La Novia Sustituta del Alfa Furioso - Capítulo 15
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15: No tan Reina 15: No tan Reina (LOCKE)
Mi atención se desvía hacia el jardín, al otro lado de la ventana de mi despacho.
¿Qué está haciendo esa mujer ahora?
Está encorvada junto a un árbol en la postura menos femenina posible, cavando.
Entrecierro los ojos mientras la observo mirar a su alrededor con recelo antes de continuar con lo que sea que esté tramando.
—¿Me has oído, Locke?
La voz de Edgar me devuelve a la realidad.
—¿Qué?
Me lanza una mirada extraña.
—Estaba preguntando si has decidido qué hacer con respecto a la luna llena.
Por un momento, lo miro sin comprender y entonces caigo en la cuenta.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Se aclara la garganta.
—Dada tu predisposición hacia la reina, quiero saber si prevés tener un hijo con ella este año o no.
—Ese era el plan, ¿no?
Vuelvo a centrar mi atención en la mujer del jardín.
¿Acaso ha perdido la cabeza?
Si quiere que caven un hoyo, ¿por qué no se lo pide a uno de los jardineros?
¿Por qué demonios lo está haciendo ella misma?
—Mira, lo que sea que haya ahí fuera es mucho menos interesante que lo que estoy intentando decirte —me espeta mi amigo.
Rodea el escritorio para ver lo que estoy mirando y, antes de que pueda detenerlo, consigue echar un vistazo.
—¿Es esa la Reina Ravenna?
—murmura, conmocionado.
Lo aparto de un empujón.
—Métete en tus asuntos.
—Eso intento, pero estás completamente distraído por ella.
¿Qué está haciendo?
—Ni idea.
—Pues ve a preguntarle —se burla Edgar—.
¿Qué intenta hacer, cavar un túnel para escapar del castillo?
—Dice esto con una risita, pero cuando le lanzo una mirada seria, su risa se apaga.
—Para ser mi consejero, desde luego te faltan unas cuantas neuronas.
—Tienes la misma curiosidad que yo.
Ve a averiguar qué está haciendo para que todos podamos seguir con nuestras vidas.
—Preocúpate de ti mismo —digo con tono sombrío—.
Deja que haga lo que quiera.
Ahora, ¿qué decías?
Se me queda mirando boquiabierto durante diez segundos antes de poner los ojos en blanco.
—De acuerdo.
Es tu problema, no el mío.
Los ancianos quieren saber si piensas tener un hijo para el año que viene.
¿Qué quieres que les diga?
—Diles que metan las narices donde les llamen.
No es asunto suyo cuándo me acuesto con mi pareja.
—Pues lo están convirtiendo en su asunto —replica Edgar—, y más te vale darles una respuesta antes de que empiecen a importunar a la reina.
Ya sabes lo que piensan de ella.
No van a ser muy amables.
Le lanzo una mirada, con tono tranquilo.
—Si alguien se acerca a la reina, ejecútalo.
Corta un par de cabezas y el resto se alineará.
Edgar niega con la cabeza.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan protector con ella?
Esto me molesta.
—No la estoy protegiendo.
Simplemente no me gusta que los ancianos metan sus narices en mis asuntos.
Y no tienen ninguna razón para hablar con ella.
Dales mi mensaje.
Suspira.
—Está bien.
Pero solo pregunto cuándo estarás listo para…
ya sabes.
Le lanzo una mirada dura.
—No voy a seguir con esta conversación.
¿Tienes algo útil que decirme?
Revisa el papel que tiene en la mano y pone los ojos en blanco.
—En realidad, no.
La luna llena es en un mes.
Eso capta mi atención.
—Pensaba que era en dos semanas.
Mi lobo se ha sentido atraído por Corrine, y supuse que era por la proximidad de la luna llena.
Percibí mi propio cambio de comportamiento hacia ella y también pensé que era efecto de lo mismo.
A medida que se acerca la luna llena, los compañeros destinados que aún no han compartido una marca de emparejamiento siempre se vuelven un poco posesivos el uno con el otro.
—No.
Lo he comprobado —dice Edgar, negando con la cabeza—.
Es en un mes.
En fin, tengo que irme.
Rothan quiere mi ayuda para organizar la seguridad para cuando lleguen los artesanos de la aldea.
Asiento con aprobación.
Corrine se ha tomado mi orden de la semana pasada muy en serio.
Se ha puesto en contacto con diferentes artesanos de las aldeas cercanas para ayudar a decorar el castillo.
Me ha tomado por sorpresa, porque pensaba que recurriría a artistas de renombre.
En lugar de eso, está reclutando talento local.
Esto significa más trabajo para los aldeanos, y están que no caben en sí de gozo.
La actitud del personal del castillo hacia Corrine también ha mejorado significativamente.
Ha pasado de ser la enemiga a ser una reina benévola.
Varias doncellas le han pedido a Sigrid que les permita asistir a la reina, pero todas han sido rechazadas.
Parece que el nuevo sentimiento positivo no es correspondido.
Corrine no confía en ellas.
Es amable con ellas, pero la confianza hay que ganársela, y mi gente es consciente de ello.
Supongo que me equivoqué.
La amabilidad sí que cala en los Lobos del Norte.
—¿Qué ha encargado?
—Tapices para los pasillos —dice Edgar, impresionado—.
Pensé que arreglaría el castillo como el palacio del Reino Oriental, pero le está dando un toque diferente.
El Palacio Oriental era tan colorido que casi cegaba.
La reina está usando colores como el azul hielo y el plateado aquí.
Las alfombras se colocarán mañana.
Con calefacción.
Hay una bruja local que va a ayudar con eso.
Parpadeo.
—¿Ha conseguido que una bruja la ayude?
Nunca nos ofrecen sus servicios a los cambiadores.
—No sé si negoció algo con ella o qué —dice Edgar, mirando hacia la ventana—.
Tendrás que preguntárselo.
Parece tranquila y modesta, pero es una fuerza de la naturaleza.
Todo el mundo está expectante por ver cómo quedará el castillo al final.
Se puede sentir la emoción tanto en las aldeas como dentro del castillo.
Siento una extraña emoción en mi interior.
No me di cuenta de que el castillo era tan monótono que la idea de añadirle algo de color entusiasmaría a todo el mundo.
¿Acaso no he estado prestando atención a mi gente?
—En fin —dice Edgar, observándome—.
¿Y Bella?
Mi voz se vuelve gélida.
—¿Qué pasa con ella?
—¿De verdad piensas seguir con esto?
Despojarla de su autoridad fue una medida muy dura.
—Tiene suerte de no estar en una mazmorra.
Se sobrepasó, y sabía lo que hacía —digo con frialdad—.
Humilló a mi pareja.
Independientemente de mi relación con Corrine, Bella actuó por despecho y celos.
No tenía derecho a hacerlo.
Se ha vuelto demasiado arrogante.
Tenía que bajarle los humos.
—¿Entonces no piensas restituirla en su puesto?
Lo estudio.
—Sabe lo que hizo, Edgar.
Le advertí, pero pensó que se saldría con la suya.
Desafió mi autoridad.
No pienso dejarlo pasar.
Mi amigo asiente con seriedad.
—Está bastante disgustada por ello, pero tienes razón.
A pesar de mortificarse por eso, todavía no se ha disculpado con la reina.
—Es demasiado orgullosa —mascullo.
—Quizá —dice, consultando la hora—.
Tengo que irme.
Tal vez deberías ir a ver qué está tramando tu pareja.
Si alguien más la ve, van a empezar a preguntarse si ha perdido la cabeza.
¿Qué está buscando al cavar?
—Deja de preocuparte por ella y preocúpate por ti.
¿No tienes nada mejor que hacer?
—le digo con el ceño fruncido.
—Vale.
No me arranques la cabeza.
Una vez que se ha ido, me siento en mi escritorio e intento trabajar un poco.
Sin embargo, cada pocos minutos, mis ojos se desvían hacia la ventana.
¿Qué está haciendo?
A lo mejor voy a ver.
Si está intentando encontrar una ruta de escape, tendré que decirle que ese no es el lugar adecuado para cavar.
Tras bajar las escaleras, salgo al exterior.
Hace frío.
Pero, claro, siempre hace frío.
Sin embargo, al acercarme a mi pareja, veo que se ha quitado la chaqueta.
Un gruñido se forma en el fondo de mi garganta.
—¿Por qué no llevas puesta la chaqueta?
Casi da un salto del susto.
—¿Qué?
—Tu chaqueta, Corrine.
¿Por qué te la has quitado?
La agarro de donde la ha tirado al suelo, la tomo del brazo y empiezo a ponérsela.
Lucha contra mi agarre.
—No la necesito.
—El sanador dijo que no debes pasar frío.
¿Por qué te cuesta tanto seguir las instrucciones?
—¡Suéltame!
Intenta zafarse, pero estoy decidido a meterla en esta chaqueta y a subirle la cremallera hasta arriba.
—¡¿Por qué eres tan tirano?!
—estalla de repente, apartándome de un empujón, con las mejillas sonrojadas por el frío y los ojos brillantes.
—¿Tirano?
—repito, entrecerrando los ojos—.
¿Desde cuándo he sido un tirano contigo?
Se supone que no debes estar aquí fuera con el frío.
—Estoy ocupándome de mis asuntos —espeta, y la veo intentar recuperar la compostura.
Últimamente, le cuesta más mantener esa fachada fría a mi alrededor.
Probablemente tenga algo que ver con el hecho de que se despierta en mis brazos, toda enredada conmigo.
Me niego a dejarla volver a su habitación.
Está claro que no sabe cómo cuidarse, y no tengo planes de buscar otra reina a corto plazo.
Corrine se ha resistido a la idea de dormir en mi cama, pero poco a poco se está acostumbrando.
También he empezado a notar que se está volviendo un poco contestona conmigo.
Esa parte me gusta.
No me sirve de nada una pareja débil.
Corrine tiene carácter, y está empezando a notarse un poco.
—¿Qué haces cavando aquí fuera?
¿Dónde están los jardineros?
—No saben cómo plantar esto.
Sostiene el paquete de semillas que le di hace dos días.
Sus ojos se llenaron de asombro cuando se las entregué y le dije que las había pedido especialmente al rey del Reino Humano.
—Lo sabrán si se lo dices —digo cruzándome de brazos sobre el pecho y, cuando se inclina para reanudar su trabajo, gruño—.
Ni se te ocurra.
Te echaré sobre mi hombro y te llevaré al castillo si es necesario.
Haz que alguien lo haga por ti.
—Lo estropearán —empieza a enfadarse, y mi lobo se agita, pues no le gusta la expresión de su cara.
—Son jardineros —intento hablar con paciencia—.
Este es su trabajo.
Para esto están entrenados.
—Yo sé cómo plantar estas semillas.
No puedes hacer los agujeros ni demasiado pequeños ni demasiado grandes.
Tienen que ser del tamaño adecuado, a la distancia correcta unos de otros, y alrededor del árbol correcto —empieza a balbucear, y siento que me está empezando a doler la cabeza.
Molesto y sin ver otra salida, me arremango y me agacho en el suelo.
—Bien.
Dime cómo hacerlo.
Estoy seguro de que tengo suficientes neuronas para seguir tus instrucciones.
Con las mejillas enrojecidas, tartamudea: —T-Tú no puedes cavar.
Eres el rey.
—Y tú eres la reina —replico—.
Y has estado aquí fuera cavando, pareciendo una tonta.
¿Y si alguien te viera?
Veo la vergüenza en sus ojos e inmediatamente lamento la dureza de mi tono.
Tan pronto como lo hago, me contengo y siento un atisbo de irritación.
¿Desde cuándo me importa cómo le hablo?
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