La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 76
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Capítulo 76: 76 | La ciudad del tiempo pendiente
Elsa
Cruzar el umbral del Árbol de Platino no fue como atravesar una puerta de madera o piedra. Fue como si la realidad misma se convirtiera en una gota de aceite en un océano de agua. Sentí que mis huesos se estiraban hasta volverse hilos de luz, y mi sombra plateada, habitualmente sólida, se dispersó en un millón de fragmentos, cada uno reflejando un momento diferente de mi vida. Vi a la Elsa esclava, a la Elsa emperatriz y a una Elsa que nunca existió, vestida de campesina, todo en el espacio de un latido.
—¡No soltéis las manos! —el grito de Kaelen llegó a mí no a través del aire, sino a través del nudo que nos unía.
Su mano era lo único sólido en aquel vacío cromático. Su luz dorada actuaba como un faro de gravedad, impidiendo que mi esencia se disolviera en las corrientes del tiempo. Aidan estaba entre nosotros, con el Sextante emitiendo un pulso gris constante que estabilizaba el espacio a nuestro alrededor.
De repente, la sensación de caída terminó.
Aterrizamos sobre una superficie que se sentía como seda fría. Al abrir los ojos, el aliento se me escapó de los pulmones. Estábamos en la Ciudad del Tiempo Pendiente.
No había suelo de tierra ni cielo de nubes. Estábamos sobre una inmensa plataforma de cuarzo transparente que flotaba en el centro de una nebulosa violeta y oro. A nuestro alrededor, torres imposibles de cristal se elevaban hacia el infinito, conectadas por puentes de luz que vibraban con el sonido de mil relojes de arena cayendo al unísono. Lo más inquietante no era la arquitectura, sino la gente: figuras translúcidas que caminaban con parsimonia, algunos vestidos con harapos de épocas antiguas y otros con trajes de metal que aún no habían sido inventados.
—Bienvenidos al “Cuándo”, Soberanos del Error —una voz melodiosa, pero despojada de toda emoción, resonó desde una de las agujas de cristal.
Frente a nosotros, la luz se condensó para formar a un hombre de una edad indefinible. Su piel era del color del pergamino viejo y sus ojos eran dos esferas de reloj cuyas agujas giraban frenéticamente. Vestía una túnica hecha de hilos de momentos perdidos.
—Soy el Vigilante de la Sincronía —dijo, haciendo una inclinación de cabeza tan mínima que fue casi un insulto—. Habéis causado una perturbación de Grado Nueve en la línea troncal del universo. Vuestra unión no solo es un error biológico; es un anacronismo viviente que está drenando el futuro para alimentar vuestro presente.
Kaelen se colocó frente a mí y a Aidan, su espada de fuego solar emitiendo un fulgor de platino que hizo que el Vigilante entrecerrara los ojos. —Estamos cansados de que nos llamen errores —dijo Kaelen, su voz vibrando con una autoridad que hizo que los puentes de luz temblaran—. Hemos venido a reclamar nuestro derecho a existir. Si vuestro “equilibrio” requiere que mi familia desaparezca, entonces vuestro equilibrio merece ser destruido.
—La soberbia de los mortales es siempre la misma —suspiró el Vigilante—. No entendéis que vuestro nudo está provocando el colapso de una Realidad Espejo. Venid. Ved lo que vuestro egoísmo ha creado.
El Vigilante agitó su mano y el cuarzo bajo nuestros pies se volvió transparente, mostrándonos un mundo que estaba justo debajo de nosotros.
Era el Norte. Era el Castillo de Hierro. Pero algo estaba mal.
En esa realidad, no había Árbol de Platino. Las murallas estaban derruidas y el cielo era de un gris muerto. Vimos a una versión de Kaelen, pero no era el Rey del Sol Plateado. Era un vampiro decrépito, consumido por la sed, gobernando sobre un cementerio de cenizas. Y vi a una versión de mí misma… era una sombra sin ojos, vagando por los pasillos como un fantasma hambriento.
—Esa es la Línea A —explicó el Vigilante—. La realidad donde nunca os conocisteis. Donde el contrato de sangre nunca se firmó. Es una línea de miseria, pero es estable. El universo la prefiere porque no consume éter infinito.
—¿Y qué tiene que ver con nosotros? —pregunté, sintiendo un nudo de terror en el estómago.
—Vuestra existencia en esta línea, la Línea B, está succionando la esencia de la Línea A para mantenerse. Vuestro amor es un parásito cósmico. Para que vosotros podáis sonreír bajo vuestro árbol de cristal, miles de versiones de vuestro pueblo en la otra realidad están muriendo de una agonía eterna. El nudo es una bomba de tiempo.
El “Spicy” de este momento fue una puñalada de culpa. Miré a Kaelen. Vi en sus ojos el reflejo de ese vampiro solitario y roto. Él siempre había temido que nuestro amor tuviera un precio demasiado alto, y ahora el Vigilante le estaba entregando la factura.
—Es mentira —dijo Aidan, dando un paso adelante. Su Sextante brillaba con una luz roja de advertencia—. Las líneas no están muriendo porque nosotros existamos. Están muriendo porque los Vigilantes estáis intentando separarlas a la fuerza.
El Vigilante de la Sincronía perdió su calma por un microsegundo. Sus ojos de reloj se detuvieron. —Silencio, pequeño Tejedor. Tú no eres más que la aguja que cosió la herida. Si te borramos a ti, el tejido volverá a su estado natural.
El Vigilante extendió su mano y una ráfaga de Tiempo Estático se lanzó contra nosotros. No era un rayo de energía; era un comando para que nuestras células dejaran de moverse, para que nuestro “ahora” se convirtiera en un “nunca”.
Sentí que mi sombra plateada se congelaba. Kaelen intentó moverse, pero su fuego solar quedó suspendido en el aire como una estatua de cristal ámbar. Estábamos atrapados en un segundo infinito, a merced de una entidad que podía borrarnos con un pensamiento.
Pero el nudo… el nudo no pertenecía al tiempo.
A través de nuestra conexión, sentí el latido de Kaelen. No era un latido de carne, sino de voluntad. Nuestras almas, fundidas en tantas batallas, empezaron a vibrar en una frecuencia que el Vigilante no podía sincronizar. El amor no es cronológico; es un evento que ocurre fuera de las leyes de la física.
—¡NO… NOS… DETENDRÁS! —el grito de Kaelen rompió el cristal del tiempo estático.
Su fuego solar estalló, pero esta vez no era dorado. Era de un blanco absoluto, la luz de un sol que no ha nacido todavía. Me tomó de la mano, y mi sombra plateada se convirtió en una armadura de vacío que nos permitía movernos en el plano de la Sincronía.
—¡Aidan, abre el camino! —ordené.
El niño activó el Sextante, pero no para huir. Lo usó para fundir las dos realidades. —Si el problema es que una línea se muere, ¡entonces las haré una sola!
Aidan proyectó la imagen del Castillo de Hierro próspero sobre el castillo derruido de la Línea A. El choque de realidades provocó un terremoto metafísico que sacudió la Ciudad del Tiempo. El Vigilante gritó de agonía, sus hilos de momentos perdidos empezando a deshilacharse.
—¡ESTÁIS LOCOS! ¡LA PARADOJA OS DESTRUIRÁ! —gritó el Vigilante mientras su forma translúcida empezaba a parpadear.
—La paradoja es nuestra casa —respondió Kaelen, lanzando un tajo de luz blanca que cortó el puente de luz donde el Vigilante se sostenía.
La plataforma de cuarzo se hizo añicos. Caímos, pero no hacia abajo, sino hacia adentro. Hacia el centro mismo de la intersección de las realidades.
Despertamos en una zona gris, una especie de “Tierra de Nadie” entre las dos versiones del Norte. A un lado, veía la luz de nuestro Árbol de Platino; al otro, la oscuridad del cementerio de cenizas. Y en medio de esa brecha, apareció la cuarta figura de la estatua.
No era un Vigilante. Era una mujer vestida con una armadura de seda violeta, con el rostro cubierto por una máscara de espejos. En su mano sostenía una versión del Sextante de Aidan, pero mucho más grande y antiguo.
—Habéis sido valientes —dijo la mujer, y su voz era la de una madre que ha esperado eones para ver a sus hijos—. Pero el Vigilante de la Sincronía solo era la puerta. Yo soy la Llave.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo que mi sombra plateada se arrodillaba instintivamente ante ella.
La mujer se quitó la máscara. Mi corazón se detuvo. Su rostro era una mezcla perfecta de las facciones de Kaelen y las mías. Tenía sus ojos dorados y mi mandíbula. Era una versión adulta de una hija que nunca habíamos tenido.
—Soy Elara —dijo ella—. La guardiana de la Línea C. El futuro que estáis intentando parir. Pero para que yo nazca, vuestro mundo actual debe morir. No por un error, sino por un sacrificio.
Kaelen me tomó de la mano, y el “Spicy” de nuestra conexión se transformó en un terror sagrado. No estábamos luchando contra enemigos; estábamos luchando contra nuestra propia descendencia temporal.
—¿Sacrificar nuestro mundo? —preguntó Kaelen, su voz temblando—. ¿Después de todo lo que hemos luchado por Aidan?
—Aidan es el Tejedor del presente —explicó Elara, acercándose y tocando la mejilla de su “hermano” pequeño—. Pero yo soy la que debe tejer la eternidad. Si no permitís que las líneas colapsen, el vacío las devorará a ambas. Tenéis que elegir: vuestro reino de hoy… o el universo de mañana.
Elsa y Kaelen frente a su hija del futuro, en la brecha entre dos mundos que se caían a pedazos. El Vigilante de la Sincronía había sido derrotado, pero el dilema que Elara planteaba era mucho más cruel.
La Ciudad del Tiempo Pendiente estaba colapsando sobre ellos, y el nudo, por primera vez, parecía ser la soga que asfixiaba al destino.
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