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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 80

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Capítulo 80: 80 | Archivo de la eternidad

Elsa

El silencio que siguió al ataque de los Corsarios del Olvido era más aterrador que el estruendo de cualquier batalla. No era un silencio de paz, sino un silencio de ausencia. El Castillo de Hierro se sentía más ligero, como si el peso de los que habían sido borrados hubiera dejado huecos físicos en la piedra. Veía a los criados limpiar habitaciones que no recordaban quién ocupaba; veía a los soldados mirar sus manos, extrañados por la falta de un compañero cuyo nombre se les había escapado por las grietas del tiempo.

Kaelen estaba en el centro del Corazón del Castillo, con la mirada fija en el Árbol de Platino. Su luz dorada era mortecina, reflejando el cansancio de un Rey que ha tenido que luchar por recordar su propio amor. A su lado, Aidan tocaba el tronco de cristal, sus dedos dejando rastros de plata líquida sobre la corteza violeta.

—No podemos permitir que esto vuelva a ocurrir, Kaelen —dije, mi voz resonando con una determinación gélida que cortó el aire estancado—. El nudo nos salvó a nosotros, pero el pueblo es vulnerable. Si los Vigilantes lanzan otra purga, no quedará nadie para recordar que alguna vez fuimos una familia.

Kaelen se giró hacia mí, y en sus ojos vi una sombra de desesperación que me desgarró el alma. —¿Qué propones, Elsa? Hemos vencido a los mercenarios, pero el olvido es una marea. No se puede clavar una espada en la nada.

—Propongo crear el Archivo de la Eternidad —respondí, acercándome al Árbol—. Vamos a usar el éter del Origen para anclar el alma de cada ciudadano del eclipse a las raíces de este árbol. Si sus cuerpos son borrados de la línea temporal, sus esencias permanecerán aquí, en el archivo, permitiéndonos reconstruirlos.

Aidan palideció. —Madre, eso requiere una Sincronía de Grado Cero. Para abrir el archivo, alguien debe entrar en el plano de los Vigilantes y reclamar el registro. Y ese plano no acepta a los vivos.

—Aceptará a la Emperatriz de la Sombra Plateada —sentencié.

El “Spicy” de este momento fue una colisión de voluntades. Kaelen me tomó por los hombros, sus dedos hundiéndose en mi piel con una fuerza posesiva. —¡No! No te dejaré ir a ese lugar. El Vigilante de la Sincronía te está esperando. Es una trampa, Elsa. Te borrarán a ti primero para que el resto caigamos por nuestra cuenta.

—Es el único modo, Kaelen —le tomé el rostro, obligándolo a mirarme—. Confía en nuestro nudo. Si me pierdo, búscame en el deseo, no en la memoria. El deseo es el único idioma que los Vigilantes no pueden editar.

El ritual comenzó bajo el fulgor del Eclipse Permanente. Kaelen y Aidan unieron sus manos a las mías, rodeando el tronco del Árbol de Platino. La energía fluyó a través de nosotros, un torrente de oro, plata y gris que hizo que el castillo vibrara hasta sus cimientos. Sentí que mi conciencia se despegaba de mi cuerpo, arrastrada por la succión de las raíces hacia un vacío de luz blanca.

De repente, ya no estaba en el castillo.

Me encontraba en una biblioteca infinita, donde las paredes no estaban hechas de estantes, sino de hilos de luz que contenían imágenes parpadeantes de billones de vidas. El aire era frío y estéril, con un olor a ozono y papel antiguo.

Frente a mí, sentada tras un escritorio de cristal puro, había una mujer. Al acercarme, mi corazón se detuvo. Era yo. Pero no la Elsa que conocía. Esta versión vestía una túnica de un blanco quirúrgico, su cabello era de un platino pálido y sus ojos no tenían pupila, sino dos relojes de arena perfectos.

—Bienvenida al Archivo, Anomalía B-071 —dijo mi doble, su voz desprovista de toda la pasión que yo había cultivado durante setenta y nueve capítulos—. Soy la Vigilante de tu Línea. La versión de ti que eligió el equilibrio sobre el nudo.

—Yo no soy un número —respondí, mi sombra plateada materializándose como una armadura de obsidiana a mi alrededor—. Y no he venido a hablar de equilibrio. He venido a reclamar el registro de mi pueblo.

La Vigilante Elsa se levantó, moviéndose con una gracia geométrica. —¿Reclamar? ¿Sabes lo que pides? Quieres convertir tu mundo en un sistema cerrado. Quieres otorgarles una inmortalidad basada en el recuerdo, pero eso detendrá el flujo del universo. Si registras sus almas, nunca podrán cambiar. Nunca podrán evolucionar. Serán estatuas de sentimiento en un museo de cristal.

—Serán libres del olvido —repliqué—. Prefiero que sean estatuas que puedan sentir a que sean nada en vuestro registro.

La Vigilante sonrió, una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos de reloj. —Hagamos un trato, Elsa Croft. Te daré el acceso al Archivo de la Eternidad. Protegeré a tu Rey, a tu hijo y a cada uno de tus súbditos. Nadie los borrará jamás. A cambio, tú te quedarás aquí. Tú serás la nueva Vigilante. Tu memoria será el precio para que la de ellos sea eterna.

Sentí un frío de muerte. La oferta era perfecta. Si me quedaba, Kaelen y Aidan estarían a salvo para siempre. Pero yo los olvidaría. No sabría por qué los estaba protegiendo. Sería un sacrificio absoluto: la guardiana eterna que no recuerda qué es lo que guarda.

En el mundo físico, Kaelen sintió el colapso de Elsa. El cuerpo de la Emperatriz empezó a volverse translúcido, parpadeando bajo las hojas del Árbol de Platino.

—¡Se la están llevando! —gritó Kaelen, su fuego solar estallando en una furia desesperada—. ¡Aidan, haz algo!

—¡No puedo entrar en su mente, padre! —Aidan luchaba por mantener la conexión con el Sextante—. ¡Está negociando con su propia sombra! ¡Si ella acepta el trato, nuestra Elsa morirá y nacerá una Vigilante!

Kaelen no esperó a que la lógica le diera una solución. Se acercó al cuerpo de Elsa y la besó con una violencia desesperada, inyectando toda su esencia de Rey Thorne en sus labios. No era un beso de despedida, era un ancla de pecado.

—¡No te atrevas a ser una santa, Elsa! —rugió Kaelen a través del vínculo—. ¡Te quiero egoísta! ¡Te quiero mía! ¡Rompe el archivo!

Dentro del Archivo, la voz de Kaelen resonó como un trueno de oro que agrietó las paredes de cristal. El beso se manifestó en el plano metafísico como una llamarada de deseo que quemó la túnica blanca de la Vigilante Elsa.

Sentí el calor de Kaelen, el olor a su piel, la aspereza de sus manos. Recordé por qué luchábamos. No era por el equilibrio, ni por el universo. Era por ese momento robado en la oscuridad, por el placer que desafiaba a los dioses.

—No acepto el trato —dije, y mi sombra plateada explotó desde mi pecho, convirtiéndose en una marea de oscuridad que empezó a devorar los hilos de luz de la biblioteca—. Mi memoria no está en venta. Y mi pueblo no necesita una guardiana que no sepa amar.

—¡DETENTE! —gritó la Vigilante Elsa, su rostro fragmentándose mientras el tiempo a su alrededor empezaba a fluir de forma caótica—. ¡SI ROMPES EL REGISTRO, EL CAOS SERÁ TOTAL!

—¡Que venga el caos! —agarré el gran libro de cristal que contenía las almas de mi línea y lo estampé contra el suelo—. ¡Prefiero un mundo que pueda morir a un paraíso que no pueda sentir!

El Archivo de la Eternidad estalló.

Desperté en el Corazón del Castillo, gritando, con los brazos de Kaelen rodeándome con una fuerza que me dejó sin aire. El Árbol de Platino estaba emitiendo una luz violeta tan intensa que se veía desde las naves de los Corsarios que aún orbitaban el eclipse.

Pero no era la misma luz de antes. El Árbol había absorbido los fragmentos del archivo destruido.

Aidan se levantó, mirando con asombro cómo de las raíces del árbol brotaban miles de pequeñas gemas de cristal, cada una con el nombre de un ciudadano grabado en su interior por la propia energía de Elsa.

—Lo has hecho, madre —susurró Aidan—. No te has quedado allí, pero has traído el archivo con nosotros. Ahora, el registro no está en el cielo de los Vigilantes. Está en nuestra tierra. En nuestra sangre.

Kaelen me tomó el rostro, limpiándome las lágrimas de plata con sus pulgares. Su mirada era una mezcla de terror y alivio. —Casi te pierdo. Por un segundo, tus ojos se volvieron relojes.

—Él no me dejó ir —dije, buscando sus labios de nuevo—. Tu “pecado” fue más fuerte que su “perfección”.

El “Spicy” de este reencuentro fue una celebración de la vida impura. En medio de los restos del ritual, nos entregamos a una pasión que era nuestra firma en el nuevo mundo. El Árbol de Platino vibraba con cada uno de nuestros latidos, grabando nuestra unión como la ley fundamental del Norte. Alrededor del castillo, los ciudadanos sintieron un súbito calor en el pecho; una certeza de que, pasara lo que pasara, su existencia ya no dependía de la voluntad de los Vigilantes, sino del nudo de sus soberanos.

Sin embargo, el triunfo no estaba exento de consecuencias. Al destruir el Archivo de la Eternidad en el plano de los Vigilantes, Elsa había provocado una “Cicatriz Temporal”.

Valerius entró en el Corazón del Castillo, con el rostro pálido. —Soberanos… algo está ocurriendo en las fronteras. El eclipse ya no es estático. Ha empezado a sangrar sombras.

Salimos al balcón y vimos que en el horizonte del Mar de Hierro, el anillo del eclipse se había roto. Del vacío ya no salían corsarios, sino algo mucho más antiguo: Ecos de Realidades Fallidas. Eran versiones de nosotros mismos que habían muerto en otras guerras, regresando para reclamar el lugar que nuestro nudo les había quitado.

—Al traer el archivo aquí, hemos abierto la puerta a los que no pudieron ser —dijo Aidan, ajustando su Sextante muerto—. Ya no luchamos contra el olvido. Luchamos contra el Arrepentimiento.

Kaelen se ajustó la capa de Sol Plateado y desenvainó su espada, que ahora brillaba con una luz de platino puro. —Que vengan. Si quieren nuestra vida, tendrán que pasar por encima de nuestra memoria.

La familia real de pie frente a un horizonte donde cientos de siluetas de Kaelen y Elsa, de diferentes líneas temporales, empezaban a emerger de la sombra del eclipse. El “Archivo de la Eternidad” les había dado la protección, pero también el blanco en sus espaldas.

—No vamos a retroceder, Kaelen —dije, mi sombra plateada extendiéndose como una red sobre todo el castillo—. Hemos escrito nuestra historia con sangre. Ahora la defenderemos con la eternidad.

El Volumen 6 entraba en su fase más bélica. La paradoja ya no era un problema filosófico; era una invasión de fantasmas que tenían nuestro propio rostro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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