La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 81
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Capítulo 81: 81 | Duelo de los espejos
Elsa
El horizonte del Norte ya no sangraba luz carmesí; ahora supuraba posibilidades. Bajo el anillo roto del Eclipse Permanente, el Mar de Hierro se había convertido en un espejo de mercurio donde no se reflejaba el cielo, sino cientos de versiones del Castillo de Hierro. De la neblina gris que emanaba de la “Cicatriz Temporal” empezaron a emerger figuras. No eran monstruos, ni máquinas, ni fantasmas etéreos. Eran hombres y mujeres de carne y hueso, con las mismas cicatrices, los mismos ojos y las mismas voces que los que habitaban nuestra fortaleza.
Eran los Ecos.
Me encontraba en la muralla principal, sintiendo que mi sombra plateada vibraba con un dolor simpático. A mi lado, Kaelen sostenía su espada de platino, pero sus nudillos estaban blancos por la presión. Su luz dorada pulsaba de forma errática, como un corazón asustado. El “Spicy” de nuestra conexión estaba hoy cargado de una disonancia insoportable: era como estar en una habitación llena de ecos de nuestros propios gritos.
—Están aquí —susurró Kaelen, y su voz sonó como el crujir del hielo seco—. No vienen a destruir el castillo, Elsa. Vienen a ocuparlo. Siento su hambre. Es nuestra hambre.
Desde la vanguardia de la niebla, dos figuras se adelantaron.
El hombre vestía una armadura Thorne oxidada y rota, su piel estaba tan pálida que parecía mármol muerto y sus ojos dorados estaban apagados, consumidos por una sed que ninguna sangre podría saciar. Era el Kaelen de la Línea A, el que nunca me conoció, el que se convirtió en la Bestia de las Cenizas. A su lado, una mujer envuelta en harapos de esclava, con el rostro marcado por las quemaduras de la magia de Malakor y una mirada de vacío absoluto. Era la Elsa que nunca fue comprada, la que murió mil veces en el desierto del alma.
—¿Por qué vosotros? —la voz del Kaelen-Eco resonó en el patio, una versión distorsionada y ronca de la de mi esposo—. ¿Por qué vuestro nudo fue bendecido con el éter mientras el nuestro fue maldecido con el olvido? Tenemos vuestros nombres. Tenemos vuestra sangre. Reclamamos vuestro lugar.
—¡Vuestro tiempo pasó! —rugió Kaelen desde la muralla, pero su voz tembló. Ver a esa versión de sí mismo era como mirar el cadáver de su propia esperanza—. ¡Nosotros luchamos por este mundo! ¡Nosotros nos sacrificamos!
—Nosotros sufrimos más —respondió la Elsa-Eco, y su voz fue un susurro de agonía que hizo que las hojas del Árbol de Platino se marchitaran—. Vuestra felicidad es un robo. Cada beso que os dais es un suspiro que nos quitaron. Venimos a cobrar la deuda de la existencia.
La invasión no fue un asalto de asedio, fue una Sincronía Forzada. Los Ecos empezaron a escalar las murallas, pero no usaban escaleras; simplemente se fundían con las piedras. Cada vez que uno de mis soldados intentaba golpear a un Eco, su arma atravesaba la carne sin hacer daño, a menos que el soldado compartiera el mismo trauma que su doble. El castillo se convirtió en un manicomio de duelos personales.
Vi a Valerius luchando contra un Valerius que había traicionado al Norte. Vi a los refugiados de Aethelgard enfrentándose a versiones de sí mismos que ya eran totalmente máquinas.
—¡Elsa, no podemos luchar contra ellos con fuerza bruta! —gritó Kaelen, bloqueando un tajo de la espada oxidada de su doble.
El choque de sus armas creó una onda de choque de oro y ceniza. Eran iguales en fuerza, pero el Eco tenía la ventaja de la desesperación. Cada vez que el Kaelen-Eco golpeaba, le recordaba a nuestro Kaelen todo el dolor que había evitado gracias a mí. El ataque era moral, un sabotaje a la autoestima de un Rey que se sentía un fraude frente al sufrimiento genuino de su “yo” alternativo.
—¡Usa el nudo, Kaelen! —me elevé sobre el campo de batalla, mis alas de sombra plateada extendiéndose como un manto de juicio—. ¡Su nudo no existe! ¡Ellos están solos!
Me lancé contra la Elsa-Eco. Ella no tenía alas, pero se movía a través de las sombras con una agilidad desesperada. Me golpeó con una ráfaga de luz blanca cruda, una magia que nacía del dolor puro, sin el filtro de la sombra de Kaelen.
—Tú no sabes lo que es el frío, Emperatriz —siseó mi Eco, agarrándome del cuello con una fuerza sobrenatural. Sus ojos vacíos buscaron los míos—. Tú tienes un Rey que te calienta la cama. Yo solo tengo la arena y el látigo. Entrégame tu vida. Tú ya has tenido suficiente.
El “Spicy” de este duelo fue una danza erótica y macabra. Mi Eco intentaba “poseerme”, fundirse con mi cuerpo para reclamar mis recuerdos. Sentí su frío entrar en mis venas, intentando expulsar la sombra de Kaelen de mi sangre. Por un momento, vi el desierto. Sentí el hambre. Sentí la soledad infinita de ser una herramienta sin nombre. Casi me rindo. Casi le doy mi “ahora” por pura compasión hacia su “nunca”.
—¡ELSA! —el grito de Kaelen me trajo de vuelta.
Él estaba siendo empujado hacia el borde de la muralla por su Eco. El Kaelen de las Cenizas le estaba clavando sus colmillos en el hombro, succionando no solo su sangre, sino su luz.
—¡No somos ellos, Elsa! —Kaelen me miró con una determinación feroz a pesar del dolor—. ¡Nuestra deuda no es con el pasado, es con el futuro!
Aprete los dientes y canalicé toda la energía del Árbol de Platino. El árbol, que contenía el Archivo de la Eternidad, empezó a brillar con una luz violeta que barrió el campo de batalla. Comprendí entonces que los Ecos no eran enemigos reales, sino fragmentos de información buscando un puerto donde atracar.
—¡Kaelen, no los mates! —grité, liberándome de la Elsa-Eco con una explosión de platino—. ¡Absórbelos! ¡Dales un lugar en nuestro registro!
Kaelen me miró, confundido, y luego comprendió. No podíamos ganar matándonos a nosotros mismos; eso solo crearía más dolor. Teníamos que integrarlos.
Nos tomamos de las manos en medio del caos, ignorando los ataques de nuestros dobles. El “Spicy” de nuestra unión alcanzó un nivel de éxtasis metafísico. Abrimos el nudo, no como un escudo, sino como una puerta.
—¡VENID A CASA! —rugimos al unísono.
Invocamos el poder del Archivo. Las gemas de cristal que brotaban de las raíces del Árbol de Platino empezaron a volar por el aire, buscando a sus respectivos Ecos. Cuando una gema tocaba a un Eco, no lo destruía. Lo encapsulaba. El sufrimiento del Kaelen de las Cenizas fue absorbido por el cristal, dándole por fin un descanso, un lugar en la memoria del Norte donde su dolor no fuera en vano, sino una lección de lo que no debíamos volver a ser.
Vi a mi propia Eco disolverse en una nube de plata y entrar en una de las gemas. Por un segundo, sentí su alivio. Sintió el calor de mi hogar, sintió que su existencia ahora tenía un sentido: ser la guardiana de mi gratitud.
El campo de batalla se calmó. Los miles de Ecos desaparecieron, convertidos en miles de gemas brillantes que regresaron al Árbol de Platino, colgando de sus ramas como frutos de luz violeta. El castillo volvía a ser nuestro, pero ahora susurraba con las voces de todas las vidas que no fueron.
Kaelen y yo caímos al suelo, exhaustos, con las manos todavía entrelazadas. Él tenía la marca de la mordida en su hombro, una herida que no cerraría fácilmente porque era una cicatriz de una realidad paralela.
—Lo hemos hecho —jadeó Kaelen, apoyando su frente contra la mía. El aroma de su sudor y su luz solar era el perfume de la realidad recuperada—. Los hemos salvado.
—Los hemos integrado, Kaelen. Ahora somos más que antes. Somos el resumen de todas nuestras tragedias.
Aidan se acercó a nosotros, caminando entre las gemas que alfombraban el patio. El niño se veía pálido, pero sus ojos galácticos estaban llenos de una sabiduría nueva. —El Árbol está lleno, madre. El Archivo ahora contiene no solo a los vivos, sino a los “pudieron ser”. Pero el peso es inmenso. El eclipse se está volviendo pesado.
Miramos al cielo. El anillo roto del eclipse estaba ahora rodeado de un aura de color violeta oscuro. La paradoja no se había resuelto; se había estabilizado de la forma más peligrosa posible. Éramos un reino de fantasmas contenidos por la voluntad de dos amantes.
—¿Cuánto tiempo podemos sostener esto, Aidan? —pregunté, sintiendo la vibración del árbol en mis propios huesos.
—Mientras vuestro amor sea más fuerte que su arrepentimiento —respondió el niño—. Pero los Vigilantes no se quedarán quietos. Habéis robado sus “desechos” para crear un imperio de recuerdos. Para ellos, esto es el pecado original del tiempo.
Kaelen se levantó, ayudándome a ponerme en pie. Me rodeó con su capa de Sol Plateado, protegiéndome del frío que empezaba a descender de la Cicatriz Temporal. El “Spicy” de nuestra noche de victoria sería un refugio, pero sabíamos que el duelo de los espejos era solo el primer asalto.
—Que vengan —dijo Kaelen, mirando hacia el horizonte donde el eclipse seguía sangrando—. Ya no tengo miedo de mi sombra. He visto al monstruo que podría haber sido, y he decidido que este Rey es mucho mejor.
Elsa y Kaelen caminando hacia el interior del castillo, mientras el Árbol de Platino cantaba con las miles de voces de los Ecos. Eran los soberanos de un mundo de fantasmas, los guardianes de una memoria colectiva que desafiaba a la propia eternidad.
Sin embargo, en la profundidad de la Cicatriz Temporal, algo mucho más grande que un Eco estaba despertando. Una figura de luz pura, con doce alas de cristal y un rostro que recordaba al del Arquitecto, pero con una crueldad que el creador original nunca tuvo.
—El Error ha florecido —dijo el ser, alzando una espada que no cortaba la carne, sino el destino—. Es hora de la Cosecha.
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