La Novia Sustituta del Alfa Furioso - Capítulo 11
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11: ¿Qué te pasó?
11: ¿Qué te pasó?
La miro fijamente, intentando pensar en algo que decir.
—¿Por qué te estás bañando a estas horas?
¿Dónde están tus doncellas?
Su piel se sonroja.
—Se fueron.
—¿Te dejaron sola?
—pregunto con el ceño fruncido, sabiendo que, aparte de Sigrid, tiene dos doncellas que se supone que deben atenderla.
Parece inquieta, y al instante sé que hay algo más en la historia.
—¿Por qué se fueron?
Aprieta los labios.
—Se lo pedí yo.
Es incapaz de mentir para salvar la vida.
Sus ojos se desvían hacia el armario que está detrás de mí, y veo que quiere cubrirse.
Suspirando, me quito el abrigo y me acerco a ella.
Se estremece.
No me gusta.
—No voy a hacerte daño, así que quédate quieta —le espeto mientras le echo el abrigo sobre los hombros.
Se ve realmente diminuta con mi ropa, lo que me hace darme cuenta de lo pequeña que es en verdad.
No es una mujer baja en absoluto, pero a mi lado, es menuda.
Su cabeza apenas me llega al pecho.
Tira de las solapas del abrigo, intentando cubrirse por completo.
—¿Necesitabas a Sigrid?
Puedo llamarla.
Ya se está apresurando hacia la campanilla que hay junto a la cama, pero la agarro por su delgada muñeca, deteniéndola.
—He venido a verte a ti.
—¿A mí?
—La expresión de desconcierto en sus ojos hace que me irrite.
—Eres mi pareja.
Puedo verte cuando quiera.
—¿Tu pareja?
—su pregunta inexpresiva hace que mi lobo se impaciente en mi interior—.
Sí.
Yo…
¿Hice algo malo?
Entrecierro los ojos.
—¿Por qué das por hecho que la única razón por la que vendría a verte es si hiciste algo malo?
Me mira fijamente.
—Yo…
¿Necesitas algo?
—¿Estás intentando deshacerte de mí?
Debería estar feliz de que yo esté aquí.
Soy su pareja.
Debería estar encantada de que le preste atención.
En lugar de eso, actúa como si estuviera invadiendo su espacio.
Eso a mi lobo no le sienta nada bien.
Me cruzo de brazos.
—Planeaba pasar la noche aquí.
—Las palabras se me escapan sin querer, en un arrebato de ira, y su reacción consigue cabrearme aún más.
—¿Por qué?
—Ahora está pálida—.
¿Y la Señorita Asher?
¿Sabe que estás aquí?
¿Bella?
—¿Qué demonios tiene que ver Bella con esto?
—gruño, y ella se estremece una vez más, cerrando la boca de golpe.
La miro y ella desvía los ojos, como si fuera incapaz de sostenerme la mirada.
¿Por qué?
Decido cambiar de tema para que se tranquilice.
No sé por qué me importa.
—¿Por qué no has hecho nada con este lugar?
—¿Qué?
—Parece tensa.
—Tu dormitorio.
No lo has decorado.
—No es mi dormitorio —dice lentamente.
—¿De qué demonios estás hablando ahora?
—le gruño.
Tiembla, pero me mira a los ojos.
—Me dijiste que esta habitación era para la Princesa Ravenna, y que no es mía.
Solo sigo tus órdenes.
—¿Mis órdenes?
—Siento ganas de ahogarme—.
Estás viviendo en esta habitación, ¿no?
Permanece en silencio.
—Decora el maldito lugar.
Me sorprende la facilidad con la que acepta su situación.
Cualquier otra mujer habría montado un escándalo.
Ella simplemente acepta todo lo que le echo encima.
«Si le dijeras que se quedara de pie desnuda en el jardín de fuera, creo que lo haría».
Las palabras de Sigrid vuelven a mi memoria, y siento la misma incomodidad que sentí entonces.
—¿Qué te gustaría que pusiera aquí?
—pregunta Corrine finalmente, en voz baja.
—Es tu habitación, ¿no?
¡¿Para qué me preguntas a mí?!
—exploto, enfadado más allá de mi propia comprensión.
La irritación me corroe, la veo envolverse aún más en el abrigo y gruño: —¡Ve a vestirte!
Cuando pasa a mi lado, percibo su aroma familiar.
Por un breve instante, cierro los ojos y lo saboreo.
Cuando la oigo abrir el armario, mis ojos se abren de golpe.
Giro la cabeza y la veo sacar un vestido gris.
—¿En qué estabas pensando cuando compraste esos vestidos?
Ni una plebeya se pondría semejantes diseños.
—Señorita…
—Mi pareja vuelve a guardar silencio.
Ahora parece incómoda.
—¿Qué estabas diciendo?
—exijo.
—La próxima vez elegiré algo mejor —murmura ella.
—Esos tres vestidos del fondo, ¿quién los encargó?
—Yo.
—¿Por qué demonios encargaste el resto que parecen pura basura?
Eres la reina.
Espero que te vistas como tal.
—Como ella no habla, insisto—: ¿En qué estabas pensando cuando los encargaste?
Ahora levanta la cabeza, y por primera vez, veo un atisbo de ira en sus ojos.
—Yo no los encargué.
Los que pedí eran de última moda y estaban pensados para el día a día dentro del castillo.
—¡¿Entonces por qué la diseñadora te dio estos?!
El destello de ira, ese fuego tras esos ojos marrones, me intriga.
Así que sí tiene carácter.
Solo lo ha estado ocultando.
—¿Por qué no le preguntas a la Señorita Asher?
—dice Corrine, apretando el vestido contra su cuerpo, con la mandíbula tensa—.
Me dijo que no merezco llevar cosas bonitas.
Llamó a las doncellas y juntas encargaron esta ropa.
Le dije que no era apropiada, pero se negó a escucharme.
Y si no me crees, puedes preguntarle a la diseñadora.
Estuvo aquí durante toda la conversación.
La Señorita Asher le dijo que usara retales de tela para mis vestidos.
Ella y las doncellas incluso hicieron recomendaciones.
Me dijeron que me callara y que supiera cuál era mi lugar.
Así que dejé de protestar y acepté lo que me dieron.
Es la primera vez que la veo tan apasionada, tan alterada.
Se ve preciosa.
Mi lobo aprueba su ira y su rabia.
—¿Haces todo lo que te dice la Señorita Asher?
—No me atrevo a arriesgarme a ofenderlo, Su Majestad.
La miro fijamente.
—Deja esa mierda de «Su Majestad».
Llámame Locke y ya está.
Después de todo, somos pareja.
—Usted es la pareja de la Princesa Ravenna.
—Corrine se yergue y me sostiene la mirada con firmeza—.
Yo soy su sustituta.
Usted me dijo que lo recordara siempre.
Recuerdo vagamente haber dicho algo así.
Pero nunca esperé que se lo tomara tan en serio.
Pero ¿no es esto lo que yo quería?
¿Por qué me molesta tanto que me mire con esos ojos vacíos?
—Esta habitación, esta ropa y usted, todo le pertenece a la princesa.
—Su voz es clara.
—Tú eres mi pareja destinada, no la princesa —le recuerdo.
Sus labios se curvan en una leve sonrisa.
—Su Majestad, usted es la pareja de ella.
Yo soy su prisionera, nada más.
Apretando el vestido contra su pecho, se quita mi abrigo y camina hacia el baño para cambiarse.
Cuando pasa a mi lado, veo las cicatrices de su espalda.
Me tenso.
Sigrid me había hablado de ellas, pero minimizó su gravedad.
La espalda de Corrine es un amasijo de carne destrozada.
No se ha salvado ni un centímetro de piel.
Sus nalgas están igual.
He visto cicatrices similares antes.
Conozco el tipo de látigo que se usa para causar tales cicatrices.
—¿Cómo…?
¿Quién te azotó?
—Mi lobo está ansioso y enfadado.
Da vueltas dentro de los confines de mi mente.
Si estoy en lo cierto, entonces estas marcas no son solo cicatrices; son heridas permanentes.
En el Este, a los prisioneros se los tortura con un látigo particular que tiene púas de acero en la punta.
Esas púas están recubiertas con la forma más potente de acónito.
El propósito de ese látigo es forzar el acónito a entrar tan profundo en el cuerpo del prisionero que nunca pueda ser eliminado.
Es una forma de tortura extremadamente bárbara que ni siquiera en el Norte se practica.
He visto fotos de tales heridas.
Parece que mi pareja ha sido azotada no una, sino múltiples veces.
Como no responde, digo: —Corrine.
Su cuerpo se pone rígido cuando uso su nombre.
Traga saliva.
—La Princesa Ravenna.
—¿Por qué?
—Mis garras se extienden y se clavan en la palma de mi mano.
Sin importar qué crimen hubiera cometido Corrine, no merecía tal castigo.
Veo su cuerpo temblar por un momento antes de que enderece los hombros, todavía de espaldas a mí.
Su voz es baja y está llena de una conciencia que le cala hasta los huesos.
—Porque nací con la misma cara que ella.
—Deja escapar un suspiro silencioso—.
Al igual que usted y los demás habitantes de este castillo, ella también creía que yo necesitaba saber cuál era mi lugar.
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