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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 54

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Capítulo 54: 54 | Ascenso al trono de cristal

Elsa

La Ciudad de Oro quedó atrás como un sueño de ámbar desvaneciéndose en el espejo retrovisor de la realidad. Sobre nosotros, la Luna de Cristal ya no era el satélite pálido que inspiraba poemas de amor y melancolía a los poetas del Norte. Ahora, vista a través del filtro del Sextante de la Discordia, se revelaba como una estructura artificial de una belleza aterradora: una esfera de engranajes de luz y prismas de diamante que latía con el pensamiento frío del Arquitecto.

—No hay aire allí arriba, madre —dijo Aidan, desmontando de su caballo de sombra. Sus ojos galácticos estaban fijos en el cenit, y su pequeña mano sostenía el Sextante, que ahora proyectaba un pilar de luz violeta hacia el cielo—. El Arquitecto no respira. Él solo calcula.

Kaelen se acercó a mí. Su piel todavía emitía tenues destellos dorados, un residuo del Factor Éter que yo le había entregado en la pirámide. Se sentía diferente; su sombra ya no era un pozo sin fondo, sino una penumbra vibrante, imbuida de una vitalidad que desafiaba su naturaleza vampírica. Me tomó de la cintura, y el “Spicy” de su cercanía fue un ancla necesaria en medio de aquel desierto de memorias pulverizadas.

—Si vamos a hacer esto, Elsa, tiene que ser ahora —susurró Kaelen, su voz resonando con una gravedad que hacía que la arena a nuestros pies vibrara—. El Ancla de la Desmemoria en el castillo está perdiendo potencia. El olvido se está resquebrajando, y si el mundo nos recuerda antes de que matemos al Arquitecto, la paradoja nos desintegrará.

—Aidan, ¿estás listo? —pregunté, poniendo mi mano sobre el hombro de mi hijo.

El niño asintió. Su aura de Séptimo Tejedor se expandió, envolviéndonos en un capullo de realidad distorsionada. —No voy a crear un puente, madre. Voy a plegar la distancia. Para el universo, nosotros ya estaremos allí. Solo necesito que vuestro vínculo sea el hilo que me guíe. No soltéis vuestras manos.

Kaelen y yo entrelazamos nuestros dedos. Plata y oro, sombra y luz. La Sinfonía de Sangre Prohibida empezó a sonar en nuestras venas, una melodía que ya no era una súplica, sino un himno de guerra.

El ascenso no fue un vuelo, fue una ruptura.

Sentí que mi cuerpo se estiraba hasta convertirse en un filamento de luz. Vi pasar las eras en un segundo: el nacimiento de los Thorne, el primer destello del Origen, la caída de los ángeles. Y luego, el silencio absoluto.

Despertamos en la superficie de la Luna de Cristal.

El suelo era un mosaico de espejos perfectos que devolvían no solo nuestra imagen, sino nuestras intenciones más profundas. No había viento, pero el espacio vibraba con un zumbido sónico que recordaba al de un enjambre de abejas de metal. El cielo era un vacío negro salpicado de estrellas que parecían ojos observándonos con un juicio gélido.

Frente a nosotros se alzaba el Palacio de la Simetría, una catedral de cristal transparente donde cada ángulo era de noventa grados exactos. No había curvas, no había caos, no había errores. Era el hogar de la perfección estática.

—Habéis caminado sobre el cristal de mi mente —la voz del Arquitecto no vino de ninguna dirección. Surgió del suelo, de las estrellas, de nuestros propios pensamientos—. Bienvenidos al lugar donde los errores vienen a ser corregidos.

—¡No somos errores, somos tu evolución! —rugió Kaelen, desenvainando su espada de luz negra. El arma emitió un pulso de sombra dorada que agrietó el suelo de espejo a sus pies.

—La evolución es un concepto biológico, Príncipe de las Sombras. Y lo biológico es inherentemente corrupto. Habéis traído al niño a su cuna. Dejad que regrese al Telar y os permitiré morir con la ilusión de que vuestro amor fue real.

Aidan dio un paso al frente, su pequeña túnica ondeando en un vacío donde no debería haber movimiento. —Yo no soy tu cuna, Arquitecto. Yo soy el nudo que no pudiste atar.

Aidan golpeó el suelo con el Sextante de la Discordia. Una onda de energía violeta recorrió la superficie de la luna, y por un momento, la simetría del palacio se deformó. Las líneas rectas se curvaron, y los espejos empezaron a mostrar grietas.

—¡Ahora! —grité, liberando toda la llama dorada que había recuperado.

Nos lanzamos hacia el Palacio de la Simetría. Kaelen se movía como un relámpago gris, su nueva naturaleza híbrida le permitía ser más rápido que la luz misma. Yo volaba a su lado, mis manos envueltas en esferas de Éter puro que lanzaba contra las defensas automáticas del palacio: cubos de cristal flotantes que disparaban rayos de desintegración geométrica.

Entramos en el Gran Salón de la Creación. Allí, en el centro de un engranaje gigante que representaba al universo, estaba el Arquitecto.

No era un dios con barba ni una sombra monstruosa. Era una entidad de pura luz blanca, una silueta humana hecha de fractales que se movían y cambiaban constantemente. No tenía rostro, pero sentí su desprecio en cada pulsación de su aura.

—Elsa Croft, la recolectora de luz. Kaelen Thorne, el recolector de sombras —dijo el Arquitecto, levantando una mano geométrica—. Vuestro nudo termina aquí.

El Arquitecto cerró el puño y la realidad a nuestro alrededor se comprimió. Sentí que mis huesos se convertían en cristal. Kaelen gritó de dolor cuando su sombra fue succionada hacia el engranaje central. El Arquitecto no estaba luchando contra nosotros; estaba “editando” nuestra presencia en el sistema.

—¡Resiste, Kaelen! —intenté llegar a él, pero el espacio entre nosotros se alargaba infinitamente. Cada paso que daba me alejaba más.

—En este lugar, yo dicto las leyes de la física —sentenció el Arquitecto—. Aquí, el amor es igual a cero.

Aidan, que se había mantenido en silencio, empezó a levitar. Sus alas de cristal líquido se abrieron, pero ya no eran violetas. Eran de un gris tormentoso, el color del “Primer Fallo” que habíamos integrado en el castillo.

—Si el amor es igual a cero —dijo Aidan, su voz multiplicada por mil ecos—, entonces yo soy el resto de la división.

Aidan no atacó al Arquitecto. Se atacó a sí mismo. Hundió sus pequeñas manos en su propio pecho y extrajo una hebra de energía que brillaba con los tres colores: oro, plata y gris. Era la Esencia de la Familia, el vínculo físico y metafísico que nos unía.

—¡Aidan, no! —gritamos Kaelen y yo al unísono.

El niño lanzó la hebra hacia el engranaje central. Al contacto con la maquinaria del universo, la hebra actuó como una pizca de arena en un reloj de precisión. El engranaje se detuvo con un chirrido metálico que desgarró el silencio de la luna.

La compresión del espacio se detuvo. Kaelen cayó al suelo, recuperando su forma, y yo pude finalmente correr hacia él.

—El niño… —jadeó Kaelen, señalando a Aidan.

Aidan estaba cayendo, su brillo apagándose. Lo atrapé en mis brazos justo antes de que golpeara el cristal. Estaba pálido, frío, pero respiraba. Había usado su propia identidad como un “virus” para bloquear al Arquitecto.

—Habéis… dañado el sistema —la voz del Arquitecto tembló por primera vez. Su silueta de fractales empezó a parpadear, perdiendo su nitidez—. ¿Por qué? ¿Por qué sacrificaríais la perfección por este caos?

Kaelen se puso en pie, apoyándose en su espada. Me miró, y en ese intercambio de miradas, el “Spicy” de nuestra pasión se transformó en la resolución final. Nos tomamos de la mano sobre el cuerpo de nuestro hijo.

—Porque la perfección no siente —dije, elevándome junto a Kaelen—. Porque la perfección no elige.

—Y porque nuestro caos tiene un nombre —añadió Kaelen—. Se llama libertad.

Unimos nuestras manos una última vez. No usamos el Factor Éter, ni la Sombra Thorne. Usamos la vibración que Aidan había dejado en el aire: la frecuencia de la imperfección. Lanzamos un rayo de energía carmesí, el color de la sangre y del corazón, directamente al centro de la silueta fractal del Arquitecto.

El impacto no causó una explosión. Causó una disolución.

Vimos cómo el Arquitecto se desmoronaba, no en trozos, sino en preguntas. Sus fractales se convirtieron en flores, en suspiros, en gotas de lluvia, en todas las cosas “imperfectas” que él había intentado evitar. El Palacio de la Simetría empezó a derretirse como cera bajo un sol de verano.

—Entonces… esto es… sentir —fue lo último que susurró la entidad antes de desvanecerse en el vacío.

La Luna de Cristal empezó a temblar. Sin el Arquitecto para sostenerla, la estructura artificial estaba colapsando.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Kaelen, cargando a Aidan en sus brazos.

—¡El portal de Aidan está cerrado! ¡No tiene energía! —grité, viendo cómo el suelo de espejos se resquebrajaba, revelando el abismo estelar debajo.

En ese momento de pánico, sentí un tirón en mi cuello. La marca de Kaelen, la cicatriz de plata, brilló con una intensidad cegadora. El Ancla de la Desmemoria en el castillo, libre de la influencia del Arquitecto, reconoció nuestra firma de energía.

—¡El castillo nos está llamando! —dije, envolviendo a Kaelen y a Aidan en mis alas de luz—. ¡Aferraos a mí!

El mundo desapareció en un estallido de luz blanca y pura.

Despertamos en el patio del Castillo de Hierro.

El sol estaba saliendo, un sol de un amarillo cálido y natural. La aurora gris había desaparecido. Miré a mi alrededor y vi a Valerius, a Clara y a los soldados. Estaban todos allí, mirándonos con rostros bañados en lágrimas.

—¿Rey Kaelen? —susurró Valerius, cayendo de rodillas. Su voz no tembló. El nombre ya no causaba dolor—. ¿Emperatriz Elsa?

El olvido se había roto. El Arquitecto había muerto, y con él, sus leyes de desmemoria. El mundo recordaba. Cada batalla, cada sacrificio, cada momento de su soberano había regresado a la mente de su pueblo como una marea incontenible.

—¡LARGA VIDA A LOS SOBERANOS! —el grito de miles de gargantas sacudió las montañas del Norte.

Kaelen me miró, y por primera vez en toda nuestra historia, vi una paz absoluta en sus ojos dorados. No había contratos, ni profecías, ni amenazas celestiales. Solo nosotros.

Aidan abrió los ojos y sonrió, un niño pequeño de nuevo, libre del peso de ser un instrumento.

—Lo logramos, madre —susurró Aidan—. El dibujo ya es nuestro.

Kaelen me tomó en sus brazos, frente a todo su pueblo, y me besó con una pasión que prometía mil años de reinvindicación. El “Spicy” de nuestra victoria fue el sabor de la libertad total.

La familia real de pie en el balcón, bajo el sol del nuevo mundo. El Arquitecto se había ido, y el lienzo de la realidad estaba, por fin, en manos de quienes sabían que la belleza solo existe donde hay espacio para el error.

Pero en un rincón lejano de la Ciudad de Oro, una pequeña pieza del Sextante de la Discordia empezó a girar de nuevo. Porque en un universo infinito, siempre hay un nuevo arquitecto esperando en las sombras.

Sin embargo, esa sería una historia para otro día. Hoy, el Norte pertenecía a la Luz y a la Sombra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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