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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 70

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Capítulo 70: 70 | El brindis de platino

Elsa

El Castillo de Hierro ya no olía a aceite quemado ni a estática digital. Para la gran celebración de la victoria sobre la Entropía del Acero, las bóvedas de obsidiana habían sido adornadas con tapices de seda carmesí y lámparas de cristal de éter que emitían una luz cálida, similar a la de un atardecer eterno. El aire estaba saturado con el aroma de los asados de ciervo del Norte, especias traídas de las caravanas del Este y el perfume embriagador de las Flores de Obsidiana, que esa noche se abrían con un esplendor casi violento.

Me encontraba frente al gran espejo de plata de mi tocador, observando mi reflejo. El vestido que llevaba era una obra maestra de la artesanía de los Thorne: una caída de seda plateada que se adhería a mis curvas como una segunda piel, dejando la espalda descubierta hasta la base de la columna. En mi cuello, la marca de la unión brillaba con una suavidad recuperada, ya no herida por los cables del Tejedor, sino orgullosa de su propia anomalía.

—Estás radiante, Elsa —la voz de Kaelen, profunda y vibrante, llenó la habitación.

Se acercó por detrás, rodeando mi cintura con sus manos. Él vestía una casaca de cuero negro con bordados de hilo de oro y botones de rubí. Ya no emitía ese calor abrasador de la batalla; su luz solar se había convertido en un aura de magnetismo sereno que hacía que mi sombra plateada ronroneara de satisfacción. El “Spicy” de nuestra conexión, despojado del miedo a la asimilación, era ahora un fuego lento que prometía una noche de redescubrimiento.

—El mundo nos está esperando, Kaelen —dije, apoyando mi cabeza en su hombro—. Y esta vez no vienen por nuestra sangre, sino por nuestra palabra.

—Que esperen —respondió él, besando la curva de mi cuello—. El Norte ha ganado su derecho a respirar. Y yo he ganado el derecho a admirar a mi Emperatriz sin que un dios o una máquina nos interrumpan.

Me giré en sus brazos, perdiéndome en sus ojos de oro líquido. La paz era un lujo que todavía nos resultaba extraño, pero en la intimidad de nuestra alcoba, se sentía real. Nos besamos con una lentitud que sabía a victoria, un preludio a la danza diplomática que estábamos a punto de ejecutar.

El Gran Salón era un hervidero de colores y voces. No solo estaban los nobles de los Thorne y los clanes del Norte; por primera vez, el castillo albergaba a delegaciones que el Arquitecto había mantenido en los márgenes de la realidad.

A la derecha, los Embajadores de Éter de Sylvaris, seres altos y etéreos con piel de nácar y vestimentas de hojas plateadas que parecían estar hechas de luz sólida. A la izquierda, los Titanes de Sombra de Umbra, guerreros colosales de piel de obsidiana y ojos que ardían con un fuego azul frío. Y entre ellos, los supervivientes de Aethelgard, liderados por una Lyra ahora vestida con túnicas humanas, aunque sus prótesis de cobre seguían brillando bajo las lámparas.

Al entrar Kaelen y yo, el silencio cayó sobre el salón, seguido de un rugido de respeto. Subimos al estrado, con Aidan a nuestro lado. El niño ya no era el Tejedor asustado; vestía como un príncipe de los dos mundos, con una capa que cambiaba de color entre el oro y la plata según la luz.

—¡Bienvenidos al Castillo de Hierro! —la voz de Kaelen resonó, amplificada por su nueva naturaleza solar—. Habéis cruzado fronteras que antes no existían. Habéis venido buscando respuestas sobre el fin del Creador y la caída de la Máquina. Pero lo que encontraréis aquí no son dioses, sino una familia que se negó a ser una cifra.

El banquete comenzó. El vino de sangre fluía en copas de diamante, y la música de los laúdes de éter creaba una atmósfera de ensueño. Sin embargo, la tensión política era palpable. Los Embajadores de Sylvaris nos observaban con una mezcla de envidia y asombro; ellos, que siempre se creyeron los hijos favoritos de la luz, no podían entender cómo una humana y un vampiro habían heredado el Origen.

—Emperatriz Elsa —se acercó el Alto Arconte de Sylvaris, un ser cuya voz era como el susurro del viento entre los árboles—. Vuestra hazaña en el Plano Cero ha hecho vibrar las raíces de nuestro bosque. Decidnos, ¿qué planeáis hacer con el excedente de éter? Un poder tan vasto en manos de… seres tan pasionales, es una preocupación para la armonía universal.

Sentí que la sombra en mis venas se erizaba. Kaelen, a mi lado, apretó la copa de cristal con tal fuerza que se agrietó ligeramente.

—La armonía universal solía ser una jaula de cristal, Arconte —respondí, manteniendo una sonrisa gélida—. Nosotros preferimos la libertad del caos. El éter no es un excedente; es la vida misma. Y no será “gestionado” por vuestras reglas, sino por el derecho de quienes lo defendieron con su sangre.

El Arconte retrocedió, sus ojos de nácar parpadeando. La diplomacia era una guerra sin espadas, y Elsa Croft estaba demostrando que su sombra blanca podía ser tan cortante como el acero de los Thorne.

En mitad del banquete, Kaelen me tomó de la mano y me arrastró hacia un balcón privado que daba al valle. El frío del Norte era un contraste refrescante con el calor del salón.

—Estás siendo una diplomática terrible, Elsa —rió Kaelen, rodeándome con sus brazos por detrás para protegerme del viento—. Les has dicho en su cara que pueden quedarse con su armonía y guardársela donde no llegue la luz.

—Es lo que querías decir tú, pero tú tienes que ser el “Rey Diplomático” —le devolví la broma, girándome para mirarlo—. Alguien tiene que recordarles que el Norte no pide permiso para existir.

Kaelen me besó, un beso que subió de intensidad rápidamente. El “Spicy” de nuestra reconciliación con la vida era una fuerza que nos empujaba constantemente el uno hacia el otro. Sus manos bajaron por mi espalda descubierta, su piel cálida quemando la seda de mi vestido.

—Aidan está con Clara y Lyra, aprendiendo sobre los mapas estelares —susurró Kaelen en mi oído—. El Arconte puede esperar a que terminemos el postre.

—Kaelen, estamos en mitad de un banquete de estado —protesté débilmente, aunque mis manos ya se enredaban en su cabello oscuro.

—Exacto. Y como Reyes del Error, tenemos el deber de ser ineficientes.

Nos entregamos a la pasión en la penumbra del balcón, con el sonido lejano de la música de éter y el rugido de la gente en el salón como telón de fondo. Fue un acto de reafirmación; tras haber estado a punto de ser convertidos en datos por el Octavo Tejedor, el roce de la piel, el sabor del sudor y el ritmo de nuestros corazones eran la única religión que nos importaba. El aura de platino que generamos iluminó brevemente el valle, un faro de amor prohibido que los embajadores de Sylvaris vieron desde abajo con una mezcla de terror y fascinación.

Cuando regresamos al salón, una hora después, con el cabello ligeramente desordenado y las mejillas encendidas, el ambiente había cambiado. Un mensajero de los Titanes de Umbra se arrodilló ante nosotros.

—Soberanos… hemos recibido un mensaje del Mar de las Sombras —su voz era como el crujir de la piedra—. Un portal se ha abierto en las profundidades de la Fosa de los Lamentos. Pero no viene del Plano Cero. Viene del “Reino del Exilio”.

Kaelen se tensó instantáneamente, recuperando su postura de guerrero. El Reino del Exilio era el lugar donde el Arquitecto arrojaba no a las máquinas, sino a las primeras razas, las que eran demasiado poderosas para ser domesticadas y demasiado biológicas para ser borradas.

—¿Quién ha cruzado? —preguntó Kaelen.

—No lo sabemos, Rey del Sol Plateado. Pero las aguas se han vuelto negras y los gritos que emanan del portal son… de una alegría salvaje. Dicen que vienen a conocer al niño que rompió la jaula.

Miré a Aidan, que estaba junto a Lyra. El niño tenía la mirada perdida en el vacío, y el tatuaje del Sextante en su mano estaba brillando con una luz roja carmesí que nunca habíamos visto.

—El banquete ha terminado —dije, y mi voz resonó con una autoridad que hizo que incluso los Arcontes de Sylvaris bajaran la cabeza—. Valerius, moviliza a la Guardia de Hierro. Que todas las delegaciones se retiren a sus cuarteles. El Norte vuelve a estar en estado de alerta.

Aidan se acercó a nosotros, sus ojos galácticos llenos de una premonición oscura. —Padre, madre… no son príncipes, ni máquinas. Son los Primeros Hijos. Los que fueron creados antes que la luz y la sombra se separaran. Y dicen que el nudo de vuestro amor es el ingrediente que les falta para recuperar su forma física.

Kaelen me tomó de la mano, y aunque la paz había durado apenas unas horas, vi en él la misma resolución que nos llevó a la Luna de Cristal. —Parece que el universo no nos permite ser ineficientes por mucho tiempo, Elsa.

—Entonces les enseñaremos que nuestro error es la única ley que queda en pie.

Los invitados extranjeros huyendo hacia sus carruajes y naves, mientras en el horizonte norteño, sobre el Mar de Hierro, una grieta de color carmesí empezaba a sangrar luz sobre las aguas. El banquete de la victoria se había convertido en la vigilia de una nueva guerra.

La era de los dioses había pasado, la era de las máquinas había caído, pero la era de los Ancestros Hambrientos acababa de comenzar. Y ellos no querían el éter, ni el trono. Querían la sangre del nudo que lo había cambiado todo.

¡LLEGAMOS AL CAPÍTULO 70! Tras un breve y spicy respiro, la trama se acelera hacia un conflicto aún más antiguo. Los “Primeros Hijos” representan el caos biológico absoluto. Elsa y Kaelen han demostrado ser los más fuertes del sistema actual, pero ¿podrán contra los prototipos originales de la creación? ¡Gracias por acompañarme en estos 70 capítulos de pasión y épica! ¡El Volumen 5: “La Sangre de los Ancestros” comienza ahora! ¡No olviden dejar sus Power Stones!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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