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La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 77

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77: La Guarida de la Bruja 77: La Guarida de la Bruja Se reunieron en una cafetería a una manzana de la oficina principal del tabloide.

Emily por fin pudo ver a Fred más de cerca: un hombre de mediana edad con un bigote entrecano.

Byron solo recurría a él para las operaciones más encubiertas y, ahora, Fred estaba emocionado ante la perspectiva de trabajar de incógnito.

—Entonces, ¿me abdujeron los extraterrestres?

—aclaró Fred—.

¿Qué pasó después?

¿Cómo escapé?

—No lo sé —se encogió de hombros Emily—.

A lo mejor descubriste su debilidad fatal: le tienen miedo al agua.

—Esa es la bruja malvada —dijo Fred.

—Vale, ¿y si te dejaron marchar para poder seguir observándote?

—sugirió Emily.

—Lo principal es que intentes hablar con Megan DeLorme —dijo Byron—.

Averigua qué trama.

Observaron desde la segunda planta de la cafetería cómo Fred cruzaba la calle y entraba en el edificio de oficinas.

—Allá va…

—dijo Byron—.

Espero que esta vez no meta la pata.

Intercambiaron miradas divertidas.

—Parece que fue ayer cuando le pedí a Fred que te siguiera y te mantuviera a salvo —dijo Byron—.

Pero me alegro de que ya no tengamos que hacerlo.

—Esperemos que no —replicó Emily—, aunque aquí estamos, metidos en más líos de espionaje.

Se alegró de que, al menos esta vez, Byron estuviera mucho más tranquilo en este tipo de situación.

Pronto vieron a Fred salir rápidamente del edificio.

Parecía tenso mientras regresaba a la cafetería.

—Deberíamos irnos de aquí —dijo, acercándose a la mesa.

Caminaron todos de vuelta al coche y, solo una vez a salvo dentro, Fred estuvo listo para hablar de lo que había visto.

—¿Hablaste con Megan?

—preguntó Byron.

—No —dijo Fred—, pero la vi.

Estoy bastante seguro de saber quién es «Megan».

Tu vieja amiga, Christine Tourneau.

—¿Christine?

¡¿Estaba allí?!

—exclamó Emily.

—Me temo que sí.

Fue otro periodista el que me llevó a su despacho, uno especializado en extraterrestres, pero vi a Christine trabajando en un despacho justo al lado.

—Y ella se especializa en arruinarme el día —concluyó Byron—.

Supongo que Megan DeLorme debe de ser su nuevo seudónimo.

¿No te vio?

—No lo creo —dijo Fred.

—No pensarás dejar que te arruine el día de verdad, ¿verdad?

—preguntó Emily.

—Es demasiado tarde para eso —replicó Byron—.

Ya ha publicado su articulito y, probablemente, tenga más en camino.

—Sí, no me gusta que se haya metido contigo, pero como tú mismo dijiste, es una revista patética.

No debería importarnos lo que escriban.

Simplemente, ignóralo.

—¿Cómo voy a ignorar sin más que hable mal de mí?

—exclamó Byron—.

¿Y si empieza a meterse contigo también, como la última vez?

—Yo me lo tomaría a risa —dijo Emily—.

Nadie se toma esas cosas en serio.

—Probablemente tengas razón —dijo Byron—.

Nunca ha salido nada bueno de intentar luchar contra ella.

Es solo que odio dejar que se salga con la suya.

—Sé que no debería salirse con la suya por meterse contigo —convino Emily—, especialmente con lo de tu depresión.

Eso no estuvo nada bien.

Pero, en cierto modo, ya ha recibido su merecido.

Ya le has destrozado la carrera.

¡Mira dónde está trabajando!

—Es un lugar asqueroso —coincidió Fred—.

Y lo digo literalmente.

Muy polvoriento, telarañas por todas partes.

Me daba cosa sentarme en una de sus sillas por miedo a pillar alguna enfermedad.

—Parece un lugar adecuado para Christine, la bruja malvada —comentó Byron.

—A lo mejor sí que le tiene miedo al agua —intervino Emily—.

¿Se creyeron tu historia de los extraterrestres?

—Creo que sí —respondió Fred—.

Parecían muy interesados en ella.

Menos mal que usé un nombre falso.

Todos se rieron y pareció que Byron se contentaba con dejar pasar todo el asunto.

Pero unas semanas más tarde, Emily y Byron se encontraban en un evento benéfico organizado por una empresa local cuando les presentaron al señor Pierre Pollock, un hombre de negocios que casi rivalizaba con Byron en el alcance de sus empresas.

Era un hombre bajo y calvo, no muy agraciado físicamente, pero la mujer que lo acompañaba era bastante despampanante: alta, rubia e impecablemente vestida.

No era otra que Christine.

—Me imaginaba que podríamos volver a vernos —dijo ella con una sonrisa malévola que relampagueó ante ellos—.

Me costasteis el trabajo, dos veces, y ahora es la hora de la venganza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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