La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 55
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Capítulo 55: 55 | El despertar de la tierra sin dueño
Elsa
El silencio que siguió a la caída del Arquitecto no fue la paz de un jardín, sino el zumbido eléctrico de una tormenta que acababa de perder su pararrayos. Han pasado tres lunas desde que regresamos de la Luna de Cristal, y el Castillo de Hierro se ha convertido en el epicentro de un fenómeno que los monjes de la sangre han empezado a llamar “La Gran Efervescencia”. Sin las leyes geométricas del Creador, el Éter y la Sombra ya no fluyen por canales preestablecidos; brotan de la tierra, de las piedras y de nuestra propia piel como manantiales desbocados.
Me encontraba en el despacho real, rodeada de informes que flotaban en el aire, sostenidos por mi propia voluntad. Ya no necesitaba esforzarme para mover objetos; mi luz blanca, ahora veteada de un gris mercurio, respondía a mis emociones antes incluso de que yo las procesara.
—La Ciudad de Ámbar informa que las dunas están cobrando vida, Kaelen —dije, ajustando un mapa que mostraba nuevas cordilleras surgiendo en el Sur—. Dicen que las ruinas del desierto están cantando en una lengua que nadie entiende.
Kaelen estaba de pie junto al ventanal, observando el patio de entrenamiento. Había recuperado su nombre, su historia y el respeto absoluto de sus hombres, pero el “Precio del Olvido” había dejado una huella en él. Su sombra ya no era plana; a veces, cuando se distraía, se despegaba del suelo y tomaba formas caprichosas, como si tuviera conciencia propia.
Se giró hacia mí, y el “Spicy” de su mirada me recorrió como una llama lenta. Vestía solo unos pantalones de cuero negro; su torso, marcado por las runas de nuestra unión, era un mapa de poder y cicatrices que yo conocía centímetro a centímetro.
—El mundo está despertando, Elsa —dijo Kaelen, su voz vibrando con esa autoridad gélida que siempre me aceleraba el pulso—. Estábamos acostumbrados a vivir en una jaula de cristal. Ahora que la jaula se ha roto, la bestia de la realidad está estirando los músculos. Y no todos están contentos con los nuevos dueños del circo.
Kaelen caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que el tiempo no había mermado. Se detuvo frente a mi escritorio, apartando los informes flotantes con un movimiento perezoso de su mano. Se inclinó sobre la mesa, atrapándome entre sus brazos.
—Has estado trabajando diez horas seguidas, mi Emperatriz —susurró, su aliento rozando mi oreja—. Aidan está con Clara en los jardines, aprendiendo a no convertir las mariposas en dragones. El castillo está seguro. Pero yo… yo me siento muy desatendido.
Sentí que mi luz blanca parpadeaba, volviéndose de un rosa incandescente. El deseo de Kaelen era una marea que siempre lograba arrastrarme, sin importar cuántas crisis políticas tuviéramos que resolver. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos dorados brillaban con una necesidad que no era solo física; era la sed de dos almas que habían estado a punto de ser borradas y que ahora reclamaban cada segundo de existencia.
—El imperio puede esperar diez minutos, ¿verdad? —pregunté, mi voz volviéndose un murmullo travieso.
—El imperio puede arder por lo que a mí respecta —respondió él, antes de capturar mis labios en un beso que sabía a posesión y a libertad absoluta.
El romance entre nosotros había alcanzado un nivel de intensidad casi insoportable. Sin el Arquitecto vigilando nuestras “imperfecciones”, nuestra pasión se había vuelto una fuerza creativa. Al fundirnos, el aire de la habitación se llenaba de pequeñas chispas de luz y sombra que danzaban a nuestro alrededor. No era solo sexo; era una reafirmación de que éramos reales, de que estábamos vivos y de que el universo, por fin, nos pertenecía.
Horas más tarde, cuando el sol violeta empezaba a ocultarse tras las montañas, un estruendo sordo sacudió los cimientos del castillo. No fue un terremoto de la tierra, sino un impacto en el Éter.
Kaelen y yo nos vestimos en segundos, nuestras armaduras materializándose sobre nuestra piel como escamas de luz y sombra. Corrimos hacia la torre de vigilancia, donde Aidan ya nos esperaba. El niño, ahora de seis años pero con la mirada de un sabio milenario, señalaba hacia el horizonte, hacia la dirección de la Ciudad de Oro.
—Madre, el Sextante… se ha roto del todo —dijo Aidan. Sus ojos galácticos estaban fijos en una columna de luz negra que se elevaba desde el desierto lejano.
—¿Qué significa eso, pequeño? —pregunté, tomando su mano.
—Significa que el Arquitecto no era el único que quería orden —respondió Aidan—. Al matarlo, hemos dejado un “vacío de poder” en la jerarquía del universo. Alguien… o algo… está intentando ocupar su trono. Y no es una entidad geométrica. Es un Eco de Sangre.
A través del vínculo, sentí el escalofrío de Kaelen. —Un Eco de Sangre… eso solo puede significar una cosa. Los antiguos reyes vampiros, los que fueron exiliados antes de la creación del Telar. El Arquitecto los mantuvo encerrados en las cenizas de la Ciudad de Oro porque eran demasiado caóticos, demasiado hambrientos.
—Si ellos han despertado, vendrán por el Origen —concluí, mi mente volando hacia la Piedra Blanca en el Corazón del Castillo—. Vendrán por Aidan.
De repente, una figura apareció en el cielo, volando sobre un carruaje hecho de huesos de dragón. Era una mujer de una belleza letal, con la piel tan blanca como la tumba y el cabello rojo como la sangre fresca. Vestía una armadura de escamas de rubí y sostenía un látigo de fuego negro.
—¡Soberanos de pacotilla! —su voz resonó por todo el valle, una frecuencia de crueldad que hizo que los pájaros cayeran muertos de los árboles—. ¡Habéis matado al carcelero, y por eso os doy las gracias! Pero ahora, los verdaderos señores de la noche reclaman su herencia. ¡Entregad al niño y quizás os permita ser mis mascotas!
Kaelen dio un paso al frente, su sombra plateada expandiéndose hasta cubrir toda la muralla. Su espada de luz negra rugió, una nota de desafío que hizo que la mujer del carruaje se detuviera.
—Soy Kaelen Thorne, el Rey que el olvido no pudo borrar —dijo Kaelen, su voz era un trueno—. Y tú no eres más que un fantasma hambriento. Si quieres a mi hijo, tendrás que pasar por encima de mi cadáver. De nuevo.
La mujer rió, y de las sombras del bosque debajo del castillo, empezaron a emerger figuras que no habíamos visto en siglos: los Strigoi Primordiales. Eran vampiros sin rastro de humanidad, bestias de puro instinto y poder bruto que habían sido borrados de la historia oficial.
—Yo soy la Reina Carmesí, Malina —dijo la mujer, chasqueando su látigo—. Y no vengo sola. Vengo con el hambre de diez mil años de encierro.
La batalla por el nuevo mundo había comenzado. Ya no luchábamos contra la perfección fría de un dios, sino contra el hambre voraz de nuestros propios ancestros.
—Aidan, ve con Clara al Corazón —ordené, mi luz blanca estallando en una corona de fuego dorado—. Kaelen, es hora de enseñarles por qué los Thorne son los reyes de este siglo.
Kaelen me miró, y en medio del caos inminente, me robó un último beso rápido. —Me encanta cuando te pones en modo guerrera, Elsa. Casi me hace sentir lástima por ellos.
Saltamos desde la muralla hacia la marea de Strigois.
El “Spicy” de la batalla se mezcló con el de nuestra pasión. Nos movíamos como uno solo, una Sinfonía de Sangre que cortaba a través de las bestias antiguas con una eficiencia aterradora. Mi luz cegaba a los primordiales mientras la sombra de Kaelen los desmembraba desde dentro. Éramos la pareja más poderosa que el mundo había visto jamás, y no íbamos a dejar que unos fantasmas del pasado nos quitaran lo que tanto nos costó construir.
Sin embargo, Malina no estaba mirando la batalla. Estaba mirando hacia la torre donde Aidan se ocultaba. Lanzó su látigo de fuego negro, pero no contra nosotros, sino contra la estructura del castillo.
—¡Si no puedo tener al niño, nadie tendrá este trono! —chilló Malina.
El Castillo de Hierro tembló cuando el látigo de fuego negro empezó a corroer la obsidiana. Aidan, desde el interior, emitió un pulso de energía violeta, pero se sentía débil. Algo en la magia de Malina estaba neutralizando el poder del Tejedor.
—¡Elsa, el látigo es de Antimateria! —gritó Kaelen, bloqueando a tres Strigois a la vez—. ¡Viene del vacío que el Arquitecto dejó atrás! ¡Tu luz no puede tocarlo!
—¡Entonces usaré mi sombra! —respondí, dándome cuenta de que en este nuevo mundo, las reglas de quién usaba qué poder se habían vuelto borrosas.
Cerré los ojos e invoqué la parte de Kaelen que vivía en mí. De mis manos no salió oro, sino un chorro de oscuridad líquida que interceptó el látigo de Malina. El choque de las dos energías creó una explosión que nos lanzó a todos hacia atrás.
Malina se detuvo, su carruaje de huesos tambaleándose. Miró mis manos, que ahora estaban manchadas de una sombra permanente. —¿Una portadora de luz usando el vacío? —Malina entrecerró sus ojos rojos—. Sois más peligrosos de lo que pensaba. Pero el Eco de Sangre no se detendrá. Somos vuestro pasado, y el pasado siempre alcanza al presente.
Malina y su horda retrocedieron hacia el bosque, desapareciendo en una niebla de sangre antes de que pudiéramos asestar el golpe final. Sabíamos que esto no era una retirada; era un tanteo. Estaban probando nuestras defensas, buscando las grietas en nuestro nuevo poder.
Kaelen llegó a mi lado, tomándome de las manos. Miró la sombra que todavía manchaba mis dedos. —Has usado mi poder, Elsa. Sin el vínculo… solo por instinto.
—El mundo ha cambiado, Kaelen —dije, mirando hacia la torre donde Aidan nos observaba con preocupación—. Ya no hay fronteras entre nosotros. Somos una sola fuerza. Y si para proteger a Aidan tengo que convertirme en la sombra misma, lo haré.
Kaelen me estrechó contra él, su corazón latiendo con fuerza contra el mío. Los soberanos mirando hacia el bosque oscuro, sabiendo que la verdadera guerra civil de la raza vampírica acababa de estallar. El Arquitecto se había ido, pero sus prisiones se habían abierto.
Y el pasado de los Thorne era mucho más oscuro de lo que Kaelen recordaba.
Elsa
El rastro de antimateria dejado por el látigo de Malina todavía flotaba en el aire del gran salón como jirones de una pesadilla negra. El Castillo de Hierro, que había resistido el asedio de un dios, parecía ahora vulnerable ante la presencia de la Reina Carmesí. Mis manos, impregnadas de esa sombra líquida que invoqué por instinto, seguían hormigueando con un frío que ninguna hoguera podía calmar.
Kaelen caminaba de un lado a otro frente al tapiz de los Fundadores. Su agitación no era física; era una tormenta psíquica que sacudía nuestro vínculo. Podía sentir el sabor a hiel en su mente, un recuerdo amargo que intentaba emerger desde las profundidades de su herencia vampírica.
—Esa mujer… Malina —dijo Kaelen, deteniéndose frente a la imagen borrosa del Primer Thorne—. No es solo una leyenda, Elsa. En los registros prohibidos que Malakor me confió antes de morir, ella era mencionada como la “Esposa de Ceniza”. La mujer que el Arquitecto tuvo que borrar de la historia porque su hambre amenazaba con devorar el Telar entero.
—Ella dijo que nosotros éramos “soberanos de pacotilla” —me acerqué a él, envolviendo mis manos sombrías en las suyas. Al contacto, nuestras energías chocaron, creando pequeñas chispas de luz negra—. Kaelen, ella conocía la marca. Miró mi cuello como si estuviera viendo algo que ella misma había diseñado.
Kaelen se tensó. Me tomó por los hombros y me llevó hacia el espejo de obsidiana de la biblioteca. Con un gesto de su mano, invocó una luz plateada que iluminó mi piel. La cicatriz de nuestra unión, ese tatuaje de plata y carmesí, estaba latiendo con un ritmo propio, emitiendo un humo tenue del mismo color que el látigo de Malina.
—No es una marca de unión estándar, Elsa —susurró Kaelen, su voz llena de un temor que rara vez mostraba—. Es un Sello de Retorno. El primer Thorne no se unió a Malina por amor; se unió a ella para contener el vacío. Y cuando ella fue exiliada, el sello quedó dormido en nuestra sangre, esperando a una portadora de luz lo suficientemente fuerte como para despertarlo.
—¿Me estás diciendo que yo soy el recipiente para que ella regrese? —sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
—No. Eres el candado —Kaelen me abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en mi cuello—. Pero ella tiene la llave. Y esa llave es el Ritual de la Sangre Antigua.
Pasamos la noche en vela, rodeados de tomos que olían a muerte y a secretos olvidados. Aidan se había quedado dormido en un rincón de la biblioteca, protegido por un círculo de protección violeta. Kaelen y yo estábamos sumergidos en la “Sinfonía de Sangre”, usando nuestra conexión para navegar por los recuerdos genéticos de su linaje.
El “Spicy” de esta unión mental era abrumador. Al entrar en el flujo de su sangre, vi visiones de un mundo antes del Arquitecto. Un mundo de color rojo oscuro, donde los vampiros no eran sombras elegantes, sino dioses de carne y deseo. Vi a Malina sentada en un trono de huesos, con el Primer Thorne a sus pies. Vi el momento en que el Arquitecto descendió y, temeroso de su poder, los separó, borrando a la mujer y dejando al hombre como un guardián de una raza domesticada.
—Ella no viene por el trono, Kaelen —dije, emergiendo del trance con los ojos bañados en lágrimas—. Viene por ti. O mejor dicho, viene por la parte de ti que todavía le pertenece. Ella cree que tú eres la reencarnación de su esposo, y que yo soy el “parásito de luz” que te mantiene cautivo.
Kaelen rugió, golpeando la mesa de piedra con tal fuerza que se agrietó. —¡Yo no pertenezco a nadie más que a ti, Elsa! ¡Esa mujer es un cadáver del pasado que se niega a pudrirse!
—Pero su poder es real —insistí, señalando mis manos, donde la sombra seguía extendiéndose—. Si ella logra completar el ritual, usará nuestro vínculo para drenar mi Éter y convertirlo en la gasolina para su antimateria. Ella quiere resetear el mundo al estado de caos original.
En ese momento, una de las ventanas de la biblioteca estalló. No hubo proyectiles, solo un aroma penetrante a rosas podridas y hierro. Malina no estaba allí físicamente, pero su proyección astral se materializó sobre la mesa, observándonos con una sonrisa de depredador.
—Qué tierno… —siseó la Reina Carmesí, su forma parpadeando como un fuego fatuo—. El cachorrito Thorne intenta proteger a su mascota brillante. Pero no lo entiendes, pequeño Kaelen. Tu sangre grita por mí. Sientes el vacío en tus venas que solo mi oscuridad puede llenar.
—¡Vete de aquí! —lancé una ráfaga de luz blanca, pero Malina simplemente la absorbió, su risa resonando en nuestras mentes como mil agujas.
—El ritual ya ha comenzado, Elsa Croft —Malina señaló mi cuello—. Cada vez que hacéis el amor, cada vez que vuestras almas se tocan, estáis alimentando el sello. Me estáis abriendo la puerta con vuestra propia pasión. ¿No es poético? El amor que creíais que os salvaba será vuestra perdición.
La proyección de Malina se desvaneció, dejando tras de sí un frío sepulcral.
Me miré a los ojos de Kaelen. El pánico empezó a apoderarse de mí. Si lo que ella decía era cierto, nuestra intimidad, el “Spicy” que era nuestra mayor fortaleza, se había convertido en nuestra debilidad. Cada beso, cada caricia, era un paso hacia el abismo.
—No puede ser verdad —susurré, retrocediendo—. Kaelen, tenemos que distanciarnos. Si mi luz te alimenta a ti, y tú estás conectado a ella por tu sangre antigua… la estamos alimentando.
Kaelen se acercó a mí, sus ojos dorados brillando con una determinación salvaje. Me tomó de las manos, ignorando la sombra que me manchaba. —Eso es lo que ella quiere, Elsa. Quiere que nos tengamos miedo. Quiere que rompamos el nudo para que pueda cazarnos por separado.
—¡Pero no podemos arriesgarnos! —grité—. ¡Si ella regresa, Aidan morirá! ¡El imperio morirá!
Kaelen me atrajo hacia su pecho, envolviéndome en sus brazos. Su calor era lo único que me mantenía cuerda. —Ella dijo que el ritual usa nuestra pasión. Pero olvidó una cosa: nuestra pasión no es solo energía. Es elección. Si ella quiere usar nuestro vínculo, le daremos algo que no pueda digerir. Le daremos una sobredosis de una luz que ella nunca conoció.
—¿De qué estás hablando?
—Hablamos del Ritual de la Transmutación de Almas —dijo Kaelen, su voz bajando a un tono peligroso y seductor—. En lugar de dejar que ella drene tu luz a través de mí, vamos a forzar mi sombra dentro de ti y tu luz dentro de mí de forma permanente. Vamos a intercambiar los núcleos de nuestro poder. Si ella intenta conectarse a mi sangre antigua, encontrará tu luz pura. Y si intenta tocarte a ti, encontrará mi sombra protectora.
—Kaelen… eso podría matarnos. Nadie ha sobrevivido a un intercambio total de esencias. Sería como cambiar el agua por el fuego en nuestras venas.
—Ya morimos en la Luna de Cristal, Elsa —Kaelen me besó con una urgencia que me hizo vibrar—. ¿Qué es una muerte más si significa que ella nunca te pondrá la mano encima?
Bajamos al Corazón del Castillo, al lugar donde la Piedra Blanca latía con el ritmo del nuevo mundo. Aidan se despertó y nos miró con una seriedad que rompía el corazón. Él entendía lo que íbamos a hacer. Él era el Tejedor, y sería el encargado de sostener los hilos mientras su padre y su madre se despedazaban el alma para salvarse.
—Padre, madre… el dolor será insoportable —advirtió Aidan, colocándose en el centro del círculo—. Sentiréis que vuestra propia sangre se convierte en cristal roto.
—Hazlo, Aidan —ordenó Kaelen, arrodillándose frente a mí.
Nos tomamos de las manos sobre la Piedra Blanca. El ambiente se cargó de una electricidad estática que hacía que mi cabello flotara. Invoqué toda mi luz dorada, y Kaelen liberó su sombra plateada. Bajo la dirección de Aidan, las dos energías empezaron a entrelazarse, creando un vórtice de poder que amenazaba con derribar el castillo.
El intercambio comenzó.
Sentí que mi pecho explotaba. La sombra de Kaelen entró en mis venas como plomo derretido, devorando mi Éter. Al mismo tiempo, vi a Kaelen arquearse de dolor mientras mi luz dorada se infiltraba en sus huesos, quemando la oscuridad milenaria que lo definía. El grito que escapó de nuestras gargantas no fue humano; fue el sonido de dos realidades colisionando.
En medio de la agonía, el “Spicy” de nuestra unión alcanzó su punto máximo. No era deseo físico; era una comunión absoluta de dolor y sacrificio. Vi cada pecado de Kaelen, cada gota de sangre que había bebido, y él vio cada duda y cada miedo que yo había ocultado. Nos desnudamos por completo ante el otro, no de ropa, sino de existencia.
—¡DETENEDLOS! —el grito de Malina resonó desde las sombras de la cámara.
La Reina Carmesí apareció en su forma física, lanzando su látigo de antimateria contra el círculo. Pero ya era tarde. La transmutación estaba completa.
Kaelen se levantó, pero ya no emitía sombra. Su cuerpo brillaba con una luz dorada incandescente que hacía que Malina retrocediera, cubriéndose los ojos. Yo me puse de pie a su lado, envuelta en una neblina plateada y negra que se sentía tan sólida como una armadura. La sombra ya no me manchaba; me obedecía.
—¿Qué… qué habéis hecho? —chilló Malina, su rostro hermoso contrayéndose en una mueca de horror—. ¡Habéis profanado la Sangre Antigua!
—No, Malina —dijo Kaelen, su voz resonando con una pureza divina que la hacía temblar—. Hemos evolucionado. Ya no soy el heredero de tu vacío. Soy el portador de su luz.
Kaelen extendió su mano, y un rayo de sol puro, filtrado a través de su naturaleza guerrera, golpeó a Malina en el pecho. Al mismo tiempo, yo desaté la sombra que ahora vivía en mí, envolviendo a la Reina Carmesí en un sudario de oscuridad que la asfixiaba.
Malina gritó, su forma física empezando a desintegrarse bajo el ataque combinado de lo que ella más odiaba y lo que ella más deseaba.
—Esto no ha terminado… —amenazó Malina mientras se convertía en ceniza roja—. El Eco de Sangre es legión. ¡Vendrán por el niño!
Cuando la última brizna de Malina desapareció, el silencio regresó al Corazón del Castillo. Kaelen y yo nos desplomamos, exhaustos y transformados. Me miré las manos; eran pálidas, rodeadas de un aura plateada. Miré a Kaelen; su piel morena parecía irradiar un calor solar.
Habíamos sobrevivido al ritual, pero el costo era permanente. Habíamos cambiado nuestras naturalezas. Yo era ahora la Soberana de la Sombra Blanca, y él era el Rey del Sol Plateado.
—¿Estás bien? —preguntó Kaelen, su voz sonando extrañamente melodiosa.
—Siento… siento que el universo es mucho más grande de lo que pensaba —respondí, besándolo. El beso ya no sabía a peligro; sabía a una victoria total.
Pero Aidan, mirando hacia la Piedra Blanca, no sonreía. —Madre, padre… Malina era solo la primera. El ritual ha despertado a los Siete Príncipes del Hambre. Y ya están cruzando el Mar de Hierro.
Los soberanos dándose cuenta de que su transformación era solo el primer paso en una guerra que apenas comenzaba. Habían vencido a la reina del pasado, pero los príncipes del futuro estaban llegando.
Y esta vez, traían consigo la oscuridad que ni siquiera la luz de Kaelen podía iluminar.
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