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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 72

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Capítulo 72: 72 | La prueba de la piedra blanca

Elsa

El aire dentro del Gran Salón era tan denso que se podía cortar con el filo de una daga. El Castillo de Hierro, habitualmente un hervidero de actividad, se había sumergido en un silencio sepulcral, roto solo por el eco de las botas de la Guardia de Sangre sobre el suelo de obsidiana. Kaelen y yo estábamos sentados en el estrado, pero no en nuestros tronos de gala; estábamos de pie, rodeando la Piedra Blanca, que había sido trasladada al centro de la sala por mandato directo.

La Piedra Blanca, el fragmento puro del Origen, pulsaba con una luz lechosa y rítmica. Bajo la influencia de la grieta carmesí que sangraba en el cielo, la piedra había desarrollado una sensibilidad extrema a lo biológico. Si una criatura de este mundo la tocaba, la luz se volvía dorada. Pero si algo de la Sangre Antigua, algo de los Ancestros, entraba en contacto con ella… la reacción sería una aniquilación inmediata.

—Nadie sale de este salón sin pasar la prueba —la voz de Kaelen retumbó, gélida y cargada de una autoridad solar que no admitía réplicas.

Sus ojos dorados escaneaban la fila de nobles, sirvientes y capitanes que se extendía hasta las puertas reforzadas. Podía sentir su paranoia a través de nuestro vínculo; después del encuentro en la biblioteca, Kaelen veía enemigos en cada sombra, en cada rostro familiar. El “Spicy” de nuestra conexión estaba hoy teñido de un sabor metálico, una alerta constante que nos mantenía con los nervios a flor de piel.

—Empezad —ordené, mi sombra plateada extendiéndose como una red sobre la multitud, buscando cualquier irregularidad en el pulso de los presentes.

Uno a uno, los súbditos avanzaron. Valerius fue el primero. Con la mandíbula tensa y una mirada de respeto absoluto, desenvainó su propia daga y se hizo un corte limpio en la palma de la mano. Dejó caer tres gotas de sangre sobre la superficie de la Piedra Blanca. La piedra absorbió el líquido y emitió un cálido fulgor dorado.

—Limpio —dictaminó Kaelen, asintiendo a su general.

Valerius se retiró a un lado, tomando el mando de la seguridad. La fila avanzó con lentitud agónica. Vimos a duques temblar, a doncellas llorar y a veteranos de guerra palidecer. La “Conciencia de Sangre” que Aidan había mencionado era una amenaza invisible que convertía la confianza en un lujo mortal.

Pasaron horas. El sol de medianoche empezaba a declinar, tiñendo las ventanas de un carmesí siniestro que se filtraba en el salón. Yo sentía un agotamiento que iba más allá de lo físico; mantener mi sombra extendida para detectar impostores me estaba drenando el Éter a una velocidad alarmante.

—Te estás sobreesforzando, Elsa —susurró Kaelen, colocando su mano sobre mi hombro. Su calor solar fue un bálsamo momentáneo, pero incluso su tacto se sentía tenso—. Déjame a mí. Puedo ver sus auras.

—No es suficiente, Kaelen. Los Ancestros pueden imitar el aura. Pero no pueden imitar la reacción del Origen —respondí, apretando su mano con fuerza.

Fue entonces cuando llegó el turno de Clara.

Nuestra jefa de llaves, la mujer que me había enseñado a moverme por el castillo cuando solo era una esclava asustada, la mujer que había acunado a Aidan más veces de las que podía contar, se adelantó. Su rostro estaba sereno, sus ojos claros llenos de esa compasión maternal que siempre nos había servido de refugio.

—Majestades —dijo Clara con una reverencia perfecta—. Entiendo la necesidad de este rigor. El castillo debe estar seguro para el pequeño príncipe.

Clara tomó la daga ceremonial. Vi su mano, pequeña y arrugada por los años de servicio, firme mientras se acercaba a la piedra. Aidan, que estaba sentado a mis pies, se puso de pie de repente. El tatuaje del Sextante en su mano empezó a brillar con ese rojo carmesí que nos había advertido del peligro.

—¡Madre, no! —gritó Aidan.

Pero fue tarde. Clara ya había dejado caer la sangre.

El impacto no fue una luz dorada. Fue un estruendo sónico que hizo que los cristales de las lámparas estallaran. La Piedra Blanca no absorbió la sangre; la rechazó violentamente, y el líquido, al tocar la superficie sagrada, se convirtió en una masa de tentáculos negros y rojos que empezaron a sisear, quemando la piedra con un ácido primordial.

El rostro de Clara no cambió. No hubo dolor, no hubo miedo. Pero su piel empezó a ondularse como agua agitada.

—Tan cerca… —la voz que salió de sus labios no era la de nuestra amiga; era un coro de susurros que parecía venir del fondo de un océano de sangre—. El nudo es tan brillante desde cerca. Casi dan ganas de no devorarlo.

Kaelen reaccionó con la velocidad de un rayo solar. En un abrir y cerrar de ojos, estaba frente a “Clara”, con su espada de fuego solar a escasos milímetros de su garganta.

—¿Dónde está ella? —rugió Kaelen, su voz vibrando con una furia que hizo que las paredes del castillo temblaran—. ¡¿Qué has hecho con la verdadera Clara?!

La cosa que habitaba el cuerpo de nuestra amiga sonrió, una sonrisa que se extendió más allá de lo humanamente posible, rasgando las comisuras de sus labios.

—Ella es parte de nosotros ahora, Rey Thorne. Sus recuerdos son deliciosos. El sabor de vuestro hijo en sus brazos… lo guardaremos como un tesoro mientras os vemos arder.

Sentí que el mundo se desmoronaba. Clara, nuestra ancla de humanidad, había sido consumida. El “Spicy” de mi poder se transformó en una tormenta de platino. Ya no era diplomacia; era venganza. Me elevé en el aire, mi sombra plateada convirtiéndose en una red de espinas que rodearon a la impostora.

—¡SÁCALA DE ESE CUERPO! —grité, lanzando un latigazo de energía que golpeó el escudo invisible de la criatura.

—No hay nada que sacar, pequeña Emperatriz —la impostora rió, y su cuerpo empezó a hincharse, la piel de Clara desgarrándose para revelar una masa de carne muscular y ojos amarillos—. Somos la Conciencia de Sangre. Somos el pasado que reclama su herencia. Este castillo ya no es vuestro. Sus cimientos están empapados de nosotros.

De las sombras del salón, otros cuatro guardias de la Guardia de Sangre se transformaron simultáneamente. El asedio no venía de fuera; los Ancestros habían estado entre nosotros todo el tiempo, esperando el momento de la prueba para desatar el caos.

La batalla en el Gran Salón fue una coreografía de horror y luz. Kaelen era un sol desatado, su espada de platino cortando a través de los Ancestros con una ferocidad que no buscaba la eficiencia, sino la aniquilación total. Yo usaba mi sombra para proteger a Aidan y a los humanos que aún quedaban limpios, creando escudos de oscuridad sólida que repelían los proyectiles de carne ácida que las criaturas lanzaban.

—¡Valerius, saca a los civiles por el pasaje del ala este! —ordenó Kaelen, bloqueando el ataque de dos impostores a la vez.

Pero los Ancestros eran incansables. Cada vez que Kaelen cortaba un brazo, este se convertía en una serpiente de sangre que intentaba asfixiarlo. La “Conciencia de Sangre” permitía a las criaturas coordinarse con una precisión telepática que superaba incluso nuestra conexión.

Llegué al lado de la cosa que solía ser Clara. Sus ojos amarillos me miraron con una burla infinita. —¿Acaso puedes matarnos, Elsa? ¿Puedes matar el recuerdo de la mujer que te cuidó? Cada golpe que nos das es un golpe a su memoria.

—Clara murió protegiéndonos —respondí, mi voz sonando como el choque de dos glaciares—. Tú solo eres el parásito que se alimenta de sus restos. Y los parásitos se queman.

Uní mis manos con las de Kaelen en pleno combate. No fue una fusión planeada; fue un acto de desesperación instintiva. El aura de platino que generamos fue tan intensa que el Gran Salón quedó sumergido en una luz cegadora que evaporó las sombras. No lanzamos un rayo; lanzamos un Pulso de Verdad.

La onda de choque recorrió todo el salón, penetrando en la carne de los Ancestros. Al ser una energía puramente ligada a nuestra voluntad y a nuestro nudo, la frecuencia actuó como un veneno para la conciencia colectiva de los impostores. Vimos cómo el cuerpo de la criatura que fue Clara se desintegraba, no en sangre, sino en ceniza blanca y pura.

El silencio que siguió fue devastador.

Kaelen y yo nos quedamos en medio del salón en ruinas. Los demás Ancestros habían huido hacia las profundidades del castillo o se habían desvanecido bajo el pulso. Valerius regresó con los supervivientes, pero el ambiente no era de victoria. Era de luto.

Aidan se acercó a las cenizas de Clara y se arrodilló, poniendo su mano pequeña sobre el suelo. El Sextante en su mano dejó de brillar con rojo y volvió a un gris triste. —Se ha ido —susurró el niño—. Pero ha dejado un mensaje. Ella… ella sabía que esto pasaría. Se dejó consumir para que la prueba funcionara. Para que supiéramos que nadie está a salvo.

Kaelen me tomó de la mano, y por primera vez vi una lágrima de oro rodar por su mejilla. Habíamos perdido a nuestra amiga más leal, y el enemigo seguía dentro de nuestras murallas.

—No podemos quedarnos aquí, Elsa —dijo Kaelen, su voz recuperando la firmeza de un general—. Si los cimientos están empapados de ellos, el Castillo de Hierro ya no es una fortaleza. Es una trampa.

—¿A dónde vamos, Kaelen? El mundo entero está bajo la grieta.

—Al origen de su hambre —Kaelen miró hacia el Mar de Hierro, donde la grieta carmesí palpitaba con una luz insoportable—. Si quieren nuestro nudo, se lo daremos. Pero en el corazón de su propio reino.

Miré a mi alrededor. El Gran Salón estaba destrozado. La Piedra Blanca estaba agrietada. Nuestra paz se había convertido en cenizas, y el pasado reclamaba una deuda que solo podía pagarse con sangre.

Elsa y Kaelen preparando sus armaduras para el viaje final hacia la Grieta Carmesí. Ya no eran los reyes de un imperio estable; eran guerreros errantes en un mundo que se estaba convirtiendo en un océano de sangre antigua.

—No llores por Clara, Elsa —dijo Kaelen, besando mis nudillos—. Llora por los Ancestros. Porque cuando lleguemos a su mundo, no quedará ni un solo recuerdo de ellos para que lo devoren.

El Volumen 5 entraba en su fase de máxima oscuridad. La traición había golpeado el corazón, y ahora el corazón iba a devolver el golpe con el fuego del sol y la frialdad de la sombra.

Elsa

El Castillo de Hierro se desvanecía en la retaguardia, una silueta de obsidiana que ahora parecía más una tumba que una fortaleza. Frente a nosotros, el Mar de Hierro había muerto. Ya no había olas de agua gélida ni espuma blanca; el océano se había transformado en una extensión viscosa y profunda de un rojo arterial. No era agua teñida; era sangre viva, una masa biológica que latía con el ritmo del portal carmesí que dominaba el horizonte.

Navegábamos a bordo del Soberano de Plata, la última nave de Aethelgard que Lyra había logrado reconvertir. Ya no usaba motores de éter, sino que flotaba gracias a un campo de repulsión generado por la Piedra Blanca agrietada que llevábamos en la proa. Kaelen estaba de pie en el puente de mando, su armadura de Sol Plateado emitiendo un fulgor que cortaba la niebla rojiza que emanaba del mar.

—El mar nos está hablando, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un susurro ronco que vibraba en el vínculo. No se giró para mirarme; sus ojos dorados estaban fijos en las profundidades carmesíes—. Siento los gritos de cada Thorne que cayó en estas aguas durante trescientos años. Los Ancestros no solo han despertado; han licuado el pasado.

Me acerqué a él, sintiendo que mi sombra plateada se erizaba. El “Spicy” de nuestra cercanía era hoy lo único que me impedía caer en la locura. El aire olía a hierro y a una dulzura pútrida que entumecía los sentidos.

—No son recuerdos, Kaelen. Son cebos —respondí, rodeando su brazo con mi mano. El calor de su piel era un ancla necesaria—. Aidan dice que la Conciencia de Sangre usa el dolor acumulado para crear una resonancia. Si escuchas los gritos, les das una forma. Si les das una forma, pueden tocarte.

En ese momento, el mar frente a la proa empezó a burbujear. No eran burbujas de aire, sino rostros. Miles de rostros hechos de plasma que emergían de la superficie, suplicando, gimiendo, llamando nuestros nombres.

—¡Majestad! ¡No me deje en la oscuridad! —el grito surgió de una de las figuras.

Era la voz de Clara.

Me quedé helada. En el costado de la nave, una sirena hecha de sangre y tendones emergió del agua. Su rostro era una burla perfecta de nuestra amiga, con los ojos claros llenos de un sufrimiento insoportable. No era la impostora del salón; era un eco arrancado directamente de la memoria de la tierra.

—¡Elsa… ayúdame! ¡Quema este frío! —la figura de Clara extendió sus manos rojas hacia la cubierta.

Kaelen rugió, su espada de fuego solar iluminando la niebla con una luz blanca que hizo que las sirenas se encogieran.

—¡NO ES ELLA! ¡ES UN ESPEJISMO DE CARNE! —Kaelen lanzó un tajo de luz, pero la hoja atravesó la figura sin dañarla. Las sirenas de sangre no tenían masa física hasta que uno decidía creer en ellas.

—¿Acaso no me amas, Kaelen? —otra voz surgió. Esta vez era la de Malakor, el mentor de Kaelen—. ¿Acaso tu corona es más pesada que la lealtad que me juraste?

El ataque era psicológico. El Mar de la Memoria Roja estaba escaneando nuestras almas, buscando los puntos de ruptura. Sentí que mi luz blanca parpadeaba. Las sirenas empezaron a trepar por el campo de repulsión de la nave, susurrando secretos que solo nosotros conocíamos. Hablaban de nuestra soberbia, de cómo sacrificamos a otros para mantener nuestro nudo, de cómo el mundo era un lugar peor desde que el “Error” nació.

Aidan salió de la cabina, tapándose los oídos con sus manos pequeñas.

—¡Hacen demasiado ruido! ¡Dicen que el nudo es una soga!

—¡Entra, Aidan! —grité, pero las sirenas ya estaban en la cubierta.

No eran guerreras; eran Remordimientos. Cada vez que una de esas figuras de sangre nos tocaba, no sentíamos un golpe, sino una ola de culpa que nos robaba la voluntad. Sentí que mis piernas flaqueaban. Vi a Kaelen caer sobre una rodilla, su fuego solar volviéndose de un color ocre cansado. El mar estaba ganando. Estaba convirtiendo nuestra historia en el peso que nos hundiría.

—Rendíos al rojo… —susurraban las sirenas, envolviéndonos—. En la sangre todos somos uno. No hay nudos, no hay reyes, no hay dolor. Solo el océano eterno de lo que fue.

Sentí que el frío de la apatía, el mismo que Belfegor había intentado sembrar, regresaba. Pero esta vez era peor, porque estaba alimentado por los rostros de la gente que amábamos. Vi a Clara de nuevo, su mano de sangre acariciando mi mejilla.

—Lo siento tanto… —susurré, a punto de dejarme caer por la borda.

—¡ELSA, MÍRAME! —el grito de Kaelen rompió el hechizo.

Me obligué a levantar la vista. Kaelen no estaba luchando contra las sirenas. Estaba luchando contra su propio reflejo en el mar. Se había hecho un corte profundo en el antebrazo con su propia espada, dejando que su sangre dorada y plateada cayera sobre la cubierta de la nave.

—¡El dolor es real! —gritó Kaelen, sus ojos dorados brillando con una furia salvaje—. ¡El remordimiento es una sombra, pero la sangre es el presente! ¡Acuérdate de quiénes somos!

El “Spicy” de nuestra conexión regresó con una descarga de adrenalina bruta. Kaelen me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo. El contacto de su sangre con la mía, a través de nuestra piel cargada de energía, creó un cortocircuito en la frecuencia del mar.

No usamos magia de luz. Usamos la Sinfonía de la Carne.

—¡No somos vuestros recuerdos! —rugí, mi sombra plateada estallando desde mis poros, consumiendo a las sirenas de sangre como si fueran humo—. ¡Somos los que sobrevivieron a vuestro olvido!

Nos besamos en medio de la tormenta de sangre. Fue un beso amargo, cargado de la sal de las lágrimas y el hierro de la batalla. Al fundirnos, el aura de platino que generamos no fue una cúpula protectora; fue una onda expansiva de verdad.

Lanzamos nuestra voluntad contra el océano. No intentamos limpiar la sangre; intentamos ordenarla. Como soberanos del nudo, reclamamos el dominio sobre la memoria del Norte.

—¡YO SOY KAELEN THORNE Y MI SANGRE NO OBEDECE AL PASADO! —el rugido de Kaelen fue seguido por una explosión de fuego solar que evaporó la niebla en kilómetros a la redonda.

El mar se calmó. Las sirenas de sangre se disolvieron, regresando a la profundidad viscosa. El silencio regresó, pero ya no era un silencio de paz, sino de respeto. Habíamos domesticado la memoria del mar a través del sacrificio y la unión.

Aidan se acercó a nosotros, su mirada fija en la proa. El Sextante en su mano estaba ahora de un color oro viejo, estable por primera vez en días.

—Ya casi estamos —dijo el niño, señalando hacia adelante—. Pero la grieta no es el final del viaje. Es solo el umbral.

Frente a nosotros, el cielo y el mar se unían en un vórtice carmesí de proporciones colosales. Ya no era una grieta; era un Templo de Carne que se elevaba desde las profundidades, una estructura hecha de huesos gigantes y músculos que latían, rodeada por un aura de poder ancestral que hacía que el espacio-tiempo se curvara.

—Es el Corazón de los Ancestros —susurró Kaelen, ajustándose su capa de Sol Plateado—. Es donde residen los Tres Primogénitos. Los que fueron rechazados antes de que el mundo tuviera nombre.

—Vienen por Aidan, ¿verdad? —pregunté, sintiendo que la sombra en mis venas se enfriaba.

—Vienen por los tres —respondió Kaelen, tomando mi mano y apretándola hasta que nos dolió—. Porque somos la única familia que ha logrado lo que ellos nunca pudieron: amarse en medio del caos.

La nave entró en la sombra del Templo de Carne. El sonido del mar fue reemplazado por un latido ensordecedor que parecía provenir del centro de la tierra. Las paredes del templo estaban decoradas con estatuas de seres que eran mitad luz y mitad sangre, los prototipos de lo que una vez fuimos.

Al cruzar el umbral, el aire se volvió respirable de nuevo, pero estaba cargado de un poder tan antiguo que mis pulmones ardían. Desembarcamos en un muelle hecho de coral rojo, y frente a nosotros se abrió una escalinata que ascendía hacia un trono que no estaba hecho de piedra ni de metal, sino de promesas rotas.

—Bienvenidos a casa, niños del error —una voz triple, armonizada en una disonancia perfecta, llenó la cámara.

Allí, sentados en el estrado, estaban los Tres Primogénitos. Eran seres de una belleza andrógina y terrible, con alas de piel roja y ojos que contenían el nacimiento de mil galaxias. Eran la versión perfecta de lo que Kaelen y yo representábamos: la unión absoluta de la luz y la sombra, pero despojada de toda humanidad.

—Habéis traído el nudo —dijo el del centro, cuya voz recordaba a la de Lucifuge pero con un hambre que el príncipe nunca tuvo—. Entregadlo, y permitiremos que vuestra sangre siga fluyendo en el nuevo mundo que vamos a parir.

Kaelen dio un paso al frente, su espada de platino brillando con una resolución suicida.

—Mi sangre no es vuestra moneda de cambio. Y mi familia no es vuestro experimento.

Elsa y Kaelen frente a los tres seres más poderosos que el universo había visto jamás. Ya no había ejércitos, ni máquinas, ni espejos. Solo la verdad de su amor contra la perfección de su origen.

—La danza termina aquí —dije, elevándome junto a Kaelen—. O el mundo sangra con nosotros, o vuestro templo cae hoy mismo.

El Volumen 5 alcanzaba su cenit. La batalla por el alma de la creación acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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