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La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 31

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31: El blues 31: El blues —Sospechamos que es esa periodista, Christine Nosequé —dijo Alistair mientras conducía por la concurrida calle del centro de la ciudad—.

Byron consiguió que la despidieran amenazando con demandar al periódico por difamación.

Después de que salió tu artículo, la opinión pública se volvió en contra de Christine, así que el periódico probablemente la consideró más un lastre que otra cosa.

Estamos bastante seguros de que esta última estafa es obra suya.

—Maldita sea, le dije que no hiciera que la despidieran —dijo Emily.

El tráfico estaba atascado y ella esperaba con impaciencia en el asiento trasero de la limusina.

Al final, no pudo soportarlo más, sabiendo que Byron se encontraba en un estado de desesperación.

—Será más rápido si voy andando.

Gracias, Alistair —dijo, saliendo de un salto de la limusina mientras estaba parada en un semáforo.

Se dirigió a paso rápido al conocido rascacielos y tomó el ascensor hasta el ático, sin dejar de moverse con inquietud durante todo el trayecto.

—¡He dicho que no quiero ver los números!

—gritó Byron justo cuando ella entraba.

Estaba sentado en el sofá, de espaldas a ella, y debió de suponer que era su asistente, que volvía para fastidiarlo.

Emily se quedó en la entrada, tratando de serenarse.

La mesa de centro de Byron estaba cubierta de papeles, sobre los que descansaban una botella de whisky y un vaso medio vacío.

—Así que no hemos ido a trabajar hoy —dijo ella con resolución al entrar—, y estamos borrachos.

Byron apenas la miró, y Rupert, que parecía decidido a permanecer a su lado en su momento de necesidad, solo levantó un poco la cabeza y volvió a acomodarla sobre el regazo de Byron.

El perro gigante ocupaba todo el sofá, por lo que Emily se quedó de pie frente a este, tratando de aprovechar su posición más elevada para proyectar alguna semblanza de autoridad.

—En realidad no estoy borracho —dijo Byron, todavía sin mirarla a los ojos—.

Es más para ir bebiendo a sorbos.

Las ojeras y la barba incipiente no le restaban atractivo, pero sí hicieron que Emily lamentara haber esperado tanto para ir a verlo.

Solo llevaba puesta una bata de seda negra, algo que solía ponerse a primera hora de la mañana antes de vestirse para ir a trabajar.

Debía de haber estado en ese estado depresivo todo el día, si no más tiempo.

—Supongo que esto explica tu mensaje de texto de antes…

—suspiró ella.

—Te habría enviado exactamente el mismo mensaje estando sobrio —afirmó él.

—¿Por qué no has ido a trabajar?

—preguntó Emily.

—¿Qué sentido tiene ir a trabajar?

—Hablas como uno de mis alumnos adolescentes —dijo Emily, levantando las manos con exasperación.

Cogió un vaso y se sirvió un poco de whisky de la botella de él.

—¿Qué pasa con la empresa?

—preguntó.

—Alguien hackeó nuestra página web —dijo Byron, con la vista clavada al frente y una mirada que denotaba desesperanza—.

Miles de personas perdieron dinero cuando les vendieron acciones falsas de Tempicum, mi empresa insignia.

—¿Y Christine tuvo algo que ver?

Byron apretó el puño.

Con la otra mano, sujetaba con fuerza el vaso de whisky y le dio un trago.

—No podemos estar seguros —dijo—.

Mis expertos informáticos están en ello y lo han rastreado hasta un servidor local, así que es muy probable que sea ella.

—Te dije que no hicieras que la despidieran —dijo Emily, sintiéndose de nuevo como una profesora severa que trata con un alumno—.

A lo mejor la próxima vez me haces caso.

—Puede que no haya una próxima vez —dijo él con gravedad.

—Las cosas no pueden ser tan graves —replicó Emily—.

Estoy segura de que la empresa superará esto.

—No quiero hablar de ello —dijo él.

—Está bien.

Emily se acomodó en un sillón.

Comprobó unos mensajes en el móvil y le escribió a su hermano para decirle que quizá tardaría un rato.

—¿Qué estás haciendo?

—preguntó Byron pasados unos minutos.

—Estoy haciéndote compañía —dijo ella—.

Pareces triste y solo, y necesitas una amiga.

Aquello hizo que la comisura de sus labios se curvara hacia arriba una fracción de segundo, pero luego frunció el ceño con dolor.

—No necesito una amiga.

¿No ves que no estoy de humor para socializar?

La siguió con la mirada, receloso, mientras ella entraba en el despacho de la casa y cogía unos folios y un portapapeles.

—Da igual —dijo Emily—.

Voy a estar aquí para ti, igual que tú lo estuviste para mí cuando tuve el problema con Josh.

Byron suspiró y le dio otro trago a su whisky.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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