron la mirada hacia él con atención. Ayaka incluso dejó de quejarse y se quedó quieta, esperando, con la boca todavía estirada.

Yuuto parpadeó un par de veces, como si volviera de pronto a la realidad y se diera cuenta de que todas lo estaban mirando. Sus mejillas se tiñeron de un leve tono rosado por la sorpresa y los nervios, y soltó lentamente la cara de Ayaka, bajando las manos hacia los costados con timidez. Desvió la mirada hacia el suelo un momento, jugó un poco con el borde de su ropa, y luego levantó la vista hacia ellas, mirándolas una por una con esa expresión suya, suave pero seria.

Estuvo en silencio unos segundos, buscando las palabras, hasta que finalmente reunió el valor suficiente y saco su libreta, aunque se notaba que estaba un poco nervioso:

¨Podrían… podrían acompañarme después de la escuela? Por favor¨

No dijo más nada. No explicó de qué se trataba, ni por qué lo necesitaba. Solo esperó su respuesta, con los ojos brillantes y esa mezcla de miedo y esperanza en la mirada, confiando plenamente en que ellas estarían ahí para él, como siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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