La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 57
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Capítulo 57: 57 | El asedio de los siete
Elsa
El despertar tras la transmutación no fue una epifanía de luz, sino una colisión de sentidos distorsionados. Me incorporé en el lecho de obsidiana sintiendo que mis huesos pesaban como el plomo y que mi sangre, antes una corriente cálida de Éter dorado, ahora fluía con la densidad fría y eléctrica de la sombra de Kaelen. Al abrir los ojos, el mundo no era brillante; era un negativo fotográfico donde las sombras pulsaban con vida y la luz hería como agujas de cristal.
—No intentes levantarte rápido, Elsa —la voz de Kaelen sonó a mi lado, pero no era el barítono sombrío de siempre. Su tono era ahora vibrante, melódico, cargado de una resonancia solar que hizo que mis oídos pitaran.
Me giré hacia él. Kaelen estaba sentado al borde de la cama, cubriéndose los ojos con una mano. Su piel morena emitía un fulgor dorado constante, tan intenso que las sábanas de seda negra empezaban a chamuscarse bajo su tacto. El Rey de las Sombras ahora era un faro humano, y yo, la portadora del Origen, era una mancha de vacío plateado.
—Siento… siento que el silencio me grita, Kaelen —susurré, estirando una mano. Al mover mis dedos, pequeñas volutas de humo gris brotaron de mis uñas, enredándose en el aire como serpientes ciegas—. La sombra no es oscuridad, es… es información. Puedo sentir el miedo de los guardias en el pasillo. Puedo sentir el hambre de las ratas en los muros. Es demasiado.
Kaelen me tomó de la mano. El contacto fue un choque de polaridades opuestas. Mi frío buscó su calor, y por un segundo, el “Spicy” de nuestra conexión estalló en una descarga que hizo que las lámparas de la habitación estallaran. No fue deseo, fue una ecualización violenta.
—A mí me pasa lo contrario —dijo Kaelen, bajando la mano. Sus ojos eran pozos de oro líquido—. Veo cada mota de polvo. Siento el peso de cada rayo de sol que golpea el castillo a kilómetros de aquí. Mi mente no puede dejar de calcular, de ordenar… de juzgar. Es la luz del Arquitecto, Elsa. Es perfecta, y es aterradora.
Aidan entró en la habitación con paso cauteloso. El niño nos miró con una mezcla de fascinación y tristeza. —El nudo ha cambiado de color, pero sigue apretado —dijo, acercándose a la cama—. Pero no tenéis tiempo para acostumbraros. El primero de los Siete Príncipes del Hambre ha cruzado el puente levadizo. Y no viene con un ejército. Viene con una mesa.
Bajamos al patio principal, escoltados por Valerius, quien caminaba a diez metros de distancia, incapaz de soportar la presión radiactiva que emanaba de nosotros dos.
En el centro del patio, donde la nieve se había derretido formando un círculo perfecto de tierra seca, se encontraba una mesa de banquete fastuosa. Sobre manteles de seda púrpura había manjares que olían a especias exóticas y a carne fresca. Sentado a la cabecera, bebiendo de una copa de cristal que parecía contener estrellas líquidas, estaba un hombre de una palidez irreal, vestido con túnicas de terciopelo que cambiaban de color según el ángulo de la luz.
Era Vargos, el Príncipe de la Gula, el primero de los ecos que Malina había despertado.
—Bienvenidos, soberanos de la metamorfosis —dijo Vargos, su voz era como el deslizamiento de la seda sobre el mármol—. Me han dicho que habéis intercambiado vuestras almas por un poco de tiempo extra. Qué desperdicio de buena esencia.
Kaelen dio un paso al frente. Al hacerlo, el suelo bajo sus pies se iluminó con una incandescencia dorada que hizo que Vargos entrecerrara sus ojos negros. —Has entrado en mi hogar sin permiso, Vargos. En mi tiempo, eso se pagaba con la cabeza.
—Tu tiempo ya no existe, “Rey del Sol” —rió Vargos, señalando la silla vacía frente a él—. Ahora el tiempo pertenece al Hambre. El Arquitecto nos mantuvo en ayuno durante eones, alimentándonos de conceptos geométricos. Pero ahora que vuestro hijo ha roto el Telar, la realidad es deliciosa. Huele a miedo, a esperanza… a futuro.
Me coloqué al lado de Kaelen, sintiendo que la sombra en mis venas se agitaba, pidiendo permiso para saltar sobre el cuello del príncipe. El “Spicy” de mi nueva naturaleza era una agresividad fría, una necesidad de consumir la luz del enemigo.
—¿Qué quieres, Vargos? —pregunté, mi voz resonando con un eco metálico.
—Vengo a ofreceros un trato de caballeros —Vargos dejó la copa y se limpió los labios con un pañuelo de encaje—. Los Siete no queremos vuestro castillo de piedra, ni vuestras leyes aburridas. Queremos al Tejedor. Entregad a Aidan, y os permitiré conservar vuestro pequeño romance en una burbuja de realidad privada. Podréis amaros, odiaros o transmutaos mil veces mientras el resto del mundo es devorado.
—¡Jamás! —rugí, y por primera vez, desaté mi nuevo poder.
No fue una ráfaga de luz. Fue un Colapso de Sombras. La oscuridad bajo la mesa de Vargos cobró vida, convirtiéndose en miles de manos de humo que intentaron arrastrar al príncipe hacia el subsuelo. Los manjares se pudrieron en segundos, y el aire alrededor de la mesa alcanzó temperaturas bajo cero.
Vargos se levantó con un movimiento fluido, su túnica ondeando. Con un chasquido de sus dedos, una onda de energía gástrica —una fuerza de disolución pura— neutralizó mi sombra.
—Qué grosera, Emperatriz —siseó Vargos—. Tu nueva sombra es poderosa, pero está vacía. No tiene el peso de los siglos.
Kaelen no esperó a que Vargos terminara. Desenvainó su espada, pero ya no era de luz negra. Era una hoja de Fuego Solar Puro. Se lanzó contra Vargos, y cada golpe de su espada creaba explosiones de luz que cegaban a los guardias en las murallas. Vargos esquivaba con una gracia obscena, su cuerpo volviéndose fluido cada vez que la luz de Kaelen intentaba tocarlo.
—¡Es inútil! —gritó Vargos, apareciendo detrás de Kaelen—. ¡Vuestro poder está desequilibrado! ¡Él tiene demasiada luz para un cuerpo de muerto, y ella tiene demasiada sombra para una mente de viva! Os vais a consumir a vosotros mismos antes de tocarme.
Era verdad. Sentí una punzada de agonía en mi pecho. Mi corazón humano luchaba por bombear la sombra de Kaelen, y vi que Kaelen empezaba a sangrar luz dorada por los poros. El intercambio no era estable.
Aidan, que nos observaba desde el pórtico, dio un paso adelante. Sus ojos brillaron con una furia fría. —Basta.
El niño no usó su poder de Tejedor. Usó el Sextante de la Discordia, que ahora estaba integrado en su propia mano. Un rayo de energía gris, el color del “Primer Fallo”, golpeó la mesa de Vargos, convirtiéndola en ceniza radioactiva.
Vargos retrocedió, su rostro de palidez irreal mostrando por primera vez una grieta de miedo. —El niño… ya domina el fallo.
—Vete de aquí, glotón —dijo Aidan, su voz sonando con la autoridad de un dios antiguo—. Si vuelves a amenazar a mis padres, te encerraré en una realidad donde el hambre sea tu única compañía y no haya nada, ni siquiera tú mismo, para comer.
Vargos hizo una reverencia burlona, pero sus ojos no se apartaron de Aidan. —Me voy, por ahora. Pero recordad esto, soberanos de cristal: yo soy el más débil de los Siete. Los demás no vendrán con mesas. Vendrán con desiertos, con pestes y con el silencio final.
Vargos se desvaneció en una nube de moscas negras que se dispersaron con el viento del Norte.
El silencio que quedó en el patio fue opresivo. Kaelen cayó sobre una rodilla, su espada clavada en el suelo para sostenerse. Su brillo dorado disminuyó, volviéndose un color ocre cansado. Corrí hacia él, ignorando el mareo que me hacía ver el mundo en sombras.
Lo rodeé con mis brazos, y esta vez, el contacto fue más suave. Nuestras esencias empezaban a reconocerse en sus nuevos hogares, pero el proceso era doloroso.
—Estamos rotos, Elsa —jadeó Kaelen, apoyando su frente contra la mía. El “Spicy” de nuestro vínculo era ahora una conexión de pura supervivencia—. Tenía razón… no somos estables. Mi cuerpo rechaza tu luz, y tu mente rechaza mi sombra.
—Entonces tenemos que entrenar, Kaelen —respondí, ayudándolo a ponerse de pie—. Tenemos que aprender a ser lo que el otro era. Yo tengo que aprender la crueldad de la sombra, y tú tienes que aprender la implacabilidad de la luz.
Aidan se acercó a nosotros, tomándonos de las manos. —No tenéis mucho tiempo. Vargos ha marcado el castillo. Los otros seis ya saben que el nudo es inestable. Vendrán antes del próximo eclipse.
Miré hacia el horizonte. El cielo del Norte ya no era azul, ni gris. Estaba empezando a teñirse de un color violeta oscuro, el color de la guerra civil de los dioses.
Elsa y Kaelen regresando al interior del castillo, caminando con dificultad, pero con las manos entrelazadas. Eran seres nuevos en un mundo que los odiaba, portando poderes que amenazaban con destruirlos desde dentro.
Pero en la penumbra de la armería, Kaelen tomó a Elsa por la cintura, pegándola a su cuerpo incandescente. —Si voy a estallar en luz, Elsa… quiero que sea dentro de ti.
El romance no había muerto con la transmutación. Se había vuelto algo más peligroso: una combustión espontánea de almas intercambiadas.
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