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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 75

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Capítulo 75: 75 | Reposo del eclipse y el eco de las eras

Elsa

La paz no llegó al Castillo de Hierro con un estruendo, sino con el suave tintineo de las hojas del Árbol de Platino. El aire, que durante semanas había olido a sangre antigua y ozono, ahora era dulce y fresco, cargado con la fragancia de la obsidiana florecida y el éter purificado. Ya no había barcos de vapor en el horizonte ni grietas carmesíes desgarrando el cielo. El sol de medianoche se había estabilizado en un tono perla, bañando el Norte en una luz de ensueño que parecía prometer que el dolor, finalmente, era cosa del pasado.

Me encontraba en el balcón de nuestros aposentos, observando cómo la vida regresaba a la ciudad. Veía a los niños jugar entre las ruinas reconstruidas y a los soldados de Valerius compartiendo hidromiel con los refugiados de Aethelgard. El mundo estaba sanando, no por un decreto real, sino porque la fuente misma de la existencia, el Origen, ahora vibraba en sintonía con nuestro nudo.

—Estás demasiado pensativa para ser una mujer que acaba de salvar el universo —la voz de Kaelen, rica y profunda, me envolvió antes de que sus brazos lo hicieran.

Se acercó por detrás, pegando su torso sólido a mi espalda. Su calor solar ya no era la llamarada agresiva del combate; era una brasa constante y reconfortante. Sus manos, marcadas por las batallas pero infinitamente tiernas, se entrelazaron sobre mi vientre. Al sentir su contacto, mi sombra plateada se expandió en un ronroneo invisible, fusionándose con su aura dorada.

—Solo estoy intentando recordar cómo se siente no tener miedo, Kaelen —susurré, girándome en sus brazos para buscar sus ojos de oro líquido—. Siento que si parpadeo, volveré a despertar en el laberinto de espejos o en el Mar de Sangre.

Kaelen me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, cargada de esa arrogancia encantadora que solo él poseía. —Entonces no parpadees. Mírame a mí. Soy real, Elsa. Estas manos son reales. Y este nudo… —colocó su mano sobre el latido de mi corazón— …es lo único que el tiempo no ha podido marchitar.

El “Spicy” de nuestra conexión alcanzó una nota de pureza absoluta. Sin amenazas, sin príncipes acechando y sin el peso de una profecía inminente, nuestro deseo era un océano tranquilo. Me alzó con una facilidad que siempre me dejaba sin aliento y me llevó hacia el lecho, cubierto de pieles blancas y seda de platino.

Esa noche, el amor no fue una batalla contra la oscuridad, sino un himno a la luz. Nos exploramos con la curiosidad de quien se descubre por primera vez, aunque conociéramos cada cicatriz y cada marca de nuestras pieles. Al fundirnos, el Árbol de Platino, tres pisos más abajo en el Corazón del Castillo, emitió un pulso de luz que iluminó las montañas. No hubo sombras que esconder, solo la verdad de dos seres que habían intercambiado sus almas y habían encontrado que el resultado era más grande que la suma de sus partes.

A la mañana siguiente, la realidad regresó en la forma de una pequeña figura sentada a los pies de nuestra cama. Aidan nos observaba con una seriedad que rompía la paz del amanecer. En sus manos sostenía una hoja de cristal caída del Gran Árbol.

—Madre, padre… el Árbol tiene memoria —dijo Aidan, extendiendo la hoja.

Kaelen se incorporó, pasando una mano por su cabello oscuro y revuelto, mientras yo me cubría con la seda. Tomamos la hoja y, al tocarla, una proyección holográfica de una nitidez asombrosa surgió de su superficie. No era un mapa de nuestro mundo. Era una ciudad que desafiaba toda lógica.

Era una metrópolis de torres de cuarzo transparente que flotaban en un vacío salpicado de nebulosas. Los puentes entre los edificios estaban hechos de luz líquida, y el tiempo allí parecía moverse en espirales: en una calle era primavera, y en la de al lado, las hojas de otoño caían eternamente.

—Es la Ciudad del Tiempo Pendiente —susurró Kaelen, su voz cargada de un reconocimiento ancestral que me hizo estremecer—. Mi padre, Malakor, hablaba de ella en sus delirios antes de morir. Decía que era el lugar donde los “Vigilantes” observan las líneas temporales que el Arquitecto no pudo controlar.

—¿Los Vigilantes? —pregunté, sintiendo que la sombra en mis venas se enfriaba—. ¿Por qué nos muestran esto ahora?

—Porque el nudo ha crecido demasiado, madre —intervino Aidan, señalando el centro de la imagen—. Mirad allí.

En la plaza central de la ciudad flotante, había una estatua que nos dejó petrificados. No era de un dios antiguo, ni de un creador. Éramos nosotros. Kaelen y yo, tallados en un cristal que capturaba cada detalle de nuestro nudo. Pero en la estatua, no estábamos solos. Había un cuarto integrante, una figura cuya sombra apenas se proyectaba y cuyo rostro estaba borroso.

—Habéis roto el ciclo del error —una voz resonó desde la propia hoja de cristal, pero no era la voz de un enemigo. Era una voz calmada, vieja como las estrellas—. Pero al hacerlo, habéis atraído la atención de los que mantienen el equilibrio de las eras. El Norte ya no es una isla en el tiempo. El Norte es ahora el ancla de lo que vendrá.

Kaelen apretó el puño. Su luz dorada brilló con una chispa de desconfianza. —¿Quién eres? ¡Identifícate!

—Soy el Cronista de lo que Pudo Ser —respondió la voz—. Y he venido a advertiros. El Árbol de Platino no es solo un regalo. Es una baliza. Los Vigilantes de la Eternidad han decidido que vuestro “error” es demasiado peligroso para dejarlo crecer sin supervisión. Vienen a reclamar el Sextante de Aidan para devolver el tiempo a su curso original.

—¡No les daré mi mano! —gritó Aidan, ocultando el tatuaje tras su espalda.

La paz del Capítulo 75 se quebró en ese instante, pero no con violencia, sino con una determinación gélida. Kaelen y yo nos pusimos en pie. Ya no éramos los mismos que empezaron esta historia; éramos los soberanos que habían matado a un creador y a sus herederos.

Salimos al balcón del Corazón del Castillo. El Árbol de Platino estaba vibrando. Sus raíces de cristal estaban absorbiendo información del suelo, de la propia historia del mundo, y proyectándola hacia el cielo.

—Si vienen por nuestro hijo, el tiempo tendrá que detenerse de verdad —dijo Kaelen, su armadura de Sol Plateado materializándose sobre su piel, reflejando el brillo del árbol—. Elsa, hemos luchado contra la carne, contra la máquina y contra la sangre. Parece que ahora nos toca luchar contra la eternidad.

—Que vengan —respondí, mi sombra plateada extendiéndose hacia las ramas del árbol, entrelazándose con la magia del Origen—. Hemos demostrado que no somos piezas de un juego. Somos los que rompen el tablero.

Miré a Aidan, y vi que el niño ya no tenía miedo. Estaba tocando el tronco del árbol, y bajo su tacto, las ramas empezaron a formar una estructura que recordaba a una puerta. No era una puerta a otro lugar, sino a otro cuándo.

—La Ciudad del Tiempo no es un lugar que se visita, madre —dijo Aidan—. Es un lugar que se reclama. Ellos vienen por nosotros, pero nosotros iremos por ellos primero.

La familia real de pie frente al Árbol de Platino. La paz había durado un suspiro, pero el nudo era ahora una fuerza que no conocía fronteras temporales. El “Spicy” de su amor se había convertido en la energía necesaria para saltar más allá de los minutos y las horas.

En la superficie de la hoja de cristal que Aidan aún sostenía, la imagen de la ciudad flotante cambió. La estatua de Elsa y Kaelen se agrietó, y del interior surgió un nombre que ninguno de los dos había oído nunca, pero que ambos sintieron en la médula:

“EL CRONO-VÍNCULO: EL DESPERTAR DEL OCTAVO DÍA”.

La historia del nudo se expandía hacia el infinito. El Arquitecto había muerto, pero los que escribían las reglas del tiempo apenas estaban empezando a prestar atención.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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