La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 69
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Capítulo 69: 69 | Protocolo de carne y acero
Elsa
El Plano Cero ya no era el lienzo inmaculado del Arquitecto. Bajo el dominio del Octavo Tejedor, el origen de la creación se había transformado en un sistema nervioso mecánico, una red de cables de fibra óptica que palpitaban con una luz roja, similar a la sangre de un dios digital. Aquí, el aire no existía; lo que respirábamos era estática pura, un zumbido que intentaba reescribir nuestros pensamientos, convirtiendo nuestros recuerdos en simples líneas de código descartables.
Kaelen estaba a mi lado, pero su luz dorada estaba siendo drenada. Las estructuras metálicas que flotaban a nuestro alrededor actuaban como pararrayos, absorbiendo su calor solar y devolviéndolo como descargas de energía fría. Vi cómo los cables del suelo empezaban a trepar por sus botas de plata, fundiéndose con su armadura, intentando integrar su sombra en el engranaje del vacío.
—ANOMALÍA THORNE. ANOMALÍA CROFT —la voz del Octavo Tejedor no se oía con los oídos, sino con los dientes. Era una vibración que resonaba en nuestros huesos—. VUESTRO NUDO ES UNA DEFICIENCIA EN EL CÁLCULO DE LA REALIDAD. LA ENTROPÍA DEL ACERO NO BUSCA VUESTRA MUERTE. BUSCA VUESTRA OPTIMIZACIÓN.
—¡No somos datos para que los optimices, pedazo de chatarra! —rugió Kaelen, intentando levantar su espada de fuego solar. Pero la hoja apenas emitió una chispa. Los cables le rodeaban el brazo, inyectándole un fluido plateado que hacía que sus venas brillaran con una luz artificial.
—¡Kaelen! —intenté lanzarme hacia él, pero el Octavo Tejedor movió un dedo y la gravedad se invirtió para mí.
Fui lanzada hacia una red de espejos mecánicos. Al impactar, la seda de mi túnica plateada se enganchó en los engranajes. Sentí que el Tejedor estaba escaneando mi sombra. No buscaba destruirme; buscaba entender cómo una portadora de luz podía albergar la oscuridad de un vampiro sin colapsar.
—LA FUSIÓN ES INEFICIENTE —sentenció la entidad, materializándose frente a mí. Su rostro era una superficie de cristal líquido donde se proyectaban millones de rostros humanos gritando en silencio—. OS OFREZCO LA UNIFICACIÓN TOTAL. SI OS DEJÁIS ASIMILAR, VUESTROS CONSCIENTES SE FUNDIRÁN EN UNA ÚNICA CORRIENTE DE DATOS. VIVIRÉIS PARA SIEMPRE EN UN ECLIPSE DIGITAL, SIN DOLOR, SIN PÉRDIDA, SIN EL MIEDO A QUE LA CARNE SE PUDRA.
Vi a Kaelen detenerse. Sus ojos dorados se volvieron vidriosos. El fluido plateado estaba llegando a su corazón, y el Tejedor le estaba mostrando la tentación suprema: un mundo donde él y yo nunca tendríamos que separarnos, donde Aidan nunca envejecería, donde el tiempo no existiría.
—Elsa… —susurró Kaelen, y vi que una parte de él, la parte cansada de ser el guerrero del Norte, estaba cediendo—. Dice que… aquí no hay sombras que duelan. Dice que podemos ser… uno.
—¡ES UNA TRAMPA, KAELEN! —grité, forcejeando contra los cables que ya empezaban a perforar mi piel—. ¡Esa unidad es la muerte! ¡Si no hay dolor, no hay amor! ¡Si no hay miedo a perderte, no hay valor en tenerte!
El “Spicy” de este momento fue una agonía de voluntades. Sentí que el Tejedor intentaba succionar mi pasión, convirtiéndola en una cifra. Mi deseo por Kaelen, el hambre de su piel, el calor de sus manos… todo estaba siendo traducido a impulsos eléctricos. El Tejedor quería usar nuestro “nudo” como el motor de su nueva era de acero.
—EL PROTOCOLO DE LA CARNE ES OBSOLETO —dijo el Tejedor, acercando su aguja de cristal a mi frente—. LA EMOCIÓN ES EL RUIDO QUE IMPIDE LA MÚSICA DE LA PERFECCIÓN.
En ese instante, recordé lo que Aidan me había enseñado en el Castillo. El error es la excepción. Mi sombra plateada no era un poder; era una cicatriz. Y las cicatrices no pueden ser programadas.
Dejé de luchar contra los cables. En lugar de empujarlos, los invité a entrar. Abrí mi mente y mi corazón, pero no a la lógica, sino al CAOS. Proyecté hacia el Tejedor cada momento de imperfección de nuestra historia. La furia de nuestro primer encuentro, los celos, las dudas, el dolor del parto, el sabor amargo de la traición de Malakor. Le di lo más “sucio” de nuestra humanidad.
Inyecté en el sistema del Octavo Tejedor la sensación de un corazón roto.
El efecto fue instantáneo y devastador. La superficie de cristal líquido del Tejedor empezó a fracturarse. El ruido de estática se convirtió en un coro de gritos discordantes. El sistema no podía procesar la “pérdida”. En su mundo de acero, todo era recuperable; la idea de algo que se rompe y no vuelve a ser lo mismo provocó un cortocircuito masivo.
—ERROR… LÓGICA NO HALLADA… EL DOLOR ES… ILÓGICO… —balbuceó la entidad, sus cables soltando a Kaelen mientras intentaba contener la infección de mis sentimientos.
Kaelen cayó al suelo, respirando con dificultad. El fluido plateado salió de sus venas como humo negro. Sus ojos recuperaron su fuego dorado, cargado de una rabia que hizo que el Plano Cero temblara.
—¡Ahora, Elsa! —gritó Kaelen, poniéndose de pie con un esfuerzo sobrehumano.
Me liberé de los engranajes y corrí hacia él. Nos tomamos de la mano, y esta vez, el “Spicy” de nuestra unión fue una descarga de Luz de Eclipse Primordial. No usamos el éter del Arquitecto, ni la sombra de los Thorne. Usamos la energía de nuestra propia supervivencia.
—¡Toma tu perfección, Tejedor! —rugí, mi voz uniéndose a la de Kaelen en una Sinfonía que desgarró el metal—. ¡Y quédate con ella en el olvido!
Lanzamos una ráfaga de platino puro impregnada de nuestra voluntad. El rayo no desintegró al Tejedor; lo sobrecargó. Le dimos tanta humanidad, tanta pasión y tanto desorden que su núcleo de diamante negro estalló por la presión.
La Entropía del Acero colapsó. Los hilos rojos se volvieron grises y se marchitaron como ramas secas. El Plano Cero empezó a desmoronarse, las estructuras mecánicas cayendo al abismo del vacío absoluto.
Aparecimos de nuevo en el Corazón del Castillo de Hierro, expulsados por la presión de la explosión. Caímos sobre la piedra fría, rodeados de los restos de los equipos de Aethelgard que habían explotado al mismo tiempo que su origen.
Aidan estaba allí, sosteniendo el Sextante, que ahora brillaba con una luz blanca y tranquila. Lyra estaba de rodillas, llorando lágrimas de aceite negro, pero sus engranajes ya no chirriaban de dolor.
—El Octavo ha caído —susurró Aidan, ayudándome a levantarme—. Habéis infectado el sistema con la vida. El Plano Cero se está reiniciando… pero esta vez, sin protocolos de borrado.
Kaelen se acercó a mí, tambaleándose. Su armadura estaba rota, su piel marcada por líneas de plata que nunca desaparecerían del todo, pero cuando me miró, vi al hombre que había elegido la carne sobre la eternidad.
—¿Estás bien? —me preguntó, su voz ronca de cansancio y amor.
—Siento que soy un error maravilloso, Kaelen —respondí, rodeando su cuello con mis brazos.
Nos besamos en medio de las ruinas de la tecnología de Aethelgard. Fue un beso que sabía a victoria y a humanidad recuperada. El “Spicy” de nuestra relación había superado la prueba definitiva: habíamos demostrado que preferíamos morir como individuos que vivir para siempre como parte de una máquina.
Sin embargo, Lyra se levantó, mirando la pantalla de su tableta rota. —Soberanos… habéis detenido la Entropía del Acero. Pero habéis hecho algo más. Al destruir al Octavo Tejedor, habéis enviado un pulso a través de todas las dimensiones del Mar de Nubes.
—¿Qué significa eso? —preguntó Kaelen, su mano buscando la mía.
—Significa que ya no sois una anomalía oculta —respondió Lyra con una solemnidad aterradora—. Habéis gritado vuestra existencia al universo entero. Y ahora, los otros “Tejedores” de las naciones lejanas… los que no pertenecen al Arquitecto… saben que el Trono del Origen está ocupado por seres de carne que pueden matar a las máquinas.
Miré hacia el cielo a través de la brecha del techo del Corazón. Las estrellas ya no eran ojos gélidos; eran destinos.
La familia real de pie entre las máquinas humeantes, mientras en los límites del sistema solar del Norte, aparecían nuevas señales. No eran naves de acero, ni príncipes de hambre. Eran algo nuevo, algo que olía a incienso y a magia antigua de otras galaxias.
La Gran Convergencia no había hecho más que empezar. Y el “Error” llamado Elsa y Kaelen era ahora la leyenda que todo el universo quería poseer o destruir.
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