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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 58

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Capítulo 58: 58 | Danza de los polos opuestos

Elsa

La cámara de entrenamiento del Castillo de Hierro, situada en las profundidades de la obsidiana, estaba en silencio, pero el aire vibraba con una tensión estática que hacía que las antorchas de fuego frío parpadearan erráticamente. No era un entrenamiento de espada contra escudo; era una lucha por la cordura.

Me encontraba en el centro de un círculo de sal bendita, intentando contener la sombra de Kaelen que ahora residía en mis venas. Se sentía como mercurio helado, una corriente de información y oscuridad que quería expandirse, devorar las paredes y conectarse con cada secreto oculto en el castillo.

Frente a mí, Kaelen estaba sentado en posición de loto, con el torso desnudo. Su piel, habitualmente una extensión de la noche, ahora irradiaba una luz dorada tan pura que me dolía mirarlo directamente. El Rey de las Sombras estaba luchando contra la naturaleza expansiva y “juzgadora” de mi Factor Éter.

—No luches contra ella, Elsa —dijo Kaelen, su voz resonando con una melodía solar que todavía me resultaba extraña—. La sombra no se domina con fuerza; se domina con indiferencia. Tienes que dejar de querer “iluminar” el mundo. Tienes que aprender a ser el vacío donde el mundo se detiene.

—Es difícil ser indiferente cuando siento el latido de cada rata en las mazmorras, Kaelen —respondí, apretando los puños. De mis uñas brotaron zarcillos de humo gris que empezaron a trepar por mis brazos como enredaderas vivas—. Tu sombra tiene hambre. Quiere saberlo todo. Quiere poseerlo todo.

Kaelen se levantó con una lentitud majestuosa. Al moverse, dejó una estela de partículas de luz dorada en el aire. Se acercó a mí, rompiendo el círculo de sal. El contacto de sus pies con el suelo de piedra creaba pequeñas grietas de incandescencia.

—Y tu luz tiene sed de justicia —replicó él, deteniéndose a centímetros de mí. Su aroma a ozono y cuero ahora estaba mezclado con el olor a incienso sagrado—. Siento que cada error que he cometido en mi vida me quema desde dentro. Tu Éter me obliga a mirar mis pecados y a pedir perdón. Es insoportable ser tan… bueno.

El “Spicy” de nuestra cercanía había cambiado. Ya no era una atracción de opuestos que se buscan; era un choque de polaridades que intentaban anularse. Kaelen me tomó de las manos, y el contacto fue un estallido de vapor. Mi frío plateado chocó con su calor dorado, creando una neblina de energía gris que nos envolvió por completo.

—Enséñame, Elsa —susurró, su frente apoyada contra la mía. Sus ojos eran pozos de oro líquido—. Enséñame a no juzgarme. Enséñame a dejar que la luz simplemente sea, sin intentar arreglar el universo.

—Y tú enséñame a no sentirlo todo —pedí, mis manos subiendo por sus hombros, sintiendo la dureza de sus músculos irradiando ese calor solar—. Enséñame a ser el silencio que tú eras.

El entrenamiento se volvió físico. Kaelen me ordenó atacar, no con luz, sino con la intención de “borrar”. Al principio, mis ráfagas seguían siendo demasiado brillantes, demasiado “esperanzadoras”. Pero bajo su guía gélida, empecé a entender. La sombra de los Thorne no era maldad; era ausencia.

—Cierra los ojos —ordenó Kaelen, moviéndose a mi alrededor como un parpadeo de luz—. No me busques con la vista. Búscame con el hueco que dejo en el aire.

Intenté concentrarme. En lugar de proyectar mi energía hacia afuera, la encogí hacia mi núcleo. Sentí que mi corazón se enfriaba. El ruido del castillo se desvaneció. El miedo de los guardias se volvió una nota sorda. Y allí, en el centro de mi propia nada, sentí a Kaelen. Él no era una luz; era una presión, un desplazamiento de la realidad.

Lancé un latigazo de sombra pura, una cinta de oscuridad absoluta que cortó el aire con un siseo metálico. Kaelen lo bloqueó con un escudo de luz dorada, pero el impacto lo hizo retroceder tres pasos.

—Eso es —dijo él, sonriendo con una ferocidad orgullosa—. Has dejado de ser la Emperatriz. Has empezado a ser la Sombra.

Ahora fue mi turno. Me acerqué a él, envolviéndolo en mi nueva neblina plateada. —Ahora tú, Kaelen. Siente la luz. No la uses como un arma para castigar tus recuerdos. Úsala para perdonarlos. El Éter no es una regla; es una posibilidad.

Kaelen cerró los ojos. Vi cómo sus hombros se relajaban. El fulgor agresivo de su piel se suavizó, volviéndose un brillo cálido, como el de una mañana de primavera en el Norte. Por un segundo, la oscuridad milenaria de su linaje pareció descansar. Las runas en su pecho dejaron de arder y empezaron a pulsar con un ritmo tranquilo.

En ese momento de equilibrio frágil, la cámara de entrenamiento se transformó. Las paredes de obsidiana empezaron a brillar con una luz perlada, y pequeñas flores de cristal blanco brotaron de las grietas del suelo. Habíamos creado una realidad híbrida, un oasis de paz donde la luz y la sombra coexistían sin anularse.

—Es hermoso —susurró Kaelen, abriendo los ojos. Ya no había dolor en ellos, solo una claridad que me hizo temblar.

Se acercó a mí y me tomó por la cintura, pegándome a su pecho incandescente. Nuestras nuevas naturalezas se reconocieron en ese abrazo. El intercambio de esencias ya no era un rechazo; era una danza. El “Spicy” de nuestra pasión estalló con una pureza que nunca antes habíamos experimentado. No era el hambre de los vampiros ni la devoción de los humanos; era la unión de dos mitades de una divinidad rota.

—Si esto es lo que significa tener tu luz, Elsa… —susurró Kaelen, besando mi cuello—, entiendo por qué siempre te negaste a dejarme caer.

—Y si esto es lo que significa tener tu sombra… —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—, entiendo por qué siempre fuiste tan solitario. Es un peso inmenso llevar la verdad del mundo en la espalda.

Nos entregamos el uno al otro allí mismo, sobre el suelo de cristal y sal. Fue un acto de transmutación final. Cada caricia era una lección de poder; cada gemido, una nota en nuestra nueva sinfonía. Al fundirnos, el aura gris que generábamos se expandió por todo el nivel subterráneo del castillo, estabilizando los cimientos que Vargos había intentado sacudir.

Sin embargo, la paz fue interrumpida por un grito que no provino del castillo, sino de la propia tierra.

Aidan entró en la cámara, su rostro pálido y sus manos temblando. Sostenía el Sextante de la Discordia, que ahora emitía un pitido constante y agudo.

—Madre, padre… el entrenamiento ha terminado —dijo Aidan, su voz cargada de un miedo ancestral—. El segundo Príncipe ha llegado. Pero no viene por el puente.

—¿Por dónde viene? —preguntó Kaelen, poniéndose en pie y recuperando su espada, que ahora brillaba con un fuego dorado tranquilo.

—Viene por el Sueño —respondió el niño—. Es Moros, el Príncipe de la Pereza. Ha sumido a toda la Ciudad de Hierro en un letargo eterno. Los guardias, Clara, Valerius… todos están durmiendo. Y si no los despertamos antes de que la primera luna se ponga, sus almas se convertirán en parte del tapiz de Moros.

Miré hacia arriba, a través de los niveles del castillo. El silencio que antes me parecía pacífico ahora se sentía como una red pegajosa. El castillo no estaba en paz; estaba sedado.

—¿Cómo luchamos contra el sueño, Aidan? —pregunté, sintiendo que la sombra en mis venas me incitaba a cerrar los ojos y rendirme yo también.

—Tenéis que entrar en el Plano Onírico —explicó Aidan—. Pero hay un problema. En el sueño, vuestros poderes están invertidos de nuevo. Tú volverás a ser la Luz y mi padre volverá a ser la Sombra, pero solo si sois capaces de recordar vuestra esencia real en medio de las pesadillas de Moros. Si os perdéis en quién sois ahora, el sueño os devorará.

Kaelen me tomó de la mano. El calor de su luz dorada fue un estímulo contra la somnolencia que empezaba a afectarme. —Parece que nuestra danza acaba de subir de dificultad, Elsa.

—No me importa el plano, Kaelen —respondí, mi mirada fija en la suya—. Mientras tú seas mi ancla, no hay sueño que pueda retenerme.

Aidan trazó un círculo de protección alrededor de nosotros. —Cerrad los ojos. Buscad el nudo. Y recordad: en el sueño del Príncipe de la Pereza, la única forma de despertar es el Dolor de la Verdad.

Nos sentamos en el suelo de la cámara, tomados de la mano. El zumbido del Sextante se volvió ensordecedor, y de repente, la oscuridad de la cámara fue reemplazada por una niebla de colores pastel que olía a opio y a olvido.

Elsa y Kaelen cayendo en un trance profundo, mientras en la superficie del castillo, miles de personas dormían con sonrisas vacías en sus rostros, sin saber que sus vidas estaban siendo tejidas en el manto de Moros.

El segundo Príncipe del Hambre no quería sangre. Quería el tiempo que nos quedaba por vivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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