La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 59
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Capítulo 59: 59 | Reino de la amapola negra
Elsa
Caer en el plano onírico de Moros no fue una transición, sino una disolución. El frío de la cámara de entrenamiento y el peso de la armadura de obsidiana se evaporaron, reemplazados por una ingravidez narcótica. El aire, si es que se le podía llamar así, era una neblina densa y dulce, con el aroma sofocante de las amapolas negras que crecen en los valles del olvido.
Abrí los ojos y me encontré de pie en un prado de hierba alta y plateada. El cielo era de un azul imposible, sin las nubes de tormenta del Norte ni el sol violeta del eclipse. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
—¿Kaelen? —llamé, y mi voz sonó cristalina, despojada del eco metálico de la sombra que ahora habitaba mis venas.
Miré mis manos. Eran cálidas, rodeadas de mi luz dorada original. El intercambio de esencias había desaparecido aquí. Era la Emperatriz del Éter de nuevo, pero me sentía extrañamente ligera, como si el peso de la responsabilidad hubiera sido arrancado de mis hombros.
—Estoy aquí, Elsa.
Me giré y sentí que el corazón me daba un vuelco. Kaelen caminaba hacia mí desde una pequeña cabaña de madera situada junto a un arroyo. No vestía armadura, ni portaba su espada de luz negra. Llevaba una túnica de lino blanco y su rostro… su rostro no tenía las ojeras del insomnio ni la tensión de la guerra. Sus ojos eran de un dorado puro, sin el anillo plateado de nuestra fusión. Era la Sombra, pero una sombra domesticada, en paz.
—¿Dónde estamos? —pregunté, aunque una parte de mí, la más cansada y herida, ya no quería saber la respuesta. Solo quería quedarse allí.
—Estamos en casa —respondió él, tomándome de las manos. Sus dedos estaban cálidos, sin el frío del vacío—. El Arquitecto se ha ido, Elsa. Los Serafines se han retirado. Aidan está en el arroyo, jugando. Ya no hay más profecías. Ya no hay más hambre.
Miré hacia el arroyo y vi a un niño. Era Aidan, pero no el Séptimo Tejedor de mirada galáctica y manos cargadas de energía gris. Era un niño de cinco años normal, riendo mientras intentaba atrapar pequeños peces de colores con un cuenco de madera. No había marcas en su frente. No había Sextante en su mano.
—Esto es… lo que siempre quisimos —susurré, sintiendo que una lágrima de alivio rodaba por mi mejilla.
El “Spicy” de este encuentro era diferente. No era la pasión de los guerreros que se buscan en mitad de la batalla; era la ternura de dos amantes que han llegado al final del camino. Kaelen me atrajo hacia él y me besó bajo la sombra de un sauce cuyas hojas parecían hilos de seda. El beso no sabía a sangre ni a victoria; sabía a pan recién horneado, a sábanas limpias y a una eternidad sin miedo.
—Quédate conmigo, Elsa —murmuró contra mis labios—. Deja que el mundo exterior se desvanezca. Moros no es un monstruo. Es un liberador. Él nos da el descanso que el universo nos negó.
Me dejé llevar. Por un momento que pareció durar años, viví en esa mentira. Caminamos por el prado, jugamos con Aidan, nos amamos bajo las estrellas que no vigilaban. El cansancio de mil batallas empezó a sanar bajo el sol de la amapola negra. Era tan fácil… tan seductoramente fácil dejar de luchar.
Pero la perfección es un circuito cerrado, y mi alma, por muy cansada que estuviera, era una anomalía.
Mientras observaba a Aidan correr por la hierba, noté algo. Una mariposa se posó en su hombro. Era una mariposa de un color gris metálico, idéntica al poder del “Primer Fallo” que habíamos integrado en el castillo. Aidan la miró y, por un segundo, su risa se detuvo. Sus ojos dorados parpadearon, volviéndose violetas antes de regresar a la normalidad.
—Madre —dijo el niño, mirándome con una confusión repentina—. Siento un pinchazo en el pecho. Como si me faltara algo pesado.
Esa frase fue el primer golpe del martillo contra el cristal del sueño. Algo pesado. La responsabilidad. El dolor. La verdad.
Recordé las palabras de Aidan en la cámara: “La única forma de despertar es el Dolor de la Verdad”.
Miré a Kaelen. Él estaba sentado en un banco, tallando una figura de madera. Se veía tan feliz, tan libre de la carga de ser un Thorne. Si rompía el hechizo, le devolvería la agonía. Le devolvería la sangre en las manos y el peso del imperio sobre sus hombros. ¿Tenía el derecho de arrebatarle esta paz?
—Kaelen —dije, mi voz temblando.
Él levantó la vista y su sonrisa se desvaneció al ver la luz de mi Éter volviéndose errática, parpadeando con la sombra que intentaba emerger desde el mundo real.
—No lo hagas, Elsa —suplicó él, y por primera vez vi el rastro de Moros en sus ojos. No era Kaelen quien hablaba, era el miedo al dolor—. No nos devuelvas a la oscuridad. Aquí somos felices. Aquí Aidan está a salvo.
—Aquí Aidan no existe, Kaelen —respondí, y las lágrimas de alivio se convirtieron en lágrimas de sacrificio—. El Aidan que conocemos, el que salvó el castillo, el que nos ama con todas sus cicatrices… ese niño no está aquí. Este es solo un eco de nuestros deseos.
Cerré los puños. Invoqué la sombra que Kaelen me había dado en la transmutación. En este mundo de luz perfecta, la sombra era una herida. El humo gris brotó de mi pecho, manchando el prado plateado, marchitando las amapolas negras a mi paso. El dolor físico regresó con una violencia brutal, como si miles de agujas se clavaran en mi piel.
—¡ELSA, PARA! —el cielo empezó a agrietarse, revelando la oscuridad de la realidad detrás del azul cobalto.
—¡No voy a dejar que nos convirtamos en tapices, Kaelen! —grité, y mi voz se multiplicó—. ¡Prefiero un amor que duela a una paz que sea mentira!
Me acerqué a Kaelen y, en lugar de besarlo, le clavé las uñas en los brazos. Quería que sintiera el dolor. Quería que recordara el frío de la obsidiana y el sabor de la sangre. El “Spicy” de nuestra conexión se volvió agresivo, crudo, una fricción de realidades que chocaban.
—¡Recuerda el Castillo de Hierro! ¡Recuerda a Malakor! ¡Recuerda quién eres, Rey de las Sombras! —le grité, golpeando su pecho con mi energía gris.
Kaelen rugió de agonía. Su túnica de lino blanco se quemó, revelando su armadura de plata destrozada. Sus ojos recuperaron el anillo plateado del eclipse. La ilusión del prado se incendió con un fuego negro.
En medio de las llamas del sueño, apareció una figura colosal. Era Moros, el Príncipe de la Pereza. No tenía cuerpo físico, era una masa de nubes de color púrpura y ojos cerrados que emitían un zumbido soporífero.
—¿Por qué despertáis, pequeños insectos? —la voz de Moros era una vibración que entumecía los sentidos—. Os he dado la eternidad del descanso. ¿Por qué preferís el látigo del tiempo y el aguijón de la pérdida?
Kaelen se puso en pie, recuperando su espada de luz negra del aire mismo del sueño. Su aura de Sol Plateado estalló, quemando la niebla de Moros. —Porque el descanso es para los muertos, Moros. Y nosotros estamos muy, muy vivos.
Kaelen se lanzó hacia el centro de la nube púrpura. Yo me elevé a su lado, desatando la sombra blanca que ahora era mi naturaleza. Usamos el “Dolor de la Verdad” como un arma. Cada golpe que dábamos no buscaba destruir a Moros, sino despertar al castillo. Proyectamos nuestro dolor, nuestra lucha y nuestro amor imperfecto hacia el exterior, usando la red de Moros como un altavoz.
—¡DESPERTAD! —gritamos al unísono.
Sentí que el plano onírico colapsaba. El prado, la cabaña y el Aidan falso se desvanecieron en cenizas de opio. Por un segundo, vi a miles de ciudadanos del Norte atrapados en capullos de seda púrpura, susurrando sueños felices mientras sus cuerpos se marchitaban.
Con un golpe final de nuestras esencias combinadas, rasgamos el manto de Moros. La explosión de realidad fue tan potente que nos lanzó de regreso a nuestros cuerpos físicos.
Abrí los ojos en la cámara de entrenamiento. El frío de la obsidiana me recibió como una bendición. Estaba empapada en sudor, jadeando, con el sabor de las amapolas todavía en la garganta.
A mi lado, Kaelen se incorporó con un gruñido, su piel irradiando ese calor solar que ahora lo definía. Nos miramos, y en ese intercambio de miradas, no hubo reproches por haber roto el sueño. Hubo un alivio salvaje. Estábamos de vuelta en el infierno, pero estábamos juntos y éramos reales.
—Ha sido… tentador —admitió Kaelen, tomándome de la mano con fuerza—. Por un momento, Elsa, realmente quería quedarme allí.
—Yo también, Kaelen. Pero Aidan nos necesita. Y el mundo no se va a salvar durmiendo.
Aidan cayó al suelo, el Sextante dejando de pitar. El niño nos miró, exhausto pero sonriente. —Lo habéis logrado. El manto de Moros se ha roto. El castillo está despertando.
Subimos rápidamente a los niveles superiores. En los pasillos, los guardias se frotaban los ojos, confundidos. Valerius estaba apoyado contra una columna, mirando su espada como si no supiera cómo llegó allí. Clara estaba en las cocinas, despertando de un sueño donde el invierno nunca llegaba.
Pero la victoria no fue completa.
Al salir al balcón principal, vimos que el cielo del Norte seguía teñido de violeta. Y en el horizonte, una nueva señal apareció. No eran nubes, ni sombras. Era una lluvia de cristales rojos que caían sobre las tierras de los Thorne, quemando todo lo que tocaban.
—Moros ha fallado en dormirnos —dijo Aidan, mirando hacia el este—. Pero su caída ha despertado al tercero. Y este no tiene interés en vuestros sueños.
—¿Quién es? —preguntó Kaelen, envolviéndome en su capa de luz dorada para protegerme de la ceniza roja que empezaba a caer.
—Zaleos, el Príncipe de la Ira —respondió Aidan—. Y él no viene a negociar, ni a seducir. Viene a reducir el mundo a cenizas.
Miré a Kaelen. Sus manos, antes dedicadas a tallar madera en el sueño, ahora apretaban el puño sobre su espada de fuego solar. El “Spicy” de nuestra realidad regresó con toda su furia: el deseo de luchar, de proteger y de prevalecer.
—Parece que el banquete de los Siete está subiendo de temperatura —dijo Kaelen, sus ojos brillando con la luz de la guerra.
—Entonces que arda —respondí, mi luz blanca y mi sombra plateada entrelazándose en mis manos—. Porque nosotros somos el incendio que el Arquitecto no pudo apagar.
Los soberanos de pie bajo la lluvia de cristales rojos, mientras los gritos de los heridos empezaban a resonar en el patio. El segundo Príncipe había sido derrotado, pero la Ira estaba llamando a la puerta.
Y esta vez, el Castillo de Hierro iba a necesitar algo más que sueños para sobrevivir.
Elsa
La paz narcótica de Moros se había evaporado, reemplazada por un infierno cromático. El cielo del Norte, antes de un violeta místico, ahora sangraba. No era lluvia lo que caía sobre el Castillo de Hierro; eran fragmentos de cristal rojo, rubíes incandescentes que silbaban al atravesar el aire y estallaban al contacto con la piedra, liberando un fuego alquímico que no se apagaba con agua.
—¡Escudos de Éter, ahora! —mi grito resonó en las almenas, amplificado por la sombra que ahora habitaba mis cuerdas vocales.
Mi voz ya no era la de la niña asustada de la galería; era una vibración de autoridad plateada. Extendí mis manos hacia el cielo y, en lugar de la luz blanca de siempre, desaté una red de Sombra Líquida. La oscuridad se expandió como un manto de obsidiana flexible, interceptando los cristales rojos antes de que tocaran a los soldados. Al contacto, mi sombra siseaba, devorando el calor de los rubíes, pero el esfuerzo me hacía temblar; era como intentar sostener una lluvia de brasas con las manos desnudas.
A mi lado, Kaelen observaba el horizonte. Su piel morena estaba tan cargada de luz dorada que el aire a su alrededor se distorsionaba por el calor. Ya no era el Rey de las Sombras; era un Serafín Caído, una entidad solar que apenas lograba contener su propia combustión.
—Vienen por el puente, Elsa —dijo Kaelen, su voz sonando como el rugido de un incendio forestal—. Y no son sombras. Son carne y furia.
Desde el bosque de pinos negros, una legión de gigantes emergió. Eran los Berserkers de Zaleos, guerreros de tres metros de altura cuya piel había sido reemplazada por placas de rubí. No gritaban; emitían un zumbido de estática que hacía que el suelo vibrara. En el centro de la horda, montado sobre un rinoceronte de obsidiana, estaba Zaleos, el Príncipe de la Ira.
Zaleos no hablaba. Su mera presencia era un comando de destrucción. Alzó un hacha doble que brillaba con una luz roja radioactiva y señaló el castillo.
—¡REDUZCAMOS LA MEMORIA A CENIZAS! —el grito de los Berserkers golpeó las murallas como una onda de choque.
—Valerius, lleva a los arqueros a las torres interiores —ordenó Kaelen, desenvainando su espada. La hoja ya no era de luz negra; era un filamento de Fuego Solar Puro que iluminó todo el valle—. ¡Elsa, mantén el manto! ¡Yo me encargo de la vanguardia!
Kaelen no bajó por las escaleras. Saltó desde la muralla de treinta metros, envuelto en una estela de fuego dorado. Al impactar contra el suelo, creó una supernova de energía que desintegró a la primera línea de Berserkers en una fracción de segundo.
La batalla fue una carnicería de colores. Kaelen se movía con una velocidad que mis ojos apenas podían seguir. Su nueva naturaleza de luz le permitía ser omnipresente en el campo de batalla; donde había una sombra enemiga, él aparecía como un destello mortal. Su espada cortaba la armadura de rubí como si fuera mantequilla caliente.
—¡Es demasiado rápido! —gritó un soldado, observando con asombro cómo el “Consorte Desconocido” se convertía en un muro de fuego viviente que protegía las puertas.
Pero la Ira es una fuerza contagiosa. Sentí que el aire se volvía pesado, cargado de un deseo irracional de matar. Zaleos estaba proyectando su esencia sobre mis soldados. Vi a dos de mis guardias empezar a pelear entre ellos, sus ojos volviéndose rojos.
—¡No caigáis en su juego! —grité, descendiendo de la muralla con mis alas de sombra plateada extendidas.
Aterricé en medio del patio, donde la discordia empezaba a sembrarse. Usé la sombra de Kaelen para “coser” las mentes de mis hombres. Envolví sus corazones en una neblina fría que apagaba el fuego de la ira de Zaleos. El “Spicy” de mi poder era ahora una manipulación delicada, una cirugía de almas en mitad del caos.
—Mantened la calma. Sentid el frío del Norte —susurré, y el pánico en sus ojos se desvaneció, reemplazado por una resolución gélida.
De repente, una sombra gigantesca se proyectó sobre mí. Zaleos había saltado el muro, ignorando a Kaelen, y se encontraba frente a mí. Su armadura de rubí goteaba lava, y sus ojos eran dos hogueras de odio primordial.
—La Portadora del Vacío… —gruñó Zaleos, su voz era como el choque de dos montañas—. Te escondes tras la sombra de un muerto. Entrégame al Tejedor y te concederé una muerte rápida.
—Para ser el Príncipe de la Ira, hablas demasiado —respondí, invocando una lanza de sombra plateada en mi mano derecha.
Zaleos atacó con su hacha. El impacto contra mi lanza creó una onda de presión que reventó los cristales de las ventanas cercanas. La fuerza física del príncipe era inmensa, pero yo ya no era una humana frágil. La sombra de Kaelen en mis venas me daba una resistencia sobrenatural. Deslicé mi lanza por el mango de su hacha y le propiné una patada cargada de energía cinética que lo lanzó diez metros hacia atrás.
—¡AUDACIA! —Zaleos rugió, y su cuerpo empezó a crecer, las placas de rubí expandiéndose hasta convertirlo en una bestia de lava y cristal de seis metros de altura.
—¡ELSA, ATRÁS! —Kaelen apareció a mi lado, su cuerpo brillando con tanta intensidad que la nieve a cien metros a la redonda se evaporó instantáneamente.
Kaelen y Zaleos chocaron. Fue un enfrentamiento de potencias solares. El oro de Kaelen contra el rojo de Zaleos. Cada choque de sus armas enviaba llamaradas al cielo que se veían desde las tierras del Este.
—¡No puedes ganarme con luz, Thorne! —gritó Zaleos, su hacha absorbiendo el fuego de Kaelen—. ¡Yo nací del incendio del Origen! ¡Tu luz es mi alimento!
Era verdad. Kaelen estaba luchando con una fuerza que le era ajena, y Zaleos estaba diseñado para consumir esa energía. Vi a Kaelen flaquear, su brillo parpadeando.
—¡Aidan! —grité hacia la torre.
El niño apareció en el balcón, con el Sextante de la Discordia brillando en su mano. Pero Aidan no lanzó un rayo. Aidan cerró los ojos y empezó a cantar una melodía que no tenía palabras. Era la frecuencia del Equilibrio Gris.
—Madre, padre… ¡No luchéis por separado! —la voz de Aidan llegó a nuestras mentes—. ¡Zaleos se alimenta de la polaridad! ¡Tenéis que mezclaros!
Kaelen y yo nos miramos a través del campo de batalla envuelto en llamas. El “Spicy” de nuestra conexión alcanzó un punto de ignición. Corrí hacia él, ignorando a los Berserkers que intentaban cerrarme el paso. Kaelen extendió su mano, y cuando nuestras palmas se tocaron, el universo pareció contener el aliento.
No intercambiamos los poderes de nuevo. Los fusionamos.
Mi sombra plateada envolvió su luz dorada, creando una energía de un color platino incandescente. Ya no éramos dos polos opuestos; éramos el eclipse total hecho carne. Kaelen me tomó de la cintura y, juntos, alzamos nuestras manos hacia Zaleos.
—Esto no es luz, y no es sombra, Zaleos —dijo Kaelen, su voz resonando con una armonía divina—. Es la verdad que el Arquitecto no pudo calcular.
Lanzamos una ráfaga de Fuego de Eclipse. No era un rayo de calor, sino una onda de transmutación. Cuando la energía platina tocó a Zaleos, el rubí de su piel no estalló; se convirtió en ceniza gris. La ira de su corazón no se consumió; se evaporó, dejando tras de sí un vacío absoluto.
Zaleos emitió un último grito, pero no de odio, sino de confusión, antes de desintegrarse por completo. Su hacha de rubí cayó al suelo, convirtiéndose en polvo de cristal inofensivo.
Con la caída de su príncipe, los Berserkers se detuvieron en seco. Sin el motor de la ira que los movía, sus cuerpos de rubí se resquebrajaron, volviéndose estatuas de piedra inerte. La lluvia de cristales rojos cesó, reemplazada por una nieve suave y purificadora que empezó a caer sobre el campo de batalla ensangrentado.
Kaelen y yo caímos de rodillas, agotados, todavía unidos por las manos. El brillo platino se apagó, dejándonos con nuestras esencias intercambiadas pero en paz. El castillo estaba dañado, muchas vidas se habían perdido, pero el tercer Príncipe del Hambre había sido erradicado.
Valerius se acercó a nosotros, envuelto en una capa quemada, y clavó su espada en el suelo ante Kaelen. —No sé qué sois, ni de dónde viene este fuego… pero hoy el Norte ha visto nacer a un dios.
Kaelen se levantó con dificultad y ayudó a ponerme en pie. Miró a su general, y por un momento, vi el rastro del viejo Rey Thorne en su sonrisa cansada. —No somos dioses, Valerius. Solo somos padres que quieren que su hijo crezca en un mundo sin dueños.
Aidan bajó de la torre y corrió hacia nosotros, abrazándonos por la cintura. Sus ojos galácticos estaban llenos de lágrimas de orgullo. —Habéis vencido a la Ira. Pero el Sextante sigue girando.
—¿Cuántos quedan, Aidan? —pregunté, acariciando su cabello mientras la sombra en mis venas empezaba a calmarse.
—Quedan cuatro —respondió el niño, mirando hacia el Sur, donde las nubes empezaban a formar un patrón extraño de espirales—. Y el siguiente no vendrá con ejércitos, ni con sueños.
—¿Qué vendrá entonces? —preguntó Kaelen, envolviéndonos a los dos en su capa dorada.
—Vendrá con la Verdad —susurró Aidan—. Es Astaroth, el Príncipe de la Envidia. Y su poder es mostraros lo que podríais haber sido si nunca os hubierais conocido.
Miré a Kaelen, y él apretó mi mano. Sabíamos que la lucha física era solo la superficie. Los Siete Príncipes estaban atacando los pilares de nuestra existencia. Pero después de sesenta capítulos de sangre, pasión y sacrificios, el Arquitecto ya debería haber aprendido una cosa:
El nudo de Elsa y Kaelen no se desata. Se fortalece con cada incendio.
Los soberanos caminando hacia el interior del castillo, mientras los supervivientes empezaban a reconstruir las murallas. La guerra por el nuevo mundo estaba lejos de terminar, pero el Sol de Platino acababa de anunciar su llegada.
¡LLEGAMOS AL CAPÍTULO 60! Ha sido una batalla épica donde Elsa y Kaelen han descubierto la “Fusión de Platino”. Zaleos ha caído, pero Astaroth promete ser un enemigo psicológico mucho más retorcido. ¿Qué versiones alternativas de sí mismos verán Elsa y Kaelen? ¡Prepárense para el próximo arco de intriga y romance prohibido! ¡No olviden dejar sus Power Stones para el Capítulo 61: “El Espejo de la Envidia”!
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