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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 77

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Capítulo 77: 77 | Dilema de la línea C

Elsa

La brecha entre las realidades olía a ceniza y a flores de cristal. Era un lugar donde el “donde” y el “cuando” se daban la mano en una danza agónica. A nuestra izquierda, la Línea B: nuestro hogar, el Castillo de Hierro bañado por la luz del Árbol de Platino, palpitando con una vida que se sentía vibrante pero, según la mujer frente a nosotros, insostenible. A nuestra derecha, la Línea A: un desierto de desolación donde Kaelen era un monstruo solitario y yo una sombra errante.

Y en el centro, Elara.

Su rostro, esa mezcla inquietante de mis facciones y la estructura ósea de Kaelen, era un espejo de lo que podría ser. Sus ojos dorados no tenían la rabia de Kaelen, sino una paz milenaria que me resultaba aterradora.

—No me miréis con miedo —dijo Elara, y su voz era una caricia de seda violeta—. Soy la promesa que vuestro nudo le hizo al tiempo. Pero una promesa no puede cumplirse si el aire que respira es el oxígeno de otros mundos.

Kaelen dio un paso al frente, su mano aún apretando la mía con una fuerza que buscaba anclarnos a la realidad. Su fuego solar parpadeaba, confundido por la presencia de alguien que compartía su propia esencia.

—¿Qué quieres decir con que nuestro mundo debe morir para que tú nazcas? —preguntó Kaelen, su voz ronca por la tensión—. Hemos luchado contra dioses y máquinas para proteger este reino. No vamos a entregarlo a una “posibilidad”, por muy hermosa que parezca.

Elara extendió sus manos y el vacío a nuestro alrededor se transformó.

De repente, no estábamos en la brecha. Estábamos en una ciudad que no conocía la noche. Los edificios eran de un material translúcido que cambiaba de color con el pensamiento de sus habitantes. No había muros, ni ejércitos, ni hambre. Vi a seres de luz y sombra caminando juntos, sin contratos de sangre, sin jerarquías de esclavitud. Era la Línea C.

—Este es el Destino de Cristal —explicó Elara mientras caminábamos por una plaza donde el tiempo fluía como una fuente de agua pura—. Aquí, el nudo de los Thorne y los Croft no es una anomalía; es la ley fundamental. En esta línea, el equilibrio es absoluto. Pero para que este futuro se estabilice, las líneas A y B deben colapsar. Deben fundirse en un solo punto de origen: vuestro sacrificio.

—¿Y qué pasaría con nosotros? —pregunté, sintiendo que mi sombra plateada retrocedía ante tanta perfección.

Elara se detuvo y me miró a los ojos. En su reflejo, vi una verdad que me heló la sangre.

—Pasaríais a ser leyendas. Vuestros recuerdos actuales, vuestras cicatrices, vuestra lucha… todo se borraría para dar paso a una versión de vosotros que nació en la paz. Seríais felices, Elsa. Kaelen nunca sería un monstruo, y tú nunca serías una esclava. Pero no recordaríais este momento. No recordaríais el precio que pagasteis para llegar aquí.

El “Spicy” de este dilema fue una asfixia emocional. Kaelen me atrajo hacia él, rodeándome con sus brazos en un gesto de posesión desesperada. El deseo de proteger nuestra historia, con todo su dolor y sus manchas de sangre, chocaba frontalmente con la oferta de un paraíso sin sufrimiento.

—Nos pides que dejemos de ser nosotros —gruñó Kaelen—. Nos pides que matemos a la Elsa y al Kaelen que se enamoraron en la oscuridad para que dos extraños con nuestros nombres vivan en la luz.

—Os pido que seáis padres de un universo, no solo de un niño —respondió Elara, mirando a Aidan.

Aidan, que había estado callado, observando la ciudad de cristal con sus ojos de Tejedor, se acercó a la fuente de tiempo. El Sextante en su mano estaba extrañamente silencioso.

—Ella dice la verdad, padre —susurró Aidan—. Siento las hebras. La Línea B es como una vela que brilla mucho porque está quemando toda la cera de las demás. Si no paramos, la oscuridad que vendrá después será eterna. No quedará nada, ni siquiera la Línea C.

Sentí que el suelo de cristal se volvía inestable. La culpa, esa vieja enemiga, regresaba con una fuerza renovada. ¿Éramos tan egoístas como para preferir nuestra memoria dolorosa a la salvación de billones de almas en un futuro perfecto?

—Hay una trampa —dije, apartándome de Kaelen para encarar a Elara—. Siempre hay una trampa. Si la Línea C es tan perfecta, ¿por qué nos necesitas a nosotros para activarla? Si eres tan poderosa, ¿por qué no puedes nacer sola?

Elara bajó la mirada, y por primera vez, vi una grieta en su perfección de mármol.

—Porque el nudo es vuestro. El tiempo puede crear la estructura, pero solo la voluntad de los que sufrieron puede darle el alma. Un paraíso sin el consentimiento de sus creadores es solo una prisión de cristal. Necesito que digáis “sí”. Necesito que entreguéis vuestro nudo al Árbol de la Eternidad voluntariamente.

Kaelen se rió, una risa amarga que resonó en la plaza inmaculada.

—Nos pides que nos suicidemos espiritualmente. Que borremos a Clara, a Valerius, nuestras batallas… todo lo que nos hizo fuertes.

—Os pido que les deis una vida mejor en la nueva línea —insistió Elara.

En ese momento, el cielo de la Línea C empezó a temblar. Rayos de estática roja —el residuo de la Entropía del Acero y la Sangre Antigua— empezaron a rasgar el paraíso.

—¡Se acaba el tiempo! —gritó Elara—. Los Vigilantes no son los únicos que observan. El vacío está aprovechando la inestabilidad de las líneas para devorarlo todo. ¡Elegid ahora!

Kaelen y yo nos miramos. En sus ojos dorados vi el reflejo de todo lo que habíamos pasado. Vi el momento en que me marcó en la Galería, vi nuestra primera noche en el Castillo, vi el nacimiento de Aidan bajo la nieve. Si decíamos que sí, todo eso se desvanecería. Seríamos “felices”, sí, pero seríamos huecos.

—No —dije, y mi voz fue un latigazo de plata que detuvo el viento de la ciudad—. No vamos a borrar nuestra historia.

—¿Prefieres ver el mundo morir? —preguntó Elara, horrorizada.

—Prefiero luchar por una Línea D —respondió Kaelen, desenvainando su espada de platino y clavándola en el suelo de cristal de la ciudad de Elara—. Una línea donde mantengamos nuestro dolor y nuestra memoria, pero donde encontremos la forma de estabilizar el universo sin sacrificar a nadie. No aceptamos tus opciones binarias, Elara. Somos el Error. Y el Error siempre encuentra una tercera vía.

El “Spicy” de nuestra rebelión fue una explosión de energía que hizo que la Línea C se tambaleara. No era luz, ni sombra; era la fuerza bruta de la Identidad.

Tomé el Sextante de manos de Aidan. Mi sombra plateada se envolvió alrededor del artefacto, mientras Kaelen inyectaba su fuego solar en el núcleo. Elara intentó detenernos, sus manos de luz extendiéndose para bloquear el nudo, pero ella era una criatura de un futuro posible, y nosotros éramos la fuerza del presente.

—¡Aidan, busca el punto de sutura! —ordené.

—¡Lo veo! —gritó el niño—. ¡Está en el corazón del Árbol de Platino, en todas las realidades a la vez!

Unimos nuestras voluntades. En lugar de entregar el nudo para que se disolviera, lo usamos como un ancla. Decidimos que no íbamos a fundirnos en la paz de Elara, sino que íbamos a arrastrar la realidad hacia nuestra propia frecuencia.

El choque fue cataclísmico. La Ciudad del Tiempo Pendiente empezó a colapsar. Elara se desvaneció, no con odio, sino con una mirada de profunda tristeza y, quizás, una pizca de esperanza.

—Si falláis… no habrá nada para nadie…

—No vamos a fallar —rugió Kaelen.

El vacío nos tragó de nuevo. Pero esta vez, no caíamos solos. Sentí que estábamos arrastrando las hebras de la Línea A y la Línea C hacia nuestra Línea B. Estábamos forzando al universo a aceptar nuestra anomalía como el nuevo eje.

Despertamos en el Corazón del Castillo de Hierro. Pero algo era diferente.

El Árbol de Platino ya no era solo de cristal. Sus hojas eran ahora de un violeta iridiscente, y sus raíces brillaban con los colores de todas las realidades que habíamos tocado. El castillo estaba intacto, pero cuando miré por la ventana, el paisaje había cambiado.

Las montañas del Norte seguían allí, pero en el valle, vi fragmentos de la ciudad de cristal de Elara integrados en la arquitectura de piedra. Había gente caminando por las calles que reconocí de la Línea A, pero ya no estaban muertos ni hambrientos; estaban confundidos, despertando de un largo sueño.

Habíamos creado una Realidad Híbrida.

Kaelen se levantó con dificultad, ofreciéndome la mano. Estábamos cubiertos de polvo y éter, exhaustos hasta la médula, pero nuestros recuerdos estaban intactos. Sentía el dolor de mis cicatrices, y sentía el amor ardiente por el hombre que se negaba a dejarme ir.

—Lo hemos hecho —susurró Kaelen, mirando sus manos—. Seguimos siendo nosotros.

—Pero el precio ha sido alto, Kaelen —dije, señalando hacia el cielo.

El sol de medianoche ya no era una esfera blanca. Ahora era un Eclipse Permanente, un anillo de oro y plata que no se movía. El tiempo se había detenido, no para siempre, sino en un presente perpetuo donde podíamos reconstruir, pero donde no podíamos envejecer.

Aidan se acercó a nosotros, sosteniendo el Sextante, que ahora estaba fundido y era inservible.

—Hemos salvado el hoy —dijo el niño, con una voz que sonaba mucho más vieja de lo que su cuerpo aparentaba—. Pero Elara no ha desaparecido. Se ha convertido en la conciencia de este nuevo mundo. Ella nos observa desde las sombras de este eclipse.

Elsa y Kaelen observando su nuevo reino híbrido. Habían rechazado el paraíso por la verdad de su lucha. Pero el Eclipse Permanente era una advertencia: al forzar al universo a aceptar su error, habían creado un mundo que ya no pertenecía a las leyes naturales.

—¿Crees que nos perdonarán algún día? —pregunté, apoyando mi cabeza en el pecho de Kaelen.

—No necesitamos su perdón, Elsa. Solo necesitamos su supervivencia.

En la distancia, entre las torres de cristal y piedra, una figura vestida de seda violeta nos observaba. Elara, la hija que nunca nacería de forma natural, pero que ahora era la guardiana de su paradoja.

La guerra por el tiempo había terminado, pero la vida en el Eclipse apenas comenzaba.

Elsa

El Castillo de Hierro ya no era una fortaleza de piedra negra aislada en la nieve. Bajo la luz espectral del Eclipse Permanente, la arquitectura se había vuelto un delirio de realidades superpuestas. En el ala este, los muros de obsidiana Thorne se fundían con las columnas de cristal de la Línea C, mientras que en los sótanos, el eco de la Línea A —aquella realidad de ceniza que habíamos rescatado del olvido— se manifestaba en forma de una niebla gris que nunca terminaba de disiparse.

Me encontraba en el balcón del Gran Salón, observando la ciudad. El tiempo, tal como lo conocíamos, se había estancado en un crepúsculo eterno. Los relojes de arena en el castillo se habían detenido, y las sombras no se movían con el paso de las horas. La gente caminaba por las calles con una mezcla de asombro y terror. Había soldados de mi guardia personal compartiendo el pan con versiones de sí mismos que habían envejecido cincuenta años en el desierto de la Línea A, y mujeres de la Línea C que lloraban al descubrir que en este nuevo mundo sus manos ya no eran de luz, sino de carne y hueso que podía sangrar.

—Es un caos hermoso, ¿no crees? —la voz de Kaelen, ahora impregnada con el matiz melódico de su nueva esencia solar, me sacó de mi ensimismamiento.

Se acercó a mí, envuelto en una capa de terciopelo azul noche que parecía contener estrellas reales. Su presencia era lo único que se sentía sólido en este mundo de vibraciones inestables. Me tomó de la cintura, y el contacto de sus dedos contra mi piel envió una descarga de realidad a través de mi sombra plateada. El “Spicy” de nuestra unión era ahora más que pasión; era un ancla biológica. Si nos soltábamos, sentía que podría disolverme en la neblina del eclipse.

—Es un caos que nos va a costar la cordura, Kaelen —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. Valerius me ha informado que en el mercado hay disturbios. La gente de la Línea C no entiende el concepto de “comprar” comida, y los supervivientes de la Línea A tienen tanto miedo de que el sol desaparezca que están acaparando todo el combustible del castillo.

Kaelen suspiró, apretándome más contra él. —Somos los reyes de una paradoja, Elsa. Les pedimos que vivieran, y ahora tienen que aprender qué significa eso en un mundo que no tiene reglas. Pero no podemos darles respuestas si nosotros mismos no sabemos cuánto tiempo durará este equilibrio.

Besó mi frente, y por un momento, el zumbido de las realidades chocando en mi cabeza se detuvo. En sus brazos, el eclipse no era una amenaza, sino un santuario.

El día —si es que se podía llamar así en un mundo sin rotación— continuó en el Corazón del Castillo. El Árbol de Platino se había convertido en el sistema nervioso de nuestro nuevo imperio. Sus hojas violetas emitían pulsos de energía que mantenían las tres líneas temporales en una cohesión precaria.

Aidan estaba sentado a los pies del árbol, con su Sextante ahora convertido en una gema inerte colgada de su cuello. El niño parecía haber crecido años en solo unas horas. Su mirada galáctica estaba fija en las raíces, donde el éter líquido fluía como savia luminosa.

—Elara está aquí, madre —dijo Aidan, sin levantar la vista—. No como una persona, sino como una ley. Ella es la que impide que la Línea A devore a la Línea B. Pero está cansada. El esfuerzo de sostener un mundo que no debería existir la está consumiendo.

—¿Hay alguna forma de ayudarla, Aidan? —pregunté, arrodillándome a su lado.

—Solo hay una forma de alimentar un mundo sin tiempo —respondió el niño, mirándome con una seriedad que me heló la sangre—. El Árbol necesita Memoria. No la memoria estática de los libros, sino el sentimiento de las vivencias reales. Cuanto más vivamos, más fuerte será el eclipse. Pero si nos quedamos quietos, si nos dejamos llevar por la monotonía de este presente perpetuo, el mundo se volverá gris y desaparecerá.

Kaelen se unió a nosotros, con la mano en la empuñadura de su espada. —Entonces tendremos que asegurarnos de que el Norte sea el lugar más vivo del universo.

Para estabilizar la población, Kaelen y yo decidimos organizar la Audiencia de las Tres Sangres. Convocamos a los líderes de cada línea en el Gran Salón.

A la izquierda, el General Valerius de nuestra línea (B), firme y leal, pero con los ojos llenos de dudas sobre el futuro de sus soldados. En el centro, una mujer llamada Lysandra, una sacerdotisa de la Línea C que vestía túnicas de cristal y que nos miraba como si fuéramos demonios que le habían robado el paraíso. Y a la derecha, un hombre demacrado llamado Joren, el líder de los supervivientes de la Línea A, cuyas manos temblorosas no soltaban un trozo de pan seco.

—Habéis sido arrancados de vuestros destinos —comencé, mi voz resonando con una autoridad plateada que llenó el salón—. Algunos habéis perdido un paraíso de cristal, otros habéis escapado de un infierno de cenizas. Pero aquí, bajo este eclipse, todos sois ciudadanos del error.

—¡Nos habéis condenado! —gritó Lysandra, su voz como el tintineo de vidrios rotos—. En la Línea C éramos inmortales. Éramos perfectos. Aquí, siento el peso de la gravedad. Siento el hambre. Siento… el paso de los segundos aunque el reloj no se mueva.

—Lo que sientes es la vida, Lysandra —replicó Kaelen, dando un paso al frente. Su luz dorada iluminó el salón, haciendo que la sacerdotisa retrocediera—. La perfección es una tumba. Aquí tienes la oportunidad de elegir quién quieres ser, no quién el sistema dice que eres.

Joren, de la Línea A, se levantó con dificultad. —Nosotros no queremos perfección, Rey Thorne. Queremos saber si mañana habrá un sol. Queremos saber si la ceniza volverá a cubrir nuestros pulmones.

—Mientras el Árbol de Platino brille, el sol no os abandonará —le aseguré, acercándome a él y poniendo mi mano sobre su hombro. Mi sombra plateada le transmitió una sensación de calma y frescura—. Pero este mundo requiere que aprendáis a convivir. La magia de la Línea C ayudará a limpiar el aire de la Línea A, y la resistencia de la Línea A enseñará a la Línea C que la lucha es lo que da valor a la existencia.

El “Spicy” de la diplomacia fue un ejercicio de equilibrio. Kaelen y yo pasamos horas mediando entre las facciones. Usamos nuestro nudo como un conductor de empatía, proyectando nuestra propia historia de superación sobre ellos. Les mostramos que nosotros también éramos una mezcla de mundos que no deberían haberse tocado.

Al final de la jornada, el agotamiento era absoluto. El castillo se sumergió en una calma tensa mientras las delegaciones se retiraban a sus nuevos cuartos. Kaelen y yo regresamos a nuestra habitación, pero no para dormir. No podíamos. En un mundo sin noche, el sueño se sentía como una renuncia peligrosa.

Kaelen cerró las puertas con un sello de luz solar y se giró hacia mí. Sus ojos dorados ardían con una intensidad que me hizo olvidar el cansancio.

—El mundo nos está drenando, Elsa —dijo, su voz volviéndose un ronroneo peligroso—. Siento que cada palabra que digo a esos líderes es un trozo de mi esencia que se va.

—Aidan dijo que el Árbol necesita memoria —respondí, acercándome a él y desabrochando los botones de su casaca—. Necesita sentimientos reales para no volverse gris.

El “Spicy” de nuestra reconciliación con la realidad fue, esa noche, un acto de resistencia política. Nos amamos con una desesperación que buscaba dejar una marca en el tiempo estancado. Cada beso, cada roce de mi sombra plateada contra su calor solar, era un mensaje para Elara y para los Vigilantes: Seguimos aquí. Seguimos siendo fuego. Seguimos siendo el error.

En el éxtasis de nuestra unión, sentí que el Árbol de Platino, tres pisos abajo, brillaba con una intensidad violeta renovada. El eclipse en el cielo pulsó, enviando una onda de luz que barrió la neblina gris de la Línea A. Nuestra pasión era el combustible de la paradoja. Éramos los motores de un universo que se negaba a morir.

A la mañana siguiente —o lo que el eclipse dictaba como tal—, desperté en los brazos de Kaelen para encontrar que algo había cambiado en nuestra habitación.

Sobre la mesa de obsidiana, había un objeto que no estaba allí antes. Era un reloj de bolsillo hecho de cristal de platino, pero en lugar de números, tenía las caras de las personas que amábamos. Las manecillas no se movían, pero de su interior emanaba un tictac rítmico que sonaba como el latido de un corazón.

—Un regalo de Elara —susurró Kaelen, vistiéndose rápidamente—. Dice que el tiempo no se ha detenido. Solo ha cambiado de dirección.

Salimos al balcón y vimos que en el patio, la gente de las tres líneas ya no estaba peleando. Estaban trabajando juntos para plantar las Flores de Obsidiana en las grietas del cristal. El híbrido estaba empezando a florecer.

Pero entonces, Aidan apareció en la puerta, con el rostro pálido. —Madre, padre… el eclipse ha atraído a alguien más.

—¿A quién? —pregunté, sintiendo que mi sombra plateada se ponía en guardia.

—No es una de las líneas —dijo el niño, señalando hacia el Mar de Hierro—. Es una señal de la Línea Cero Original. Dicen que el Arquitecto no fue el único que creó un universo. Dicen que nuestro eclipse ha abierto una brecha hacia el Multiverso de las Sombras.

Miré a Kaelen. Él sonrió, una sonrisa cargada de una ironía amarga. —Parece que nuestra “ineficiencia” es la fiesta a la que todos quieren venir sin invitación.

Una flota de barcos negros, con velas que parecían estar hechas de jirones de pesadillas, apareciendo en el horizonte del eclipse. No eran las naves de Aethelgard, ni las de los Ancestros. Eran los Corsarios del Olvido, mercenarios contratados por los Vigilantes para limpiar la paradoja que nosotros llamábamos hogar.

La guerra por la soberanía del tiempo apenas estaba empezando. Y esta vez, el campo de batalla era cada segundo que lográramos mantener con vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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