La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 73
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Capítulo 73: 73 | Mar de la memoria roja
Elsa
El Castillo de Hierro se desvanecía en la retaguardia, una silueta de obsidiana que ahora parecía más una tumba que una fortaleza. Frente a nosotros, el Mar de Hierro había muerto. Ya no había olas de agua gélida ni espuma blanca; el océano se había transformado en una extensión viscosa y profunda de un rojo arterial. No era agua teñida; era sangre viva, una masa biológica que latía con el ritmo del portal carmesí que dominaba el horizonte.
Navegábamos a bordo del Soberano de Plata, la última nave de Aethelgard que Lyra había logrado reconvertir. Ya no usaba motores de éter, sino que flotaba gracias a un campo de repulsión generado por la Piedra Blanca agrietada que llevábamos en la proa. Kaelen estaba de pie en el puente de mando, su armadura de Sol Plateado emitiendo un fulgor que cortaba la niebla rojiza que emanaba del mar.
—El mar nos está hablando, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un susurro ronco que vibraba en el vínculo. No se giró para mirarme; sus ojos dorados estaban fijos en las profundidades carmesíes—. Siento los gritos de cada Thorne que cayó en estas aguas durante trescientos años. Los Ancestros no solo han despertado; han licuado el pasado.
Me acerqué a él, sintiendo que mi sombra plateada se erizaba. El “Spicy” de nuestra cercanía era hoy lo único que me impedía caer en la locura. El aire olía a hierro y a una dulzura pútrida que entumecía los sentidos.
—No son recuerdos, Kaelen. Son cebos —respondí, rodeando su brazo con mi mano. El calor de su piel era un ancla necesaria—. Aidan dice que la Conciencia de Sangre usa el dolor acumulado para crear una resonancia. Si escuchas los gritos, les das una forma. Si les das una forma, pueden tocarte.
En ese momento, el mar frente a la proa empezó a burbujear. No eran burbujas de aire, sino rostros. Miles de rostros hechos de plasma que emergían de la superficie, suplicando, gimiendo, llamando nuestros nombres.
—¡Majestad! ¡No me deje en la oscuridad! —el grito surgió de una de las figuras.
Era la voz de Clara.
Me quedé helada. En el costado de la nave, una sirena hecha de sangre y tendones emergió del agua. Su rostro era una burla perfecta de nuestra amiga, con los ojos claros llenos de un sufrimiento insoportable. No era la impostora del salón; era un eco arrancado directamente de la memoria de la tierra.
—¡Elsa… ayúdame! ¡Quema este frío! —la figura de Clara extendió sus manos rojas hacia la cubierta.
Kaelen rugió, su espada de fuego solar iluminando la niebla con una luz blanca que hizo que las sirenas se encogieran.
—¡NO ES ELLA! ¡ES UN ESPEJISMO DE CARNE! —Kaelen lanzó un tajo de luz, pero la hoja atravesó la figura sin dañarla. Las sirenas de sangre no tenían masa física hasta que uno decidía creer en ellas.
—¿Acaso no me amas, Kaelen? —otra voz surgió. Esta vez era la de Malakor, el mentor de Kaelen—. ¿Acaso tu corona es más pesada que la lealtad que me juraste?
El ataque era psicológico. El Mar de la Memoria Roja estaba escaneando nuestras almas, buscando los puntos de ruptura. Sentí que mi luz blanca parpadeaba. Las sirenas empezaron a trepar por el campo de repulsión de la nave, susurrando secretos que solo nosotros conocíamos. Hablaban de nuestra soberbia, de cómo sacrificamos a otros para mantener nuestro nudo, de cómo el mundo era un lugar peor desde que el “Error” nació.
Aidan salió de la cabina, tapándose los oídos con sus manos pequeñas.
—¡Hacen demasiado ruido! ¡Dicen que el nudo es una soga!
—¡Entra, Aidan! —grité, pero las sirenas ya estaban en la cubierta.
No eran guerreras; eran Remordimientos. Cada vez que una de esas figuras de sangre nos tocaba, no sentíamos un golpe, sino una ola de culpa que nos robaba la voluntad. Sentí que mis piernas flaqueaban. Vi a Kaelen caer sobre una rodilla, su fuego solar volviéndose de un color ocre cansado. El mar estaba ganando. Estaba convirtiendo nuestra historia en el peso que nos hundiría.
—Rendíos al rojo… —susurraban las sirenas, envolviéndonos—. En la sangre todos somos uno. No hay nudos, no hay reyes, no hay dolor. Solo el océano eterno de lo que fue.
Sentí que el frío de la apatía, el mismo que Belfegor había intentado sembrar, regresaba. Pero esta vez era peor, porque estaba alimentado por los rostros de la gente que amábamos. Vi a Clara de nuevo, su mano de sangre acariciando mi mejilla.
—Lo siento tanto… —susurré, a punto de dejarme caer por la borda.
—¡ELSA, MÍRAME! —el grito de Kaelen rompió el hechizo.
Me obligué a levantar la vista. Kaelen no estaba luchando contra las sirenas. Estaba luchando contra su propio reflejo en el mar. Se había hecho un corte profundo en el antebrazo con su propia espada, dejando que su sangre dorada y plateada cayera sobre la cubierta de la nave.
—¡El dolor es real! —gritó Kaelen, sus ojos dorados brillando con una furia salvaje—. ¡El remordimiento es una sombra, pero la sangre es el presente! ¡Acuérdate de quiénes somos!
El “Spicy” de nuestra conexión regresó con una descarga de adrenalina bruta. Kaelen me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo. El contacto de su sangre con la mía, a través de nuestra piel cargada de energía, creó un cortocircuito en la frecuencia del mar.
No usamos magia de luz. Usamos la Sinfonía de la Carne.
—¡No somos vuestros recuerdos! —rugí, mi sombra plateada estallando desde mis poros, consumiendo a las sirenas de sangre como si fueran humo—. ¡Somos los que sobrevivieron a vuestro olvido!
Nos besamos en medio de la tormenta de sangre. Fue un beso amargo, cargado de la sal de las lágrimas y el hierro de la batalla. Al fundirnos, el aura de platino que generamos no fue una cúpula protectora; fue una onda expansiva de verdad.
Lanzamos nuestra voluntad contra el océano. No intentamos limpiar la sangre; intentamos ordenarla. Como soberanos del nudo, reclamamos el dominio sobre la memoria del Norte.
—¡YO SOY KAELEN THORNE Y MI SANGRE NO OBEDECE AL PASADO! —el rugido de Kaelen fue seguido por una explosión de fuego solar que evaporó la niebla en kilómetros a la redonda.
El mar se calmó. Las sirenas de sangre se disolvieron, regresando a la profundidad viscosa. El silencio regresó, pero ya no era un silencio de paz, sino de respeto. Habíamos domesticado la memoria del mar a través del sacrificio y la unión.
Aidan se acercó a nosotros, su mirada fija en la proa. El Sextante en su mano estaba ahora de un color oro viejo, estable por primera vez en días.
—Ya casi estamos —dijo el niño, señalando hacia adelante—. Pero la grieta no es el final del viaje. Es solo el umbral.
Frente a nosotros, el cielo y el mar se unían en un vórtice carmesí de proporciones colosales. Ya no era una grieta; era un Templo de Carne que se elevaba desde las profundidades, una estructura hecha de huesos gigantes y músculos que latían, rodeada por un aura de poder ancestral que hacía que el espacio-tiempo se curvara.
—Es el Corazón de los Ancestros —susurró Kaelen, ajustándose su capa de Sol Plateado—. Es donde residen los Tres Primogénitos. Los que fueron rechazados antes de que el mundo tuviera nombre.
—Vienen por Aidan, ¿verdad? —pregunté, sintiendo que la sombra en mis venas se enfriaba.
—Vienen por los tres —respondió Kaelen, tomando mi mano y apretándola hasta que nos dolió—. Porque somos la única familia que ha logrado lo que ellos nunca pudieron: amarse en medio del caos.
La nave entró en la sombra del Templo de Carne. El sonido del mar fue reemplazado por un latido ensordecedor que parecía provenir del centro de la tierra. Las paredes del templo estaban decoradas con estatuas de seres que eran mitad luz y mitad sangre, los prototipos de lo que una vez fuimos.
Al cruzar el umbral, el aire se volvió respirable de nuevo, pero estaba cargado de un poder tan antiguo que mis pulmones ardían. Desembarcamos en un muelle hecho de coral rojo, y frente a nosotros se abrió una escalinata que ascendía hacia un trono que no estaba hecho de piedra ni de metal, sino de promesas rotas.
—Bienvenidos a casa, niños del error —una voz triple, armonizada en una disonancia perfecta, llenó la cámara.
Allí, sentados en el estrado, estaban los Tres Primogénitos. Eran seres de una belleza andrógina y terrible, con alas de piel roja y ojos que contenían el nacimiento de mil galaxias. Eran la versión perfecta de lo que Kaelen y yo representábamos: la unión absoluta de la luz y la sombra, pero despojada de toda humanidad.
—Habéis traído el nudo —dijo el del centro, cuya voz recordaba a la de Lucifuge pero con un hambre que el príncipe nunca tuvo—. Entregadlo, y permitiremos que vuestra sangre siga fluyendo en el nuevo mundo que vamos a parir.
Kaelen dio un paso al frente, su espada de platino brillando con una resolución suicida.
—Mi sangre no es vuestra moneda de cambio. Y mi familia no es vuestro experimento.
Elsa y Kaelen frente a los tres seres más poderosos que el universo había visto jamás. Ya no había ejércitos, ni máquinas, ni espejos. Solo la verdad de su amor contra la perfección de su origen.
—La danza termina aquí —dije, elevándome junto a Kaelen—. O el mundo sangra con nosotros, o vuestro templo cae hoy mismo.
El Volumen 5 alcanzaba su cenit. La batalla por el alma de la creación acababa de comenzar.
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