La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 78
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Capítulo 78: 78 | Los ciudadanos del eclipse
Elsa
El Castillo de Hierro ya no era una fortaleza de piedra negra aislada en la nieve. Bajo la luz espectral del Eclipse Permanente, la arquitectura se había vuelto un delirio de realidades superpuestas. En el ala este, los muros de obsidiana Thorne se fundían con las columnas de cristal de la Línea C, mientras que en los sótanos, el eco de la Línea A —aquella realidad de ceniza que habíamos rescatado del olvido— se manifestaba en forma de una niebla gris que nunca terminaba de disiparse.
Me encontraba en el balcón del Gran Salón, observando la ciudad. El tiempo, tal como lo conocíamos, se había estancado en un crepúsculo eterno. Los relojes de arena en el castillo se habían detenido, y las sombras no se movían con el paso de las horas. La gente caminaba por las calles con una mezcla de asombro y terror. Había soldados de mi guardia personal compartiendo el pan con versiones de sí mismos que habían envejecido cincuenta años en el desierto de la Línea A, y mujeres de la Línea C que lloraban al descubrir que en este nuevo mundo sus manos ya no eran de luz, sino de carne y hueso que podía sangrar.
—Es un caos hermoso, ¿no crees? —la voz de Kaelen, ahora impregnada con el matiz melódico de su nueva esencia solar, me sacó de mi ensimismamiento.
Se acercó a mí, envuelto en una capa de terciopelo azul noche que parecía contener estrellas reales. Su presencia era lo único que se sentía sólido en este mundo de vibraciones inestables. Me tomó de la cintura, y el contacto de sus dedos contra mi piel envió una descarga de realidad a través de mi sombra plateada. El “Spicy” de nuestra unión era ahora más que pasión; era un ancla biológica. Si nos soltábamos, sentía que podría disolverme en la neblina del eclipse.
—Es un caos que nos va a costar la cordura, Kaelen —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. Valerius me ha informado que en el mercado hay disturbios. La gente de la Línea C no entiende el concepto de “comprar” comida, y los supervivientes de la Línea A tienen tanto miedo de que el sol desaparezca que están acaparando todo el combustible del castillo.
Kaelen suspiró, apretándome más contra él. —Somos los reyes de una paradoja, Elsa. Les pedimos que vivieran, y ahora tienen que aprender qué significa eso en un mundo que no tiene reglas. Pero no podemos darles respuestas si nosotros mismos no sabemos cuánto tiempo durará este equilibrio.
Besó mi frente, y por un momento, el zumbido de las realidades chocando en mi cabeza se detuvo. En sus brazos, el eclipse no era una amenaza, sino un santuario.
El día —si es que se podía llamar así en un mundo sin rotación— continuó en el Corazón del Castillo. El Árbol de Platino se había convertido en el sistema nervioso de nuestro nuevo imperio. Sus hojas violetas emitían pulsos de energía que mantenían las tres líneas temporales en una cohesión precaria.
Aidan estaba sentado a los pies del árbol, con su Sextante ahora convertido en una gema inerte colgada de su cuello. El niño parecía haber crecido años en solo unas horas. Su mirada galáctica estaba fija en las raíces, donde el éter líquido fluía como savia luminosa.
—Elara está aquí, madre —dijo Aidan, sin levantar la vista—. No como una persona, sino como una ley. Ella es la que impide que la Línea A devore a la Línea B. Pero está cansada. El esfuerzo de sostener un mundo que no debería existir la está consumiendo.
—¿Hay alguna forma de ayudarla, Aidan? —pregunté, arrodillándome a su lado.
—Solo hay una forma de alimentar un mundo sin tiempo —respondió el niño, mirándome con una seriedad que me heló la sangre—. El Árbol necesita Memoria. No la memoria estática de los libros, sino el sentimiento de las vivencias reales. Cuanto más vivamos, más fuerte será el eclipse. Pero si nos quedamos quietos, si nos dejamos llevar por la monotonía de este presente perpetuo, el mundo se volverá gris y desaparecerá.
Kaelen se unió a nosotros, con la mano en la empuñadura de su espada. —Entonces tendremos que asegurarnos de que el Norte sea el lugar más vivo del universo.
Para estabilizar la población, Kaelen y yo decidimos organizar la Audiencia de las Tres Sangres. Convocamos a los líderes de cada línea en el Gran Salón.
A la izquierda, el General Valerius de nuestra línea (B), firme y leal, pero con los ojos llenos de dudas sobre el futuro de sus soldados. En el centro, una mujer llamada Lysandra, una sacerdotisa de la Línea C que vestía túnicas de cristal y que nos miraba como si fuéramos demonios que le habían robado el paraíso. Y a la derecha, un hombre demacrado llamado Joren, el líder de los supervivientes de la Línea A, cuyas manos temblorosas no soltaban un trozo de pan seco.
—Habéis sido arrancados de vuestros destinos —comencé, mi voz resonando con una autoridad plateada que llenó el salón—. Algunos habéis perdido un paraíso de cristal, otros habéis escapado de un infierno de cenizas. Pero aquí, bajo este eclipse, todos sois ciudadanos del error.
—¡Nos habéis condenado! —gritó Lysandra, su voz como el tintineo de vidrios rotos—. En la Línea C éramos inmortales. Éramos perfectos. Aquí, siento el peso de la gravedad. Siento el hambre. Siento… el paso de los segundos aunque el reloj no se mueva.
—Lo que sientes es la vida, Lysandra —replicó Kaelen, dando un paso al frente. Su luz dorada iluminó el salón, haciendo que la sacerdotisa retrocediera—. La perfección es una tumba. Aquí tienes la oportunidad de elegir quién quieres ser, no quién el sistema dice que eres.
Joren, de la Línea A, se levantó con dificultad. —Nosotros no queremos perfección, Rey Thorne. Queremos saber si mañana habrá un sol. Queremos saber si la ceniza volverá a cubrir nuestros pulmones.
—Mientras el Árbol de Platino brille, el sol no os abandonará —le aseguré, acercándome a él y poniendo mi mano sobre su hombro. Mi sombra plateada le transmitió una sensación de calma y frescura—. Pero este mundo requiere que aprendáis a convivir. La magia de la Línea C ayudará a limpiar el aire de la Línea A, y la resistencia de la Línea A enseñará a la Línea C que la lucha es lo que da valor a la existencia.
El “Spicy” de la diplomacia fue un ejercicio de equilibrio. Kaelen y yo pasamos horas mediando entre las facciones. Usamos nuestro nudo como un conductor de empatía, proyectando nuestra propia historia de superación sobre ellos. Les mostramos que nosotros también éramos una mezcla de mundos que no deberían haberse tocado.
Al final de la jornada, el agotamiento era absoluto. El castillo se sumergió en una calma tensa mientras las delegaciones se retiraban a sus nuevos cuartos. Kaelen y yo regresamos a nuestra habitación, pero no para dormir. No podíamos. En un mundo sin noche, el sueño se sentía como una renuncia peligrosa.
Kaelen cerró las puertas con un sello de luz solar y se giró hacia mí. Sus ojos dorados ardían con una intensidad que me hizo olvidar el cansancio.
—El mundo nos está drenando, Elsa —dijo, su voz volviéndose un ronroneo peligroso—. Siento que cada palabra que digo a esos líderes es un trozo de mi esencia que se va.
—Aidan dijo que el Árbol necesita memoria —respondí, acercándome a él y desabrochando los botones de su casaca—. Necesita sentimientos reales para no volverse gris.
El “Spicy” de nuestra reconciliación con la realidad fue, esa noche, un acto de resistencia política. Nos amamos con una desesperación que buscaba dejar una marca en el tiempo estancado. Cada beso, cada roce de mi sombra plateada contra su calor solar, era un mensaje para Elara y para los Vigilantes: Seguimos aquí. Seguimos siendo fuego. Seguimos siendo el error.
En el éxtasis de nuestra unión, sentí que el Árbol de Platino, tres pisos abajo, brillaba con una intensidad violeta renovada. El eclipse en el cielo pulsó, enviando una onda de luz que barrió la neblina gris de la Línea A. Nuestra pasión era el combustible de la paradoja. Éramos los motores de un universo que se negaba a morir.
A la mañana siguiente —o lo que el eclipse dictaba como tal—, desperté en los brazos de Kaelen para encontrar que algo había cambiado en nuestra habitación.
Sobre la mesa de obsidiana, había un objeto que no estaba allí antes. Era un reloj de bolsillo hecho de cristal de platino, pero en lugar de números, tenía las caras de las personas que amábamos. Las manecillas no se movían, pero de su interior emanaba un tictac rítmico que sonaba como el latido de un corazón.
—Un regalo de Elara —susurró Kaelen, vistiéndose rápidamente—. Dice que el tiempo no se ha detenido. Solo ha cambiado de dirección.
Salimos al balcón y vimos que en el patio, la gente de las tres líneas ya no estaba peleando. Estaban trabajando juntos para plantar las Flores de Obsidiana en las grietas del cristal. El híbrido estaba empezando a florecer.
Pero entonces, Aidan apareció en la puerta, con el rostro pálido. —Madre, padre… el eclipse ha atraído a alguien más.
—¿A quién? —pregunté, sintiendo que mi sombra plateada se ponía en guardia.
—No es una de las líneas —dijo el niño, señalando hacia el Mar de Hierro—. Es una señal de la Línea Cero Original. Dicen que el Arquitecto no fue el único que creó un universo. Dicen que nuestro eclipse ha abierto una brecha hacia el Multiverso de las Sombras.
Miré a Kaelen. Él sonrió, una sonrisa cargada de una ironía amarga. —Parece que nuestra “ineficiencia” es la fiesta a la que todos quieren venir sin invitación.
Una flota de barcos negros, con velas que parecían estar hechas de jirones de pesadillas, apareciendo en el horizonte del eclipse. No eran las naves de Aethelgard, ni las de los Ancestros. Eran los Corsarios del Olvido, mercenarios contratados por los Vigilantes para limpiar la paradoja que nosotros llamábamos hogar.
La guerra por la soberanía del tiempo apenas estaba empezando. Y esta vez, el campo de batalla era cada segundo que lográramos mantener con vida.
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